El precio de tentarte Capítulo 3
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Capítulo 3

El contrato llegó a las nueve y catorce de la noche. Tenía veintisiete páginas.

Lo imprimí en la pequeña oficina del hotel mientras Lucía leía por encima de mi hombro con una copa de vino en la mano.

—Esto no es un contrato —dijo—. Es una declaración de guerra con membrete.

—Todavía no he terminado la primera página.

—Ya hay seis cláusulas de confidencialidad.

—Eso suele ser buena señal.

—¿Desde cuándo?

—Desde nunca.

Seguí leyendo. La relación duraría treinta días exactos. Debíamos asistir juntos a cenas, reuniones, actos públicos y un viaje de cuatro días a la Costa Azul. Yo tendría que mudarme temporalmente a su residencia para evitar contradicciones ante la prensa y el inversor.

Me detuve. Volví a leer la cláusula.

—No.

Lucía se inclinó hacia el documento.

—¿Qué?

—Quiere que viva con él.

—Eso estaba bastante claro cuando dijo que necesitaba una prometida creíble.

—Podemos ser creíbles desde domicilios distintos.

—Seguro. Sobre todo cuando los periodistas descubran que la futura señora Blake duerme junto a una caldera que hace ruidos de posesión demoníaca.

—La caldera está revisada.

—La caldera habla latín de madrugada.

Pasé a la siguiente página. Damián asumiría la deuda hipotecaria del hotel, financiaría las reparaciones urgentes y garantizaría una línea de crédito durante doce meses. A cambio, yo debía cumplir con el calendario acordado y mantener absoluta discreción.

Había una penalización económica si abandonaba antes del final. Una cifra capaz de arruinarme tres veces.

—Qué considerado —murmuré.

Lucía señaló una línea.

—Aquí dice que podrás seguir gestionando el hotel.

—Durante las horas libres.

—Aitana, el hombre te está pagando por fingir que estás enamorada de él. No puedes exigir jornada intensiva.

—No me paga.

Lucía me miró.

—Va a borrar tus deudas.

—Eso no significa que me pague.

—Claro. Y el vino es zumo de uva con malas decisiones.

Cogí la copa que había dejado sobre el escritorio y bebí. En la página doce aparecía un apartado titulado Conducta pública.

Leí en voz alta.

—“Las partes se comprometen a mantener una actitud afectuosa, cercana y coherente con una relación sentimental consolidada”.

Lucía sonrió.

—Me encanta la palabra afectuosa.

—A mí me preocupa la palabra cercana.

—Sigue.

—“Se permitirán muestras razonables de afecto físico cuando sean necesarias para garantizar la credibilidad del acuerdo”.

—Eso significa besos.

—Eso significa que su abogado escribe como un pervertido con máster.

Lucía soltó una carcajada. Continué hasta el final. Había cláusulas sobre viajes, prensa, seguridad, regalos, acceso a eventos y uso de imagen.

No decía nada sobre sexo. Tampoco sobre habitaciones separadas. Tomé un bolígrafo.

—Voy a añadir condiciones.

—Cuántas.

—Todas las necesarias para no acabar despertando esposada a una cama en Mónaco.

—Eso sería otro género.

—Con este hombre no descarto nada.

Escribí en una hoja aparte.

Dormitorios separados. Nada de entrar en mi habitación sin permiso. Nada de controlar mi ropa fuera de actos públicos. Nada de intervenir en la gestión del hotel. Nada de besos en privado. Nada de decisiones sin consultarme.

Lucía leyó la lista.

—Te falta “nada de enamorarse”.

La miré.

—Eso no hace falta.

—Por supuesto.

—No me gusta.

—Es guapo.

—También lo son los tiburones.

—Y tienen menos dinero.

Mi teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje.

¿Ha leído el contrato?

No había nombre. No hacía falta.

Respondí:

Estoy corrigiéndolo.

La respuesta llegó de inmediato. No es un borrador. Sonreí sin querer. Ahora sí.

Lucía me quitó el teléfono.

—No provoques al hombre que tiene a tres abogados respirando en una caja fuerte.

—Devuélvemelo.

—Promete que no vas a insultarlo.

—No prometo cosas imposibles.

El teléfono volvió a vibrar en su mano.

Mañana a las diez. Traiga sus cambios.

Lucía me lo devolvió.

