Capítulo 12
El hombre que me utilizó
El eco de los pasos sobre el suelo de parqué de la antigua mansión Montenegro resonaba con una pesadez fantasmal.
Valentina seguía con los documentos en la mano, intentando procesar la cronología imposible que acababa de descubrir, cuando un golpe seco, elegante pero insistente, interrumpió el silencio de la noche en la puerta principal.
No era Adrián. Carmen ya se había retirado a su alcoba en el piso superior, por lo que Valentina, con el pulso acelerado y un instinto de supervivencia latente, caminó despacio por el pasillo hasta el vestíbulo.
Al abrir la puerta con cautela, la luz tenue de la entrada reveló a un hombre impecablemente trajeado, con una gabardina oscura y una sonrisa calculada dibujada en los labios.
—Buenas noches, señorita Montenegro. Siento aparecer sin previo aviso, pero las circunstancias exigen urgencia —saludó Gabriel Ferrer con su habitual tono educado, aunque desprovisto de cualquier atisbo de calidez.
Valentina se inmovilizó, bloqueando el umbral con el cuerpo. La presencia del asesor legal jefe de los Valcárcel en su casa a altas horas de la noche solo podía significar una cosa: problemas de máxima categoría.
—¿Qué haces aquí, Gabriel? —preguntó ella con voz fría, sin invitarlo a pasar—. Si vienes de parte de Adrián a exigir mi regreso a la jaula de cristal, puedes dar media vuelta. El contrato quedó roto en el mismo momento en que descubrí sus mentiras.
Gabriel soltó una risa sutil, un sonido seco que no llegó a alcanzar sus ojos oscuros. Dio un paso al frente, obligando a Valentina a retroceder ligeramente.
—Vengo por iniciativa propia, Valentina.
Y créeme, lo último que me interesa es obligarte a volver con Adrián —dijo con una calma fingida, mientras se introducía despacio en el recibidor sin esperar permiso—.
Vine a abrirte los ojos por completo. Veo que has estado rebuscando en los archivos de tu padre, pero te estás enfocando en las piezas equivocadas del tablero.
Valentina sintió que el estómago se le encogía.
—¿De qué estás hablando?
Gabriel se detuvo junto a una consola de caoba, cruzó las manos a la espalda y la miró con una mezcla de condescendencia y ambición contenida.
—Adrián es un estratega brillante, de eso no cabe duda.
Pero su obsesión por la venganza lo ha cegado —comenzó a explicar Gabriel con voz pausada, como si estuviera dictando los términos de una sentencia—.
¿De verdad creías que el compromiso público, las galas benéficas y la farsa del contrato respondían a una simple necesidad de imagen corporativa o a un impulso pasional?
El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad ominosa.
—El plan original que Adrián trazó hace meses era mucho más simple y frío —continuó Gabriel, clavando sus ojos en ella sin piedad—.
Necesitaba una llave maestra para entrar en esta casa, sortear los bloqueos legales de tu familia y acceder sin resistencia a los documentos privados y las claves de la caja fuerte de Sebastián Montenegro.
Y no había mejor señuelo que comprar tus deudas y ofrecerte un matrimonio fingido para tenerte bajo su control absoluto en su propia mansión.
Las palabras cayeron sobre Valentina como bloques de hielo. Cada fibra de su ser se rebeló contra la verdad que acababa de escuchar, aunque encajaba a la perfección con la fría lógica del hombre que la había acorralado.
—Todo... ¿Todo formaba parte de su plan de venganza? —susurró Valentina, con la voz quebrándose por primera vez, sintiendo que el suelo se desvanecía bajo sus pies—. El contrato, la cercanía, las noches... ¿Fui solo un peón en su partida de ajedrez?
—Exactamente —sentenció Gabriel sin pizca de piedad—.
Fuiste el caballo de Troya que él mismo diseñó para saquear los últimos secretos de tu familia.
Lo que Adrián jamás calculó —añadió el abogado con una sonrisa torcida y peligrosa— es que terminaría enredándose tanto en su propia red que dejaría el flanco abierto para que otros terminemos el trabajo por él.
Valentina sintió una ola de furia y humillación tan intensa que eclipsó cualquier rastro de dolor.
El hombre al que le había entregado sus defensas, el que le había hecho creer que bajo su armadura de hielo existía un destello de verdad, la había utilizado desde el primer segundo como un instrumento de destrucción.
—Largo de mi casa —ordenó Valentina con una voz helada, temblando de rabia pura, mientras señalaba la puerta principal con el brazo extendido—. Dile a tu jefe que su juego terminó. No soy el peón de nadie.
Gabriel la observó en silencio durante unos segundos, evaluando el fuego en su mirada con una satisfacción maquiavélica. Giró lentamente sobre sus talones y caminó hacia la salida.
—Como quieras, Valentina. Pero ten cuidado con los lobos que te rodean... a veces, los que parecen más leales a tu lado son los que llevan el puñal escondido en la manga.
Cuando la puerta se cerró a espaldas de Gabriel, Valentina dejó caer los brazos, sintiendo que las lágrimas de rabia finalmente se desbordaban por sus mejillas.
Ya no había dudas. Adrián Valcárcel la había utilizado para destruirla, y ella estaba decidida a demostrarle que el precio de su venganza sería mucho más alto de lo que él jamás imaginó.