Capítulo 24
Fabian se dio cuenta de que a Ryan todavía le dolía la espalda cuando salió a recibirlo al vestíbulo de su edificio. Tenía ganas de saltar a sus brazos, agarrarse de su cintura con las piernas y besarlo hasta dejarlo sin aliento. Pero se conformó con apoyar una mano en cada bíceps de Ryan.
—Holi.
—Holi.
—¿Cómo te encuentras?
Ryan hizo una mueca.
—Aún dolorido.
Fabian cogió a Ryan de la mano y tiró de él hacia el ascensor.
—Resulta que lo único que me apetece es quedarme en casa sin hacer absolutamente nada con mi adorable novio.
—Estás de suerte —dijo Ryan, y chasqueó la lengua.
Cuando entraron en el piso, Fabian trató de conducir a Ryan hacia el dormitorio.
—Tienes que descansar —le dijo.
—Ya lo sé. Pero antes…
Ryan señaló los taburetes altos de la cocina y Fabian captó el mensaje enseguida y se subió a uno. Desde esa altura, Ryan podía besarlo sin tener que agacharse ni levantar a Fabian.
—Te he echado de menos —dijo Ryan cuando se separaron.
—Yo también te he echado de menos. Y siento lo de tu espalda.
—Creo que va mejorando.
—Me alegro. —Fabian se moría por preguntarle a Ryan por su supuesta crisis de la temporada anterior, pero sabía que no era el momento. En lugar de eso, comentó—: Vamos a que te tumbes y luego te daré tu regalo.
—Uf, no puedo hacer nada, ¿sabes? Así que si el plan que tenías era…
—No —dijo Fabian, y le dio otro beso—. Por muchas ganas que tenga de pasar la boca por cada rincón de tu cuerpo ahora mismo, no me refería a eso. Ve a tumbarte. Iré a buscar la mochila.
Ryan sacó una caja estrecha con un envoltorio muy alegre del cajón superior de la cómoda y aguardó nervioso a que Fabian volviera. Mientras esperaba, se removió despacio y estiró la espalda. Joder, le dolía un montón.
—Es una bobada —dijo Fabian cuando entró en la habitación—: La vi en un mercado de artesanía en Halifax y pensé que podía gustarte.
Le tendió a Ryan un paquetito suave que parecía envuelto a toda prisa en papel rojo cubierto de árboles de Navidad verdes. Ryan dejó la cajita que tenía en la mano encima de la cómoda y abrió el regalo.
—Está tejida a mano —dijo Fabian muy emocionado—. El hombre que las hacía era un amor, y me encantan los colores.
Era una bufanda larga de lana hecha con una vistosa mezcla de colores que recordaban a piedras preciosas. Ryan se la puso alrededor del cuello al instante y sonrió al ver su reflejo en el espejo. No solía llevar colores llamativos y le gustó cómo lo transformaba.
—Me encanta —le dijo con sinceridad—. Me recuerda a ti.
—Un poco de color nunca va mal. —Fabian sonrió y luego se puso de puntillas para besar a Ryan en la mandíbula—. Te favorece.
—Gracias. Yo también tengo algo para ti. Confío en que no sea excesivo. No tengo mucha experiencia comprando regalos para chicos con los que salgo.
—Bueno, a ver qué se te ha ocurrido —bromeó Fabian mientras cogía la caja. Al abrirla soltó un suspiro—. Ryan, ¿son perlas Mikimoto auténticas?
—¿Quizá sí? Se me olvida el nombre todo el rato.
—Hostia puta. Ryan, ¿esto va en serio?
—Si no te gusta puedo ir a…
—¿Gustarme? Ryan, es maravilloso.
Sacó con mucho cuidado la larga cadena de oro blanco de la caja. El collar estaba ensartado con perlas negras y diamantes diminutos.
—He pensado que te quedaría bien con ese mono negro que tienes.
—Dios mío, es perfecto. No me lo puedo creer. ¿De verdad es para mí? ¿Ahora es mío?
Ryan se rio.
—Sí, es tuyo. La dependienta estaba muy emocionada. Me aseguró que a mi «mujer» le encantaría.
—A tu mujer le encanta… Quiero ponérmelo, pero no pega con este jersey.
—Podrías quitarte el jersey —le propuso Ryan—. Y… ¿todo lo demás?
Fabian le sonrió de forma seductora.
—Se supone que tienes que descansar.
