Capítulo 25
—¿Puedo preguntarte algo?
Ryan se había quedado mirando, casi embelesado, cómo Fabian se probaba distintas camisas mientras se preparaba para salir. Por eso tardó en responder a la pregunta de Fabian.
—Claro. ¿Qué?
Fabian se sacó la última camisa por la cabeza, sin desabrocharla, y luego se volvió hacia donde Ryan estaba recostado en la cama. Este trató de concentrarse en su cara y no en la sexy curva de la cadera de su novio, donde se hundía en los pantalones ajustados.
—¿Acaso… ocurrió algo? ¿Con tu equipo anterior?
—¿Eh?
—Es que…, bueno. Cuando estaba en casa de mis padres, se pusieron a hablar de que…, en fin. Dijeron que te había dado una crisis.
Ryan se quedó un momento callado. «Una crisis». Carraspeó.
—Supongo que es una forma de decirlo.
Fabian se arrodilló junto a la cama y tomó la mano de Ryan.
—¿Me lo cuentas?
En realidad, Ryan no quería hablar de eso. Nunca más. Lo había trabajado con la psicóloga y ya había tenido más que suficiente. Pero Fabian parecía tan preocupado que Ryan suspiró y decidió darle al menos unas pinceladas de lo que había sucedido.
—Estaba en el banquillo. Y la multitud cantaba a coro, porque… Eh… Hay un cántico. Que gritan cuando quieren que me pelee.
—¿Un cántico?
—Sí. Es, eh, «Paga a Price». Por mi apellido, claro, y porque es como si fuera a hacerles pagar, ¿sabes?
Fabian juntó mucho las cejas.
—Qué bastos.
Ryan asintió.
—Sip. El caso es que la multitud estaba gritando porque, bueno, pasó una cosa en el partido. No quiero aburrirte.
Fabian no sonrió.
—Ryan.
Se habían duchado juntos antes de que Fabian se vistiera y el pelo húmedo le caía sobre los ojos. Ryan alargó el brazo y se lo apartó.
—No me acuerdo de por qué me lo tomé así aquel día, porque no fue distinto del resto de partidos, pero supongo que llegué a mi límite de saturación. Fue antes de que fuera a la psicóloga o probara con la medicación. Me sentía solo, deprimido. No lo sé. Da igual.
—¿Qué ocurrió?
Ryan cerró los ojos y recordó que no conseguía de ninguna manera que el corazón dejara de irle a mil y que tampoco le entraba suficiente aire en los pulmones.
Notaba las protecciones muy apretadas, se estaba asando, y cuando miró hacia los patines e intentó tomar una bocanada de aire fue como si se le hubiera cerrado la garganta.
Le dolía el pecho, le ardían los pulmones por la falta de oxígeno y le dio la impresión de que iba a estallarle el maldito corazón.
—Pensé que me había dado un ataque al corazón. Hablo en serio. Así que… me marché.
Abrió los ojos.
—¿Del estadio? —Fabian parecía muy confundido.
—Del banquillo, en mitad del partido. Y en cuanto llegué al vestíbulo empecé a arrancarme el equipo. Entré en pánico total. No tenía la menor idea de qué hacía, solo sabía que tenía que sacármelo todo o me iba a morir. Y la gente me gritaba y yo no sabía ni dónde estaba ni qué estaba pasando.
—Dios.
—Supongo que acabé tumbado en el suelo. O de rodillas o algo así. La gente me rodeaba y yo intentaba apartarlos a manotazos.
—Un ataque de ansiedad, ¿no?
Ryan asintió.
—Resultó que sí. Llamaron a una ambulancia para que me llevara al hospital porque no paraba de decir que tenía un ataque al corazón. En el hospital me dijeron que no era el corazón. Era un ataque de ansiedad, nada más. Eso dijeron. —Se rio sin una pizca de humor—. Me dio mucha vergüenza.
—Es ridículo —respondió Fabian enfadado—. No era ninguna tontería. Un ataque de ansiedad no es algo de lo que avergonzarse.
—Ahora lo entiendo. Después de ese mal trago empecé a ir a terapia.
Me tomé un descanso, me recompuse un poco.
Aunque me da la impresión de que, desde entonces, ni mis compañeros de equipo ni mis entrenadores volvieron a mirarme igual.
—Se encogió de hombros—. Luego, en verano, me traspasaron a Toronto.
Fabian sonrió.
—Bueno, esa parte ha salido bien.
Ryan también sonrió.
—Sí. Supongo que sí.
Fabian le besó la mano a Ryan.
—¿Todavía te dan ataques de ansiedad?
—No he vuelto a tener ninguno tan bestia, pero… sí. A veces. Noto que merodean por aquí, ¿sabes?
—Me alegro de que me lo hayas contado. Si puedo hacer algo para ayudarte, dímelo.
Ryan apoyó la palma en la mejilla de Fabian.
—Ya me ayudas.
Fabian le dio un beso apresurado y continuó vistiéndose.
Una vez que se puso de espaldas, Ryan se permitió hacer una mueca para quejarse por el dolor de espalda que llevaba torturándolo el día entero.
Le había dicho a Fabian que ya tenía bien la espalda porque no quería que se disgustara al saber que había estado entrenando y jugando al hockey durante toda la semana.
Pero en realidad le dolía una barbaridad. Había ido a fisioterapia y a hacerse masajes, así que la contractura había mejorado un poco, pero el médico del equipo también le había dado calmantes para que le resultara más fácil jugar. No hacía falta que Fabian supiera nada de todo eso.
