Capítulo 5
La fotografía estaba en todas partes. En la recepción del hotel. En el teléfono de Lucía. En el ordenador de recepción. En la pantalla del móvil de la camarera de pisos.
Y, por alguna razón que no quería investigar, también en el grupo de WhatsApp de antiguos alumnos del colegio.
A las ocho de la mañana, ya había recibido mensajes de tres personas con las que no hablaba desde hacía años.
A las ocho y cuarto, una mujer llamó al hotel para preguntar si Damián Blake iba a celebrar allí la boda.
A las ocho y media, un periodista intentó reservar una habitación con el único propósito de entrevistarme.
Y a las nueve, mi padre llamó desde Sevilla.
—¿Te vas a casar?
Me apoyé contra el mostrador.
—Buenos días, papá.
—No me cambies de tema.
—No te estoy cambiando de tema. Estoy intentando empezar la conversación como personas civilizadas.
—Hay una fotografía tuya besándote con un hombre en todos los periódicos.
—No en todos.
—En los que yo leo.
—Lees dos.
—Dos son suficientes.
Lucía estaba al otro lado de la recepción fingiendo ordenar unas facturas. No fingía muy bien.
—Es complicado —dije.
—¿Cuánto?
—Bastante.
—¿Quién es?
—Damián Blake.
—Eso ya lo sé. Hasta yo sé quién es Damián Blake.
—Entonces nos ahorramos las presentaciones.
—Aitana.
Cerré los ojos. Mi padre solo utilizaba ese tono cuando sospechaba que estaba ocultándole algo. Con razón.
—Es una relación reciente.
—¿Cuánto de reciente?
—Muy.
—¿Una semana?
—Más reciente.
—¿Tres días?
Lucía levantó tres dedos. La fulminé con la mirada.
—No importa cuánto.
—Claro que importa. No puedes comprometerte con un hombre al que conoces desde hace tres días.
—Técnicamente, puedo.
—Técnicamente, también puedes tirarte desde un balcón.
—No es comparable.
—Depende del matrimonio.
Tuve que contener una sonrisa. Mi padre había sobrevivido a tres divorcios. Se consideraba una autoridad en decisiones sentimentales desastrosas.
—Voy a explicártelo cuando pueda.
—Eso significa que no vas a explicármelo.
—Significa que ahora mismo tengo trabajo.
—¿Él te está presionando?
La pregunta cambió el tono de la conversación. Me enderecé.
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Si ese hombre cree que puede comprarlo todo...
—Papá.
—Solo digo que no me gusta.
—Ni siquiera lo conoces.
—Conozco su cara.
—Eso no cuenta.
—Tiene cara de hombre que firma contratos después de arruinar familias.
Lucía soltó una tos extraña. Me giré para ocultar la risa.
—Hablamos esta noche.
—Quiero conocerlo.
—Ya veremos.
—Eso no es un no.
—Adiós, papá.
Colgué antes de que pudiera responder. Lucía se apoyó en el mostrador.
—Tu padre tiene una capacidad de análisis extraordinaria.
—No lo animes.
—Lo de las familias arruinadas ha sido preciso.
—Es una fotografía.
—Es una fotografía muy convincente.
—No empieces.
Lucía levantó las manos.
—No he dicho nada.
—Lo estabas pensando.
—Pienso muchas cosas.
—Estás demasiado tiempo con él.
—Llevas cuatro días conociéndolo.
—Y ya se me ha pegado la frase.
El teléfono de recepción sonó. Lucía contestó. Mientras hablaba, miré otra vez la fotografía abierta en la pantalla del ordenador.
Damián tenía una mano en mi cintura y la otra en mi nuca.
Yo parecía estar completamente entregada al beso. No lo estaba. Solo había durado unos segundos. Unos segundos demasiado largos. Cerré la página.
A las diez, llegó la nueva versión del contrato. A las diez y cinco, llamó mi abogado. A las diez y diez, empezó a reírse.
