El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 26
94%

Capítulo 26

Las dos semanas siguientes fueron un tormento para Ryan.

Los vuelos, que ya habrían sido complicados de por sí por el hecho de ir sin Wyatt, le resultaron un infierno.

Ryan tenía que reunir todas sus fuerzas para obligarse a embarcar en cada avión.

Cuando estaba a bordo, se sentaba a solas cerca del fondo y se ponía a hiperventilar.

Al tercer vuelo, le pidió al médico del equipo que le diera algo más para que le ayudara a relajarse.

Las pastillas no le curaban la ansiedad, pero lo dejaban medio grogui y rebajaban el pánico a un nivel soportable.

Pese a lo que le había prometido a Fabian durante la discusión, Ryan notaba que cada vez dependía más de los fármacos.

Se moría de dolor todo el tiempo y el alivio que le proporcionaba el chute de relajante era inmediato.

Las pastillas que tomaba después de cada partido lo ayudaban a pasar la tortura de las horas posteriores a jugar con una lesión y la minimizaban.

También había empezado a pedir somníferos. Y los segundos que no pasaba obsesionado por el dolor de espalda lo sobrecogía la agonía de sentir el corazón roto.

La parte más dura era saber que Fabian tenía toda la razón. Cada una de sus palabras eran ciertas. Y, por eso, Ryan sabía que no debía intentar hablar con él. Ryan lo había tenido claro desde el principio; Fabian merecía algo mucho mejor que él.

Sabía que Fabian continuaba dando conciertos. Sabía que sacaba el disco una semana después, pero no se atrevía a ir al lanzamiento. Lo mejor para los dos sería olvidar toda aquella relación absurda.

Igual que todos los equipos de la NHL , los Guardians tenían una semana libre ya fuera antes, ya fuera después del fin de semana del All-Star de la NHL .

Ese año los Guardians habían tenido esos días libres antes.

Ryan procuraba no pensar en lo maravilloso que habría sido pasarlos con Fabian.

En lugar de eso, se quedó encerrado en su apartamento e hizo reposo para que se le curara la espalda.

El miércoles, Ryan se despertó con una llamada de Wyatt.

—Hola, Pricey. ¿Qué tal las vacaciones?

—Bien. Tranquilas.

Ryan se notaba la cabeza un poco embotada. Se había tomado un somnífero la noche anterior y todavía no se le había pasado del todo el efecto.

—Solo llamaba porque quería que te enterases por un amigo y no por otras vías.

Ryan parpadeó perplejo.

—¿Han vuelto a traspasarte?

—No. Es por Duncan Harvey.

—¿Harvey? ¿Qué le pasa?

Oyó que Wyatt soltaba aire antes de anunciar:

—Ha muerto. Lo encontraron anoche. En casa. Parece un suicidio por sobredosis.

Ryan se sentó erguido.

—¡¿Qué?!

—Lo sé. Es una mierda. Hoy va a salir en todos los periódicos.

Ryan se quedó de piedra. No sabía qué decir.

—¿Cuándo harán el funeral?

—Aún no tengo información, pero supongo que será en su pueblo. Es de campo, nació en un sitio pequeño de Ontario, pero siempre se me olvida el nombre. Ahora mismo estoy en las Bahamas con Lisa. Si no, intentaría ir.

—Sí.

Ojalá Ryan pudiera hacer que se le pasaran los efectos de la pastilla. Tenía la cabeza tan aturdida que no le entraba nada de todo eso.

—Siento tener que darte esta noticia. ¿Estarás bien? ¿Estás con tu, eh, novio…?

—Estoy bien —dijo Ryan a toda prisa, porque no quería que Wyatt mencionara a Fabian, aunque fuera de manera difusa—. Gracias por avisarme. Te lo agradezco mucho.

—¿Seguro que te sientes bien?

Ryan estaba tan lejos de sentirse bien que no le pareció ni divertido.

—Sí. Estaré pendiente del funeral. Pásalo bien en la playa, ¿vale?

—Claro. Pero, oye, llámame si lo necesitas.

Joder, cuánto echaba de menos a Wyatt.

—Tranquilo, lo haré. Gracias.

Se despidieron y Ryan se obligó a salir de la cama y fue dando tumbos hasta el cuarto de baño, donde puso el agua de la ducha a la máxima temperatura que era capaz de soportar.

Vale. Averiguaría dónde y cuándo iban a celebrar el funeral e iría en coche. Eso sí estaba a su alcance. Era lo mínimo que podía hacer… Con un poco de suerte, muchos jugadores de la NHL harían lo mismo.

Mientras se duchaba, no pudo evitar visualizar una y otra vez su última pelea; o, mejor dicho, su no pelea. ¿Acaso Ryan era en parte responsable de lo que le había ocurrido a Duncan? ¿Lo habría puesto aún más al límite al negarse a pelear con él?

No podía permitirse pensar esas cosas.

Cuando salió de la ducha, se notó la cabeza más despejada y se dio cuenta de que la espalda no le molestaba tanto. De hecho, parecía que tomarse tiempo para descansar y curarse sí estaba siendo efectivo.

—Tenías razón, Fabian —dijo Ryan a la habitación vacía.

—Puedes sacarlas de la estantería si te apetece mirarlas mejor.

