Capítulo 6
La casa de Damián no era una casa. Era una declaración de impuestos con jardín.
El coche atravesó una entrada privada, pasó junto a una garita de seguridad y siguió por un camino flanqueado por árboles hasta detenerse frente a una fachada de piedra, cristal y líneas perfectas.
Me quedé mirando por la ventanilla.
—¿Vive aquí solo?
—Sí.
—Eso explica las doce habitaciones.
Damián salió del coche y rodeó el vehículo para abrirme la puerta.
Los fotógrafos no estaban allí. Aun así, mantuvo el gesto.
—¿Siempre hace eso?
—¿Qué cosa?
—Abrir puertas.
—Cuando estoy de buen humor.
—Entonces debe de ser un día histórico.
Me ofreció la mano. La ignoré y bajé sola. Helena ya estaba junto al maletero, dando instrucciones a dos hombres que habían aparecido desde el interior.
Mi maleta desapareció antes de que pudiera tocarla.
—Quiero saber dónde llevan mis cosas.
—A su habitación —respondió Damián.
—¿Y dónde está mi habitación?
—En la planta superior.
—Muy preciso.
—Se la enseñaré.
Entramos. El vestíbulo tenía un techo de doble altura, una escalera flotante y un ventanal desde el que se veía el jardín trasero. Todo era elegante, impecable y demasiado silencioso.
No había fotografías. Ni libros abiertos. Ni una chaqueta olvidada sobre una silla. Nada que indicara que una persona vivía allí.
—Parece un hotel —dije.
Damián dejó las llaves sobre una consola.
—Eso no es un cumplido viniendo de usted.
—Los hoteles tienen más vida.
Helena caminó hacia el salón.
—La sesión será allí. La luz es mejor.
—¿Qué clase de fotografías vamos a hacer? —pregunté.
—Las habituales. Algunas formales, otras más naturales.
—No hay nada natural en esto.
—Eso no tiene que notarse.
Damián se quitó la chaqueta.
—Helena, necesitamos diez minutos.
Ella lo miró.
—El fotógrafo ya viene de camino.
—Diez minutos.
—Ocho.
—Diez.
Helena suspiró.
—Como quiera.
Se alejó hablando por teléfono. Damián hizo un gesto hacia la escalera.
—Venga.
—Sigo sin aceptar bien las órdenes.
—Entonces quédese aquí y deje que Helena la vista en mitad del salón.
Subí.
—Eso es chantaje.
—Eso es conocimiento del entorno.
El pasillo de la planta superior era tan grande como toda la recepción del hotel.
Damián abrió una puerta al final.
La habitación tenía una cama enorme, un sofá junto al ventanal, un baño de mármol y un vestidor con más espacio que mi apartamento.
Mi maleta estaba sobre un banco. Al lado había seis fundas de ropa.
—No —dije.
—Todavía no las ha visto.
—No necesito verlas.
—Son para eventos.
—Tengo ropa para eventos.
—Tiene un vestido negro de funeral y uno rojo que no quería ponerse.
—También tengo otros.
—Helena no está de acuerdo.
—Helena no manda sobre mi armario.
—Correcto. Usted elige entre las opciones.
Lo miré.
—Eso sigue siendo controlar mi ropa con pasos extra.
Damián entró y abrió una de las fundas. Dentro había un vestido verde oscuro. Sencillo. Elegante. Exactamente del tipo que habría elegido yo.
—¿Ve? —dijo.
—Puedo odiarlo aunque tenga buen gusto.
—Eso sería coherente con el resto de su comportamiento.
Cerró la funda.
—Esta habitación es suya. Nadie entrará sin permiso.
—¿Incluido usted?
—Especialmente yo.
—Bien.
Damián señaló una puerta lateral.
—El vestidor comunica con el baño. La puerta del fondo lleva a una pequeña sala privada.
—¿Y su habitación?
—Al otro lado del pasillo.
Lo miré.
—¿Tan cerca?
—La casa ya estaba construida cuando firmó el contrato.
—Podía haberme instalado en otra ala.
—Podía.
—¿Y por qué no lo hizo?
Damián se apoyó en el marco de la puerta.
—Porque nadie creería que una pareja recién prometida duerme en extremos opuestos de una casa de doce habitaciones.
—Nadie tiene por qué saber dónde dormimos.
—El personal sí.
Miré hacia el pasillo.
—¿Cuánta gente trabaja aquí?
—Seis.
