El precio de tentarte Capítulo 7
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Capítulo 7

A las siete de la tarde, la fotografía tenía más de cien mil reacciones.

No sabía qué me resultaba peor: que tanta gente estuviera opinando sobre una relación falsa o que una parte de mí siguiera mirando la imagen.

Damián aparecía inclinado hacia mí, con una expresión que no le había visto en ningún otro momento. Yo estaba riendo, relajada, sin la tensión habitual en los hombros.

Parecíamos bien juntos. Eso era irritante.

Dejé el teléfono boca abajo sobre la cama y fui hasta el ventanal. Desde allí se veía parte del jardín, la piscina y una línea de árboles que aislaba la casa del resto del mundo.

Era un lugar perfecto para esconderse. O para desaparecer. Llamaron a la puerta.

—¿Quién es?

—Damián.

No respondí.

—Sé que está despierta.

—Eso no significa que quiera hablar con usted.

—Tenemos que cenar.

—No tengo hambre.

—Lucía ha llamado tres veces.

Me giré hacia la puerta.

—¿Por qué la ha llamado?

—No la he llamado. Ella ha llamado a la casa.

Abrí. Damián estaba en el pasillo, sin chaqueta y con la camisa arremangada. Su expresión era seria.

—¿Qué quiere Lucía?

—Saber si sigue viva.

—Podía haberme llamado a mí.

—Lo hizo.

Miré el teléfono sobre la cama. Tenía seis llamadas perdidas.

—No lo oí.

—Eso parece.

Damián sostuvo mi mirada.

—Está enfadada.

—Qué capacidad de observación.

—Por la fotografía.

—Por usarla sin consultarme.

—El contrato lo permite.

—El contrato también permite que yo termine el acuerdo si usted incumple mis condiciones.

—No he incumplido ninguna.

—Ha vuelto a decidir por mí.

—Era una decisión de imagen.

—Sobre mi imagen.

El silencio se tensó. Damián apoyó una mano en el marco de la puerta.

—Si hubiera esperado su permiso, Sabrina habría controlado la historia durante horas.

—Tal vez no me importe lo que diga Sabrina.

—A mí sí.

—Porque puede afectar a su negocio.

—Sí.

—Entonces no finja que esto tiene que ver conmigo.

Damián apretó la mandíbula.

—Tiene que ver con ambos.

—No. Tiene que ver con que usted necesita ganar.

—Y usted necesita que el acuerdo funcione.

—Eso no le da derecho a saltarse lo que acordamos.

—No me lo he saltado.

—Lo ha retorcido.

Por un momento, ninguno habló. Después Damián bajó la voz.

—Tiene razón.

Parpadeé. No esperaba eso.

—¿Perdón?

—Debí consultárselo antes de publicar la fotografía.

Lo miré con desconfianza.

—¿Lo siente?

—No especialmente.

—Entonces seguimos igual.

—Pero no volveré a hacerlo.

—Eso ya lo dijo una vez.

—Esta vez por escrito, si lo necesita.

—Tal vez lo necesite.

—Entonces añádalo.

Su facilidad para aceptar me desconcertó.

—¿Y ya está?

—No.

—Claro que no.

Damián se apartó del marco.

—Tiene una cena conmigo.

—No.

—Aitana.

—No voy a bajar a cenar como si nada.

—No es como si nada.

—Entonces, ¿qué es?

—Una oportunidad para dejar de discutir en un pasillo.

—Podemos seguir haciéndolo aquí.

—El personal escucha.

Miré hacia ambos lados. No había nadie.

—¿Y eso le preocupa?

—Me preocupa que crean que la relación tiene problemas el primer día.

—La relación no existe.

—Eso no cambia la percepción.

Me crucé de brazos.

—No pienso actuar para sus empleados.

—No le pido que actúe.

—¿Entonces?

Damián me miró durante unos segundos.

—Le pido que cene conmigo.

La frase sonó distinta. Sin orden. Sin condición. Sin público. Eso me irritó todavía más.

—¿Por qué?

—Porque no ha comido desde el almuerzo.

—No sabe cuándo he comido.

—Helena lo sabe.

—Helena necesita una vida propia.

—La tiene. Organiza la mía.

—Eso explica muchas cosas.

Damián dio un paso atrás.

—El comedor está abajo.

