El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

—¿Has visto cuánta gente hay ahí fuera? —le preguntó Vanessa en cuanto irrumpió en el camerino.

En realidad, Fabian no se había asomado a mirar cuánta gente había en el club. Era uno de los locales más grandes en los que había tocado; estaba impresionado con que su sello discográfico lo hubiera reservado para el lanzamiento del álbum.

Pero en el fondo solo había una persona a la que le gustaría ver entre el público. Y era imposible que estuviera.

—Estás espectacular —dijo Vanessa—. Me encanta ese mono.

Fabian se había puesto el mono negro que ahora le remitía a Ryan. Lo había combinado con el collar exquisito que sin duda llevaba por Ryan. Había estado a punto de enfundarse también la braguita de encaje.

Notó un nudo en el estómago. Ni una sola vez en su vida había tenido pánico escénico, pero esta noche era un manojo de nervios. Se había sentido tremendamente frágil desde que se había marchado de casa de Ryan.

Por dios, confiaba en que Ryan estuviera bien.

Fabian tendría que haber sido más paciente con él.

Seguro que abandonarlo como lo había hecho no le había ayudado, y llevaba semanas preocupado de que Ryan hubiera entrado en una espiral por su culpa.

Se había planteado escribirle antes de ese concierto, pero no había sido capaz.

Una parte de él seguía pensando que su relación era imposible, por muy fuerte que fuera lo que sentía por Ryan.

Así que ahora a Fabian no le quedaba más remedio que volcar su corazón roto en el escenario.

La responsable del local entró en el camerino.

—¿Estás listo? —le preguntó.

Fabian asintió y se puso de pie. Respiró hondo varias veces para intentar calmar el estómago, luego se dio la vuelta y abrazó a Vanessa.

—Gracias —le dijo—. Te quiero.

—Yo también te quiero. ¡A por todas! ¡Conquístalos!

Fabian se enderezó e intentó sonreír.

—Por supuesto.

Cuando subió al escenario, lo recibió un mar de aplausos y silbidos entusiastas.

Sonrió a su público —inmenso, tal como lo había descrito Vanessa— y saludó con la mano mientras se dirigía al centro del escenario.

Al llegar al medio, sacó el violín y el arco de la funda, se plantó delante del micro y cerró los ojos.

Respiró hondo dos veces más para concentrarse.

Ahí era donde cobraba vida. Le encantaba.

Abrió los ojos y se acercó el violín a la barbilla.

Tomó otra buena bocanada de aire y empezó a tocar.

Dejó que la música lo envolviera, que reverberase por las paredes del club y volviese a él.

Permitió que lo alimentara, que llenara todos los huecos de su interior que llevaban semanas vacíos.

Necesitaba esa energía para poder devolvérsela a su público.

Más tarde, cuando ya no le quedase nada, Fabian podría arrastrar la carcasa hueca de su cuerpo a casa y derrumbarse allí, pero ahora mismo su público merecía que sacara lo mejor de él.

Dio el mejor espectáculo de su vida. Se dejó el corazón en la música y sabía que su propia angustia estaba muy presente en cada nota melancólica que tocaba.

No tocó la canción que había compuesto para Ryan.

Cuando terminó la lista, sonrió, luego hizo una reverencia mientras el público se volvía loco aplaudiendo. El sudor le caía por la frente del esfuerzo de tocar y se apartó el flequillo con la punta del arco.

Se había esforzado como un mulo para ese momento.

Casi diez años habían transcurrido desde que había dejado la Sinfónica para lograr que justo esto sucediera.

Le ardían los ojos por las lágrimas, que dejó que se derramaran.

Se tapó la boca con la mano y trató de no ponerse a sollozar como un niño delante del público.

Porque no solo eran lágrimas de alegría.

Le daba rabia pensar cómo podría haber sido aquella noche si aún hubiera estado con Ryan.

Se limpió los ojos, aunque estaba seguro de que se había destrozado el maquillaje.

Parpadeó para ver más claro y se tomó otro instante para recordar a ese público.

Para empaparse de él antes de salir del escenario.

Paseó la mirada por toda la multitud hasta que la detuvo en un fogonazo de pelo rojo que había al fondo, alguien que sacaba la cabeza y los hombros por encima del resto.

«¿Ryan?».

Sin duda era Ryan. Era imposible confundirlo con otra persona. Y, cuando la mirada de Fabian se quedó fija en él, Ryan sonrió como un bobo e hizo un discreto gesto con los pulgares hacia arriba.

Fabian suspiró. Le dio la impresión de que su corazón empezaba a latir por primera vez desde hacía semanas.

Sin pensarlo, se bajó del escenario y se mezcló con la multitud.

La gente lo tocaba, le daba palmaditas en la espalda, lo agarraba del brazo, pero él pasaba de todos.

Se limitó a seguir caminando, obligando a los asistentes a apartarse, porque estaba dispuesto a pasarles por encima si no lo hacían.

Tardó una eternidad en llegar al fondo del club, y por un segundo le preocupó haber tenido una alucinación. Pero entonces lo vio. Inmenso, fabuloso y real. Y con la bufanda que Fabian le había regalado en Navidad.

