Capítulo 2
El hombre que no suplica
El silencio que siguió a las palabras de Adrián Valcárcel pesaba toneladas en el despacho. Los ruidos de la ciudad, amortiguados por el triple acristalamiento de los ventanales, parecían pertenecer a otro mundo lejano.
Valentina sintió que el aire se volvía denso, difícil de tragar. Se obligó a no retroceder, a mantener los hombros rectos bajo el abrigo de lana, aunque cada fibra de su instinto le gritaba que estaba parada en el borde de un precipicio.
—¿Qué clase de broma es esta, señor Valcárcel? —su voz salió firme, afilada por la incredulidad, a pesar de que el corazón le latía desbocado contra las costillas.
Adrián no se movió. Su mirada ámbar la examinaba con la fría precisión de un entomólogo que observa un espécimen raro y fascinante. Dio otro paso, tan cerca que Valentina pudo percibir el calor corporal que irradiaba su traje oscuro y el rastro sutil de sándalo y tabaco limpio.
—No suelo gastar bromas, y mucho menos con dinero o contratos de esta magnitud —respondió él con un tono pausado, casi quirúrgico—.
Tu padre dejó una estela de deudas incobrables, embargos pendientes y acreedores hambrientos que están a cuarenta y ocho horas de convertir tu casa familiar en un solar vacío.
Podría borrar todo eso con una sola firma en este mismo instante.
—Entonces hágalo —espetó Valentina, perdiendo por un segundo la compostura—. Si el dinero no es un problema para usted, cóbrese lo que le deban los Montenegro y déjenos en paz. ¿Qué busca exactamente? ¿Venganza? ¿Humillación pública?
Una sombra de diversión oscura cruzó el rostro de Adrián, endureciendo aún más sus facciones perfectas.
—La venganza es un plato frío, Valentina, pero a veces hay que cocinarla a fuego vivo para que adquiera el sabor correcto —murmuró, inclinándose ligeramente hacia ella, lo suficiente para que su aliento cálido rozara el lóbulo de su oreja—.
No quiero tu dinero. No me sirven las propiedades en ruinas de tu familia.
Lo que necesito de ti es algo que no se puede comprar en una subasta judicial.
Valentina se inmovilizó. El tono de su voz había bajado de intensidad, volviéndose íntimo, casi posesivo.
—¿De qué está hablando?
Adrián se apartó con la misma elegancia felina con la que se había acercado, caminó hasta su mesa de trabajo de diseño minimalista y recogió un dossier de cuero negro. Lo deslizó sobre la superficie pulida de caoba, justo frente a ella.
—Seis meses —dijo con total naturalidad, como si estuviera dictando una cláusula comercial cualquiera—.
Ese es el tiempo que durará nuestro acuerdo.
Durante los próximos ciento ochenta días, serás mi prometida oficial ante la alta sociedad madrileña.
Asistirás a cada gala, cada evento corporativo, cada cena de negocios y cada portada de revista a mi lado.
El mundo pareció detenerse por un instante en la mente de Valentina. ¿Prometida? ¿Exponerse voluntariamente ante los buitres de la élite que se habían burlado de su caída?
—¿Se ha vuelto loco? —exclamó, separándose de la mesa con los ojos abiertos de par en par—. ¿Pretende que finja ser su pareja ante la misma sociedad que me ha dado la espalda? ¿Para qué? ¿Para divertir a sus socios o para restregarme por el suelo?
—Para ambas cosas, y para mucho más —admitió Adrián sin el menor rastro de culpa, cruzando los brazos sobre el pecho—.
Necesito estabilidad corporativa para la fusión que estoy cerrando con los fondos internacionales.
Mi imagen pública exige una compañera de estirpe, alguien con el apellido Montenegro, aunque esté manchado.
A cambio, yo cancelo la totalidad de las deudas de tu padre, libero la mansión, y garantizo un estipendio mensual intocable para los cuidados médicos de tu madre.
Valentina sintió un nudo helado en el estómago. La oferta era obscenamente tentadora. Significaba salvar a su madre, conservar el hogar de su infancia, evitar la miseria absoluta... pero el precio era entregar su libertad al hombre más peligroso y enigmático de la ciudad.
—¿Y si me niego? —susurró, con la voz quebrándose por primera vez.
El rostro de Adrián se ensombreció, perdiendo cualquier fachada de cordialidad ejecutiva. Sus ojos brillaron con un destello de pura dominación.
—Si te niegas, a las nueve de la mañana del viernes los alguaciles echarán abajo las puertas de tu casa.
Tu madre estará en la calle antes del mediodía, y tú tendrás que buscar empleo sirviendo mesas para pagar una deuda impagable que te perseguirá hasta el último día de tu vida.
Yo no suplico, Valentina. Yo doy opciones. Y esta es la única que te queda.
El silencio volvió a caer entre ellos, denso y asfixiante.
Valentina miró el dossier negro sobre la mesa.
Sabía que había algo más oculto bajo esa propuesta, una razón oscura que Adrián se guardaba para sí misma, un propósito secreto que iba mucho más allá de una simple estrategia de relaciones públicas.
Pero la trampa ya se había cerrado a su alrededor.
Con las manos temblando ligeramente, estiró los dedos hacia el contrato, sabiendo que acababa de vender su alma al diablo para salvar lo poco que le quedaba de familia.