Capítulo 2
El banco llamó a las ocho y tres de la mañana. Esta vez contesté.
Lucía estaba sentada frente a mí con una libreta abierta, dos cafés y esa expresión de persona sensata que siempre me hacía sentir que estaba a punto de cometer una estupidez.
—Señora Salvatierra —dijo la mujer al otro lado de la línea—, necesitamos confirmar cuándo podrá regularizar el importe pendiente.
Miré las cifras escritas en la libreta. No mejoraban por mucho que las leyera.
—Estoy trabajando en ello.
—Comprendo, pero ya hemos ampliado el plazo dos veces.
Lucía escribió algo y empujó la libreta hacia mí. Pregunta por refinanciación.
—¿Existe la posibilidad de refinanciar la deuda?
Hubo un pequeño silencio.
—En este momento, no.
—¿Por qué?
—Porque el hotel no genera ingresos suficientes para asumir una nueva estructura de pagos.
La respuesta fue correcta, educada y devastadora. Apreté los dedos alrededor del teléfono.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—El expediente entrará en revisión el próximo viernes.
—Eso no responde a mi pregunta.
—No puedo ofrecerle una fecha exacta.
—Pero sí puede decirme que van a quitarme el hotel sin decirme cuándo.
Lucía cerró los ojos. La mujer mantuvo el tono profesional.
—Lo que puedo decirle es que, si no hay una propuesta de pago antes del viernes, el banco continuará con el procedimiento.
Colgué sin despedirme. Lucía se quedó mirándome.
—Ha sido encantadora.
—Me gusta dejar huella.
—Podrías haber sido un poco menos hostil.
—Podría haber tenido dinero. Ninguna de las dos cosas ha ocurrido.
Me levanté y fui hasta la ventana.
Desde el despacho se veía la recepción, todavía con una parte del techo protegida por plástico. El fontanero había solucionado la fuga, pero el seguro seguía “evaluando responsabilidades”, una frase que significaba que nadie pensaba pagar pronto.
—Tienes que leer la oferta —dijo Lucía.
—Ya la he leído.
—¿Y?
—Es alta.
—¿Cuánto?
Se lo dije. Lucía dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Aitana.
—No empieces.
—Con ese dinero podrías pagar todo, comprar otro hotel más pequeño y empezar de nuevo.
—No quiero otro hotel.
—Quieres este porque era de tu madre.
—Sí.
—Tu madre no habría querido verte hundida por conservarlo.
Me giré hacia ella.
—No uses a mi madre para convencerme.
—No la estoy usando. Estoy intentando que pienses.
—Pienso perfectamente.
—No. Estás resistiendo.
—¿Y qué debería hacer? ¿Entregarle las llaves al primer hombre rico que entre por la puerta?
—No es el primero. Es el único que ha hecho una oferta.
Eso dolió porque era verdad.
Desde que los rumores sobre las deudas habían empezado a circular, había recibido dos propuestas ridículas y una llamada de una empresa que quería convertir el edificio en apartamentos turísticos. Damián Blake era el primero que había puesto una cantidad real sobre la mesa.
—No voy a vender —repetí.
Lucía tomó uno de los cafés.
—Entonces necesitamos un milagro.
—Los milagros son caros.
—Más que las reparaciones, seguro.
El teléfono del hotel sonó en recepción. Lucía salió a contestar y yo me quedé sola. Abrí el cajón del escritorio. La tarjeta negra seguía dentro. La había guardado allí después de pasar media noche mirándola como si fuera a insultarme.
Cuando cambie de opinión.
La letra era firme, inclinada y tan arrogante como su dueño. Cogí la tarjeta. La giré entre los dedos. Después la devolví al cajón. No iba a llamarlo.
A las once llegó un correo del ayuntamiento. A las once y veinte, el proveedor de lavandería reclamó dos facturas.
A las doce, el ascensor volvió a detenerse entre plantas con una pareja italiana dentro.
A las doce y media, una huésped encontró una mancha de humedad en el techo de la habitación siete.
A la una, Lucía entró en el despacho con el rostro serio.
—Tenemos un problema.
—Elige uno.
—La reserva del grupo canadiense se ha cancelado.
La miré.
—¿Qué grupo canadiense?
—El de la próxima semana. Ocho habitaciones durante seis noches.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Por qué?
—Dicen que han encontrado una opción mejor.
—¿Sin penalización?
—Todavía estaban dentro del plazo.
Me senté. Aquella reserva cubría una parte importante de la nómina. Lucía apoyó las manos en el escritorio.
—Tenemos que hacer algo.
—Ya lo sé.
—Hoy.
—Ya lo sé.
—Puedes odiarlo después.
No pregunté a quién se refería. Abrí el cajón. Saqué la tarjeta. El número estaba escrito a mano. No llevaba nombre. No hacía falta.
