El precio a pagar (Game Changers 3) Epílogo
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Epílogo

Fabian: ¿Cuándo terminas la jornada?

Ryan: Estaba recogiendo. ¿Estás en el hotel?

Fabian: Estoy en una cafetería.

Le mandó a Ryan una foto de un capuchino junto a un plato con un pain au chocolat a medio comer.

Fabian: Me encanta Montreal.

Ryan sonrió. Acababa de terminar su primer día como entrenador en el campamento benéfico de hockey de la organización de Rozanov y Hollander y había ido sorprendentemente bien.

Se sentía un poco raro allí plantado junto a varias de las superestrellas que habían accedido a ayudar, pero por lo menos Wyatt también estaba.

Aunque la verdad era que el propio Wyatt también se había convertido en una superestrella en esos últimos tiempos. Desde que lo habían traspasado a Ottawa, había jugado que te cagas para el equipo en apuros. Ryan se alegraba mucho por él.

El primer día del campamento había sido un poco caótico, pues todo el mundo trataba de adivinar cómo iba a funcionar aquello, pero había sido divertido.

Los críos eran geniales y a Ryan le gustaba que el campamento admitiera a todo tipo de géneros.

Había terminado el día trabajando mano a mano con una niña de trece años para que mejorase los giros.

Era alucinante ser capaz de compartir con alguien sus habilidades para el hockey.

Era alucinante que alguien le recordara que tenía habilidades para el hockey.

—Lo has hecho genial, Pricey. —Wyatt se le acercó por detrás y le dio un golpecito en el hombro—. ¿Escribes a Fabian?

—Sí. Está tomando un bollo en no sé dónde.

—Ay, dios, ¿y te manda fotos? Me parece cruel. Por cierto, ¿sabes dónde están Roz o Hollander? La madre de Owen ha venido a firmar el parte sobre el incidente y ahora no sé qué hacer con el papel.

—¿Un parte sobre un incidente? ¿Qué ha ocurrido?

—Ah, nada grave. Un empujón en el vestuario. Creo que tiene cruzado al chaval ese, Harper.

—Ah. —Ryan no podía imaginarse qué clase de conflicto podían tener los críos de doce años—. Trae, dámelo. Ya se lo llevo yo.

—Gracias, colega. Lisa me está esperando, así que nos vemos mañana, ¿de acuerdo?

Le entregó a Ryan el papel y se marchó a paso ligero.

Ryan miró hacia una punta del pasillo en el que estaba y luego hacia la otra punta. Estaba casi seguro de que había una especie de oficina de Rozanov y Hollander por algún sitio. Quizá alguno de ellos estuviera allí.

Eligió una dirección y empezó a caminar.

Se alegró de haber decidido aceptar la propuesta de Rozanov para entrenar en el campamento.

Ilya había tenido que esforzarse mucho para convencerlo, pero, después de que Ryan hablara largo y tendido con Fabian, con sus padres, con Colleen y con su psicóloga, había decidido que sería una buena manera de ver si al hockey le quedaba algo que ofrecerle.

Se estaba planteando en serio meterse en algún módulo de educación infantil.

O quizá en un módulo de educación física.

Le gustaba trabajar con chavales y le gustaba estar activo.

Y le encantaba la idea de hacer que el hockey fuera algo positivo e inclusivo para todo el mundo.

Era una causa por la que sí podía apasionarse.

Oyó la voz inconfundible de Rozanov —un tono arrastrado y burlón con un acento fuerte— que salía de una habitación pasillo abajo. Se dirigió hacia el sonido y luego se paró en seco cuando oyó otra voz más enfadada. Parecía la de Hollander.

Se acercó un poquito más y confirmó que era Shane Hollander, que parecía discutir con Rozanov. Bueno, no era de extrañar. Ryan todavía no había asimilado que se llevaran bien.

Dejaron de discutir, así que Ryan se dirigió a la puerta. Debería haber llamado antes de abrirla de un empujón, porque lo siguiente que vio fue a Ilya empotrando a Shane contra la pared.

Con la boca en la del canadiense.

Shane fue el primero en verlo y de inmediato apartó a Ilya. Este se volvió para ver quién era el intruso, pero ni la mitad de asustado que Shane.

—Price —dijo Ilya con tranquilidad—. ¿Qué pasa?

Shane se había puesto coloradísimo y se dedicaba a alisarse la pechera del polo de director del campamento.

—Tengo un documento. Me lo dio Wyatt. Para vosotros.

—Gracias —dijo Shane—. Puedes dejarlo en la mesa. Y, eh, lo que acabas de ver…

Ilya puso los ojos en blanco y cogió el papel de la mano de Ryan.

—No va a contárselo a nadie, Shane. Relájate, joder.

Fulminó a Ryan con una mirada que decía «No se lo vas a contar a nadie, ¿verdad?».

