El precio de tentarte Capítulo 1
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El precio de tentarte

El precio de tentarte

Por Mila Ardene

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Capítulo 1

El agua empezó a caer del techo a las siete y doce de la mañana.

No una gota aislada. No una humedad discreta. Una cascada.

Me quedé plantada en mitad de la recepción, con una taza de café en una mano y el teléfono en la otra, viendo cómo el falso techo del Hotel Salvatierra se rendía sobre el sofá azul que mi madre había elegido veinte años atrás porque, según ella, transmitía serenidad.

En ese momento transmitía humedad.

—No puede ser —murmuré.

El yeso cedió con un crujido y una parte del techo cayó sobre los cojines.

—Perfecto.

El teléfono vibró.

BANCO CENTRAL IBÉRICO

La tercera llamada de la mañana.

Dejé la taza sobre el mostrador y fui hasta la llave general del agua, aunque sabía que aquello no serviría de mucho.

El problema no estaba dentro del hotel, sino en una tubería del piso superior, propiedad de un matrimonio francés que solo aparecía en verano y que llevaba meses ignorando mis mensajes.

Cuando regresé, Lucía ya estaba en la recepción.

Llevaba el cabello recogido en una coleta alta, una caja de herramientas en una mano y una bolsa de cruasanes en la otra. Era la única persona capaz de presentarse ante una inundación vestida de blanco y no mancharse.

—He visto agua salir por debajo de la puerta —dijo—. Pensé que habías decidido convertir esto en un spa.

—No me des ideas. Podríamos cobrar suplemento por experiencia acuática.

Lucía dejó la bolsa sobre el mostrador y examinó el desastre.

—¿Has llamado al seguro?

—Sí.

—¿Al fontanero?

—También.

—¿Al banco?

La miré.

—No.

—Aitana.

—No pienso empezar el día escuchando a un hombre explicarme con voz amable que van a quedarse con el hotel de mi madre.

—Es posible que no se queden con él.

—Claro. Tal vez solo me manden una cesta de fruta y una nota de ánimo.

Lucía suspiró y sacó un cruasán.

Mi mejor amiga llevaba encargándose de las reservas y de casi todos mis desastres desde que heredé el hotel.

Oficialmente era la directora de recepción.

En la práctica, era quien evitaba que yo incendiara el banco, insultara a los proveedores o aceptara huéspedes con perros de cuarenta kilos en habitaciones recién reformadas.

—Tienes que hablar con ellos —insistió.

—Hablaré.

—Hoy.

—Sí.

—Antes del mediodía.

—No abuses.

Lucía arrancó un trozo de cruasán y señaló el techo.

—Esto va a costar dinero.

—Todo cuesta dinero.

—Y tú no tienes.

—Gracias por recordármelo.

El Hotel Salvatierra había sido un lugar precioso. Todavía lo era, si uno sabía mirar más allá de la pintura cuarteada, las tuberías caprichosas y el ascensor que se detenía entre la segunda y la tercera planta cuando llovía.

Tenía dieciocho habitaciones, balcones de hierro forjado y una fachada color crema en una calle tranquila del centro de Madrid.

Mi madre lo había levantado poco a poco, transformando una antigua casa de huéspedes en un pequeño hotel con encanto, de esos donde los clientes habituales recordaban el nombre de la camarera de pisos y preguntaban por las recetas del desayuno.

Yo había crecido allí.

Había hecho los deberes en la recepción, aprendido inglés hablando con turistas y celebrado mi cumpleaños número diez en el comedor mientras un huésped alemán tocaba el piano.

Cuando mi madre murió, el hotel pasó a mis manos junto con una hipoteca, tres préstamos, una plantilla reducida y una lista de reformas que parecía una declaración de guerra.

Llevaba dos años intentando mantenerlo abierto. Dos años perdiendo dinero con una disciplina admirable.

El teléfono volvió a vibrar. Esta vez no era el banco. Era un número desconocido.

Contesté porque, a esas alturas, cualquier cosa parecía mejor que la realidad.

—Hotel Salvatierra, buenos días.

—¿Hablo con la señora Salvatierra?

La voz era masculina, grave y demasiado correcta.

—Depende. ¿Quiere reservar una habitación o cobrarme algo?

Hubo un silencio breve.

—Mi nombre es Javier Ledesma. Llamo en representación de Blake Hospitality Group.

Miré a Lucía. Ella dejó de masticar.

—¿Blake Hospitality? —repetí.

—Así es. El señor Blake desea concertar una reunión con usted.

Me apoyé en el mostrador.

Blake Hospitality Group era una de las cadenas hoteleras más importantes de Europa. Poseía hoteles en París, Londres, Roma, Dubái y media docena de lugares que yo solo había visto en revistas.