—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunté.
—La cláusula sobre contacto físico.
—No tiene gracia.
—Dice que cualquier muestra de afecto en privado requerirá consentimiento explícito y verificable.
—Eso pedí.
—¿Verificable cómo?
Me quedé callada.
—No lo sé.
—¿Con testigos?
—No.
—¿Por escrito?
—Tampoco.
—¿Una grabación?
—Marcos.
—Estoy intentando entender el contrato.
—Intenta entenderlo sin divertirte.
—Eso va a ser difícil.
Caminé hasta el despacho y cerré la puerta.
—¿Está bien?
—Está muy bien.
—¿Demasiado bien?
—Damián Blake tiene abogados que cobran más por hora de lo que yo gano en una semana.
—Eso no responde.
—El hotel queda protegido. La deuda se cancela desde el momento de la firma. Las reformas se pagan aunque el acuerdo termine antes, siempre que tú no incumplas.
—¿Y la penalización?
—Solo se aplica si abandonas sin causa justificada o revelas el contrato.
—¿Y si él incumple?
—Puedes terminarlo sin penalización.
—¿Hay algo oculto?
Marcos guardó silencio unos segundos.
—Nada ilegal.
—Eso suena mal.
—Hay una cláusula que permite ampliar el acuerdo si ambas partes aceptan.
—No voy a aceptar.
—Entonces no importa.
—¿Algo más?
—Tendrás que mudarte a su casa hoy.
Miré la maleta vacía que Lucía había dejado junto al escritorio.
—Ya lo sé.
—¿Estás segura de esto?
No respondí enseguida.
El hotel estaba lleno de ruidos familiares: teléfonos, maletas rodando, puertas abriéndose, la cafetera del comedor.
Todo lo que llevaba dos años intentando salvar.
—No tengo otra opción.
—Siempre hay otra opción.
—Damián también dice eso.
—Entonces retiro la frase.
—¿Puedo firmar?
—Puedes.
—¿Debo?
—Eso no me corresponde decidirlo.
—Odio a los abogados.
—Hasta que nos necesitas.
—Especialmente cuando os necesito.
Colgué. A las once en punto, Damián entró en el hotel. No venía solo. Javier caminaba detrás de él con una carpeta. Una mujer rubia, delgada y vestida con un traje beige los acompañaba.
Lucía se acercó a mí.
—¿Quién es?
—No lo sé.
La mujer sonrió al verme.
—Aitana, soy Helena Valls. Me encargaré de su imagen durante el acuerdo.
—No necesito que se encargue nadie de mi imagen.
Helena mantuvo la sonrisa.
—Eso dicen todas al principio.
—Yo también lo diré al final.
Damián me observó.
—¿Ha revisado el contrato?
—Sí.
—¿Va a firmar?
—Buenos días para usted también.
—Buenos días.
—Ahora suena falso.
—Porque lo es.
Javier colocó la carpeta sobre el mostrador. Lucía se acercó con evidente interés.
—¿Puedo leer?
—No —respondimos Damián y yo al mismo tiempo.
Ella retrocedió.
—Qué coordinación. Parecéis una pareja de verdad.
Abrí la carpeta. El contrato estaba marcado en los lugares donde debía firmar. Damián ya lo había hecho. Su firma aparecía firme y oscura al final de cada página importante.
Tomé el bolígrafo.
—En cuanto firme, la deuda queda pagada.
—Sí.
—Y las reformas empiezan esta semana.
—Sí.
—El hotel sigue siendo mío.
—Sí.
—No intentará comprarlo después.
Damián sostuvo mi mirada.
—No durante el acuerdo.
Dejé el bolígrafo.
—Eso no es lo que he preguntado.
—No puedo comprometer decisiones futuras.
—Entonces añádalo.
—No.
—Damián.
Fue la primera vez que pronuncié su nombre sin añadir una amenaza detrás. Algo cambió en su expresión. Muy poco. Lo suficiente.