—Sé dónde está.

—La esperaré diez minutos.

—No me espere.

—Lo haré de todos modos.

Se fue. Cerré la puerta. Cinco minutos después, me odiaba por estar cambiándome de camisa.

Bajé a los nueve. El comedor era más pequeño de lo que esperaba. Una mesa para ocho personas ocupaba el centro, pero solo había dos lugares preparados en uno de los extremos.

Damián estaba de pie junto a un mueble bar.

—Ha bajado.

—No se acostumbre.

—Esa frase ya no funciona.

—Seguiré usándola.

Me senté. Una mujer de unos cincuenta años entró con dos platos. Damián se levantó.

—Aitana, ella es Mercedes. Se encarga de la casa.

—Mucho gusto.

Mercedes sonrió.

—Por fin alguien más en esta mesa.

Damián la miró.

—No empieces.

—Llevo seis años viéndolo cenar solo.

—Y yo llevo seis años pidiéndole que no lo comente.

—No me paga lo suficiente para obedecer todo.

Me gustó al instante. Mercedes dejó los platos.

—He hecho merluza. Si no le gusta, hay pasta.

—Me encanta.

—Perfecto. Él come cualquier cosa mientras no le quite tiempo.

—No es verdad —dijo Damián.

—Ayer cenó de pie.

—Tenía una llamada.

—Y anteayer también.

Mercedes salió antes de que él pudiera responder. Lo miré.

—Parece que no todo el mundo aquí le teme.

—Nadie me teme.

—Javier sí.

—Javier teme equivocarse.

—No es lo mismo.

—Se parece.

Empezamos a comer. La merluza estaba excelente. Durante unos minutos solo se oyó el sonido de los cubiertos.

—¿Siempre cena aquí? —pregunté.

—Cuando estoy en Madrid.

—¿Solo?

—Normalmente.

—Doce habitaciones y una mesa para ocho.

—No elegí la mesa.

—¿Quién la eligió?

Damián bebió agua.

—Mi padre.

La respuesta me sorprendió.

—¿Vivía aquí?

—Sí.

—¿Y su madre?

—Murió cuando yo tenía quince años.

Su tono cerró la conversación. No insistí.

—Mi madre odiaba las mesas grandes —dije—. Decía que alejaban a la gente.

Damián me miró.

—¿Y qué usaba?

—Una mesa redonda en el comedor del hotel. Cabían seis personas, ocho si alguien aceptaba comer con un codo pegado al cuerpo.

—Poco práctico.

—Muy humano.

—No siempre son compatibles.

—Ese es uno de sus problemas.

—¿Cuántos tengo?

—Todavía estoy haciendo inventario.

Una sonrisa breve apareció en su boca.

—¿Y sus virtudes?

—No he llegado a esa sección.

—Tardará.

—Eso parece.

Mercedes regresó con una botella de vino.

—La señorita Salvatierra necesita una copa.

—La señorita Salvatierra puede decidirlo sola —dije.

Mercedes asintió.

—Por eso se la traigo a usted y no a él.

Sirvió dos copas. Damián la observó alejarse.

—Se toma demasiadas libertades.

—Y usted no está acostumbrado.

—No.

—Eso también se nota.

Bebí un poco.

—¿Por qué no tiene pareja?

Damián levantó la vista.

—Pregunta directa.

—Ha investigado mi vida entera. Considérelo equilibrio.

—No tengo tiempo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única.

—La gente encuentra tiempo para lo que quiere.

—Exactamente.

La frase quedó entre los dos.

—Entonces no quiere una relación.

—No.

—¿Nunca?

—No he dicho eso.

—¿Ahora?

—Ahora no.

—Qué conveniente para alguien que necesita una prometida.

Damián apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Y usted?

—¿Qué pasa conmigo?

—¿Por qué no tiene pareja?

—Porque no quiero.

—Eso no es una respuesta.

—Es la suya.

—Yo he sido sincero.

—Yo también.

—No completamente.

Lo miré.

—No vuelva a investigarme.

—No necesito hacerlo.

—¿Entonces?

Damián sostuvo mi mirada.

—Cuando habla del hotel, habla como si no quedara espacio para nada más.

La observación me incomodó.

—Eso no significa que no lo haya.

—Significa que no lo ha encontrado.

