El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Porque Ryan era la persona más valiente que Fabian había conocido en su vida.

Puede que Ryan no lo creyera, pero Fabian sabía que era cierto.

Se enfrentaba a sus miedos todos los días —en los vuelos, en las peleas, en las relaciones personales— y ¿cuánta gente podía decir lo mismo, eh?

Fabian era el cobarde. La carrera de Ryan lo aterraba, así que había huido.

Fabian estaba desesperado por arreglar el problema.

Ahora mismo no tenía las respuestas y debía concentrarse plenamente en el espectáculo de lanzamiento del disco, para el que solo faltaban unos días.

Quizá después de ese concierto pudiera dedicar un rato a esto.

Quizá fuera imposible mantener una relación sana con Ryan, pero, si existía la menor posibilidad, tenía que intentarlo.

Ryan entró en la pequeña funeraria que había enfrente del Tim Hortons en el pueblo de Duncan Harvey. Notaba la espalda un poco tensa después de conducir durante tres horas, pero en general no la tenía mal.

Ryan no estaba seguro de qué esperaba encontrar, pero había un montón de asientos vacíos en la sala donde iban a celebrar la ceremonia.

No vio a ningún jugador de la NHL entre los asistentes.

Reconoció a algunos de los entrenadores de Harvey, pero a ninguno de sus compañeros de equipo.

Ni siquiera estaba Clarke, el capitán del equipo de Chicago.

Pero, claro, era viernes. Y Clarke estaría en el fin de semana All-Star en San Luis.

Ryan encontró sitio en la última fila e intentó tragarse la rabia.

Era como si Harvey no hubiese existido nunca.

Lo había dado todo por el hockey y, cuando ya no quedaba nada, el hockey lo había abandonado.

Ni siquiera parecía tener amigos o familia allí, y quizá eso fuera lo que ocurría cuando eras un adicto penoso a quien todo el mundo tenía miedo.

Alguien se sentó al lado de Ryan. No en la punta del mismo banco, sino justo al lado de Ryan. Levantó la mirada y se sorprendió al ver quién era.

—Hola, Price.

—Rozanov. ¿No deberías estar en el All-Star Game?

Ilya se encogió de hombros.

—Ya habrá más.

Pero ¿es que Ilya conocía siquiera a Duncan Harvey? Nunca había jugado con él. Era rarísimo que estuviera allí.

La ceremonia fue breve e impersonal. Resultó que Harvey no tenía mucha familia. Sus padres habían muerto hacía bastantes años y, aunque en la esquela mencionaban a una hermana, no estaba en la sala.

¿Acaso Ryan estaba presenciando cuál sería su futuro?

No le gustaba pensarlo. Pese a todo, su familia todavía lo quería y lo apoyaba.

Aún confiaba en no engancharse a los calmantes o a cualquier otra cosa, pero empezaba a comprender con qué facilidad podría volverse adicto.

No había duda de que, durante esas últimas semanas de mierda, había preferido cómo se sentía cuando estaba dopado.

Cuando terminó el funeral, Ilya se levantó y le dijo:

—¿Vienes a dar una vuelta?

—Claro. Vamos.

Una vez en la calle, pasearon por el aparcamiento nevado. Ilya dejó de caminar cuando llegaron a un árbol enorme y sin hojas que había al fondo. Sacó un paquete de tabaco del bolsillo del abrigo y, antes de coger un cigarrillo, se lo ofreció a Ryan. Este lo rechazó.

Ilya sacó uno del paquete y lo encendió.

Se apoyó en el tronco mientras daba la primera calada.

Era un hombre muy atractivo: casi tan alto como Ryan, con unos relucientes ojos color avellana y el pelo rizado de un castaño dorado que le caía de forma desordenada por la cara, de un modo que encajaba con su relajada personalidad.

—Ha sido un detalle que vinieras —dijo Ilya después de sacar el humo.

—Pensé que era lo mínimo que podía hacer.

—Sí. Bueno. Lo mínimo que podías hacer ha sido demasiado para casi todos los jugadores, por lo que veo.

—Sí. Ya me he dado cuenta.

Ilya echó otra bocanada de humo.

—Este deporte puede ser una puta pesadilla —comentó.

Ryan se metió las manos hasta el fondo de los bolsillos y asintió.

—Ya lo sé.

Transcurrió un momento de silencio, hasta que Ryan no pudo contenerse más.

—Oye, ¿y tú por qué has venido? ¿Conocías a Harvey?

—En realidad, no. Pero… su muerte. El suicidio. Me toca de cerca.

—Vaya.

Claro. La madre de Ilya. Era el motivo principal por el que había montado la organización benéfica junto a Shane Hollander.

—No se habla lo suficiente de eso en este deporte. La depresión. La adicción. La salud mental. —Ilya lo miró—. Ya sabes a qué me refiero.

A Ilya nunca le había costado ser directo.