—Te espera.

—Qué sorpresa.

—¿Vas a firmar?

Miré el contrato. Después, la fotografía de mi madre sobre el escritorio.

—Voy a negociar.

—Eso no responde.

—Es lo único que puedo responder ahora.

A la mañana siguiente, llegué a las oficinas de Blake Hospitality con cinco minutos de retraso. No fue intencionado.

El ascensor del hotel había vuelto a detenerse y una huésped había olvidado su pasaporte en la caja fuerte.

Aun así, cuando entré en el despacho de Damián, su expresión dejó claro que el retraso se había registrado como un crimen.

Estaba sentado tras el escritorio, hablando por teléfono.

Levantó la mirada. No me hizo esperar fuera. Tampoco interrumpió la llamada. Se limitó a señalar la silla frente a él.

Me senté porque discutir por una silla me parecía desperdiciar energía demasiado pronto.

—No —dijo al teléfono—. Si no aceptan las condiciones hoy, retiramos la oferta.

Escuchó durante unos segundos.

—No me interesa cuánto han invertido. Me interesa cuánto pueden perder.

Colgó.

—Llega tarde.

—Buenos días a usted también.

Damián se recostó en la silla.

—¿Ha leído el contrato?

Dejé mi copia sobre el escritorio.

—Lo he mejorado.

Miró las páginas llenas de anotaciones.

—Eso parece un ataque personal.

—Es una defensa preventiva.

Tomó la primera hoja. Leyó en silencio. Yo observé cómo avanzaba por las cláusulas. No fruncía el ceño. No suspiraba. No mostraba sorpresa. Eso me puso más nerviosa que si hubiera empezado a discutir.

—Dormitorios separados —dijo al fin.

—Sí.

—Viviríamos en la misma casa.

—No en la misma cama.

—No estaba previsto.

—Ahora queda claro.

Pasó a la siguiente condición.

—Nada de besos en privado.

—No veo por qué tendríamos que besarnos sin público.

Damián levantó la mirada.

—Tal vez para practicar.

—Puede practicar con un espejo.

—No responde igual.

—Depende del espejo.

Una sonrisa breve apareció en su boca. Desapareció enseguida.

—No controlar su ropa —continuó—. Habrá eventos con un código de vestimenta concreto.

—Puedo vestirme sola.

—Eso está por ver.

—¿Tiene intención de insultarme durante los treinta días o solo hoy?

—Todavía estoy decidiéndolo.

Se levantó y caminó hasta el ventanal. Llevaba un traje gris oscuro y una camisa sin corbata. Parecía menos formal que el día anterior, pero no menos peligroso.

—Acepto los dormitorios separados —dijo—. Acepto no entrar en su habitación sin permiso y no intervenir en la gestión diaria del hotel.

—¿Y lo demás?

—No.

—Entonces no hay acuerdo.

—Señora Salvatierra, no puede fingir una relación conmigo y decidir cuándo resulta conveniente parecer mi pareja.

—Puedo hacerlo sin que usted convierta cada acto público en una excusa para tocarme.

Damián se giró.

—¿Le preocupa que la toque?

—Me preocupa que crea que puede hacerlo cuando quiera.

—No he dicho eso.

—Lo piensa.

Se acercó al escritorio.

—¿Y usted cómo sabe lo que pienso?

—Porque tiene la cara de un hombre que nunca pide permiso.

El silencio se tensó entre los dos. Damián apoyó las manos sobre el escritorio.

—Entonces fijemos una regla —dijo—. En público, haré lo necesario para que nadie dude de nosotros. En privado, no la tocaré sin su consentimiento.

—Explícito.

—Explícito.

—Y nada de usar una cena como excusa para ponerme la mano en la pierna.

—¿Eso le preocupa especialmente?

—Es un ejemplo.

—Muy específico.

—Tiene una imaginación agotadora.

—No es mi imaginación la que está trabajando ahora.

Sentí calor en las mejillas. Lo odié por notarlo.

—Añádalo al contrato.

Damián pulsó un botón del teléfono.

—Javier, venga.

Un minuto después, el hombre de la llamada inicial entró con una tableta en la mano. Damián le entregó mis páginas.

—Incorpore estas modificaciones.

Javier hojeó el documento.

—¿Todas?

—Las aceptadas.

—¿Y cuáles son?