—La vista todavía me funciona.
—Túmbate, querido. Deja que te haga un pase especial.
Fabian se quitó la ropa y Ryan se puso tan cómodo como pudo en la cama. Cuando se quedó desnudo del todo, Fabian se pasó el largo collar por la cabeza y gimió igual que si tuviera un orgasmo.
—Me siento como una sirena. ¡Una joya auténtica! Nunca había tenido una joya auténtica. —Se admiró en el espejo—. Ay, Ryan, es alucinante. Tienes un gusto exquisito.
Ryan sonrió de oreja a oreja.
—Me alegro de que te guste.
—No me lo pienso quitar.
A Ryan le parecía estupendo. Al ver las perlas y los diamantes reluciendo sobre la fabulosa piel de Fabian y contemplar cómo le llegaban hasta el ombligo, Ryan notó que se le hacía la boca agua.
—Uy —dijo Fabian al fijarse en la tienda de campaña que había aparecido de repente en los pantalones de chándal de Ryan. Como con el dolor de espalda le costaba mucho vestirse, Ryan no se había molestado en ponerse ropa interior—. ¿Tienes otro regalo para mí?
Reptó por la cama como un gato; los diamantes y las perlas le colgaban del cuello.
—No puedo hacer gran cosa —le recordó con pesar Ryan.
—No tienes que hacer nada, amor. Hay tantas cosas que podría hacer por ti en esa posición…
Ryan tragó saliva. Lo más sensato sería no hacer nada. Si se corría, aunque había que admitir que era poco probable, los espasmos serían un suplicio. Pero en ese momento estaba supercachondo, así que dijo:
—¿Podría mirarte?
A Fabian pareció gustarle la idea.
—¿Quieres que te quite los pantalones antes? Seguro que estás incómodo.
—Vale. Sí, gracias.
Levantó las caderas con cuidado para que Fabian pudiera bajarle la goma de la cintura. Entonces se quitó la camiseta, porque se sentía ridículo solo con eso.
—Ay, la he echado de menos. —Fabian suspiró cuando la polla de Ryan saltó del todo fuera del pantalón—. Parece que se alegra de verme.
—Desde luego.
Fabian se arrodilló entre las piernas de Ryan y se cogió la polla.
—¿Quieres oír la fantasía que se me ocurrió mientras me la meneaba anoche?
«Joder…».
—¿Dónde? ¿En tu cuarto de casa de tus padres?
Fabian se mordió el labio.
—Justo ahí —dijo luego—. Me recordó a cuando era adolescente y me hacía pajas en mi habitación a escondidas. —Sonrió—. Pensando en ti…
Ryan se quedó boquiabierto. Por supuesto, ya sabía que Fabian se había colado de él cuando eran adolescentes. Todavía le costaba creérselo, pero lo sabía. Aun así, Ryan no había querido pensar en la idea de un joven Fabian dándose placer mientras pensaba en él.
—¿Eso hacías? —le preguntó—. ¿Cuando vivíamos juntos?
—Muchas veces. ¿Tú hacías lo mismo?
—Sí. Rollo, todo el rato.
Fabian cerró los ojos y sonrió.
—Joder, eso me pone.
—¿En qué pensabas anoche? —preguntó Ryan, que no quería perder la oportunidad de saberlo todo.
—De acuerdo —respondió Fabian sin abrir los ojos—.
Pues me imaginé que llamabas a mi puerta.
Pongamos que en esa escena estaba en mi piso.
Estaba en la cama, tocándome. Acababa de empezar, nada más.
Y entonces alguien aporreaba mi puerta. Y no sé cómo sabía que eras tú. Como si te hubiera estado esperando.
—¿Sí? —carraspeó Ryan—. ¿Y me dejabas pasar?
—Paciencia —le reprendió Fabian. Resiguió el collar despacio con los dedos, deteniéndose en cada perla para hacerla girar entre el pulgar y el índice—.
Así que me acercaba a la puerta y, cuando la abría, te veía ahí y tenías un aspecto salvaje.
Tu mirada era ardiente y llevabas la camisa desabrochada, como si ni siquiera hubieras tenido tiempo de vestirte en condiciones.
Respirabas con agitación, como si hubieras corrido hasta mí.
Veía que la tenías muy dura, se te notaba por debajo del pantalón.
Como si te fuera a reventar el paquete. —Abrió los ojos—. Igual de empalmado que estás ahora.