—No. No le contaré a nadie… que estabais, eh…

—¿Enrollándonos en el trabajo? Sí. Sería fatal —dijo Ilya con una sonrisa divertida.

Por su parte, Shane puso cara de no tener intención de sonreír en toda su vida.

—No sé qué veo en ti —murmuró Shane.

—Sí. Lo dices todos los días.

Ryan no pudo evitar sonreírles. De pronto, las cosas tenían mucho más sentido.

—Vuestro secreto está a salvo conmigo —prometió.

Se marchó a toda prisa, algo avergonzado, pero también deseoso de ver a su novio. Fabian y él iban a pasar allí toda la semana; luego irían a la parte atlántica de Canadá para que Fabian hiciera unos cuantos conciertos y, de paso, visitarían juntos a sus familias.

Ryan no estaba seguro de cómo iría con la familia de Fabian. Los Salah sabían que salían juntos, pero Fabian le había dicho que dudaba de que se lo creyeran de verdad hasta que los vieran en persona. Ocurriera lo que ocurriese, Ryan estaría al lado de Fabian en todo momento.

Encontró a Fabian sentado en un banco en la calle, junto al hotel. Estaba espectacular con su mono azul de estampado floral, unas gafas de sol inmensas y unas alpargatas amarillo brillante. Ryan llevaba unos pantalones cortos de deporte, sandalias y una camiseta gris del campamento.

Fabian se incorporó al verlo y le entregó una bolsita blanca.

—Te he comprado un cruasán de almendra.

Ryan miró en la bolsa.

—Qué raro que te lo hayan vendido con un mordisco.

—¡Ya! Debería quejarme.

Ryan le dio un beso, allí mismo, en la acera.

—Hueles bien.

—Puede que haya usado algunas muestras de perfume de Holt Renfrew.

Ryan enterró la cara en el hueco del cuello de Fabian e inspiró hondo.

—Me gusta. ¿Te lo has comprado?

—No, cariño. Eso te lo dejo a ti.

Ryan sonrió y le besó el cuello.

—Entonces ¿ha ido bien el día?

—Sí, pero hacía mucho calor y tenía la esperanza de poder retirarnos a nuestra habitación con aire acondicionado.

—Buen plan. ¿Alguna propuesta para la cena? Me refiero, además del cruasán.

—No. Pero… quiero enseñarte algo. —Le pasó el móvil a Ryan—. Dime qué piensas.

Ryan fue bajando por la galería de imágenes. Todas eran fotos de habitaciones en una casita adosada en el Village.

—¿Está en venta?

Fabian se mordió el labio.

—No es barata.

Ryan cerró la galería y miró el precio. Era casi la mitad de lo que le había costado el apartamento con vistas preciosas de la ciudad.

—Podríamos comprarla.

—¿En serio? Vanessa y Tarek me han dicho que le echarían un vistazo y me dirían si vale la pena escribir para decir que nos interesa.

A Ryan le encantaba la idea de que Fabian llenase aquellas paredes de color y cachivaches ornamentados.

Le encantaba la idea de construir un hogar y una vida con Fabian.

Le daba igual dónde vivieran, pero sabía que Fabian quería quedarse cerca de sus amigos.

Cerca de su comunidad. A Ryan le parecía perfecto, aunque implicara pagar una burrada por la vivienda.

Entraron cogidos de la mano por las puertas correderas de cristal que conducían al vestíbulo del hotel. Fabian balanceaba contento los brazos que tenían unidos.

—No se lo cuentes a mis padres, pero estoy increíblemente agradecido de que acogieran a jugadores de hockey en mi adolescencia.

Ryan se rio.

—Me cuesta creerlo.

—Estoy seguro de que no tenían en mente encontrarle novio a su hijo, pero, mira, ha funcionado.

—Desde luego.

—Quizá les dé las gracias el día de nuestra boda.

Ryan resopló y desdeñó la idea como si fuese algo ridículo. Como si él no hubiese estado pensando en pedirle matrimonio desde el momento en que Fabian lo había abrazado después del lanzamiento del disco.

Mientras esperaban a que llegara el ascensor, Ryan se comió con los ojos a Fabian, que lucía ese mono tan precioso.

Le distraían muchísimo sus piernas y sus brazos esbeltos y desnudos.

Seguro que Fabian se percató del interés de Ryan, porque se lamió el labio y, en teoría, lo miró a los ojos.

Aunque costaba saberlo con aquellas gafas que le tapaban casi toda la cara.

Una vez a solas en el ascensor, Fabian se mofó de la erección más que evidente que tensaba la tela del mono corto.

—Genial. Mira lo que has conseguido.

Ryan chasqueó la lengua y pensó en todas las formas en las que le gustaría aliviar el problema de Fabian.

—Espero que estés contento —le reprendió Fabian.

Ryan sonrió.

—Más que contento.