—Solo voy a pedir más tiempo —dije.
Lucía no respondió. Marqué antes de arrepentirme. Contestó al segundo tono.
—Dígame.
Su voz sonó exactamente igual que el día anterior: tranquila, segura y como si hubiera sabido que llamaría.
—Soy Aitana Salvatierra.
—Lo sé.
Me irritó que tuviera mi número guardado.
—Necesito hablar con usted.
—Estoy ocupado.
—Entonces no sé para qué dejó su tarjeta.
—Para cuando cambiara de opinión.
—No he cambiado de opinión.
—En ese caso, no tenemos nada que hablar.
Apreté la mandíbula.
—Necesito cuarenta y ocho horas más.
—No.
—Ni siquiera ha preguntado para qué.
—Porque ya sé para qué.
—No sabe nada.
—Necesita tiempo para encontrar una alternativa que no existe.
Lucía me observaba desde el otro lado de la mesa. Le di la espalda.
—Hay otras opciones.
—Dígame una.
Guardé silencio. Damián esperó.
—Eso pensaba —dijo.
—Es usted insoportable.
—Y usted ha llamado.
—Un error que estoy a punto de corregir.
—No cuelgue.
Algo en su tono hizo que me detuviera.
—¿Qué quiere?
—Que venga a mi oficina.
—No.
—Entonces iré yo.
—Tampoco.
—Aitana.
La forma en que pronunció mi nombre me puso más nerviosa de lo que debería.
—No me dé órdenes.
—No es una orden. Es una propuesta.
—Sus propuestas siempre tienen precio.
—Todas las cosas importantes lo tienen.
—Ahí se equivoca.
—A las cinco.
—No he dicho que vaya.
—La esperaré.
Colgó. Me quedé mirando la pantalla. Lucía arqueó una ceja.
—¿A qué hora vas?
—No voy.
—Claro.
—No voy.
—Perfecto.
—Deja de mirarme así.
—No te estoy mirando de ninguna manera.
—Me estás mirando como si supieras algo.
—Sé que a las cuatro y media vas a empezar a cambiarte de ropa.
—No necesito cambiarme.
—Entonces vas.
Dejé el teléfono sobre la mesa.
—Voy a decirle que no.
—Puedes hacerlo por teléfono.
—Quiero verle la cara.
Lucía sonrió.
—Eso tiene mucho sentido.
—No empieces.
—No he dicho nada.
A las cuatro y veinte estaba frente al armario de mi dormitorio. No porque fuera a cambiarme. Solo quería comprobar que la chaqueta azul seguía allí.
A las cuatro y treinta y cinco, salí del hotel. Lucía levantó la vista desde recepción.
—¿Adónde vas?
—A comprar café.
—La cafetería está al otro lado.
—Voy a otra.
—¿Una que está dentro de Blake Hospitality?
La ignoré.
Las oficinas de Damián ocupaban las últimas plantas de una torre de cristal en el paseo de la Castellana. Todo allí parecía diseñado para recordar a quien entraba que estaba pisando terreno ajeno: mármol oscuro, techos altos, personal impecable y un silencio demasiado caro.
La recepcionista ya sabía quién era.
—El señor Blake la espera.
Por supuesto. Un hombre joven me condujo hasta un ascensor privado. Subimos hasta la planta treinta y dos.
Las puertas se abrieron directamente ante un despacho enorme con vistas a Madrid.
Damián estaba de pie junto al ventanal.
No llevaba chaqueta. La camisa blanca tenía las mangas dobladas hasta los antebrazos y la corbata descansaba sobre una mesa lateral.
Era irritante que incluso sin traje completo pareciera más poderoso que casi cualquier hombre vestido para una boda.
Se giró al oírme entrar.
—Ha venido.
—No se acostumbre.
—Nunca me acostumbro a las victorias.
—Todavía no ha ganado nada.
Damián señaló una zona con dos sillones.
—Siéntese.
—Prefiero estar de pie.
—Como quiera.
Se acercó al escritorio y tomó una carpeta. No era la misma del día anterior.
—He revisado la situación del hotel —dijo.
—¿Otra vez investigando mis cuentas?
—Esta vez he investigado sus reservas, su ocupación media y sus costes de mantenimiento.
—Eso no es legal.
—Es información disponible para quien sabe buscarla.
—Qué reconfortante.
Dejó la carpeta sobre la mesa.
—El hotel no llegará a final de año.
—No he venido a escuchar un funeral.
—Ha venido porque necesita una solución.
—He venido a pedir tiempo.
—El tiempo no arreglará el problema.
—Eso no lo sabe.
—Sí lo sé.
—¿Siempre habla como si fuera Dios?
—Solo cuando tengo razón.
Me acerqué al ventanal. Madrid se extendía debajo de nosotros, brillante y lejana.
