El precio de tentarte Capítulo 10
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Capítulo 10

Dormí mal. No por la cama. No por la casa. Ni siquiera por París.

Dormí mal porque había dejado la puerta sin cerrar y pasé media noche preguntándome por qué.

A las seis y media me rendí. Me levanté, me duché y abrí el correo del hotel. Había siete mensajes de Lucía, tres facturas pendientes, dos consultas de huéspedes y una fotografía del techo de la habitación nueve con un círculo rojo alrededor de una mancha.

Respondí a todo. Después llamé. Lucía contestó con la voz dormida.

—¿Sabes qué hora es?

—Sí.

—Entonces también sabes que te odio.

—Hay humedad en la nueve.

—Ya está avisado el técnico.

—¿Y la reserva del grupo portugués?

—Confirmada.

—¿Han pagado la señal?

—Sí.

—¿Y el proveedor de lavandería?

—También.

Me quedé callada. Lucía bostezó.

—¿Algo más?

—No.

—Entonces cuelga.

—Solo quería comprobar que todo estaba bien.

—Todo está bien.

—No puedes saberlo.

—Aitana.

—¿Qué?

—Estás en París. Intenta comportarte como una persona que está en París.

—Estoy trabajando.

—Eso no cuenta.

—¿Y qué quieres que haga?

—Desayuna un cruasán, mira la Torre Eiffel y besa al millonario.

—Adiós, Lucía.

—No he terminado.

Colgué. Dejé el teléfono sobre la mesa. Un segundo después llegó un mensaje. Cobarde. Sonreí.

A las siete y media, salí de la habitación. Damián estaba en el salón. Ya vestido. Ya trabajando. Ya con una taza de café en la mano.

—Buenos días —dijo.

—Eso está por ver.

—Ha dormido mal.

—¿También ha investigado eso?

—Tiene ojeras.

—Qué encanto.

Damián dejó el teléfono.

—Moreau ha adelantado la firma.

—¿Otra vez?

—A las nueve.

—¿Y la gala?

—Esta noche.

—Perfecto.

—No lo parece.

—Estoy encantada. Nada me gusta más que empezar el día firmando operaciones que no entiendo y terminarlo fingiendo amor bajo veinte cámaras.

Damián me observó.

—No tiene que firmar nada.

—Ya lo sé.

—Solo estar.

—A veces estar es peor.

Se acercó a una mesa donde había café, fruta y bollería.

—Desayune.

—No tengo hambre.

—Eso no es verdad.

—¿Cómo lo sabe?

—Mira los cruasanes desde que ha entrado.

Tomé uno.

—No significa nada.

—Claro.

Me senté frente a él. Damián abrió una carpeta.

—Después de la firma, tendrá la tarde libre.

—¿Libre de verdad?

—Sí.

—¿Sin fotógrafos?

—Sí.

—¿Sin Helena?

—Sí.

—¿Sin usted?

Damián levantó la mirada.

—Si eso quiere.

La respuesta me molestó por razones que no pensaba analizar.

—Tengo trabajo.

—Puede hacerlo aquí.

—Quiero salir.

—Entonces salga.

—¿Así de fácil?

—No está prisionera.

—A veces cuesta recordarlo.

Damián cerró la carpeta.

—¿Ha pensado que quizá parte del problema es que espera que la controle?

Me quedé quieta.

—No espero nada de usted.

—Eso no es cierto.

—¿Ahora también sabe lo que espero?

—Sé que protesta incluso cuando le doy exactamente lo que pide.

—Porque siempre parece haber algo detrás.

—No siempre lo hay.

—Con usted, sí.

Damián tomó el café.

—Eso dice más de usted que de mí.

Lo miré.

—No empiece el día haciendo de psicólogo.

—No lo hago.

—Menos mal. Sería insoportable.

—Ya me considera insoportable.

—Puede empeorar.

Una sonrisa breve apareció en su boca.

—Eso parece un reto.

—No lo era.

—Qué decepción.

Terminamos de desayunar. A las ocho y cuarto salimos hacia las oficinas de Moreau. La firma se celebró en una sala enorme con vistas al Sena.

Había abogados, asistentes, dos socios franceses y una cantidad absurda de documentos. Yo me senté junto a Camille. Ella llevaba un traje color marfil y una paciencia admirable.

—Esto durará horas —murmuró.

—Creía que solo tenían que firmar.

—Los hombres ricos nunca firman nada sin discutir primero lo que ya han acordado.

—Eso explica muchas reuniones.

Camille sonrió. Damián estaba al otro extremo de la mesa. No hablaba mucho. No lo necesitaba. Cada vez que intervenía, todos escuchaban. No levantaba la voz. No gesticulaba.

