Capítulo 9
La cena con Moreau estaba prevista para las ocho.
A las siete y cuarto, yo seguía en albornoz frente al armario de la suite, mirando tres vestidos que Helena había enviado desde Madrid.
Negro. Dorado. Verde.
El negro era demasiado serio. El dorado parecía diseñado para reflejar satélites. El verde era el único que no me hacía sentir disfrazada.
Lo saqué de la funda. Llamaron a la puerta.
—¿Quién es?
—Damián.
—Estoy vistiéndome.
—Necesito hablar con usted.
—Puede hacerlo desde ahí.
Hubo un silencio.
—La cena se ha adelantado.
—Eso no es hablar. Es informar.
—Moreau llegará en veinte minutos.
Miré el vestido.
—Pues tendrá que esperar.
—No espera.
—Esta noche aprenderá.
—Aitana.
—Damián.
No respondió. Sonreí. Cinco minutos después, volvieron a llamar.
—¿Qué?
—Han traído esto.
Abrí apenas la puerta. Damián estaba al otro lado con una caja pequeña en la mano. Llevaba un esmoquin negro y una camisa blanca. Sin corbata todavía.
No era justo que un hombre tan irritante tuviera esa cara.
—¿Qué es?
—Ábrala.
—¿Otra joya absurda?
—No es absurda.
—Eso no responde.
Me tendió la caja. La tomé sin abrir del todo la puerta.
—Gracias.
—¿Puedo entrar?
—No.
—Necesito explicarle algo.
—Puede explicarlo desde el pasillo.
Damián apoyó una mano en el marco.
—Moreau quiere anunciar mañana que entra en la operación.
—Eso es bueno.
—Sí.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—Quiere celebrarlo con una cena privada esta noche y una aparición pública mañana.
—¿Qué clase de aparición?
—Una gala benéfica.
Cerré los ojos.
—Claro.
—Estará la prensa.
—Naturalmente.
—Y Sabrina también.
Abrí los ojos.
—¿La ha invitado usted?
—No.
—¿Entonces?
—Es embajadora de una de las fundaciones.
—Qué conveniente.
—No especialmente.
—¿Y qué espera que haga?
—Nada distinto.
—Eso nunca significa nada bueno cuando lo dice.
Damián bajó la voz.
—Quiero que esté preparada.
—¿Para qué?
—Sabrina sabe provocar.
—Yo también.
—Lo sé.
—Entonces estamos cubiertos.
Damián me observó durante unos segundos.
—Abra la caja.
—Después.
—Ahora.
—No me dé órdenes.
—Considérelo curiosidad.
—Su curiosidad tiene muy malos modales.
Abrí la caja. Dentro había un collar fino de diamantes y esmeraldas. Me quedé quieta.
—No.
—Combina con el vestido verde.
—¿Cómo sabe cuál he elegido?
Damián miró por encima de mi hombro.
—Está sobre la cama.
Cerré un poco más la puerta.
—No pienso llevar esto.
—Es para esta noche.
—No necesito un collar que probablemente tenga su propio seguro médico.
—No lo tiene.
—Era una broma.
—Lo sé.
—No lo parece.
—Llévelo.
—No.
—Aitana.
—No pienso pasar la noche aterrada pensando que voy a perder una esmeralda en la sopa.
—No ocurrirá.
—Su seguridad vuelve a ser irritante.
Damián soltó el marco.
—Moreau valora los símbolos.
—Yo valoro no arruinarme si estornudo.
—El collar es mío.
—Eso no mejora nada.
—No le estoy pidiendo que se lo quede.
—Menos mal.
—Solo esta noche.
Lo miré.
—¿Por qué es tan importante?
Damián tardó un segundo en responder.
—Porque quiero que todos entiendan que está conmigo.
La frase no sonó empresarial. Eso me puso alerta.
—¿Todos o Sabrina?
—Todos.
—No ha respondido.
—Sí lo he hecho.
—No bien.
Damián sostuvo mi mirada.
—Moreau estará observando. La prensa también. Y Sabrina intentará hacer creer que esto es temporal.
—Lo es.
—No para ellos.
—A veces olvida que yo sí conozco la verdad.
—No la olvido.
—Pues actúe como si lo recordara.
El silencio se tensó. Damián señaló la caja.
—Diez minutos.
—Quince.
—Doce.
—Catorce.
—Trece.
—Hecho.
Cerré la puerta. Trece minutos después, salí con el vestido verde y el collar puesto. Damián esperaba junto a la ventana. Ya llevaba la corbata. Se giró. Su expresión cambió. No mucho. Lo suficiente.
—No diga está bien —advertí.
—No iba a hacerlo.
—¿Entonces?
Damián se acercó.
—Gírese.
—¿Para qué?
—El cierre está torcido.
Me di la vuelta. Sus dedos rozaron mi nuca. El contacto fue breve. Aun así, sentí un escalofrío. Damián corrigió el collar despacio. Demasiado despacio.
—Ya está —dijo.
No se apartó inmediatamente. Su respiración rozó mi piel.
—¿Todo esto también es necesario? —pregunté.
—¿El collar?
—No.
Damián permaneció detrás de mí.
—No lo sé.
Me giré. Quedamos demasiado cerca. Sus ojos bajaron a mi boca.
—Tiene una obsesión —dije.
—¿Con qué?
—Con mirar mis labios.
—Habla mucho.
—Eso no tiene sentido.
—Para mí sí.
Antes de que pudiera responder, sonó el timbre de la suite. Damián retrocedió.
—Moreau.
—Qué oportuno.
—¿Decepcionada?
—Aliviada.
—Miente mal.
—Eso ya lo ha dicho.
Abrí la puerta. Laurent y Camille estaban al otro lado. Camille me miró de arriba abajo y sonrió.