—Seis personas para una sola persona.
—Ahora somos dos.
—Eso no mejora la cifra.
Damián sonrió.
—Hay una llave por dentro.
—La usaré.
—Lo supuse.
Helena apareció en la puerta.
—Se acabó el tiempo. Aitana, necesito que se cambie.
—¿Con qué?
Helena señaló las fundas.
—Vestido crema. Zapatos nude. Pelo suelto.
—No.
—¿Qué parte?
—La de que me dé instrucciones como si fuera un perchero.
Helena cruzó los brazos.
—Necesitamos fotografías que transmitan intimidad, elegancia y espontaneidad.
—Esas tres palabras no caben en la misma frase cuando hay un fotógrafo contratado.
—Aitana —intervino Damián.
—No.
—Escúchela.
—No quiero escuchar a nadie explicarme cómo parecer enamorada de usted.
Helena los miró a ambos.
—Perfecto. Póngase lo que quiera.
Me sorprendió.
—¿Así de fácil?
—Sí.
—¿Y después?
—Después veremos si funciona.
Había una amenaza profesional en su tono. Elegí el vestido crema por pura rabia.
Veinte minutos después, bajé al salón.
El fotógrafo estaba colocando luces junto al ventanal. Dos asistentes movían una butaca. Helena revisaba una tableta.
Damián estaba de pie junto a la chimenea. Se había cambiado. Llevaba pantalones oscuros y una camisa azul sin corbata. Cuando me vio, se quedó quieto un instante. No fue mucho. Lo noté.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Eso ha parecido algo.
—Le queda bien.
—Sobreviviré al entusiasmo.
Helena se acercó.
—Empezaremos junto al ventanal.
El fotógrafo nos indicó dónde colocarnos. Damián se situó detrás de mí.
—Más cerca —pidió el hombre.
Damián apoyó una mano en mi cintura.
—Más.
—Ya está bastante cerca —dije.
—Aitana —murmuró Helena.
Damián se pegó a mi espalda. Sentí el calor de su cuerpo. Su pecho rozó mis hombros. Su mano permaneció firme sobre mi cintura.
—Relájese —dijo junto a mi oído.
—Estoy relajada.
—Parece que quiere apuñalarme.
—Eso también puede parecer pasión.
El fotógrafo bajó la cámara.
—No hablen.
—Buena suerte —dijo Damián.
La primera serie de imágenes fue soportable. Miradas. Manos entrelazadas. Una fotografía sentados en el sofá. Otra junto al ventanal. El problema llegó cuando Helena pidió algo más íntimo.
—Aitana, apoya la cabeza en su hombro.
—No.
—Solo un momento.
—Eso parece una infección de cuello.
Damián soltó una risa. Fue la primera vez que lo oí reír de verdad. No una sonrisa breve. No una mueca arrogante.
Una risa baja, limpia y completamente inesperada. Me giré para mirarlo. El fotógrafo disparó varias veces.
—Eso —dijo Helena—. Exactamente eso.
—¿Qué?
—La forma en que lo ha mirado.
—Lo estaba mirando porque se ha reído.
—Perfecto.
Damián seguía observándome. Algo más suave había aparecido en su expresión.
—Otra vez —pidió el fotógrafo.
—No puedo obligarlo a reír.
—Seguro que puede —respondió Helena.
—No pienso hacer el ridículo.
Damián se inclinó un poco.
—Podría repetir lo de la casa sin vida.
—Eso no era una broma.
—Por eso funcionó.
El fotógrafo volvió a disparar. La sesión duró casi una hora.
Al terminar, me dolían las mejillas de sonreír. Helena revisó las imágenes.
—Estas sirven.
—Qué alivio.
—Especialmente las últimas.
—¿Las últimas cuáles?
Giró la pantalla. En una de ellas, Damián estaba sentado en el sofá y yo a su lado. Él me miraba. Yo me estaba riendo.
No recordaba haberme reído. Parecíamos cercanos. Demasiado.
—No publique esa —dije.
—Es la mejor.
—Precisamente.
Damián se acercó para verla.
—Publíquela.
—No.
—Necesitamos una imagen convincente.
—Esa parece demasiado real.
El silencio duró un segundo. Helena lo rompió.
—Esa es la idea.
Se alejó con la tableta. Yo miré a Damián.
—No quería decir...
—Sé lo que quería decir.
—Bien.
—¿La fotografía la incomoda?
—Me incomoda que alguien pueda creerla.
