Capítulo 5 El primer límite
Los destellos de los flashes de las cámaras fotográficas iluminaban el vestíbulo del Hotel Ritz de Madrid como relámpagos incesantes.
El murmullo de la alta sociedad madrileña se detuvo por completo en el preciso instante en que las puertas principales se abrieron y Adrián Valcárcel hizo su entrada, flanqueado por la mujer que todos los diarios sensacionalistas y revistas del corazón querían descifrar.
Valentina Montenegro caminaba con la espalda recta, enfundada en un vestido largo de seda negra de corte impecable, con la silueta sutilmente ceñida y una abertura lateral que dejaba ver la elegancia de cada paso.
Su cabello oscuro caía en ondas perfectas sobre sus hombros, y en su rostro se dibujaba una sonrisa ensayada, fría y distante, la única armadura que le quedaba frente a los tiburones que la observaban desde las mesas con miradas cargadas de envidia, desdén y curiosidad morbosa.
Del brazo de Adrián, se sentía como una reina coronada sobre un campo de minas.
—Recuerda el libreto —murmuró Adrián apenas inclinando la cabeza hacia ella, con una voz lo suficientemente baja para que solo ella pudiera escucharla, mientras su mano firme sostenía la curva de su cintura con una posesividad disimulada ante el público—.
Sonríe, saluda, y deja que ellos crean que tienen el control.
—No necesito que me recuerdes cómo actuar, Adrián. Sé perfectamente qué papel estoy interpretando —replicó ella entre dientes, sin apartar la mirada de los flashes ni perder la compostura.
Durante la primera hora, la estrategia funcionó a la perfección.
Los inversores se acercaban con reverencias fingidas a felicitar a Adrián por su "magnífica elección", mientras las damas de la alta alcurnia examinaban a Valentina buscando grietas en su fachada.
Ella resistió con la altivez heredada de su apellido, respondiendo con monosílabos elegantes y una altivez que desconcertaba a sus detractores.
Pero en el mundo de los depredadores, el olor a sangre atrae a los especímenes más peligrosos.
Mientras Adrián se había alejado momentáneamente hacia la barra principal para atender una llamada urgente de sus socios internacionales, Valentina se encontró sola junto a las columnas de mármol del salón de baile, sosteniendo una copa de champán que apenas había rozado con sus labios.
—Vaya, vaya... Así que los rumores eran ciertos —una voz sutil, cargada de un veneno destilado con elegancia, resonó a su lado—. La pequeña caída de los Montenegro resultó ser una excelente oportunidad para reciclaje.
Valentina giró lentamente la cabeza. Frente a ella estaba Isabella De la Vega.
Con un vestido de alta costura en tono marfil que contrastaba con su melena rubia platino, Isabella la miraba con una mezcla de burla y profundo resentimiento.
Sus ojos destilaban la furia contenida de quien se creía la legítima propietaria de un trono que ahora ocupaba otra.
—Isabella —saludó Valentina con voz neutral, sin inmutarse ante la provocación—. No esperaba verte por aquí tan pronto después de tu salida de los consejos de administración de Valcárcel Group.
Isabella dio un paso al frente, agitando el líquido dorado de su copa con un gesto despectivo.
—Oh, querida, mi posición en el mundo de Adrián no dependía de una firma en un contrato de conveniencia —sonrió con malicia, inclinándose ligeramente hacia ella—.
Dime una cosa, Valentina... ¿Cuánto te ha costado rebajarte tanto?
¿Te vendiste al contado para salvar la mansión familiar, o aceptaste pagar a plazos con tu cuerpo cada una de las deudas de tu difunto padre?
Todos sabemos que Adrián no colecciona prometidas; colecciona trofeos hasta que se aburre de ellos.
El veneno de las palabras de Isabella golpeó directamente en el orgullo de Valentina.
Sintió que la sangre le hervía en las venas y que el aire se volvía pesado.
Abrió los labios para replicar con la misma afilada precisión, pero antes de que pudiera pronunciar una sola sílaba, una sombra alta y fría se interpuso entre ambas.
El aroma a sándalo y tabaco limpio envolvió el espacio de inmediato.