—Ahora entiendo el retraso.
—No había retraso —dijo Damián.
—Eso también lo dices cuando llevas veinte minutos esperando.
Entraron. La cena se sirvió en el comedor privado de la suite. Laurent estaba de buen humor.
Habló de la aprobación del consejo, de los socios franceses y de la firma prevista para el día siguiente.
Damián escuchaba con esa atención fría que reservaba para los negocios.
Yo intenté participar lo justo. Camille se encargó de hacer la conversación menos insoportable.
—¿Ya han decidido dónde se casarán? —preguntó.
Casi dejé caer el tenedor.
—Todavía no.
—París sería precioso.
—Madrid —dijo Damián.
Lo miré.
—¿Madrid?
—Sí.
—No lo habíamos hablado.
—Ahora sí.
Laurent sonrió.
—Ya empiezan las negociaciones matrimoniales.
—Ella ganará —dijo Camille.
—Eso está por ver —respondió Damián.
—No —dije—. Eso está clarísimo.
La cena avanzó. Cuando llegó el postre, Laurent levantó la copa.
—Mañana firmaremos el acuerdo definitivo.
Damián tomó la suya.
—Excelente.
—Pero tengo una condición.
El ambiente cambió. Damián dejó la copa sobre la mesa.
—¿Cuál?
Laurent sonrió.
—Quiero que ambos nos acompañen a Niza la próxima semana.
—¿Para qué?
—Reuniremos allí a los socios principales. Será una oportunidad para celebrar.
Damián no respondió de inmediato.
—Eso no estaba previsto.
—Tampoco su compromiso.
Camille le dio un golpe suave en el brazo.
—No seas indiscreto.
Laurent se encogió de hombros.
—Solo digo que algunas cosas buenas aparecen sin aviso.
Miré a Damián. Él ya me estaba mirando.
—¿Cuántos días? —pregunté.
—Cuatro —respondió Laurent.
El contrato incluía un viaje de cuatro días a la Costa Azul. Todo encajaba demasiado bien.
—Estaremos allí —dijo Damián.
No me consultó. Por supuesto. Sonreí.
—Qué ilusión.
Mi tono debió de ser demasiado dulce porque Camille soltó una carcajada.
—Lo va a tener entretenido.
—Ese parece ser mi trabajo.
Después de cenar, Laurent y Camille se retiraron. Damián cerró la puerta. Yo me quité los zapatos.
—Podía haberme preguntado.
—El viaje estaba en el contrato.
—Eso no significa que pueda aceptar sin mirarme.
—Sabía que vendría.
—No sabe nada.
—Sé que no romperá el acuerdo por cuatro días en Niza.
—No lo rompería por el viaje.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—Que decide y después informa.
—Ya hemos hablado de eso.
—Y sigue haciéndolo.
Damián se quitó la chaqueta.
—No había tiempo para discutir delante de Moreau.
—Podía haber dicho que lo consultaríamos.
—Habría parecido extraño.
—No más extraño que anunciar Madrid como lugar de boda sin preguntarme.
—Madrid es lo lógico.
—No va a haber boda.
—Lo sé.
—Pues deje de organizarla.
Damián aflojó la corbata.
—Está alterada.
—Qué perceptivo.
—No por Niza.
—No empiece a decirme lo que siento.
—Entonces dígamelo usted.
Lo miré.
—Estoy cansada de que todo esto avance más rápido de lo que puedo controlar.
La frase salió antes de que pudiera frenarla. Damián se quedó quieto.
—Nada va a ocurrir que no quiera.
—Ya han ocurrido varias cosas.
—No volverán a repetirse.
—Eso también lo ha dicho.
Damián se acercó. No demasiado. Esta vez dejó espacio.
—Dígame qué necesita.
La pregunta me desarmó igual que la primera vez.
—Necesito recordar que esto termina.
—Terminará.
—En veintiocho días.
—Sí.
—Y que después volveré al hotel.
—Sí.
—Y usted seguirá con su vida.
Damián tardó en responder.
—Sí.
No me gustó el silencio anterior. Tampoco entendí por qué.
—Perfecto.
Me dirigí hacia mi habitación.
—Aitana.
Me detuve.
—¿Qué?
Damián estaba junto a la mesa, con la corbata suelta y la camisa abierta en el cuello.
—Mañana Sabrina intentará acercarse.
—Que lo intente.
—No discuta con ella.
—Entonces que no me hable.
—No quiero escenas.
—No se preocupe. Sé sonreír mientras destripo a alguien.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
—Buenas noches.
—Espere.
Caminó hasta mí. Levantó una mano. No me tocó.
—¿Puedo?
Miré sus dedos.
—¿Qué?
—Quitarle el collar.
Podía hacerlo sola. Debería haberlo hecho sola. Me giré.
Damián apartó mi cabello y encontró el cierre. Sus nudillos rozaron mi nuca. Esta vez el escalofrío fue más fuerte. El collar cayó en su mano. No me moví. Él tampoco.
—Gracias —dije.
—De nada.
Me giré despacio. Seguíamos cerca. Demasiado. Damián bajó la vista hacia mi boca.
—No hay cámaras —murmuré.
—Lo sé.
—Ni inversores.
—También lo sé.
—Entonces deje de mirarme así.
—¿Así cómo?
—Como si quisiera besarme.
Damián sostuvo mi mirada.
—No tengo que fingir eso.
El aire desapareció de la habitación. No supe si retroceder. No lo hice. Él tampoco se acercó.
—Buenas noches, Aitana.
Se apartó primero. Entré en mi habitación y cerré la puerta.
Esta vez no puse la llave.
Me di cuenta varios minutos después. No me levanté para hacerlo.