—Sí. Sé a qué te refieres.

—¿Cómo te va?

—Unos días mejor que otros. Pero voy a terapia. Es, tipo, por Skype, pero aun así me ayuda. Y me medico. Supongo que debería hablar más del tema, pero…

—Eres una persona reservada. Lo entiendo.

Ryan tuvo que sonreír.

—¿Ah, sí?

Ilya torció los labios con aire divertido.

—Todos tenemos secretos.

Ryan asintió. Por supuesto que Ilya tenía secretos. Se preguntó si el jugador ruso se sentiría tan solo como él.

—¿Te gusta jugar al hockey? —preguntó de pronto Ilya.

Ryan estuvo a punto de responder «Pues claro» sin pensarlo, pero se detuvo y, en lugar de eso, se planteó de verdad la pregunta de Ilya.

—No. Creo que hace tiempo que no me divierte.

—¿No te hace feliz?

Lo último que lograba el hockey era hacer feliz a Ryan.

—Si te soy sincero, creo que me deprime.

—Pues es un problema —dijo Ilya.

—Ya lo sé.

Ilya se terminó el pitillo.

—Wyatt Hayes es un buen tipo.

—Ya. Lo echo de menos.

—Me dijo que ayudas en un sitio con críos, ¿no? ¿Vas a jugar al hockey con ellos?

—Ah. —Ryan miró hacia el suelo. Le daba vergüenza que Wyatt hubiera hablado de él a Ilya Rozanov—. Sí, cuando puedo. Que no es muy a menudo.

—¿Te gusta?

—Sí. Me gustan los niños.

Ilya asintió con la cabeza.

—¿Y qué harás en verano?

A Ryan le costaba seguir el hilo del pensamiento de Ilya.

—No lo sé. Quizá vuelva a casa de mi familia, en Nueva Escocia. ¿Por?

Ilya sacó el móvil del bolsillo y se lo entregó.

—Dame tu número. Vamos a organizar unos campamentos en nuestra asociación. Shane y yo. O sea, Hollander. —Por un momento pareció apurado—. Son campamentos de hockey para chavales. Este verano los haremos en Ottawa y Montreal. No nos iría mal que nos echaras una mano.

—¿Qué? ¿¡Yo!?

En serio, a Ryan no le cabía en la cabeza ser entrenador en el mismo campamento en el que los críos aprendieran de estrellas como Shane Hollander e Ilya Rozanov.

—No quiero enseñar a los niños a pelear —dijo Ryan, solo para dejarlo claro.

Rozanov lo miró como si fuera imbécil.

—Claro que no. Eres defensa. Les enseñarás a quedarse quietos y no marcar goles. Cosas que hacen los defensas.

Ryan se rio.

—Capullo.

—Además, queremos que sea para todo el mundo, ¿sabes? Tipo… —Ilya pareció debatirse sobre cómo decir lo siguiente, pero entonces lo soltó sin más—. Eres gay, ¿verdad?

Ryan resopló, sorprendido por el nuevo cambio de tema.

—Sí.

—Bien. A eso me refería. Los campamentos también serán para eso. Me refiero a que les enseñaremos, eh…

—¿Tolerancia?

Ilya sonrió.

—Sí. Y a intentar cambiar las cosas, ¿sí?

—Pues entonces deberías pedírselo a Scott Hunter.

Ilya hizo una mueca.

—Tal vez.

Volvieron a sus vehículos en silencio. Mientras Ilya abría el Mercedes deportivo, dijo:

—Busca algo que te haga feliz, Price. Y no lo sueltes.

Ryan asintió y de pronto notó un nudo en la garganta.

Había encontrado a alguien que lo había hecho feliz y lo había soltado.

Y ¿a cambio de qué? De una vida vacía, de dolor y depresión que se sentía obligado a aguantar.

Ganaba una buena pasta, sí, pero Ryan ni siquiera se divertía gastándosela.

Podría vivir sin el sueldo de la NHL. Bastaba con que encontrara algo con lo que disfrutara de verdad.

Durante el trayecto de vuelta a Toronto, se planteó que en realidad tenía bastante dinero ahorrado.

Podía vender el piso escandalosamente caro del centro y vivir de manera bastante cómoda una buena temporada mientras decidía qué hacer el resto de su vida.

Solo tenía treinta y un años. Fuera del mundo del hockey, todavía era un hombre bastante joven.

Podía dejarlo. Sí, podía largarse y punto.

Notó que se le aceleraba el corazón al darse cuenta de que era posible.

No había literalmente nada que se lo impidiera.

Bueno, sí, algunas personas se mosquearían y seguro que se ganaba más de una bronca, pero ¿a alguien le importaría de verdad?

Su entrenador llevaba dos meses amenazándolo con sustituirlo.

Pues que lo hiciera. Que otra persona viviera el sueño de la NHL. Ryan ya había tenido suficiente.