Damián no apartó la mirada de mí.

—Dormitorios separados. Privacidad absoluta en sus habitaciones. Ninguna intervención en la gestión diaria del hotel. Consentimiento explícito para cualquier contacto físico fuera de actos públicos.

Javier alzó una ceja.

—Entendido.

—Y elimine la cláusula de vestuario —añadí.

Damián negó con la cabeza.

—No.

—No pienso dejar que elija mi ropa.

—No elegiré toda su ropa.

—Qué alivio.

—Habrá un equipo encargado de los eventos.

—No soy una muñeca.

—No. Las muñecas suelen ser más cooperativas.

Me puse de pie.

—Se acabó.

Damián también se levantó.

—Siéntese.

—No me dé órdenes.

—Entonces escuche. Tiene derecho a elegir cualquier prenda que le presenten. Nadie la obligará a ponerse algo que no quiera.

—¿Y quién decide qué me presentan?

—El equipo.

—Su equipo.

—Mi equipo sabe lo que hace.

—Eso mismo dicen los cirujanos antes de amputar la pierna equivocada.

Javier bajó la cabeza. Esta vez no logró ocultar la sonrisa. Damián lo miró.

—Puede irse.

—Claro.

Cuando la puerta se cerró, Damián volvió a centrarse en mí.

—Tiene una cena esta noche.

—¿Esta noche?

—Con el inversor y su esposa.

—No he firmado.

—Firmará.

—Su seguridad empieza a resultar patológica.

—Su resistencia también.

Rodeó el escritorio y se detuvo frente a mí. Demasiado cerca. No retrocedí.

—¿Por qué tanta prisa? —pregunté.

—Porque el señor Moreau llega hoy a Madrid y se marcha pasado mañana.

—¿Y ya le ha dicho que está prometido?

Damián sostuvo mi mirada.

—Sí.

Abrí la boca. La cerré.

—¿Antes de que yo aceptara?

—Necesitaba asegurar la reunión.

—Está completamente loco.

—Eso ya lo mencionó ayer.

—Podría haber dicho que no.

—Sabía que no lo haría.

—No sabe nada de mí.

—Sé que no dejará perder el hotel.

La frase me golpeó donde él pretendía. Damián continuó, más despacio.

—Sé que lleva dos años sosteniéndolo sola. Sé que ha vendido casi todo lo que tenía, que ha rechazado tres ofertas y que todavía paga las nóminas antes que su propia hipoteca.

Sentí cómo se endurecía mi expresión.

—Ha investigado demasiado.

—Necesitaba saber con quién negociaba.

—No está negociando conmigo. Está usando lo que sabe.

—Es lo mismo.

—No para mí.

Damián me observó durante unos segundos.

—Firme el contrato.

—No.

—Aitana.

—No pronuncie mi nombre como si fuera una instrucción.

—Entonces dígame qué necesita.

La pregunta me desconcertó. No porque fuera amable. Porque parecía sincera.

—Necesito saber que el hotel estará protegido aunque algo salga mal.

—Lo estará.

—Por escrito.

—Lo estará.

—Y necesito acceso a todas las condiciones de la operación que intenta cerrar.

—Eso es confidencial.

—Entonces busque otra prometida.

Damián apretó la mandíbula. Por primera vez desde que lo conocía, pareció verdaderamente irritado.

—No necesita conocer los detalles financieros.

—Necesito saber para qué estoy mintiendo.

—No está mintiendo. Está representando un acuerdo privado.

—Eso es una mentira con abogado.

El silencio se alargó. Damián fue hasta una mesa lateral, abrió una carpeta y sacó un documento. Me lo entregó.

—La operación consiste en la adquisición de seis complejos turísticos en el Mediterráneo. Moreau aporta el capital principal. Si se retira, el proyecto se cae.

Leí la primera página. Las cifras eran absurdas.

—¿Y de verdad ese hombre va a decidir una inversión de este tamaño según usted tenga novia?

—No según tenga novia. Según crea que tengo estabilidad.

—Qué criterio tan científico.

—Moreau perdió una fortuna asociándose con un hombre que huyó del país después de divorciarse y vaciar varias cuentas.

—Eso explica muchas cosas.

—No necesito que le parezca razonable. Solo necesito que funcione.

Le devolví el documento.

—Quiero una copia de las cláusulas que me afecten.

