El precio de tentarte Capítulo 4
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Capítulo 4

La cena se celebraba en un hotel que pertenecía a Damián. Por supuesto.

Todo parecía pertenecerle: el edificio, el restaurante, el coche, el chófer, la mesa junto al ventanal y probablemente el aire que respirábamos.

Cuando entramos, el maître se acercó con una sonrisa impecable.

—Señor Blake.

—Buenas noches, André.

La mirada del hombre se posó en mí y después en el anillo. Su sonrisa cambió apenas.

—Señorita Salvatierra. Enhorabuena.

Estuve a punto de mirar a Damián. No lo hice.

—Gracias.

Él apoyó una mano en mi espalda y me condujo hacia el comedor. El contacto fue ligero. Demasiado natural.

—No sabía que todo el personal estaba informado —murmuré.

—Ahora lo está.

—Eso ha sido rápido.

—La discreción suele durar poco cuando alguien lleva un diamante de ese tamaño.

Bajé la mirada hacia mi mano.

—Sigo pensando que esto podría pagar la reforma completa del hotel.

—Podría pagar varias.

—Entonces es absurdo llevarlo puesto.

—Es necesario.

—Esa palabra empieza a molestarme.

—Solo porque casi siempre tengo razón cuando la uso.

Nos detuvimos frente a una mesa redonda. Un matrimonio de unos sesenta años se puso en pie para recibirnos.

Él era alto, delgado y llevaba el cabello completamente blanco. Ella tenía una elegancia tranquila y una mirada mucho más viva que la de su marido.

Damián me presentó.

—Aitana, ellos son Laurent y Camille Moreau.

Laurent tomó mi mano.

—Por fin conocemos a la mujer que ha conseguido domesticar a Blake.

Damián ni siquiera pestañeó.

—Nadie ha hablado de domesticar.

—Entonces todavía está a tiempo —dijo Camille.

Me gustó inmediatamente. Nos sentamos. Damián colocó mi silla antes de ocupar la suya. Ese pequeño gesto me desconcertó más que todas sus órdenes. No parecía ensayado.

—Damián nos ha hablado muy poco de usted —comentó Camille.

—Es muy reservado.

—Eso es una forma amable de decirlo.

Laurent sonrió.

—¿Cómo se conocieron?

La pregunta llegó antes de que hubiera podido beber agua.

Damián me miró. Ese hombre no pensaba ayudarme. Perfecto.

—Quería comprarme el hotel —dije.

Camille alzó las cejas. Damián tomó su copa.

—No es la historia más romántica.

—Es la única que tenemos.

Laurent soltó una carcajada.

—¿Y qué ocurrió?

—Le dije que no.

—Varias veces —añadió Damián.

—No acepta bien que lo rechacen.

—No estoy acostumbrado.

—Eso también lo repite mucho.

Camille nos observaba con evidente interés.

—¿Y cómo pasó de intentar comprar su hotel a pedirle matrimonio?

—Persistencia —respondió Damián.

—Agotamiento —dije al mismo tiempo.

Los Moreau rieron. Damián volvió la cabeza hacia mí. Había algo distinto en su mirada. Aprobación. Aquello me molestó más de lo que debería.

El camarero sirvió el primer plato. No reconocí la mitad de los ingredientes, pero todo estaba colocado con tanta precisión que daba pena tocarlo.

—¿El hotel lleva mucho tiempo en su familia? —preguntó Laurent.

—Mi madre lo compró hace más de veinte años. Era una casa de huéspedes bastante deteriorada. La fue reformando poco a poco.

—Debe de significar mucho para usted.

—Todo.

La respuesta salió demasiado rápido. Damián apoyó una mano sobre la mía. La cubrió por completo. Recordé el contrato. Contacto físico en público.

Aquello formaba parte del acuerdo. No tenía por qué sentir nada.

—Aitana ha conseguido mantenerlo abierto en circunstancias difíciles —dijo.

Lo miré. Su tono no era condescendiente. Tampoco parecía estar interpretando.

—Ella sola —añadió.

Camille sonrió.

—Eso explica por qué ha llamado su atención.

—¿Por qué?

—Damián solo respeta a las personas que le resultan difíciles.

—Entonces debe de respetarme muchísimo.

Él entrelazó los dedos con los míos.

—Cada día más.

Sabía que estaba actuando. Lo sabía perfectamente. Aun así, la forma en que lo dijo me dejó sin respuesta durante un segundo.

Camille nos miró las manos.

—¿Cuándo será la boda?

Casi me atraganté con el agua. Damián no mostró ninguna reacción.

—Todavía no hemos fijado la fecha.