Igual que no hacía falta que Fabian supiera lo del ataque de ansiedad. Ryan pensó que ojalá no se lo hubiera contado nadie: solo serviría para afianzar su convicción de que Ryan debía dejar el hockey. No lo decía abiertamente, pero Ryan sabía lo que sentía.
Sin embargo, ya estaba manejando tanto la ansiedad como el dolor de espalda bastante bien. No podía esperar que Fabian comprendiera las exigencias del hockey profesional.
Fabian no era tonto.
Sabía que el dolor de espalda todavía machacaba a Ryan.
Lo más probable era que ahora la tuviera peor que en Navidad.
Se había dado cuenta de que Ryan trataba de ocultarlo con movimientos lentos y cautelosos y con excusas malas para no hacer las cosas.
Fabian no tenía ni idea de cómo era capaz de jugar al hockey en semejante estado.
Pero era justo lo que Fabian tenía previsto averiguar viendo ese partido.
Ryan estaba fuera de la ciudad, jugando contra Filadelfia. Por su parte, Fabian estaba en el mismo bar deportivo al que había ido con Tarek la vez anterior, solo que esta noche lo acompañaba Marcus.
—Así que ese es tu novio —dijo Marcus.
Fabian y él estaban viendo la pantalla de televisión gigante, donde Ryan había hecho algo delante de la red que parecía precisar muchas repeticiones a cámara lenta.
—Sí —respondió Fabian.
—Ese tío. El de la tele. Que juega al hockey. Es tu novio.
Fabian suspiró.
—¿Todavía no te has hecho a la idea?
—Solo quería asegurarme.
Marcus sonrió y dio un sorbo al gin-tonic .
El partido no había sido muy interesante que digamos, salvo por el hecho de que Ryan parecía moverse con mucha más soltura cuando jugaba un deporte de impacto sobre patines que cuando Fabian lo observaba, por ejemplo, sacando la botella de leche de la nevera.
En los momentos en los que Ryan no estaba en la pista, Fabian y Marcus se ponían a charlar. Hacía un tiempo que no salía por ahí con Marcus. Cada vez que Ryan salía a la pista, Fabian lo escrutaba como un halcón.
—Parece estar bien —comentó Marcus—. La verdad, yo no sería capaz de detectar que le duele.
—No tiene sentido. Sé que me lo oculta. Lo veo haciendo muecas de dolor cada vez que cree que no lo miro cuando estamos juntos.
—Madre mía, es enorme —dijo suspirando Marcus—. Qué envidia me das, joder.
—Las protecciones hacen que parezca aún más grande —dijo Fabian con poco convencimiento.
Era raro mirar a Ryan cuando empleaba su tamaño para intimidar.
Hubo un rifirrafe detrás de la portería durante una pausa y Ryan se irguió, acechante, junto a un jugador del equipo contrario.
No le veía la cara, pero advirtió el miedo en la mirada del otro jugador, incluso mientras se encaraba con Ryan y le chillaba algo.
—¿Van a pelearse? —preguntó Marcus.
Parecía casi demasiado emocionado con la idea.
Por dios, Fabian confiaba en que no.
—Odio esto —dijo.
—¿El qué? ¿Que Ryan mienta?
—Sí. Y verlo con ese aspecto. —Señaló hacia el televisor, donde una imagen desde otro ángulo mostraba a Ryan mirando con expresión amenazadora a su contrincante. Fabian suspiró—. Y que Ryan juegue al hockey, si te soy sincero.
Marcus lo miró frunciendo el ceño.
—Pues entonces quizá no deberías salir con un jugador de hockey.
Fabian observó mientras Ryan —menos mal— se alejaba patinando hacia su banquillo en lugar de pelearse.
—Ryan es algo más que un jugador de hockey.
—Ya. Pero también es jugador de hockey.
—Sí. Ya lo sé, gracias —soltó cortante Fabian. Suspiró—. Lo siento.
—No puedes pedirle que lo deje, Fabian. No es justo.
—Ya lo sé. Y nunca lo haría salvo… —Marcus levantó las cejas.
Fabian miró hacia la mesa—. No es solo que yo aborrezca el hockey.
Es evidente que no puedo pedirle a Ryan que deje el hockey porque a mí no me gusta.
No soy tan egoísta. Pero creo que a Ryan tampoco le gusta.
O sea, en otras palabras, me ha dicho justo eso.
Y le está destrozando el cuerpo y lo hace sentir fatal.
Él es superdulce y merece algo mucho mejor que eso.
—Pero es él quien tiene que tomar esa decisión. No tú —insistió Marcus.
Fabian asintió.
—Ya lo sé. Pero es que es muy duro ver que sufre y no se permite descansar para curarse. Me da… miedo.
Marcus lo miró con empatía.
—Puedes contarle cómo te sientes, pero debes ir con cuidado, ¿vale? Nada de ultimátums.
—Claro que no.
Fabian se preguntó si sería capaz de sacarle el tema a Ryan.
Se preguntó si podría seguir con Ryan si no lo hacía.
Tres días después, Fabian estaba sentado en la cama de Ryan, con un entrañable ejemplar de Ana de las Tejas Verdes en las manos.
—¿Siempre lo llevas encima?
—Cada vez que voy en avión, sí.
—¿Por qué?
Ryan se encogió de hombros y sacó una prenda de ropa arrugada de la bolsa de viaje.
—Para sentirme mejor. Mi madre le leía muchas veces ese libro a Colleen cuando éramos pequeños y yo también la escuchaba. Luego pasé a leérselo yo a Colleen. Siempre ha sido una cosa especial, de los dos.
—Entonces ¿es como un ancla? ¿Algo en lo que puedes concentrarte cuando tienes miedo?
—Supongo.