Fabian parpadeó y, conforme enfocaba la vista, se dio cuenta de que se había quedado mirando embobado unas bolas anales de acero inoxidable con lo que debía de ser una expresión de deseo absoluto. Pero, en realidad, solo había estado pensando en Ryan. Otra vez.

—Puedo hacerte el descuento especial para empleadas si quieres —continuó Vanessa—. Es lo mínimo, después de que te hiciera probar aquella mierda de vibrador.

—No, perdona. Ni siquiera estaba mirando los productos. Estoy… disperso.

Vanessa se apartó de la estantería de botes de lubricante que había estado poniendo recta y apoyó una mano en el brazo de Fabian.

—Sabes que podrías contactar con él, ¿verdad?

Fabian negó despacio con la cabeza y se obligó a soltar una risa que sonó horrible.

—La mera idea de nosotros dos era absurda. No pegamos ni con cola.

—Pero lo echas de menos.

—Joder, ya te digo.

Vanessa suspiró exasperada y luego continuó enderezando la estantería de los lubricantes.

—¿Qué? —le preguntó Fabian.

—No sé. Es como si, desde que hubieras empezado con Ryan, hubieras estado decidido a demostrar que no podía funcionar o algo así. Sí, nunca me habría imaginado que te pillarías de un jugador de hockey profesional, pero así fue. Y entonces, en cuanto el rollo del hockey tomó peso, te acojonaste.

—Eso no es justo —se defendió Fabian—. Me mintió. Se machaca… Es… autodestructivo.

Vanessa lo apuntó con un bote de lubricante.

—Pues parece que le iría bien algo de amor y apoyo, ¿no?

Fabian no tenía nada que responder a eso.

Sabía que era cierto y era la razón por la que se había sentido como una mierda durante las dos semanas anteriores.

Le faltaba valor para ser el novio de Ryan.

No era capaz de superar su propio odio y miedo hacia todo lo que implicaba el hockey. Todo lo que hacía con la gente.

—Anoche vi a Claude —dijo más tranquilo para cambiar de tema.

Vanessa puso cara de decepción.

—Ay, Fabian. No… Dime que no lo hiciste.

—No, no, te lo prometo. No pasó nada. Me lo encontré en la inauguración de una expo en Greta. Hablamos. Compartimos un porro juntos en la puerta. —Apartó la mirada—. O sea, sí que intentó besarme. Pero le dije que no podía.

—Ah. Muy bien. Entonces ¿por qué me lo cuentas?

—Porque ver a Claude me ayudó a aclararme las ideas. No quiero estar con él ni con nadie como él. Creo que jamás podré estar con nadie salvo con la única persona con la que en realidad no debería estar.

—Lo cual me lleva otra vez a mi sugerencia de antes: habla con él. —Entonces entró alguien en la tienda y Vanessa sonrió a Fabian para disculparse—. Hablamos luego, ¿vale?

—Claro —dijo Fabian, pero Vanessa ya se había marchado para ayudar a quien quería comprar.

Para empezar, Fabian no debería haber ido a molestar a su amiga mientras trabajaba. Se despidió de Vanessa con un gesto y un intento penoso de sonrisa y salió a la calle, que lo recibió con una suave nevada.

«En cuanto el rollo del hockey tomó peso, te acojonaste». Joder, eso era justo lo que había hecho Fabian, ¿verdad? Podía soportar salir con un jugador de hockey siempre que no tuviera que ver ninguna muestra de su ocupación.

Pero quizá no fuera tan descabellado por su parte.

Durante toda su vida, Fabian solo había visto que el hockey era algo tóxico y atroz que daba bola a matones homófobos y entrenaba a los chavales para que creyeran que solo había una manera aceptable de ser un hombre.

El hockey era el muro que había separado a Fabian de su propia familia, la esencia de la masculinidad que había impedido que sus padres comprendieran a su único hijo.

Fabian se conocía y sabía que jamás podría ser fan de ese deporte ni de la cultura que lo rodeaba.

Así pues ¿no sería demasiado pedir que fingiera que podía pasar todo eso por alto?

Le gustaba mucho Ryan —siempre le había gustado— y le encantaría ser el animador fuerte y comprensivo que Ryan merecía. Pero lo único que era capaz de hacer era preocuparse por Ryan a la par que se negaba a ver siquiera sus partidos. Sentar las bases de una relación de ese modo era horrible.

Pero, aun así, Fabian deseaba estar con él. Así que quizá pudieran encontrar un término medio. Si Ryan lograba descansar lo suficiente para que se le curase la puta lesión, ya sería algo. Si pudiera decirles a sus entrenadores que ya no quería pelear más. Si pudiera…

Fabian suspiró. Conocía lo suficiente el mundo del hockey para saber que, si Ryan hacía cualquiera de esas cosas, pondría en peligro su carrera deportiva. Ryan no era una superestrella; no estaba como para poner exigencias. Era sustituible.

Aunque no para Fabian, claro. Con cada día que pasaba, le quedaba más claro que Ryan se había adueñado por completo del corazón de Fabian.

Por supuesto, él podría encontrar a algún tío atractivo para sustituir a Ryan —aquella misma noche si quería, probablemente—, pero ese tío no tendría la dulzura de Ryan. Ni su enorme corazón. Ni su valentía.