—No sabe nada.

—Sé más de lo que cree.

—Eso no es tranquilizador.

El aire cambió. No había cámaras. No había inversores. No había una razón para que me mirara así.

Aparté la vista.

—¿Qué va a pasar con Sabrina?

—Nada.

—Ha insinuado que nuestro compromiso es falso.

—No puede demostrarlo.

—¿Y si insiste?

—Dejará de hacerlo.

—Eso ha sonado amenazante.

—Solo exacto.

—No quiero saber cómo piensa conseguirlo.

—No necesita saberlo.

—Eso suele ser la antesala de un delito.

Damián soltó una risa baja. Otra vez. Empezaba a molestarme que me gustara. Mercedes entró con el postre.

—Tarta de limón.

—No quiero —dijo Damián.

Mercedes dejó una porción delante de él.

—No le he preguntado.

Me tapé la boca para no reír. Damián la miró. Ella salió sin inmutarse.

—Está perdiendo autoridad —dije.

—Nunca la tuve con Mercedes.

—Eso me devuelve la fe en el mundo.

Probé la tarta.

—Está buenísima.

—Lo sé.

—Ha dicho que no quería.

—Eso no significa que no sepa cómo está.

—¿Siempre se contradice así?

—Solo cuando hay azúcar.

Comimos en silencio. Esta vez no fue incómodo. Después, Damián dejó el tenedor.

—Mañana viajamos a París.

Casi me atraganté.

—¿Qué?

—Moreau quiere presentar el proyecto a dos socios.

—No puedo irme mañana.

—El contrato incluye viajes.

—También incluye que puedo seguir gestionando el hotel.

—Podrá hacerlo desde París.

—No es lo mismo.

—Serán dos días.

—No tengo ropa.

—Helena ya se ocupa.

—Eso no mejora nada.

Damián se recostó en la silla.

—El vuelo sale a las nueve.

—No he dicho que vaya.

—Ha firmado.

—Eso no significa que pueda moverme como una maleta.

—No la estoy moviendo como una maleta.

—Se parece bastante.

—Aitana.

—No.

—El hotel está protegido.

La frase me heló. Damián se dio cuenta.

—No lo he dicho para ganar la discusión.

—Pues ha sonado igual.

—Lo he dicho porque puede irse dos días sin que todo se derrumbe.

Eso me dejó callada.

Llevaba tanto tiempo creyendo que si me alejaba unas horas algo saldría mal que la idea de irme a otro país parecía absurda.

—Lucía puede encargarse —añadió.

—Lucía ya se encarga de demasiado.

—Porque usted no delega.

—Porque no puedo permitirme errores.

—Ahora sí.

Lo miré.

—No entiende lo difícil que es dejar algo cuando ha estado a punto de perderlo.

Damián sostuvo mi mirada.

—Sí lo entiendo.

La respuesta fue baja. Seria. No pregunté. No porque no quisiera. Porque algo en su rostro me dijo que no respondería. Mercedes apareció en la puerta.

—¿Café?

—Sí —dije.

—No —dijo Damián.

Mercedes trajo dos. Esta vez sí me reí. Damián negó con la cabeza.

—Disfruta demasiado.

—Es agradable ver a alguien ignorarlo.

—Usted lo hace constantemente.

—Pero yo tengo contrato.

—Ella tiene las llaves de la despensa.

—Más poder.

Bebimos el café. Cuando terminamos, me levanté.

—Buenas noches.

Damián también se puso en pie.

—Mañana a las siete y media.

—Ocho.

—Siete y media.

—Siete cuarenta y cinco.

—Hecho.

Empecé a caminar hacia la puerta.

—Aitana.

Me giré. Damián estaba junto a la mesa, observándome.

—¿Qué?

—La fotografía no era falsa.

Sentí que se me tensaban los hombros.

—Claro que lo era.

—La situación, sí.

—Entonces no entiendo.

—Usted se estaba riendo de verdad.

—Eso no significa nada.

—No he dicho que lo signifique.

—Pues no lo diga como si lo hiciera.

Damián sostuvo mi mirada un segundo más.

—Buenas noches.

Subí sin responder. Entré en mi habitación y cerré con llave. Después apoyé la espalda en la puerta.

La fotografía no era falsa. No del todo.

Ese era exactamente el problema.