—Queremos algo íntimo —improvisé.

—Muy íntimo —confirmó él.

—Tal vez solo nosotros dos.

—Y un juez —añadió Damián.

Lo miré.

—Eso suele ayudar.

Laurent empezó a hablar del proyecto. La conversación cambió hacia cifras, permisos y complejos turísticos.

Yo intenté seguirla, aunque las cantidades me parecían irreales. Damián escuchaba con atención, hacía preguntas precisas y respondía sin consultar documentos.

Era distinto al hombre que me irritaba en privado. Más frío. Más calculador. Completamente concentrado.

Durante unos minutos entendí por qué dirigía un imperio. Y por qué resultaba tan peligroso negociar con él.

—¿Qué opina usted, Aitana? —preguntó Laurent.

Me quedé quieta.

—¿Sobre qué?

—Sobre el proyecto de Córcega.

Damián giró ligeramente la cabeza. Podría haber respondido por mí. No lo hizo.

—Creo que comprar seis complejos a la vez es una forma bastante eficiente de perder el sueño.

Laurent sonrió.

—Damián no duerme.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Le parece demasiado ambicioso?

Miré a Damián. Él esperó.

—Me parece arriesgado —dije—. Pero también creo que quien solo compra cuando todo está garantizado suele llegar tarde.

Laurent apoyó los codos sobre la mesa.

—Exactamente.

Damián no sonrió. Sin embargo, su pulgar se movió una vez sobre mi mano. Aprobación otra vez.

La cena continuó mejor de lo que esperaba.

Camille me preguntó por Madrid, por el hotel y por mi madre. Laurent habló de sus primeros negocios en Francia. Damián intervino poco cuando la conversación se alejaba del trabajo.

Eso también me sorprendió. No necesitaba dominar cada tema. Solo los importantes.

Después del postre, Laurent se levantó para atender una llamada. Camille aprovechó para inclinarse hacia mí.

—No deje que la asuste.

Damián la miró.

—Estoy aquí.

—Ya lo sé.

—No la asusta —dije.

—Eso parece.

Camille tomó su copa.

—Mi marido admira mucho a Damián, pero cree que vive únicamente para ganar.

—No es una opinión descabellada.

—Hasta esta noche.

Damián retiró la mano de la mía.

—Camille.

—Déjame terminar.

Ella me miró.

—No lo había visto observar a nadie como la observa a usted.

Sentí algo incómodo en el pecho. Damián bebió vino.

—Está interpretando demasiado.

—Llevo cuarenta años casada. Interpretar miradas es una habilidad de supervivencia.

Laurent regresó antes de que yo tuviera que responder.

—Buenas noticias —dijo—. El consejo ha aprobado revisar la propuesta final.

Damián dejó la copa.

—¿Cuándo?

—Mañana por la tarde.

—Pensaba que necesitarían una semana.

—La cena ha ayudado.

Laurent miró nuestras manos. La de Damián volvió a cubrir la mía inmediatamente.

Perfecto.¡ Todo estaba funcionando. Eso era lo que importaba.

Al despedirnos, Camille me abrazó.

—Espero verla pronto.

—Claro.

—Y no permita que él organice la boda. Convertiría la ceremonia en una reunión de accionistas.

—Lo tendré en cuenta.

Damián puso una mano en mi cintura mientras salíamos del restaurante.

Esperó hasta que las puertas del ascensor se cerraron para apartarse.

El cambio fue inmediato. La calidez desapareció.

—Ha estado bien —dijo.

Lo miré.

—Qué entusiasmo.

—Ha respondido exactamente como debía.

—No sabía que había un examen.

—Siempre lo hay.

—Por supuesto.

El ascensor empezó a bajar. Nos quedamos en silencio. Yo observé los números iluminados sobre la puerta.

—No tenía que decir eso sobre el hotel —dije.

—¿Qué cosa?

—Que lo he mantenido abierto sola.

—Era verdad.

—No formaba parte de la historia.

—Ahora sí.

—Por un momento ha parecido que me respetaba.

Damián giró la cabeza.

—La respeto.

La respuesta fue tan directa que lo miré.

—No lo demuestra demasiado.

—Usted tampoco.

—Yo no le respeto.

—Eso cambiará.

—Ahí está otra vez.

—¿Qué?

—Esa seguridad insoportable.

Las puertas se abrieron en el vestíbulo. Damián apoyó una mano en mi espalda y volvió a representar su papel mientras cruzábamos junto a varios huéspedes.

El coche esperaba fuera. Cuando el chófer abrió la puerta, una luz estalló frente a nosotros. Después otra. Y otra.

Había fotógrafos al otro lado de la acera.