—Holi —dijo Ryan.

Fabian no respondió. Tan solo se limitó a abrazarlo con toda la intensidad que pudo. Un segundo después, Ryan le devolvió el abrazo, arropándolo con sus fuertes brazos y acercándolo a su cuerpo.

—Buen concierto —dijo Ryan.

—Has venido —dijo Fabian entre sollozos.

—Sí. ¿Te parece bien?

Fabian asintió pegado a su maravilloso y compacto pecho.

—Me parece bien.

—¿Tienes planes cuando acabes?

—Ya no.

Ryan se echó a reír.

—Confiaba en que pudiéramos hablar.

—Sí. —Fabian se apartó y levantó la cara para sonreírle con los ojos llorosos—. No te vayas, ¿vale? Tendré que pulular un rato más, pero… quédate aquí. Aún mejor, quédate pegado a mí. No quiero perderte.

«Otra vez no. Nunca más».

—Vale.

Cogieron un taxi para ir al piso de Fabian. En la calle hacía un frío tremendo y el club quedaba fuera del Village.

Ryan había dudado de si ir o no al concierto de Fabian, pero sabía que por lo menos tenía que intentarlo.

Literalmente no tenía nada que perder. Al ver a Fabian en el escenario, luciendo el collar que le había regalado, Ryan había notado que se le alegraba el corazón.

Era imposible que Fabian no quisiera nada más con él si se había puesto su regalo para un espectáculo tan importante.

Llevaba días planeando qué le diría si tenía la oportunidad. Y parecía que la oportunidad había llegado.

Siguió a Fabian a su apartamento y sintió una oleada de alivio. Pensaba que no volvería a ver aquella habitación.

Fabian aún iba con el vestuario del concierto. También llevaba todavía el maquillaje, aunque la raya se le había corrido un poco alrededor de los ojos.

—¿Me das un momento? —preguntó Fabian—. Quiero quitarme todo esto antes de que hablemos.

—Por supuesto.

Ryan se sentó en el borde de la cama y esperó a que Fabian terminara con lo que tuviera que hacer en el lavabo. Quince minutos más tarde, Fabian salió con un batín de raso negro, con la cara lavada y el pelo mojado. Todavía llevaba el collar.

Ryan se rio.

—¿Te lo quitas en algún momento?

Fabian sonrió y se dirigió a la cocinilla.

—Cuando no tengo más remedio. —Cogió el hervidor que había en uno de los fogones y lo llenó de agua. Luego lo puso otra vez al fuego—. Si te soy sincero, esta es la primera vez que me lo pongo desde…, bueno. Ya sabes.

Ryan lo sabía, sí.

—Me alegro de que te lo hayas puesto hoy.

—Y yo me alegro de que estuvieras para verlo. —Sacó dos tazas del armario que había encima de la nevera y las dejó en la diminuta encimera—. ¿Te apetece una infusión de menta?

—Me parece perfecto.

Fabian preparó las infusiones mientras Ryan lo observaba en silencio. Parecía que hubiera un pacto tácito entre ellos de que esperarían hasta que la bebida estuviera lista para hablar de cosas serias.

Para cuando Fabian le ofreció la taza con la infusión de menta humeante, Ryan volvía a estar con los nervios a flor de piel.

Tenía previsto hablar el primero, pero quizá no fuera la mejor idea.

Fabian se sentó en la silla, que esa noche no estaba llena de ropa usada, y se puso frente a Ryan, cerca de los pies de la cama.

Con los dedos de los pies descalzos tocaba las puntas de los de Ryan, cubiertos por los calcetines.

—He dejado el hockey —soltó Ryan sin más preámbulo.

Fabian abrió los ojos como platos.

—O sea, voy a dejarlo. Estoy en el proceso de dejarlo. Pero digamos que ya no voy a jugar más partidos. Se acabó.

—Guau. Eso… no era lo que esperaba oír.

—No sé qué haré a continuación, pero tengo dinero, así que puedo tomarme el tiempo que haga falta para averiguarlo. Y… curarme.

—¿Qué tal la espalda?

—Mucho mejor. Tuve unos días libres y aproveché para descansar.

—Me alegro.

Ryan notaba que Fabian iba con pies de plomo. No lo culpaba.

—Hace más de una semana que no tomo ni un calmante. Ni siquiera uno flojo. Nada.

Fabian se mordió el labio.

—Soy imbécil —dijo—. No tengo la menor idea sobre el hockey ni sobre el dolor crónico ni sobre los medicamentos, y debería haber confiado en ti.

—Puede. Aunque no siempre soy de fiar. Siempre he hecho lo que era mejor para el equipo, y, tenías razón, a veces eso ha implicado atiborrarme a calmantes en lugar de permitirme frenar y curarme. El hockey tiene un lado egoísta.

Fabian colocó las manos alrededor de la taza.

—Pero, aunque te estuvieras enganchando, fui muy desconsiderado al largarme así. Necesitabas ayuda y apoyo. No… eso.

—Tenías miedo.

