Capítulo 8
A las siete y cuarenta y cinco de la mañana, Damián ya estaba esperando en el vestíbulo.
No parecía un hombre que hubiera dormido poco. Yo sí.
Había pasado media noche respondiendo mensajes del hotel, revisando reservas y evitando mirar la fotografía otra vez.
La otra media la había pasado intentando no pensar en la frase de Damián.
La fotografía no era falsa.
Bajé con una maleta pequeña y una taza de café. Él miró el reloj.
—Puntual.
—No se emocione.
—No suelo hacerlo.
—Eso empieza a parecer una enfermedad.
Damián tomó mi maleta.
—Puedo llevarla.
—Lo sé.
—Entonces deje de hacerlo.
—También puedo ignorarla.
—Eso ya lo he notado.
Mercedes apareció desde el comedor con una bolsa de papel.
—Desayuno.
Damián negó con la cabeza.
—Comeremos en el avión.
—Usted comerá en el avión. Ella se lleva esto.
Mercedes me entregó la bolsa.
—Gracias.
—Hay bocadillos, fruta y dos trozos de tarta.
—¿Dos?
—Uno para usted y otro para él, aunque dirá que no quiere.
Damián abrió la puerta.
—Nos vamos.
Mercedes me miró.
—Que tenga paciencia.
—Voy a necesitar mucha.
—Él también.
Salimos. El coche esperaba junto a la entrada. No había fotógrafos. Por una vez, agradecí el silencio.
Durante el trayecto al aeropuerto, Damián respondió llamadas y correos sin levantar apenas la vista del teléfono.
Yo abrí la bolsa. Saqué un bocadillo. Después otro.
—Mercedes ha acertado —dije.
—¿En qué?
—Hay uno para usted.
—No tengo hambre.
—También acertó en eso.
Damián siguió escribiendo. Le acerqué el bocadillo.
—No.
—No era una pregunta.
Levantó la mirada.
—¿Ahora da órdenes?
—Solo cuando son necesarias.
—Eso suena familiar.
—No se acostumbre.
Damián tomó el bocadillo.
—Esto es chantaje alimentario.
—Eso no existe.
—Acaba de inventarlo.
—Y ha funcionado.
Comió sin dejar el teléfono. Lo observé durante unos segundos.
—¿Siempre trabaja así?
—¿Así cómo?
—Como si el mundo fuera a colapsar si deja de mirar una pantalla.
—No colapsaría.
—Qué alivio.
—Solo perderíamos dinero.
—Eso explica la tragedia.
Damián guardó el teléfono.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Lleva mirándome un minuto.
—Estaba comprobando si sabe hacer dos cosas a la vez.
—Sé hacer muchas.
—No quería abrir esa puerta.
Una sonrisa apareció en su boca.
—Ya lo ha hecho.
Miré por la ventana.
—Voy a fingir que no he oído eso.
—Podría intentarlo.
Llegamos a una terminal privada. Por supuesto. El avión estaba preparado en la pista. Me detuve al verlo.
—No me diga que también es suyo.
—No es mío.
—Bien.
—Pertenece a la empresa.
Lo miré.
—Eso es casi peor.
Subimos. El interior tenía asientos de cuero, una mesa central y un pequeño dormitorio al fondo.
No hice comentarios. Damián sí.
—No tiene que preocuparse.
—¿Por qué?
—No pienso llevarla al dormitorio.
—No estaba preocupada.
—Lo estaba mirando.
—También miro salidas de emergencia y no significa que quiera saltar.
Damián se sentó frente a mí.
—París son dos horas.
—Puedo resistir.
—Eso espero.
El avión despegó pocos minutos después. Yo apoyé la cabeza contra el respaldo y cerré los ojos. No tenía miedo a volar. Tenía miedo a quedarme atrapada dos horas frente a él sin teléfonos, periodistas ni empleados.
Damián abrió una carpeta.
—Tenemos que repasar la reunión.
—Claro.
—Moreau quiere presentar a dos socios franceses. Uno de ellos, Étienne Mercier, controla varios permisos en Córcega.
—¿Y también necesita comprobar que está enamorado?
—No.
—Qué alivio.
—Pero desconfía de mí.
—Eso parece sensato.
Damián ignoró el comentario.
—No intervenga en la parte financiera.
—No pensaba hacerlo.
—Si le preguntan por el compromiso, responda con naturalidad.
—¿Qué significa naturalidad para usted?
