Capítulo 25 #2
Fabian se lo entregó a Ryan, quien volvió a meterlo en la bolsa.
—¿Qué tal la espalda?
—Bien. ¿Por qué?
—¿En serio?
Ryan parecía confundido.
—Ya te dije que la tenía mejor, ¿no?
—Sí —respondió Fabian con sequedad—. Eso me dijiste.
—¿Qué ocurre?
Fabian se puso de pie.
—Me has mentido.
Ryan enarcó mucho las cejas.
—¿Mentido?
—Venga ya, no puedes ir en serio.
—¿Ir en serio con qué?
—¡¿Por qué finges que no lo sé?! Está claro que no se te ha curado la espalda.
—No la tengo tan mal —refunfuñó Ryan.
Fabian sintió que estaba a punto de explotar.
—No juegues mañana por la noche.
Ryan se lo quedó mirando como si no tuviera la menor idea de por qué podía estar preocupado Fabian.
—Pues claro que voy a jugar. Debo hacerlo.
—¡Pero si tienes la espalda hecha una mierda!
—Siempre la tengo hecha una mierda. Solo que ahora está todavía más jodida.
—No puedes jugar al hockey así.
Ryan resopló.
—Habló el experto.
Fabian rodeó la cama y se plantó enfrente de él con los puños apretados a los lados del cuerpo.
—¿En serio? ¿Así es como piensas enfocar esto? ¿Tu novio el mariquita que no sabe nada de deportes y es tan tonto que se preocupa por tu salud?
Ryan lo miró entrecerrando los ojos.
—No hables así de ti.
—Pues no juegues al hockey cuando tengas una lesión.
Ryan relajó un poco su expresión, cosa que solo sirvió para que Fabian se cabrease todavía más, porque daba la impresión de que Ryan encontraba divertido lo ridícula que era su reacción.
—Ya se arreglará. Me ha pasado otras veces. El médico me da algo para el dolor.
«¿Perdona?».
—¿Te da algo? ¿Qué es lo que te da?
—Relajante muscular —murmuró Ryan.
—Genial. Entonces ¿te tragas las pastillas y vas grogui por la pista un par de horas?
Ryan apartó la mirada.
—No es una pastilla. Es una inyección.
Fabian levantó las manos.
—¡Fantástico! ¡Alucinante! Así que el médico te chuta un montón de fármacos. Y luego ¿qué? ¿Qué ocurre cuando se te pasa el efecto?
—Pues me dan pastillas.
Fabian se quedó boquiabierto.
—La virgen… ¿Y no te parece peligroso?
—Voy con cuidado. No es que vaya a hacerme adicto, si es en lo que estás pensando.
—¿Por qué no puedes descansar hasta que se te cure? ¿Por qué es tan terrible esa opción?
—Porque los jugadores no hacemos eso, ¿vale? Si existe la posibilidad de jugar, pues juego.
—Y, si juegas, peleas, supongo —añadió Fabian mirando las magulladuras nuevas en los nudillos de Ryan.
Este apretó la mandíbula.
—Sí, peleo.
—Pensaba que habías acabado con los golpes.
—No puedo dejar de pelear sin más, Fabian.
—¿No lo eliges tú?
Ryan resopló.
—Soy jugador de hockey. No elijo nada.
A Fabian se le rompió un poco el corazón al oír esas palabras. Notó un nudo en la garganta al decir:
—Entonces ¿por qué continúas jugando? No tiene sentido.
Ryan apartó la mirada.
—Esto es una locura.
Salió de la habitación y Fabian fue corriendo tras él. Cuando lo alcanzó, Ryan se dio la vuelta.
—Imaginaba que tarde o temprano sucedería. Estaba mentalizado. Quieres que lo deje para no tener que salir con un jugador de hockey, ¿verdad?
Fabian volvió a quedarse boquiabierto.
—Esto no tiene nada que ver conmigo. El hockey te está destrozando, Ryan… ¿Es que no lo ves?
—¡El hockey es todo lo que soy! —gritó para defenderse.
Fabian nunca lo había oído hablar tan alto y se sobresaltó.
—No —dijo con calma—. Eres mucho más que un deporte. Por favor, no digas eso.
—¿Por qué no? Es verdad. No pienso tirar por la borda una carrera en la NHL , Fabian. No soy tan tonto.
—Ya te conté lo de la Sinfónica —insistió Fabian.
Le dio rabia oír la risa tan amarga que soltó Ryan.
—Sí, pero ¿sabes qué? Yo no puedo largarme de la NHL y convertirme en jugador de hockey independiente. Así que me alegro de que tú puedas hacer la música que te gusta por tu cuenta, pero yo no tengo esa opción.
—Podrías hacer otra cosa.
—¿Como qué? ¿Qué cojones se supone que tengo que hacer?
—¡Lo que quieras! —exclamó Fabian casi gritando.
Ryan puso los ojos en blanco e inspiró entre los dientes un instante. Luego soltó el aire y dijo:
—No lo entiendes.
Y ahí se acababa la cosa, ¿no? Fabian no entendía el hockey. No comprendía por qué Ryan estaba dispuesto a dejar que le destrozara la vida si, al parecer, no le proporcionaba ningún placer. No comprendía por qué había pensado siquiera que esa relación pudiera funcionar.
—Supongo que no.
Fabian le dio un empujón al pasar por delante y se dirigió a la puerta.
—¿Adónde vas? —preguntó Ryan cuando vio que se calzaba las zapatillas.
—A casa.
—¿Por qué te pones así? Ya sabes de qué trabajo. Ya sabías quién era cuando empezamos.
Fabian se tragó el nudo que tenía en la garganta.
—Sí, lo sabía. Sabía lo dulce y maravilloso que eres.
Ryan hundió los hombros y bajó la voz.
—No sé por qué haces eso. Me parece que piensas que soy mejor de lo que soy en realidad. No puedo ser la persona que tienes en la cabeza.
—Sí eres la persona que tengo en la cabeza. En el corazón… —Fabian se había puesto a llorar. Mierda—. Por eso no puedo quedarme mirando cómo te haces daño. O haces daño a otras personas.
Una de las manazas de Ryan aterrizó en el hombro de Fabian. Unas manos que, sin duda, servirían para dar un puñetazo a alguien esa misma semana.
—Lo siento.
No era lo que quería oír Fabian. Se dio cuenta de que era la clase de disculpa que significaba «Lo siento, no puedo ser mejor» y no «Lo siento, intentaré hacerlo mejor».
Si Fabian se quedaba, no cambiaría nada.
Puede que salir por la puerta en aquel momento le partiera el corazón, pero no tanto como lo haría el contemplar cómo Ryan se destruía.
—No puedo hacer esto —dijo con un hilillo de voz—. Pensaba que sí, pero no puedo. Tienes razón, no lo entiendo. —Soltó un suspiro agitado—. Es que no puedo. Y nunca podré.
—No te vayas… —Ryan también se había puesto a llorar, y Fabian no soportaba verlo. Se dirigió a la puerta—. Por favor.
Fabian se dio la vuelta. Se moría de ganas de arropar a Ryan en sus brazos y decirle que lo sentía. Que se quedaría. Que pasaría por alto todo y sería su novio sin más. Pero no podía. No sería justo para ninguno de los dos.
Así pues, dijo:
—Cuídate, Ryan Price.
Y entonces se fue.