—¿Y si la creyera usted?
Lo miré.
—Eso no va a pasar.
—Claro.
—Deje de decir claro de esa manera.
—¿De qué manera?
—Como si supiera algo que yo no.
Damián dio un paso hacia mí.
—Sé que ha disfrutado la sesión más de lo que pensaba.
—Eso no es difícil. Pensaba que sería una tortura.
—Y solo ha sido desagradable.
—Moderadamente.
—Progreso.
Helena regresó.
—Tenemos un problema.
Damián se giró.
—¿Cuál?
—La fotografía del beso ha generado más interés del previsto.
—Eso no es un problema.
—Lo será. Hay periodistas en la puerta del hotel y dos equipos frente a esta casa.
Sentí un vuelco.
—¿Frente a mi hotel?
—Sí.
—Mis huéspedes no tienen por qué soportar eso.
—Seguridad está controlándolo —dijo Damián.
—No quiero seguridad suya en mi hotel.
—Ahora la necesita.
—No decida por mí.
—No estoy decidiendo. Estoy evitando que alguien entre a molestar a sus clientes.
—Debió pensarlo antes de avisar a la prensa.
Damián endureció la expresión.
—La aparición era necesaria.
—Para usted.
—Y para salvar su hotel.
La frase me golpeó.
—No vuelva a utilizar eso cada vez que quiera ganar una discusión.
—No lo utilizo. Es un hecho.
—También es un hecho que no me dijo lo que iba a provocar.
—Nadie podía prever este nivel de atención.
—Usted siempre presume de preverlo todo.
Helena miró el teléfono.
—Hay otra cosa.
—¿Qué? —preguntó Damián.
—Una mujer ha hablado con un periodista.
—¿Qué mujer?
Helena me miró a mí antes de responder.
—Una expareja suya.
Damián no reaccionó. Eso fue peor.
—¿Qué ha dicho? —pregunté.
Helena tocó la pantalla.
—Que el compromiso es una estrategia empresarial y que Damián no ha mantenido una relación seria en su vida.
—Tiene buena puntería —murmuré.
Damián extendió la mano.
—Dame el teléfono.
Helena se lo entregó. Leyó en silencio.
—¿Quién es? —pregunté.
—No importa.
—Ahora mismo sí.
—Se llama Sabrina Cole.
El nombre me resultó familiar.
—¿La modelo?
—Sí.
—La que salió con usted el año pasado.
Damián levantó la vista.
—Está bien informada.
—Hay fotografías suyas en internet entrando en un yate.
—Fue una relación breve.
—¿Cuánto de breve?
—Dos meses.
—Eso, para usted, debe de ser un matrimonio.
Helena suspiró.
—Necesitamos una respuesta inmediata.
—No vamos a responder —dijo Damián.
—Si no lo hacemos, la historia crecerá.
—Que crezca.
—Puede afectar a Moreau.
Damián apretó la mandíbula.
—Entonces publica las fotografías.
—¿Todas?
—Las mejores.
Helena me miró.
—Incluida la del sofá.
—No.
Damián volvió la cabeza hacia mí.
—Es necesario.
—Esa palabra otra vez.
—Aitana.
—No quiero que esa fotografía esté en todas partes.
—No muestra nada comprometedor.
—Muestra demasiado.
Sus ojos se quedaron en los míos.
—¿Qué muestra?
No respondí. Helena intervino.
—Muestra una pareja enamorada.
—No lo somos.
—Pero eso es exactamente lo que necesitamos que parezca.
Damián seguía mirándome.
—Publícala —dijo.
—No he dado permiso.
—El contrato autoriza el uso de imagen durante el acuerdo.
Sentí que algo se cerraba dentro de mí.
—Claro.
Tomé mi bolso.
—¿Adónde va? —preguntó.
—A mi habitación.
—Tenemos que decidir cómo responder a la prensa.
—Ya lo ha decidido.
Subí sin esperar. Entré en la habitación y cerré con llave. Después miré el teléfono. La fotografía apareció en las redes de Blake Hospitality cinco minutos más tarde.
Ella dijo que no la primera vez. Por suerte, no fue la última.
Debajo estaba la imagen. Damián mirándome. Yo riendo. Parecíamos felices. Parecíamos enamorados.
Y por primera vez desde que había firmado el contrato, sentí que el peligro no estaba en que los demás creyeran la mentira.
Estaba en empezar a olvidar dónde terminaba.