Durante los últimos meses, habían comprado varios edificios históricos en Madrid para convertirlos en hoteles de lujo. El nuestro llevaba años rodeado de rumores.

—¿Para qué?

—El señor Blake prefiere explicárselo personalmente.

—Qué misterioso.

—¿Estaría disponible hoy a las doce?

—No.

Lucía abrió mucho los ojos. Le di la espalda.

—Comprendo —respondió Javier—. ¿A qué hora podría recibirlo?

—No he dicho que vaya a recibirlo.

—Señora Salvatierra, el señor Blake está dispuesto a hacerle una propuesta que podría resultarle muy conveniente.

Miré el techo hundido, el sofá empapado y el aviso del banco que seguía iluminando la pantalla del teléfono.

—Las propuestas muy convenientes suelen serlo para quien las hace.

—En ese caso, no perderá nada escuchándola.

Odiaba a la gente que tenía una respuesta preparada para todo.

—A las doce —dije.

—El señor Blake la espera en sus oficinas.

—No. Si quiere hablar conmigo, que venga aquí.

Otro silencio. Esta vez más largo.

—Se lo comunicaré.

—Estupendo.

Colgué. Lucía me miró como si acabara de rechazar una audiencia con el rey.

—¿Le has dicho a Damián Blake que venga aquí?

—Le he dicho a su empleado que, si quiere hablar conmigo, venga aquí.

—Damián Blake no va a venir aquí.

—Entonces nos ahorramos la reunión.

—Aitana, ese hombre podría comprar este hotel, derribarlo y construir otro encima solo para evitar aparcar dos calles más lejos.

—Razón de más para no correr cuando chasquea los dedos.

Lucía se acercó al mostrador.

—¿Sabes qué quiere?

—Comprar el hotel.

—Eso no lo sabes.

—Tiene una cadena hotelera. No creo que venga a pedirme la receta de las magdalenas.

Lucía se quedó callada. No hacía falta decir nada más. Los dos sabíamos que vender resolvería todos mis problemas.

La hipoteca. Los préstamos. Las reparaciones. Las noches sin dormir. Las llamadas del banco.

La angustia de revisar las reservas y calcular cuántas habitaciones necesitábamos llenar para pagar la electricidad.

También significaría perder el último pedazo de mi madre.

—No voy a vender —dije.

Lucía bajó la mirada.

—Ni siquiera sabes qué va a ofrecerte.

—No importa.

—Tal vez debería.

—No importa.

El fontanero llegó veinte minutos después. El perito del seguro, cuarenta minutos más tarde. A las once, la recepción estaba llena de cubos, una escalera bloqueaba el pasillo y un olor a humedad se había instalado junto al mostrador.

A las once y cincuenta y ocho, un coche negro se detuvo frente al hotel.

Lucía apareció a mi lado.

—Ha venido.

—Ya lo veo.

El chófer abrió la puerta trasera.

Primero apareció un zapato negro. Después, un hombre alto, vestido con un traje oscuro que debía de costar más que la reforma de tres habitaciones.

Damián Blake no se parecía a las fotografías que había visto en prensa.

Era peor.

En las imágenes parecía atractivo de una forma fría y distante. En persona tenía esa clase de presencia que obligaba a mirar aunque una se negara. Cabello oscuro, mandíbula marcada y una expresión que sugería que el mundo entero estaba acostumbrado a apartarse de su camino.

Entró en el hotel sin paraguas.

Dos hombres lo acompañaban. Uno de ellos era el propietario de la voz telefónica.

Damián se detuvo en mitad de la recepción y observó el techo, los cubos y el sofá cubierto con una sábana.

Después me miró. Sus ojos recorrieron mi ropa: vaqueros, camisa blanca arremangada y botas mojadas. No sonrió.

—Señora Salvatierra.

—Señor Blake.

Se acercó y me tendió la mano. La acepté. La suya era firme y cálida. La mía estaba húmeda porque acababa de mover un cubo.

—Gracias por recibirme —dijo.

—No sabía que tuviera elección.

Sus ojos se detuvieron un instante en mi rostro.

—Siempre hay elección.

—Eso suele decir la gente que puede permitirse todas.

Javier bajó la mirada para ocultar algo que podía ser una sonrisa.

Damián soltó mi mano.

—Necesitamos hablar en privado.

—Puede hacerlo aquí.

Miró a Lucía, al fontanero subido en la escalera y a una pareja de huéspedes alemanes que intentaba cruzar la recepción con dos maletas enormes.

—Preferiría un lugar más tranquilo.

—Yo preferiría un techo que no se derrumbara. Hoy ninguno está teniendo suerte.