—No intentaré comprar el hotel mientras usted quiera conservarlo —dijo.
—Por escrito.
Javier abrió la boca. Damián levantó una mano.
—Añádalo.
Javier tomó la carpeta.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Necesito modificar la versión digital.
—Hágalo.
El hombre se alejó hacia una mesa con su ordenador. Helena miró el reloj.
—Tenemos una sesión a las doce.
—¿Qué sesión? —pregunté.
—Fotografías oficiales.
La miré. Después miré a Damián.
—No.
—Sí.
—No pienso hacer una sesión de compromiso.
—La prensa ya tiene una imagen.
—Entonces no necesita más.
—Esa fotografía no controla la narrativa.
—No sé qué significa eso.
—Significa que ahora mismo todo el mundo cree que nuestra relación salió a la luz por accidente.
—Fue exactamente lo que ocurrió.
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido. Me quedé quieta.
—¿Qué quiere decir con no?
Damián miró a Javier. Javier dejó de escribir.
—Los fotógrafos estaban avisados —dije.
—No por mí.
—Pero sabía que estarían allí.
—Sí.
Sentí cómo subía la rabia.
—Me mintió.
—No me preguntó si sabía que acudirían.
—Le pregunté si los había llamado.
—Y le dije la verdad.
—Eso es jugar con las palabras.
—Eso es responder con precisión.
—Eso es ser un miserable.
Helena retrocedió un paso. Lucía fingió concentrarse en el teléfono. Damián mantuvo la calma.
—Necesitábamos una aparición pública.
—Podía haberme avisado.
—Habría estado tensa.
—Estaba tensa.
—Pero parecía real.
—Porque me besó sin avisar.
—El contrato todavía no estaba firmado.
—No utilice eso como defensa.
—No lo hago.
—Entonces pida disculpas.
El silencio cayó sobre la recepción. Javier levantó lentamente la cabeza. Helena dejó de mirar el reloj.
Damián me observó como si acabara de hablar en otro idioma.
—¿Perdón?
—Quiero una disculpa.
—La prensa era necesaria.
—No por eso. Por no decírmelo.
Damián apretó la mandíbula.
—No volverá a ocurrir.
—Eso no es una disculpa.
—Es mejor.
—Para usted.
—Es una garantía.
—Quiero las dos cosas.
Nos quedamos mirándonos. Lucía carraspeó.
—Voy a comprobar unas habitaciones.
Nadie respondió. Damián se acercó. Bajó la voz.
—Lamento no haberle dicho que habría fotógrafos.
—¿Lo siente?
—No.
—Entonces no sirve.
—Pero no volverá a ocurrir.
—Eso sí me sirve.
Retrocedí. Javier regresó con la nueva versión impresa. Busqué la cláusula añadida. Estaba allí.
Blake Hospitality Group y Damián Blake renuncian a presentar futuras ofertas de compra sobre el Hotel Salvatierra mientras Aitana Salvatierra conserve la propiedad y no manifieste intención expresa de venta.
Tomé el bolígrafo. Firmé. Una página. Después otra. Y otra.
Cuando llegué al final, dudé un segundo. Damián estaba frente a mí. Inmóvil. Esperando.
Firmé. Javier cerró la carpeta.
—El acuerdo entra en vigor en este momento.
Mi teléfono vibró. Un mensaje del banco.
El importe pendiente ha sido cancelado.
Lo leí dos veces. Después abrí la aplicación. La deuda aparecía a cero. Durante unos segundos, no pude hablar.
Dos años de miedo. Dos años calculando pagos. Dos años despertándome de madrugada pensando que perdería el hotel. Habían desaparecido con una firma.
—¿Está bien? —preguntó Lucía.
Asentí. No confiaba en mi voz. Damián me observaba. No dijo nada. Por una vez, se lo agradecí. Helena rompió el momento.
—Tenemos que irnos.
La miré.
—No voy a hacer fotografías.
—Sí va a hacerlas.
