Capítulo 4
Una jaula de cristal
Las pesadas verjas de hierro forjado de la finca de los Valcárcel se abrieron con un chirrido sordo y solemne, como las puertas de una fortaleza medieval adaptada al siglo XXI.
Desde el asiento trasero del coche negro con cristales tintados, Valentina observó cómo el vehículo avanzaba por un sendero flanqueado por cipreses centenarios hasta desembocar en una mansión de piedra gris y líneas brutalistas, ubicada en las colinas a las afueras de Madrid.
No era una casa; era un mausoleo de lujo y poder absoluto.
Al bajar del coche, el silencio de la montaña la envolvió de golpe, interrumpido únicamente por el rumor lejano del viento entre los pinos.
Un mayordomo de rostro inexpresivo la aguardaba en la escalinata principal para guiarla hacia sus habitaciones.
No hubo cálidas bienvenidas ni falsas cortesías.
En el mundo de Adrián Valcárcel, cada persona cumplía una función milimétrica dentro de un mecanismo de relojería invisible.
La habitación asignada ocupaba el ala este de la mansión: una suite monumental decorada en tonos pizarra, grafito y detalles en oro viejo, con ventanales de suelo a techo que ofrecían una vista vertiginosa del valle.
Las sábanas de lino puro, los armarios vacíos esperando ser llenados con la ropa que el equipo de estilistas de Adrián ya había seleccionado para ella, y el minimalismo frío del mobiliario gritaban una sola verdad: pertenecía a ese lugar, al menos sobre el papel.
Pero lo que más perturbaba a Valentina no era el lujo silencioso de las paredes, sino la persistente sensación de estar bajo un microscopio.
Mientras deshacía su única maleta modesta en el vestidor de caoba, recorrió los pasillos con la excusa de familiarizarse con el terreno.
Cada rincón de la mansión respiraba la presencia de Adrián.
En los pasillos, los discretos sensores de movimiento parpadeaban con un parpadeo rojo imperceptible; las cámaras de seguridad, camufladas con maestría en las cornisas y los marcos de las puertas, seguían cada uno de sus movimientos.
No tardó en comprenderlo: aunque el contrato especificaba que conservaría su independencia, en la práctica se había metido voluntariamente en una jaula de cristal de alta tecnología.
—Veo que te estás adaptando a la decoración —la voz profunda y ligeramente burlona de Adrián resonó a sus espaldas, haciéndola dar un sobresalto.
Valentina giró en redondo con el pulso acelerado.
No lo había oído acercarse. Adrián llevaba la chaqueta del traje colgada del hombro, con la camisa blanca desabotonada en el cuello y las mangas remangadas hasta los codos, revelando los antebrazos firmes y venas marcadas.
Su presencia llenaba el pasillo con una autoridad avasalladora.
—No sabía que los prisioneros también tenían derecho a elegir las vistas de su celda —replicó ella con la barbilla en alto, ocultando el temblor que le había provocado su repentina aparición.
Adrián dio un paso lento hacia ella, acortando la distancia con una calma depredadora. Sus ojos ámbar brillaron bajo la tenue luz de los apliques de diseño.
—Una celda implica barrotes y resistencia involuntaria, Valentina.
Lo tuyo es un acuerdo comercial de alta gama —murmuró, deteniéndose a menos de medio metro de distancia.
El aroma a sándalo, café negro y su piel limpia volvió a inundar los sentidos de ella—.
Y en cuanto a las vistas, deberías agradecerlas.
Desde aquí arriba, los problemas del mundo real parecen muy pequeños.
—Para ti todo es un negocio o una partida de ajedrez, ¿verdad?
—susurró Valentina, sintiendo que el calor del cuerpo de Adrián empezaba a alterar su concentración.
Intentó dar un paso atrás, pero la pared del pasillo detuvo su huida—.
Las cámaras, los guardias, este aislamiento...
¿A qué le temes tanto, Adrián? ¿A que descubran que debajo de todo este imperio de cristal solo hay ruinas?
El rostro de Adrián se ensombreció de inmediato.
La máscara de fría ironía se desvaneció, reemplazada por una tensión tan densa que el aire pareció volverse irrespirable.
Extendió una mano y apoyó la palma contra la pared, justo al lado de la cabeza de Valentina, encerrándola en su órbita.
Su mirada descendió un segundo hacia los labios de ella antes de volver a clavar los ojos en los suyos con una intensidad feroz.
—A lo único que temo, Valentina... —su voz bajó a un tono áspero, casi un ronco susurro que le recorrió la espina dorsal—, es a que olvides las reglas del juego.
Eres mía por contrato. Y cada segundo que pasas bajo este techo, la línea entre la farsa y la realidad se vuelve más peligrosa para los dos.
Antes de que ella pudiera formular una respuesta al vértigo que sus palabras provocaron en su pecho, Adrián se apartó con la misma rapidez con la que había aparecido, dejándola sola en el pasillo oscuro con el eco de su advertencia resonando en los muros de piedra.