—No voy a vender.
—Lo sé.
Me giré.
—¿Entonces para qué estoy aquí?
Damián me observó durante unos segundos.
—Porque tengo otra propuesta.
No me gustó el modo en que lo dijo.
—¿Qué clase de propuesta?
—Una temporal.
—Eso no responde.
Se acercó despacio.
—Necesito cerrar una operación en treinta días.
—¿Y?
—El hombre que controla la inversión es conservador, familiar y profundamente desconfiado.
—Sigo sin ver qué tiene que ver conmigo.
—Cree que un hombre sin vínculos personales no tiene estabilidad.
Lo miré. Damián mantuvo la expresión seria.
—Necesito una prometida.
Tardé unos segundos en reaccionar.
—¿Perdón?
—Una relación creíble. Apariciones públicas, algunas cenas, un viaje y una presentación formal.
—Está loco.
—Es posible.
—Contrate a una actriz.
—Necesito a alguien sin vínculos con mi entorno.
—Contrate a otra actriz.
—Necesito a alguien capaz de discutir conmigo sin parecer intimidada.
—Eso reduce mucho el mercado.
—Por eso pensé en usted.
Solté una risa seca.
—No.
—Todavía no conoce las condiciones.
—No necesito conocerlas.
—Treinta días.
—No.
—A cambio, no compraré el hotel.
Eso me hizo callar. Damián continuó.
—Además, asumiré la deuda pendiente y financiaré las reparaciones.
Lo miré sin saber si había oído bien.
—¿Qué?
—El hotel seguirá siendo suyo.
—¿Y a cambio tengo que fingir que me voy a casar con usted?
—Exacto.
—Esto es absurdo.
—También es conveniente.
—Para usted.
—Para ambos.
Me aparté del ventanal.
—¿Por qué yo?
Damián bajó la vista hacia mi boca antes de responder.
—Porque nadie que nos vea juntos dudará de que existe tensión entre nosotros.
El aire cambió. No mucho. Lo suficiente.
—Lo que hay entre nosotros es irritación.
—A veces se parecen.
—No para mí.
—Eso puede aprenderse.
Sentí calor en la cara y lo odié por notarlo.
—No pienso acostarme con usted.
Una sombra de sonrisa apareció en su boca.
—No se lo he pedido.
—Lo estaba pensando.
—Pienso muchas cosas.
—Pues piense en otra mujer.
—No quiero a otra mujer.
La frase cayó entre los dos. Demasiado directa. Demasiado personal. Damián dio un paso más. Quedó a menos de un metro.
—Treinta días —repitió—. Al final, el hotel será suyo, la deuda habrá desaparecido y cada uno volverá a su vida.
—¿Y si digo que no?
—El viernes el banco iniciará el procedimiento.
—Eso suena a chantaje.
—Suena a elección.
—Usted mismo dijo que siempre hay una.
—Y ahora la tiene.
Miré la carpeta. Después lo miré a él.
—Quiero el contrato por escrito.
—Ya está preparado.
—Quiero que un abogado lo revise.
—Por supuesto.
—No habrá sexo.
—Si necesita incluirlo, inclúyalo.
—No habrá besos fuera de los actos públicos.
—Eso será complicado.
—Pues complíquese.
Damián sonrió. Esta vez de verdad.
—Le enviaré el contrato esta noche.
—No he aceptado.
—Pero ha empezado a negociar.
Lo odié un poco más por tener razón.
—Treinta días —dije.
—Treinta días.
—Después desaparece de mi vida.
—Eso dice el contrato.
—No confío en usted.
—No es necesario.
—Y no pienso hacer todo lo que diga.
—Eso ya lo había supuesto.
Tomé la carpeta. Damián no apartó la mirada de mí.
—¿Cuándo empieza?
—Mañana.
—Imposible.
—Tenemos una cena.
—No tengo ropa para fingir que salgo con un multimillonario.
—Eso puede solucionarse.
—No quiero que me compre ropa.
—No le he preguntado.
—Y yo no le he dado permiso.
Sus ojos se oscurecieron.
—Esto va a ser interesante.
—Para usted, tal vez.
Me dirigí a la puerta.
—Aitana.
Me detuve.
—¿Qué?
—A partir de mañana, tendrá que parecer enamorada de mí.
Lo miré por encima del hombro.
—Entonces más le vale aprender a resultar soportable.
Salí del despacho sin esperar respuesta. Las puertas del ascensor se cerraron. Solo entonces miré la carpeta.
En la portada había dos nombres impresos. Damián Blake y Aitana Salvatierra. Debajo, una palabra.
Compromiso.
Y por primera vez desde que había entrado en aquel edificio, entendí que quizá acababa de meterme en un problema mucho más peligroso que perder el hotel.