—¿Qué demonios…?

Damián me atrajo hacia él.

—Sonría.

—No pienso sonreír.

—Aitana.

—¿Los ha llamado usted?

—No.

—No le creo.

Los flashes continuaron. Una periodista levantó la voz.

—¡Señor Blake! ¿Es cierto que se ha comprometido?

Damián no respondió. Su brazo rodeó mi cintura.

—Míreme —dijo en voz baja.

—¿Para qué?

—Porque están esperando una fotografía.

—Que esperen.

—Si parece enfadada, asumirán que discutimos.

—Estamos discutiendo.

—Eso no pueden saberlo.

—Pues haga algo convincente.

Lo dije por irritarlo. Fue un error. Damián bajó la cabeza y me besó. No fue un roce breve para las cámaras. Tampoco una actuación torpe.

Su boca encontró la mía con una seguridad que me dejó inmóvil durante un segundo.

Después reaccioné. Le apoyé una mano en el pecho. No para apartarlo. Ese fue el verdadero problema.

Los flashes explotaron alrededor de nosotros. Damián sostuvo mi cintura y profundizó apenas el beso. Lo suficiente para que olvidara dónde estábamos.

Lo suficiente para que mi cuerpo respondiera antes que mi cabeza.

Cuando se apartó, seguía demasiado cerca.

—Eso ha sido excesivo —murmuré.

—Ha pedido algo convincente.

—Podía haberme avisado.

—No habría parecido real.

—Voy a matarlo.

—Sonría primero.

La periodista volvió a gritar.

—¡Aitana! ¿Cuándo será la boda?

Me giré hacia las cámaras. Sonreí.

—Cuando consiga soportarlo durante más de treinta días.

Los fotógrafos rieron. Damián abrió la puerta del coche.

—Muy convincente —dijo.

Entré sin mirarlo. Él se sentó a mi lado. El coche arrancó. Durante varios segundos ninguno habló. Yo seguía sintiendo su boca. Eso me enfureció.

—Ha incumplido el contrato.

—Todavía no lo ha firmado.

—Entonces peor.

—Estábamos en público.

—Dijo que haría lo necesario.

—Y lo hice.

—No necesitaba besarme así.

Damián me miró.

—¿Así cómo?

La pregunta era una provocación. No iba a darle el gusto.

—Como si estuviera intentando demostrar algo.

—Lo estaba.

—¿A los fotógrafos?

Su mirada bajó hasta mi boca.

—No únicamente.

El coche se detuvo en un semáforo. El silencio se volvió más denso.

—No vuelva a hacerlo sin avisarme —dije.

—¿Quiere que le pida permiso delante de las cámaras?

—Quiero saber cuándo piensa besarme.

—Eso eliminaría la mitad del efecto.

—No me importa el efecto.

—Esta noche sí le ha importado.

Lo miré con rabia.

—Solo estaba interpretando.

—Claro.

—No se haga ilusiones.

—No suelo hacerlo.

—Bien.

—Prefiero las certezas.

El semáforo cambió. Damián apartó la mirada. Yo me giré hacia la ventana.

Mi teléfono empezó a vibrar dentro del bolso. Lo saqué. Había diecisiete mensajes. Lucía había enviado seis.

Abrí el primero. Era una fotografía nuestra frente al hotel. Damián besándome. Yo con una mano apoyada en su pecho. Debajo, un titular.

DAMIÁN BLAKE, PROMETIDO: LA MISTERIOSA MUJER QUE HA CONQUISTADO AL MAGNATE HOTELERO

Cerré los ojos.

—Ya estamos en internet.

—Era cuestión de tiempo.

—Han tardado cuatro minutos.

—Podrían haber sido dos.

—Esto va a llegar al hotel.

—Sí.

—A mis empleados.

—Sí.

—A todo el mundo.

—Esa era la idea.

Volví a mirar la fotografía. Parecíamos una pareja. Peor.

Parecíamos una pareja que llevaba horas deseando quedarse sola.

—Mañana firmamos —dijo Damián.

Guardé el teléfono.

—Mañana voy a añadir otra cláusula.

—¿Cuál?

—Prohibido besarme como si pretendiera arrancarme la ropa.

Damián apoyó la cabeza contra el respaldo.

—Eso será difícil de redactar jurídicamente.

—Seguro que tiene un abogado especializado.

—Tengo varios.

—Naturalmente.

Su boca se curvó. Yo volví a mirar por la ventana. No iba a pensar en el beso. No iba a preguntarme por qué había respondido.

Y, sobre todo, no iba a reconocer que una parte de mí quería comprobar si Damián Blake besaba igual cuando no había nadie mirando.