—No convertir cada respuesta en una provocación.
—Eso reduce mucho mis opciones.
—Haga un esfuerzo.
—¿Cómo nos conocimos esta vez?
—En el hotel.
—Eso es verdad.
—La mejor mentira siempre contiene algo real.
—Qué romántico.
Damián cerró la carpeta.
—¿Está nerviosa?
—No.
—Miente mal.
—Pensaba que lo hacía de maravilla.
—Cuando quiere, sí.
—¿Entonces?
—Ahora está moviendo el pie desde que despegamos.
Miré hacia abajo. Dejé de hacerlo.
—Solo quiero que esto termine rápido.
—Son treinta días.
—Gracias por recordarlo.
—Veintinueve a partir de hoy.
—Eso mejora mucho.
Una auxiliar de vuelo trajo café. Yo acepté. Damián pidió agua.
—¿No toma café? —pregunté.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué agua?
—Ya he tomado tres.
—¿Antes de las ocho?
—Sí.
—Eso explica su personalidad.
Damián me miró.
—¿Qué explica la suya?
—Genética, mala suerte y años tratando con gente como usted.
Tomé el café.
—¿Ha hablado con Sabrina?
—No.
—¿Piensa hacerlo?
—No.
—¿Y si vuelve a hablar con la prensa?
—No lo hará.
—Otra vez esa seguridad.
—Le han enviado una advertencia legal.
Lo miré.
—Eso ha sido rápido.
—Era necesario.
—¿Y qué decía?
—Que cualquier afirmación falsa tendrá consecuencias.
—¿Falsa?
—Sí.
—Dijo que nunca había mantenido una relación seria.
—Eso es cierto.
—Entonces no es falso.
—También insinuó que el compromiso es un montaje.
—Eso también es cierto.
Damián sostuvo mi mirada.
—No puede demostrarlo.
—Eso no lo convierte en mentira.
—Legalmente, sí.
—Empiezo a comprender por qué tiene tantos abogados.
—Son útiles.
—También peligrosos.
—Depende de quién los pague.
El avión atravesó una zona de turbulencias. No fue fuerte. Aun así, mis dedos se cerraron sobre el reposabrazos.
Damián lo vio.
—Pensaba que no tenía miedo.
—No tengo.
Otra sacudida. Damián extendió la mano.
—No necesito eso.
—No he dicho que lo necesite.
—Entonces retírela.
No lo hizo. La dejó sobre la mesa, abierta, esperando. Odié el gesto. Odié aún más que funcionara.
Apoyé mi mano sobre la suya. Solo hasta que pasara. Nada más.
Damián cerró los dedos alrededor de los míos. No hizo ningún comentario. No sonrió. No intentó aprovecharlo. Eso resultó peor.
La turbulencia terminó un minuto después. No retiré la mano inmediatamente. Él tampoco.
Cuando me di cuenta, la aparté.
—No diga nada.
—No pensaba hacerlo.
—Lo estaba pensando.
—Pienso muchas cosas.
—Eso ya lo sé.
Volví la mirada hacia la ventana. Las nubes se extendían debajo del avión.
—¿Qué ocurrió con su madre? —pregunté.
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Damián permaneció en silencio.
—No tiene que responder.
—Un accidente.
Su tono cambió.
—Lo siento.
—Fue hace mucho tiempo.
—Eso no significa que deje de importar.
Damián miró el vaso de agua.
—No.
Esperé. No añadió nada.
—¿Y su padre? —pregunté.
—Murió hace seis años.
—¿También en un accidente?
—No.
La respuesta fue más fría.
—Trabajaba demasiado.
—Eso no mata a nadie de forma literal.
—A veces sí.
Lo miré. Damián abrió de nuevo la carpeta. La conversación había terminado. No insistí.
El avión aterrizó en París poco después de las once. Un coche nos llevó directamente a un hotel junto al Sena. La suite ocupaba la última planta.
Entré y miré alrededor. Había un salón enorme, dos terrazas y un dormitorio. Uno.
—No.
Damián dejó la carpeta sobre una mesa.
—¿Qué?
—Hay un solo dormitorio.
—Hay otro al final del pasillo.
Fui a comprobarlo. Tenía razón. Volví.
—Podía haberlo dicho antes.
—Podía haber mirado antes de protestar.
—No pierdo nada protestando.
—Tiempo.
—Le sobra.
—Nunca.