—¿Todo el mundo en su empresa habla así?
—Solo los eficaces.
—Empiezo a comprender por qué trabaja para él.
Helena sonrió.
—El coche espera fuera.
—Mi maleta no está preparada.
Lucía apareció con ella.
—Sí lo está.
La miré.
—Traición.
—He metido lo necesario para dos días.
—¿Y después?
Helena intervino.
—El resto llegará esta tarde.
—¿El resto de qué?
—Su ropa.
—Tengo ropa.
Helena dirigió una mirada a mis vaqueros.
—Por supuesto.
—No me gusta.
—Eso también lo dicen todas al principio.
Damián tomó mi maleta. Lo miré.
—Puedo llevarla.
—Lo sé.
—Entonces déjela.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ahora mismo hay seis periodistas frente al hotel y parecería extraño que mi prometida cargara con su equipaje mientras yo camino a su lado.
Me acerqué a la ventana. Tenía razón. Había cámaras junto a la entrada.
—¿Otra vez avisados?
—Esta vez sí.
Me giré despacio. Damián sostuvo mi mirada.
—Ha dicho que no volvería a ocultárselo.
—Y no lo he hecho.
—Eso ha durado poco.
—La mejora ha sido inmediata.
Helena abrió la puerta. Los flashes empezaron antes de que saliéramos. Damián dejó la maleta al chófer y colocó una mano en mi cintura.
—Sonría.
—No abuse.
—Están mirando.
—Que miren.
Un periodista gritó mi nombre. Otro preguntó cuándo nos habíamos conocido. Damián inclinó la cabeza hacia mí.
—Béseme.
Lo miré.
—¿Perdón?
—Ha exigido aviso previo.
—Eso no significa que pueda ordenarlo.
—Entonces considérelo una petición.
—No.
—Están esperando.
—Que esperen.
Su mano se deslizó un poco más alrededor de mi cintura.
—Aitana.
—Pídalo bien.
Los flashes continuaban. Damián se acercó a mi oído.
—¿Puedo besarla?
Su voz fue tan baja que nadie más pudo oírla. Sentí un escalofrío. Ridículo. Completamente innecesario.
—Solo para la fotografía —murmuré.
—Por supuesto.
Mentía. Lo supe antes de que su boca tocara la mía. El beso fue más lento que el anterior. Menos inesperado. Mucho peor. Porque esta vez tuve tiempo de sentirlo desde el principio.
Su mano se mantuvo en mi cintura. La mía terminó apoyada en su pecho. Otra vez.
Los fotógrafos gritaban preguntas. Yo no escuchaba ninguna.
Cuando Damián se apartó, sus ojos seguían clavados en los míos.
—Gracias —dijo.
—No se acostumbre.
—Esa frase empieza a perder credibilidad.
Entré en el coche. Él se sentó a mi lado. Helena ocupó el asiento delantero.
—La sesión será rápida —dijo—. Después iremos a la residencia.
—¿Dónde vive?
Damián me miró.
—En La Moraleja.
—Naturalmente.
—¿Tiene algún problema?
—Ninguno. Siempre quise vivir en una casa donde seguramente haya habitaciones que nadie ha pisado en años.
—Solo hay doce.
Lo miré.
—Era una broma.
—Yo no.
Helena ocultó una sonrisa. El coche arrancó. Miré por la ventana mientras el hotel quedaba atrás.
La deuda estaba pagada. Las reformas empezarían en pocos días. Había salvado lo único que no estaba dispuesta a perder.
Todo lo que tenía que hacer era fingir durante treinta días.
Treinta días viviendo con Damián Blake. Treinta días sonriendo para las cámaras. Treinta días recordando que cada beso formaba parte de un contrato.
Parecía sencillo.
Hasta que Damián apoyó una mano sobre el asiento, a pocos centímetros de la mía, y comprendí que acababa de firmar un acuerdo lleno de cláusulas para protegerme de él.
Ninguna para protegerme de mí misma.