El Precio de Pertenecerte Capítulo 10
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Capítulo 10

Un beso y una mentira

El teléfono móvil en la mano de Valentina parecía pesar una tonelada.

Las palabras del mensaje anónimo se habían grabado a fuego en su retina, destruyendo el último vestigio de tregua que quedaba entre ellos.

Ya no había espacio para la duda ni para las medias verdades.

La vulnerabilidad que había compartido con Adrián en la cabaña durante la tormenta se convertía ahora en un recordatorio amargo de su propia ingenuidad.

Cuando el sonido sordo de un coche deteniéndose en la gravilla del patio principal anunció el regreso de Adrián a la mansión, Valentina no esperó a que subiera a buscarla.

Con el paso firme y el corazón latiéndole desbocado contra las costillas, cruzó los pasillos oscuros hasta llegar al despacho privado del piso superior.

La puerta de nogal estaba entreabierta. Al empujarla con un golpe seco, vio a Adrián quitándose los gemelos de la camisa frente al ventanal.

Al escuchar el ruido, él giró la cabeza, y la expresión de fría autoridad que llevaba en el rostro se desvaneció al ver los ojos encendidos de furia y dolor de Valentina.

—Valentina... —empezó a decir él con voz grave, dando un paso al frente.

—No te acerques —cortó ella con un tono gélido que hizo que Adrián se detuviera en seco. Sacó el teléfono y le mostró la pantalla iluminada con el mensaje anónimo—. Explícame esto. Ahora mismo.

Adrián bajó la mirada hacia el aparato. Su mandíbula se tensó al instante, y una sombra de fría resignación cruzó sus facciones perfectas. No hubo sorpresa en su rostro, solo el reconocimiento silencioso de que el secreto había empezado a filtrarse antes de tiempo.

—¿Dónde conseguiste esto? —preguntó él con un susurro áspero, sin negar nada.

—Eso no importa —estalló Valentina, sintiendo que la rabia ahogaba las lágrimas que se negaba a derramar—.

Lo que importa es que es verdad. No fue una coincidencia que compraras mis deudas.

No elegiste al azar a la hija de Sebastián Montenegro entre miles de deudores en bancarrota.

Todo esto —señaló con un gesto de desprecio el espacio que los rodeaba—, el contrato, el compromiso fingido, la mansión...

¡todo ha sido parte de un plan maquiavélico desde el primer segundo!

Adrián guardó silencio durante unos segundos interminables. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse al otro lado de los ventanales, proyectando sombras alargadas sobre su silueta rígida.

—Sí —respondió él al fin, con una voz tan baja y directa que golpeó a Valentina como un puñetazo en el estómago—. No fue una coincidencia. Necesitaba apalancamiento legal y financiero sobre tu familia, y tu nombre era la llave maestra para abrir las puertas que me debían respuestas.

Las palabras cayeron como plomo en la habitación. Aunque Valentina ya lo intuía, escuchar su confirmación directa destruyó el frágil puente que habían construido.

—¿Y lo demás? —preguntó ella con la voz temblando por primera vez, con los ojos fijos en los suyos, buscando desesperadamente una chispa de arrepentimiento—.

Lo que pasó en la montaña... el acercamiento, las palabras, lo que compartimos...

¿También formaba parte de tu maldito plan para destruirme?

¿O fingiste afecto solo para asegurarte de que no me rebelara contra tus cadenas?

Un destello de dolor puro, crudo y desarmador cruzó la mirada ámbar de Adrián. Dio un paso hacia ella, con una urgencia contenida que traicionaba su habitual frialdad.

—Lo que pasó entre nosotros no estaba en el contrato, Valentina...

—murmuró él con desesperación contenida, intentando acortar la distancia—.

Te mentí sobre el motivo por el cual te traje aquí, es verdad.

Oculté la magnitud de la guerra entre nuestros padres porque quería protegerte de la verdad.

Pero nunca, ni por un solo segundo, lo que sentí cuando estabas en mis brazos fue una mentira.

—¡Mientes! —gritó Valentina, dando un paso atrás con los ojos anegados en lágrimas de pura frustración, negándose a creerle de nuevo—. Eres un maestro del engaño, Adrián. Has construido toda tu vida sobre cimientos de venganza y manipulación. No puedo seguir aquí un segundo más.

—No te vas a ir a ninguna parte —sentenció Adrián con un tono autoritario, avanzando con rapidez para cortarle el paso hacia la puerta—.

Las cláusulas del contrato son claras. Eres mía hasta que los seis meses terminen, y fuera de estas paredes estás completamente desprotegida frente a quienes quieren destruirte.

—¡Prefiero la ruina absoluta, prefiero vivir en la calle antes que seguir un día más siendo la marioneta de tus mentiras!

—espetó Valentina con fiereza, plantándole cara con el orgullo intacto a pesar de tener el alma rota—.

El contrato se acabó, Adrián. Quédate con tu imperio, con tus torres de cristal y con tu maldita venganza.

Yo ya pagué el precio de pertenecerte...

y me niego a seguir pagando con mi vida.

Dicho esto, Valentina esquivó su agarre con un movimiento brusco, salió corriendo del despacho y atravesó los pasillos de la mansión con el eco de sus propios pasos marcando el fin de la farsa.

Adrián se quedó solo en medio del silencio del despacho, con la mano extendida en el aire y la certeza aplastante de que, al intentar atrapar a su presa para vengarse, era él quien había terminado perdiendo lo único que empezaba a importarle de verdad.