Solo esperaba el momento exacto para decir algo y dejar que los demás reaccionaran.

Lo observé demasiado. Él lo notó. Nuestras miradas se encontraron. Damián inclinó apenas la cabeza. Como si compartiéramos un secreto. Aparté la vista.

Una hora después, Laurent firmó. Los demás lo siguieron. Hubo apretones de manos, fotografías y copas de champán.

Damián se acercó a mí.

—Ha terminado.

—¿Ha conseguido lo que quería?

—Sí.

—Entonces ya no necesita una prometida.

Su expresión cambió. Solo un instante.

—La operación no se cierra definitivamente hasta dentro de tres semanas.

—Por supuesto.

—Además, Moreau espera vernos en Niza.

—Ya lo sé.

Damián tomó una copa de una bandeja y me la ofreció.

—Brinde conmigo.

—¿Por su éxito?

—Por el nuestro.

—Yo no he hecho nada.

—Ha hecho más de lo que cree.

Acepté la copa.

—Eso suena peligrosamente parecido a un agradecimiento.

—No se acostumbre.

Lo miré.

—Me ha robado la frase.

—La estaba usando demasiado.

Chocamos las copas.

—Por el contrato —dijo.

—¿Cuál de los dos?

—Ambos.

Bebí. Camille apareció junto a nosotros.

—Esta noche habrá mucha prensa.

—Ya me han avisado —dije.

—Sabrina también asistirá.

—Eso también.

Camille miró a Damián.

—No permitas que convierta la gala en un espectáculo.

—No lo hará.

—No puedes controlarlo todo.

—Lo suficiente.

Camille negó con la cabeza.

—Ese es exactamente tu problema.

Damián no respondió. Ella me tomó del brazo.

—Venga. Vamos a dejar que los hombres se feliciten durante otra hora.

Salimos de la sala. Camille me llevó a una terraza. París se extendía delante de nosotras.

—¿Cómo lo soporta? —preguntó.

—Con esfuerzo.

—Eso también le gusta.

—¿Qué cosa?

—Que no se lo ponga fácil.

Me apoyé en la barandilla.

—Todo esto ha ocurrido muy rápido.

—Eso no siempre es malo.

—Tampoco siempre es real.

Camille me miró. Sentí un pinchazo de alarma.

—La prensa exagera mucho —añadí.

—La prensa no me interesa.

—¿Entonces?

—Me interesa cómo se miran.

No respondí. Camille sonrió.

—Tranquila. No voy a interrogarla.

—Se lo agradezco.

—Solo le diré una cosa.

—Eso suele acabar mal.

—Damián sabe ganar negocios. No sabe qué hacer cuando quiere algo que no puede comprar.

La frase me dejó incómoda.

—No creo que tenga ese problema.

—Todavía.

Antes de que pudiera preguntar, Damián apareció en la puerta de la terraza.

—Tenemos que irnos.

Camille se apartó.

—Siempre interrumpe en el mejor momento.

—Eso no suena profesional.

—Por suerte no trabajo para ti.

Nos despedimos. En el coche, Damián volvió a abrir el teléfono.

—¿Qué le ha dicho Camille?

—Nada.

—Eso no es verdad.

—Me ha dicho que no sabe perder.

—Eso ya lo sabía.

—También que no sabe qué hacer cuando quiere algo que no puede comprar.

Damián guardó el teléfono.

—Camille habla demasiado.

—¿Es verdad?

—No.

—Respuesta rápida.

—Pregunta simple.

—¿Nunca ha querido algo que no pudiera tener?

Damián me miró. El coche avanzaba despacio junto al Sena.

—Sí.

—¿Y qué hizo?

—Aprendí a no quererlo.

La respuesta fue fría. Demasiado.

—Eso no parece muy sano.

—Funciona.

—Hasta que deja de hacerlo.

Damián no respondió. Llegamos al hotel. Él se quedó en el vestíbulo.

—Tengo una reunión.

—Pensaba que había terminado.

—Nunca termina.

—Eso suena agotador.

—Lo es.

Subí sola. Pasé parte de la tarde trabajando. A las cinco, Helena llegó con dos asistentes, maquillaje, cajas de zapatos y un vestido negro que parecía diseñado para arruinar la concentración de cualquier persona en un radio de cien metros.

—No.

Helena ni siquiera levantó la vista.

—Sí.

—No pienso ponerme eso.

—Todavía no lo ha visto bien.

—Lo estoy viendo perfectamente.

—Entonces sabrá que es ideal.

El vestido tenía la espalda descubierta y una abertura lateral que empezaba demasiado arriba.

—Parece que le falta tela.

—No le falta.

—Podría cubrir una lámpara pequeña.