—Estaba aterrado —le corrigió Fabian—. Pero quiero que sepas que… no tienes por qué dejar el hockey. Me refiero, por mí. Si lo has hecho por eso…

—No es la única razón. Lo que dijiste era cierto: el hockey no es bueno para mí.

Fabian parecía aliviado.

—De acuerdo. Pero, si piensas que la única manera de estar conmigo es si dejas el hockey, te equivocas. Fui egoísta y lo que te pedí era ridículo.

A Ryan le dio un vuelco el corazón.

—¿Quieres estar conmigo?

Fabian esbozó una sonrisa.

—Lo has pillado, ¿eh?

Ryan le sonrió como un bobo, luego salió de su ensimismamiento y recordó lo que quería decirle.

—Vale. He pensado mucho en lo que quería decirte. Y lo he practicado. Así que voy a decirlo, ¿sí?

—¿Lo has practicado?

—Sí.

—Bueno, pues no se hable más. Cuéntamelo.

Ryan se levantó y dejó la taza en el escritorio de Fabian.

—El caso es que… —Hizo una pausa, ya se había perdido—. Estos últimos meses… —Maldita sea—. Sé que no hemos…

Suspiró y luego soltó un taco en voz baja.

—Ryan. —Fabian se levantó y le puso una mano en el brazo—. No hace falta que digas nada.

Ryan negó con la cabeza.

—Estoy enamorado de ti. —Tragó saliva—. Tenía que decírtelo. Y ya está.

Fabian apretó los labios; los ojos le brillaban ilusionados. Soltó un suspiro largo y estremecido.

—Creo que cabe la posibilidad de que siempre haya estado enamorado de ti. Sé que suena absurdo, pero es la verdad.

Ryan sonrió tanto que la sonrisa no le cabía en la cara.

—Entonces ¿puedo besarte?

—Sí. Un momento.

Fabian se subió a la silla en la que estaba sentado y se puso de pie. Quedaba un par de dedos por encima de Ryan, quien se rio al verlo.

Y entonces inclinó la cabeza hacia arriba para besar al chico que amaba. Fabian pasó los brazos por el cuello de Ryan y este le agarró el culo con una mano y lo levantó de la silla para poder llevarlo a la cama.

—Desde luego, tienes mejor la espalda —dijo Fabian muy contento.

—Sí… Deja que te demuestre qué otras cosas puedo hacer.

Fabian levantó mucho las cejas.

—¡Joder!

Ryan se rio y lo dejó caer encima del colchón.

—Estás muy atractivo con esa cosa.

—¿Qué? —preguntó Fabian mientras pasaba la mano por el sedoso tejido del batín—. ¿Esto? Me alegro de que te guste, porque me estoy helando. No es nada apropiado para las noches gélidas de pleno invierno.

—Yo te calentaré.

—Claro que sí. Quítate la ropa.

—Ryan —murmuró Fabian más tarde, cuando estaban enredados en la cama, saciados y medio dormidos—, tengo una pregunta muy importante sobre tus muslos.

—¿Qué les pasa?

—¿Qué les ocurrirá cuando dejes de jugar al hockey?

Ryan paró de acariciarle el pelo un instante.

—Pues lo más probable es que vuelvan a ser muslos normales.

—Eso era lo que me temía.

—Ya no te apetece tanto que deje el hockey, ¿eh? —bromeó Ryan.

—Eh… Supongo que tendré que aprender a vivir solo con tu altura descomunal, tu cara fantástica y tu polla enorme.

—Y mi personalidad tan divertida.

Fabian le dio un golpecito en el brazo.

—Eres muy divertido. —Se puso encima de Ryan y lo miró—. Y eres muy dulce. Y te amo.

—Yo también te amo.

—Daré varios conciertos fuera de la ciudad a lo largo de este mes. ¿Te gustaría acompañarme?

—¿En avión?

Fabian se echó a reír.

—Te has flipado un poco con el presupuesto para viajes de un músico indie. No, iré en coche o cogeré el tren.

—Ah. —Ryan sonrió—. Sí. Vale. Te acompañaré. Podemos ir en mi coche.

—Mi discográfica tiene en mente que haga un tour por Canadá este verano. Si te atrae la idea de pasarte el verano conduciendo sin parar entre ciudades canadienses con una estrella emergente, podrías ir conmigo.

Ryan se quedó un buen rato sin contestar.

Sonaba perfecta la perspectiva de cruzarse el país con el hombre que amaba.

Estar allí para ver a Fabian deslumbrando al público de las distintas ciudades.

Estar allí para besar a Fabian después de los conciertos y luego acompañarlo a la habitación de hotel y demostrarle lo orgullosísimo que estaba de ser su novio.

—Pero ya basta de pensar en mí —añadió Fabian, con lo que rompió la embobada fantasía de Ryan—. Vamos a ver qué necesitas. ¿Qué te hace feliz, Ryan?

En ese momento, Ryan no podía imaginarse necesitar algo más aparte del chico que tenía entre los brazos, pero dijo:

—No lo sé. Pero me muero de ganas de averiguarlo.