La temperatura del ambiente pareció descender diez grados. Cuando Valentina miró hacia arriba, vio el perfil endurecido de Adrián, con la mandíbula tensa y una mirada de hielo absoluto fija en Isabella.
—Parece que te sobra tiempo libre, Isabella —la voz de Adrián resonó baja, cortante como el filo de un cuchillo, haciendo que los invitados cercanos contuvieran la respiración—.
Y una pésima memoria respecto a los límites de lo que puedes decir bajo mi techo...
o en cualquier evento donde mi nombre esté presente.
Isabella palideció ligeramente bajo el maquillaje perfecto, sintiendo el peso aplastante de la intimidación de Adrián.
—Yo solo... solo estaba saludando a la nueva adquisición, Adrián. No te pongas tan celoso de...
—No es una adquisición, Isabella —la interrumpió Adrián con un tono letal, dando un paso intimidante hacia ella que la obligó a retroceder un paso involuntario—.
Es la única mujer que está a mi lado por decisión propia.
Y si vuelves a dirigirle la palabra con ese tono o a insinuar una sola palabra sobre su pasado, te aseguro que no te quedará ni el apellido para sustentarte en esta ciudad. Desaparece de mi vista.
El temblor en las manos de Isabella fue innegable. Viendo que había cruzado una línea de la que no habría retorno, dio media vuelta sobre sus tacones y se perdió entre la multitud con la dignidad rota.
El silencio entre Adrián y Valentina se volvió espeso.
Él se giró lentamente hacia ella, con los ojos todavía encendidos por una furia protectora que rozaba la demencia.
Sin decir una sola palabra, tomó la copa de las manos de Valentina, la dejó caer sobre la bandeja de un camarero que pasaba por allí, y la tomó firmemente de la muñeca.
—Nos vamos —ordenó con voz ronca, arrastrándola casi imperceptiblemente hacia la salida lateral privada del hotel antes de que los periodistas pudieran notar el altercado.
En el interior del coche oscuro que los devolvía a la mansión de las colinas, la tensión estalló como una tormenta contenida.
—¡¿Quién te crees que eres para actuar así?! —exclamó Valentina, zafándose de su agarre en cuanto el vehículo arrancó y dejando salir toda la frustración acumulada—. ¡Pude haberme defendido sola! No necesito que vengas a rescatarme como a una damisela en apuros ante tus ex amantes.
Adrián, sentado a su lado en la oscuridad del habitáculo iluminado tenuemente por las luces de la carretera, la miró con una intensidad feroz. Su respiración era pesada.
—¿Defenderte? Estaba a punto de humillarte frente a todos los buitres de la alta sociedad que se mueren por vernos caer —respondió él con un tono peligroso, inclinándose hacia ella hasta acorralarla contra la puerta del coche—.
Eres mi prometida ante el mundo, Valentina.
Y nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a morder lo que es mío.
Las palabras resonaron en el habitáculo como un golpe seco. Valentina sintió que el pecho se le contraía, no por miedo, sino por la furia de ver cómo Adrián reducía su existencia a una cuestión de posesión.
Con los ojos brillando de desafío, Valentina levantó la barbilla y clavó sus ojos en los de él con una firmeza implacable.
—Escúchame bien, Adrián Valcárcel —dijo con voz helada y temblorosa de rabia—.
Acepté un contrato de apariencias para salvar a mi madre, y soportaré tus juegos corporativos si es necesario.
Pero que te quede muy claro desde este preciso instante: no soy tuya.
No soy de tu propiedad, no soy un trofeo que puedas marcar con tu nombre, y si vuelves a tratarme como si me hubieras comprado en una subasta, te juro que romperé este maldito acuerdo aunque tenga que ver cómo mi casa arde en llamas.
Adrián se quedó completamente inmóvil. Su mirada ámbar la recorrió con una mezcla de sorpresa y una oscura fascinación que crecía de forma descontrolada ante su resistencia. Ninguna mujer se había atrevido jamás a plantarle cara de esa manera, y menos después de haber sido defendida por él.
En lugar de enfurecerse, una sonrisa peligrosa y torcida se dibujó lentamente en los labios de Adrián.
—Eso está por verse, Valentina —murmuró él con un susurro áspero que le heló la sangre—. Pero me encanta ver cómo sacas las garras.