—Aitana.

—No.

Helena cruzó los brazos.

—Sabrina llevará rojo.

—Qué información tan útil.

—Queremos contraste.

—Yo quiero poder sentarme.

—Podrá.

—¿Sin provocar un incidente diplomático?

Helena sonrió.

—Eso depende de cómo se siente.

Dos horas después, llevaba el vestido. Me quedaba bien. Demasiado bien. Helena recogió mi cabello y dejó la espalda completamente al descubierto.

—Perfecto.

—No puedo respirar.

—Eso significa que está colocado correctamente.

—Voy a denunciarla.

—Después de la gala.

Llamaron a la puerta. Helena abrió. Damián entró. Llevaba esmoquin negro.

Se detuvo. La mirada descendió desde mi rostro hasta el vestido. Esta vez no intentó disimular.

—No diga nada —advertí.

Damián tardó en responder.

—No pensaba hacerlo.

—Eso ha sonado peor.

Helena recogió sus cosas.

—El coche espera.

Salió con los asistentes. Damián y yo nos quedamos solos.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Lleva dos minutos mirando.

—No han sido dos.

—¿Cuánto?

—No lo sé.

—Entonces deje de hacerlo.

Damián se acercó.

—Ese vestido no es adecuado.

Abrí la boca.

—¿Perdón?

—Es demasiado.

—Helena lo eligió.

—Se ha equivocado.

—Hace unas horas parecía considerar que su equipo nunca se equivocaba.

—Ahora sí.

—No pienso cambiarme.

—Aitana.

—No.

—La gala estará llena de fotógrafos.

—Esa es la idea.

—También de hombres como Mercier.

—Sé cuidarme sola.

—No he dicho lo contrario.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Damián apretó la mandíbula.

—No me gusta.

Lo miré.

—Eso sí que es nuevo.

—Cámbiese.

—No.

—Le enviaré otro vestido.

—No.

—Aitana.

—Damián.

El silencio se tensó.

—No tiene derecho a decidir lo que llevo —dije.

—Lo sé.

—Entonces deje de intentarlo.

Damián bajó la vista hacia la abertura lateral.

—No estoy intentando decidir.

—Parece exactamente eso.

—Estoy intentando evitar que pase toda la noche queriendo romperle la cara a alguien.

Me quedé quieta.

—Eso no es problema mío.

—Esta noche sí.

—Controle sus impulsos.

—Eso hago.

—No lo parece.

Damián dio un paso más.

—No tiene idea de cuánto.

El aire cambió. Otra vez. Sus ojos bajaron a mi boca. Yo no retrocedí.

—No hay cámaras —murmuré.

—Todavía no.

—Entonces no necesita fingir.

—No estoy fingiendo.

La frase llegó baja. Directa. Mi respiración se volvió más lenta. Damián levantó una mano. Se detuvo antes de tocarme.

—¿Puedo?

—¿Qué?

—Colocarle esto.

Mostró una caja pequeña. Dentro había unos pendientes de diamantes.

Solté el aire.

—Pensaba que...

—Lo sé.

—No sabe nada.

—Claro.

Tomó uno de los pendientes. Me giré hacia el espejo. Damián se colocó detrás de mí. Sus dedos rozaron mi oreja mientras cerraba la pieza. Después la otra. Su mirada se encontró con la mía en el reflejo. No se apartó.

—Ya está —dijo.

—Gracias.

Ninguno se movió.

—Tenemos que irnos —murmuré.

—Sí.

—La prensa espera.

—Sí.

—Y Sabrina.

—También.

Damián apoyó una mano en mi cintura. No como parte de una fotografía. No todavía.

—Esta noche no se separe de mí.

Lo miré por el espejo.

—¿Es una orden?

—Una petición.

—¿Por Sabrina?

—No.

—¿Entonces?

Sus dedos apretaron apenas mi cintura.

—Porque si alguien vuelve a tocarla, no prometo comportarme con tanta educación.

Me giré.

—No necesito un guardaespaldas.

—Lo sé.

—Entonces deje de actuar como uno.

—No puedo.

—¿Por qué?

Damián sostuvo mi mirada.

—Porque ya no sé qué parte de esto estoy haciendo por el contrato.

Llamaron a la puerta. Helena anunció que el coche esperaba. Damián se apartó. Yo recogí el bolso. Ninguno mencionó lo que acababa de decir. Bajamos juntos.

En cuanto salimos del hotel, los flashes comenzaron. Damián rodeó mi cintura. Yo apoyé una mano en su pecho. La postura habitual. La mentira perfecta.

Solo que esta vez, cuando se inclinó hacia mí, no sabía si estaba actuando. Y sospechaba que él tampoco.