Capítulo 11
Las cenizas del pasado
El aire de la vieja biblioteca familiar en la desvencijada mansión de los Montenegro olía a polvo, humedad y secretos guardados durante demasiado tiempo.
Tras huir de la fortaleza de los Valcárcel con el alma rota y el orgullo intacto, Valentina se había refugiado allí, en el único santuario que le quedaba, protegida únicamente por la lealtad de Carmen y el eco de un pasado que se empeñaba en perseguirla.
Con los dedos ligeramente temblorosos, Valentina comenzó a alinear las fechas de los documentos con los recuerdos de la cronología oficial que Adrián le había repetido tantas veces.
Pero los extractos bancarios sobre la mesa decían una verdad completamente distinta.
Un documento con la firma autógrafa de Sebastián Montenegro demostraba que, tres semanas después de la supuesta fecha de la muerte del patriarca de los Valcárcel, se había realizado una transferencia masiva de fondos desde una cuenta offshore a nombre de un tercer socio misterioso: Tomás Rivas.
Y lo que era aún más perturbador: una carta redactada por su propio padre advertía que alguien dentro de su propio círculo corporativo estaba saboteando las cuentas de ambos holdings para provocar una guerra fratricida entre las dos familias.
El corazón de Valentina dio un vuelco violento en su pecho.
Las fechas no mentían. La versión que Adrián había defendido con tanta furia —la narrativa de que Sebastián Montenegro había asesinado o traicionado a su padre para robarle el imperio— era cronológicamente imposible.
Si los documentos eran auténticos, el padre de Adrián ya había sido traicionado por alguien más antes del atentado, y su propio padre había intentado protegerlo hasta el último momento.
¿Por qué Adrián le había ocultado esa verdad? ¿Era posible que él mismo ignorara la existencia de estos documentos, o su sed de venganza lo había cegado tanto que prefería creer en una mentira cómoda antes que investigar a los verdaderos culpables?
Antes de que pudiera procesar el alcance de su descubrimiento, un golpe seco y rítmico en la puerta principal de la mansión rompió el silencio de la noche.
No era la policía, ni tampoco los acreedores comunes. El sonido firme y pesado denotaba la presencia de alguien que conocía cada acceso a la propiedad.
Valentina se puso de pie de un salto, ocultando los papeles entre las páginas de un libro grueso de contabilidad, mientras el terror y la adrenalina competían en sus venas.
Sabía que Adrián no tardaría en encontrarla, pero lo que ignoraba en ese instante es que no era el único que venía siguiendo sus pasos: en las sombras de la calle exterior, los hombres de Tomás Rivas ya habían comenzado a rodear la casa.