El Precio de Pertenecerte Capítulo 3
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Capítulo 3

Las condiciones del diablo

El papel pesado del contrato crujió levemente bajo los dedos de Valentina.

Bajo la luz cenital del despacho, las cláusulas impresas con una tipografía impecable parecían una sentencia de muerte dictada con elegancia.

Pasó las hojas una y otra vez, buscando un resquicio, una cláusula de escape o una trampa oculta que le permitiera zafarse de aquel compromiso antes de estampar su firma.

No había escapatoria. Cada párrafo estaba blindado por los mejores abogados de Madrid.

—Veo que lees con detenimiento —la voz de Adrián resonó desde el otro extremo de la habitación.

Estaba de pie junto a una pequeña barra de licores, sirviéndose dos dedos de bourbon en un vaso de cristal pesado.

No la miraba directamente, pero cada uno de sus movimientos exudaba una vigilancia implacable—.

Te aconsejo que no busques cláusulas ocultas.

Todo lo que necesitas saber está resumido en la primera página: protección patrimonial total para los Montenegro a cambio de tu exclusividad pública y social a mi lado.

Valentina levantó la vista del documento, sintiendo que la sangre le hervía en las sienes. El miedo inicial comenzaba a transformarse en una furia fría y calculadora. No iba a permitir que la trataran como a un trofeo comprado en una subasta de liquidación.

—Exclusividad pública, sí. Eso dice el papel —replicó ella, su voz cortando el silencio con la precisión de un bisturí—. Pero aquí hay vacíos legales que parecen redactados por un amo para su esclava, no por un socio comercial para su compañera.

Adrián detuvo el vaso a mitad de camino hacia sus labios.

Giró lentamente la cabeza para mirarla, con una ceja oscura ligeramente alzada, intrigado por el cambio de tono.

Dejó el vaso sobre la barra y caminó hacia ella con pasos pausados, absorbiendo el espacio entre ambos hasta detenerse al borde de la mesa.

—¿Te refieres a los horarios, a la obligación de asistir a los eventos de la junta directiva, o te molesta tener que compartir el mismo espacio aéreo que yo? —preguntó con una media sonrisa socarrona que rozaba la provocación.

—Me refiero a que esto parece una rendición incondicional —contestó Valentina, poniéndose de pie con altivez para no empequeñecerse ante su imponente estatura—.

No voy a ser un adorno que saques a pasear cuando necesites mejorar tu cotización en bolsa o lavar tu imagen frente a tus competidores.

Si voy a fingir ser tu prometida frente a los buitres de la alta sociedad, exijo mis propias condiciones.

El despacho pareció contraerse. Gabriel Ferrer, que permanecía discretamente en una esquina junto a la puerta, contuvo la respiración. Nadie, absolutamente nadie en el círculo corporativo de Valcárcel, se atrevía a negociar con él en esos términos.

Adrián la observó en silencio durante unos segundos interminables.

Sus ojos ámbar se estrecharon, evaluando cada centímetro de su postura defensiva, el brillo de desafío en sus pupilas y el orgullo intacto que se negaba a doblegarse.

En lugar de enfurecerse, una chispa de peligroso interés brilló en su mirada.

—Te escucho —dijo con voz grave y contenida—. Adelante. ¿Cuáles son tus exigencias, Valentina?

—Primera: mi vida privada fuera de los eventos obligatorios estipulados en el protocolo de esta farsa es inviolable.

No habrá intromisión en mi espacio personal ni en mis tiempos con mi madre —enumeró ella con firmeza, levantando un dedo con elegancia—.

Segunda: mantendré mi independencia laboral.

Continuaré con mis proyectos de catalogación de arte y mis gestiones, nadie me encerrará en una jaula dorada para mirar las paredes.

Y tercera: exijo una cláusula de rescisión unilateral si se demuestra que incumples alguna de las garantías sobre la salud de mi madre o la seguridad de nuestro hogar.

El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad palpable.

Adrián cruzó los brazos, estudiándola con una intensidad que casi quemaba.

La idea de que una mujer a la que acababa de acorralar financieramente tuviera el valor de poner condiciones sobre su mesa habría divertido a cualquier otro magnate, pero en él despertaba una fascinación enfermiza.

—¿Independencia laboral? ¿Espacio personal? —repitió Adrián con un susurro áspero, inclinándose ligeramente hacia ella, invadiendo su espacio vital—. Pretendes jugar en las grandes ligas de la alta sociedad a mi lado, pero conservando las reglas de los aficionados.

—No estoy pidiendo jugar, señor Valcárcel. Estoy exigiendo respeto dentro del contrato que usted mismo redactó —respondió ella sin parpadear, sosteniéndole la mirada a escasos centímetros de su rostro.

Adrián la miró fijamente a los ojos durante un latido largo y pesado. De pronto, un atisbo de sonrisa torcida, casi imperceptible, cruzó su boca.

—Concedido —murmuró con una suavidad letal—.

Acepto tus condiciones, Valentina. Tendrás tu espacio, mantendrás tus ocupaciones y tu madre estará intocable.

Pero que te quede muy claro: una vez que firmes este documento, entrarás a formar parte de mi mundo.

Y en mi mundo, las reglas las escribo yo, aunque te deje jugar a que las diseñas tú.

Antes de que ella pudiera replicar a su arrogancia, Adrián tomó una pluma estilográfica de metal oscuro de su escritorio, la firmó con una rúbrica rápida y firme, y la deslizó hacia ella junto con el documento.

Valentina sintió que el aire se atascaba en su garganta. Miró la pluma, luego los ojos indescifrables de Adrián. Sabía que estaba firmando un pacto con el diablo, un contrato donde las líneas entre la farsa y la realidad corrían el riesgo de borrarse para siempre.

Con pulso firme, aunque el corazón le martillara en el pecho, tomó la pluma y estampó su nombre en el contrato. El sonido de la tinta sobre el papel selló su destino.

Lo que Valentina ignoraba en ese instante es que el interés de Adrián no respondía únicamente a una estrategia de relaciones públicas o a un frío cálculo bursátil; en los archivos más profundos de la memoria de Adrián, el apellido Montenegro no representaba una simple deuda financiera, sino una cuenta pendiente de sangre que él estaba dispuesto a cobrar...

aunque para ello tuviera que quemar su propio mundo.