Helena había enviado ropa para la reunión. Un vestido azul oscuro esperaba colgado en mi habitación.
No discutí. Eso empezó a preocuparme. A las doce y media, estaba preparada. Damián me esperaba en el salón. Llevaba un traje azul marino y una corbata gris. Su mirada recorrió el vestido.
—Está bien.
—Gracias por tanta emoción.
—Le queda mejor que el rojo.
—Eso es casi un cumplido.
—No exagere.
Salimos. La reunión se celebraba en un club privado cerca de los Campos Elíseos.
Étienne Mercier era un hombre de unos cincuenta años, elegante y sonriente de una forma que no me gustó.
Besó mi mano al saludarme.
—Así que usted es la mujer que ha logrado cambiar a Blake.
Damián puso una mano en mi cintura.
—No he cambiado.
—Eso dice porque todavía no se ha casado.
Étienne rió. Yo sonreí.
—Tampoco piense que lo intento demasiado.
—Me gusta.
—No está en venta —dijo Damián.
La frase fue seca. Étienne levantó las manos.
—Solo era un cumplido.
—Entonces haga uno mejor.
Lo miré. Damián no apartó la mano de mi cintura. La reunión empezó. Durante la primera hora, casi no hablé. Damián y los otros hombres discutieron cifras, permisos y plazos.
Yo escuché. Hasta que Étienne mencionó el hotel Salvatierra.
—Una adquisición interesante —dijo—. El edificio encajaría muy bien en la nueva línea urbana.
Me tensé. Damián lo notó.
—El hotel no forma parte del proyecto.
—Pensaba que estaba en negociación.
—Ya no.
Étienne me miró.
—Qué pena.
—No para mí.
—Tal vez dentro de unos años cambie de opinión.
—No suelo hacerlo cuando algo importa.
Damián giró la cabeza hacia mí. Étienne sonrió.
—Ahora entiendo por qué le interesa.
—No estamos aquí para hablar del hotel —dijo Damián.
La reunión continuó. Al terminar, Étienne propuso almorzar. Damián aceptó. Yo habría preferido volver a la suite, pero el acuerdo incluía aquello.
Durante el almuerzo, Étienne bebió demasiado vino y empezó a hacer preguntas personales.
—¿Quién pidió matrimonio a quién?
—Él —respondí.
—¿De rodillas?
Miré a Damián.
—No.
—Todavía está a tiempo de repetirlo correctamente.
Damián sostuvo mi mirada.
—No fue necesario.
—Aitana parece una mujer que exigiría algo más.
—Aitana exige muchas cosas.
—Y no siempre las consigue —dije.
Étienne rio.
—Eso sí que no me lo creo.
Su rodilla rozó la mía bajo la mesa. Me aparté. Pudo ser accidental. La segunda vez no lo fue. Damián dejó la copa.
—Mercier.
El hombre lo miró.
—¿Sí?
—Retire la pierna.
El silencio cayó sobre la mesa. Étienne sonrió.
—No era mi intención.
—Ahora ya sabe cuál es la mía.
Su tono había cambiado por completo. Frío. Peligroso. Étienne apartó la pierna.
—Mis disculpas.
—A ella.
El hombre me miró.
—Mis disculpas, Aitana.
—Aceptadas.
La conversación no volvió a recuperarse. Diez minutos después, Damián decidió que nos íbamos. Salimos del club. El coche esperaba en la acera. Cuando entramos, cerré la puerta y lo miré.
—No hacía falta montar una escena.
—Sí hacía falta.
—Podía manejarlo.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué ha intervenido?
Damián se giró hacia mí.
—Porque no tenía derecho a tocarla.
La respuesta fue inmediata. Sin cálculo.
—Usted tampoco.
—Nunca he dicho lo contrario.
—Me ha besado dos veces.
—Con su consentimiento la segunda.
—La primera no.
—Y ya me disculpé.
—No del todo.
—No volverá a ocurrir.
El coche avanzó por las calles de París. Damián seguía mirándome.
—No necesitaba que me defendiera —dije.
—No lo hice porque lo necesitara.
—¿Entonces?
Su mandíbula se tensó.
—Porque quería hacerlo.
No supe qué responder. Miré por la ventana. El reflejo del cristal devolvió su imagen.
Damián no apartó la mirada hasta que llegamos al hotel.
Y por primera vez desde que empezó el acuerdo, deseé que hubiera cámaras.
Habría sido más fácil fingir que todo aquello formaba parte del contrato.