—La tendrá.

—Quiero que mi abogado revise la nueva versión.

—Puede hacerlo durante el almuerzo.

—Y quiero poder abandonar el acuerdo si usted incumple una sola condición.

—Con una penalización proporcional.

—Sin penalización.

—No.

—Entonces seguimos sin acuerdo.

Damián me miró como si estuviera calculando cuánto costaría tirarme por la ventana.

—Sin penalización si el incumplimiento es mío —dijo al fin.

—Por escrito.

—Por escrito.

Extendió la mano. No la acepté.

—Todavía falta la cena.

—¿Qué pasa con ella?

—No iré hasta que firme.

—La versión estará lista en una hora.

—Mi abogado necesita verla.

—Ya está avisado.

—¿Cómo sabe quién es mi abogado?

Damián guardó silencio.

—No me lo diga —murmuré—. Lo ha investigado.

—Es eficiente.

—Es inquietante.

—A las seis enviarán un coche al hotel.

—No necesito coche.

—No llegará puntual si depende del ascensor.

—Eso ha sido bajo.

—Eso ha sido exacto.

Recogí mi bolso.

—No dé por hecho que voy a firmar.

—No lo doy por hecho.

—Sí lo hace.

—Lo sé.

Lo miré con todas las ganas de lanzarle algo. Damián sonrió.

—A las seis, Aitana.

—No me espere.

—La esperaré.

Salí del despacho. A las cinco y cincuenta y cinco, un coche negro se detuvo frente al Hotel Salvatierra.

A las seis menos dos, Lucía entró en mi habitación con un vestido rojo colgado de una percha.

—Ha llegado esto.

Miré la etiqueta. No tenía precio. Peor.

—No pienso ponérmelo.

Lucía sostuvo el vestido delante de mí. Era sencillo, ajustado y elegante. El escote no era excesivo. La abertura lateral sí.

—Claro que no —dijo.

—Lo digo en serio.

—Por supuesto.

—Voy a llevar mi vestido negro.

—El que usaste en el entierro de tu tía.

—Es discreto.

—Es depresivo.

Le quité la percha.

—Solo voy a probármelo.

—Eso tiene sentido.

—Para demostrar que no me queda bien.

—Exacto.

Veinte minutos después, estaba frente al espejo con el vestido rojo puesto. Me quedaba demasiado bien. Lucía apareció detrás de mí.

—Qué tragedia.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

El timbre sonó. Miré la hora. Seis en punto.

—Ese hombre es insoportablemente puntual.

Lucía sonrió.

—Y tú estás vestida de rojo.

La miré a través del espejo.

—Como hagas un comentario más, te despido.

—No puedes pagarme una indemnización.

—Entonces te encierro en el ascensor.

Bajé a recepción. El chófer esperaba junto a la puerta. Y, apoyado contra el coche, estaba Damián.

No llevaba corbata. Su traje negro parecía hecho para recordarme que algunas personas podían convertir una acera en territorio propio.

Levantó la cabeza al verme. Su mirada descendió lentamente desde mi rostro hasta el vestido. No dijo nada. Eso fue peor. Me detuve frente a él.

—No se acostumbre.

Damián abrió la puerta del coche.

—No pensaba hacerlo.

—¿Entonces por qué me mira así?

Sus ojos volvieron a los míos.

—Porque todavía no hemos llegado a la cena y ya está haciendo que el acuerdo resulte demasiado creíble.

Entré en el coche sin responder. Damián se sentó a mi lado. La puerta se cerró. El espacio pareció encogerse.

—Una cosa más —dijo.

—¿Qué?

Tomó mi mano. Antes de que pudiera apartarla, deslizó un anillo en mi dedo. Un diamante enorme brilló bajo la luz interior. Me quedé mirándolo.

—Está loco.

—Eso empieza a sonar a cariño.

—Quítemelo.

Damián sostuvo mi mano entre las suyas.

—Esta noche es mi prometida.

Levanté la mirada.

—Esta noche estoy considerando seriamente robarle el coche y huir a Portugal.

—No llegaríamos a la frontera.

—¿Me perseguiría?

Su pulgar rozó una vez mis nudillos.

—Por supuesto.

El coche arrancó.

Y mientras Madrid desaparecía detrás del cristal, comprendí que firmar el contrato iba a ser la parte sencilla.