Por primera vez, algo cambió en su expresión. No era una sonrisa, pero se acercaba.

—Cinco minutos —dijo.

—Tiene tres.

Lo conduje hasta el pequeño despacho detrás de recepción.

Era una habitación estrecha, con dos sillas, un escritorio cubierto de facturas y una fotografía de mi madre en la pared. Cerré la puerta y señalé una de las sillas.

Damián no se sentó. Yo tampoco.

—Quiero comprar el hotel —dijo.

—Qué sorpresa.

—Mi empresa está desarrollando un proyecto en esta zona.

—Ya lo sé.

—Su edificio es una pieza importante.

—Para usted.

—Para ambos.

—No veo cómo perder mi hotel puede beneficiarme.

—Recibirá una cantidad muy superior a su valor de mercado.

Sacó una carpeta y la dejó sobre el escritorio. No la abrí.

—No está en venta.

—Todo está en venta.

—Yo no.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—No estaba hablando de usted.

—Me alegra saberlo.

Damián abrió la carpeta y giró la primera página hacia mí. La cifra apareció ante mis ojos. Durante un segundo, olvidé respirar.

Era suficiente para pagar todas las deudas, comprar una vivienda, empezar otro negocio y no mirar una factura durante años.

Cerré la carpeta.

—No.

—No ha leído las condiciones.

—No necesito hacerlo.

—Su hotel tiene una deuda considerable.

Sentí que algo se tensaba dentro de mí.

—Mis deudas no son asunto suyo.

—Lo son si afectan a una propiedad que quiero comprar.

—¿Ha investigado mis cuentas?

—He investigado el activo.

—Este activo tiene nombre.

—Y pérdidas.

Lo miré en silencio. Damián continuó con la misma calma.

—El banco iniciará acciones antes de que termine el mes.

—Eso tampoco es asunto suyo.

—Cuando ocurra, perderá el hotel por una cantidad mucho menor.

—¿Ha venido a amenazarme?

—He venido a ofrecerle una salida.

—Qué generoso.

—No es generosidad. Es negocio.

—Al menos es sincero.

—Siempre.

—No me lo creo.

Su mirada descendió un instante hasta mi boca. Fue tan breve que podría haberlo imaginado.

—Tiene cuarenta y ocho horas —dijo.

—Mi respuesta seguirá siendo la misma.

—No debería responder desde el orgullo.

—Y usted no debería confundir orgullo con dignidad.

Tomé la carpeta y se la devolví. Damián no la aceptó.

—Quédese con ella.

—No la quiero.

—La leerá.

—No.

—Sí.

La seguridad de su voz me irritó más de lo que debería.

—¿Está acostumbrado a que todo el mundo haga lo que usted quiere?

—Casi siempre.

—Debe de ser agotador para quienes lo rodean.

—Solo para quienes se resisten sin motivo.

Abrí la puerta.

—Sus tres minutos han terminado.

Damián recogió la carpeta despacio. Al pasar junto a mí, se detuvo. Demasiado cerca. Olía a madera, jabón caro y a algo que no tenía ninguna intención de analizar.

—No voy a quedarme con su hotel, Aitana —dijo en voz baja—. Usted va a entregármelo.

Sentí una descarga de rabia.

—Antes lo quemo.

Sus ojos volvieron a mi boca. Esta vez no lo imaginé.

—Eso sí sería una pérdida.

Salió del despacho. Me quedé allí, inmóvil, escuchando cómo sus pasos atravesaban la recepción.

Lucía apareció en la puerta un minuto después.

—¿Qué quería?

Miré la fotografía de mi madre.

Después, la carpeta que Damián había dejado sobre la mesa a pesar de que yo estaba segura de haberlo visto llevársela.

La abrí. La oferta seguía allí. Debajo de la cifra, había una tarjeta negra con un número escrito a mano. En la parte posterior, una frase.

Cuando cambie de opinión. Apreté la tarjeta entre los dedos.

—Comprar el hotel.

Lucía entró y cerró la puerta.

—¿Y qué le has dicho?

Miré por la ventana.

El coche negro seguía detenido frente al edificio. Damián estaba junto a la puerta trasera, hablando por teléfono.

Como si sintiera que lo observaba, levantó la cabeza. Nuestras miradas se encontraron a través del cristal.

—Que antes lo quemo.

Lucía se dejó caer en la silla.

—Estupendo. Tenemos deudas, una inundación y ahora una guerra contra un multimillonario.

Damián sonrió desde la calle. No fue una sonrisa amable.

Fue la sonrisa de un hombre que acababa de encontrar algo que deseaba.

Y estaba convencido de que iba a conseguirlo.