Ryan soltó un taco y se cubrió la polla con la mano, solo para apretársela un poco. No fue suficiente.
—¿Y qué quería?
Fabian se lamió el labio inferior y luego volvió a cerrar los ojos.
—Me decías que tenías que correrte. Que llevabas todo el día meneándotela y estabas a punto, pero que no podías llegar tú solo. Que me necesitabas. Que necesitabas mi culo.
—Joder…
Ryan empezó a acariciarse. Cada vez le preocupaba menos la espalda.
—Me decías que habías estado a un paso de correrte muchas veces, pero que no habías sido capaz de soltarlo. Y necesitabas hacerlo. Que tenías una corrida impresionante para mí y necesitabas que te ayudara a sacarla.
Entonces Fabian empezó a meneársela más rápido y su voz se volvió más aguda. Jadeaba.
—Te decía que te había estado esperando.
Que estaba listo. Te enseñaba el plug que llevaba puesto y gemías y me lo arrancabas.
Me tirabas encima de la cama, bocabajo. Eras un poco bruto, pero no me daba miedo.
Me encantaba. Me encantaba ver cuánto lo necesitabas.
Y no esperabas ni un momento, sino que…, aaah, me la metías de golpe, meneabas esa polla inmensa dentro de mí y era una pasada.
Era una puta pasada, Ryan. Me agarrabas con esas manazas y me follabas la hostia de duro.
—¿Te gustaba? —preguntó Ryan entre jadeos.
Joder, al final iba a correrse de verdad.
—¿Que si me gustaba? Uf, me puto encantaba notar lo fuerte que eres. Me encantaba que perdieras el control de esa manera.
—Te follaré así —gimió Ryan—. Cuando me cure, te follaré tan fuerte como quieras.
—Sí, por favor. Dios, estoy a punto.
—Cuéntame cómo sigue. —Ryan parecía estar suplicando—. Joder, por favor… ¿Cómo acaba?
—Me preguntabas si quería que te corrieras. Y, claro, te decía que sí. Me moría de ganas. Y me advertías de que iba a ser mucho, y te respondía que lo hicieras igualmente. Que me lo dieras todo.
Ryan gimoteó. El placer se estaba mezclando con el dolor de espalda conforme se le tensaban los músculos.
—Y lo hacías. Soltabas ese fabuloso aullido de placer y descargabas en mí. Había tanto que al final sacabas la polla y aun así…, joder…, salpicabas más en mi espalda. Y luego yo también me corría y, dios, te lo juro, Ryan… Me voy a correr ahora mismo.
—Joder. Hazlo.
Con un discreto ruidito de sorpresa, Fabian se inclinó hacia delante y manchó de semen todo el muslo de Ryan. Luego se dejó caer y se metió la polla de Ryan en la boca mientras este ponía los ojos en blanco.
—Maldita sea, Fabian. Esto me va a doler. Joder, no pares. Estoy a punto.
Fabian no tuvo piedad, y en cuestión de segundos Ryan empezó a correrse en plena boca y a gritar de dolor a la vez que el placer eclipsaba el sufrimiento. Le daba exactamente igual si no volvía a caminar en su vida.
—Uf —dijo cuando dejó de estremecerse.
Fabian se limpió la boca con el dorso de la mano y se rio.
—A ver, podías haberme avisado de que iba a haber un cargamento. Hostia puta.
—Lo siento. Hacía un montón…
—Ya lo sé.
A pesar de que disfrutaban de un sexo fantástico juntos con frecuencia, todavía eran muy escasas las veces en las que Ryan llegaba de verdad al orgasmo.
—Oye, ha sido alucinante —dijo Ryan—. Menuda imaginación tienes.
—Si lo que necesitas para soltarte son fantasías, estoy seguro de que puedo inventarme algunas más. —Fabian se acurrucó junto a él en la cama y apoyó la barbilla en el pecho de Ryan—. ¿Estás bien? He sido un irresponsable.
—Me pondré bien. He estado más hecho polvo por peores motivos, te lo aseguro.
Fabian se inclinó hacia delante y lo besó.
Ryan notó su propio gusto en la boca de Fabian y lo saboreó.
Rodeó a Fabian con un brazo y lo atrajo más hacia sí; las perlas del collar estaban enredadas entre sus cuerpos y se le clavaban en el pecho a Ryan.
Le emocionaba ver cuánto le había gustado el regalo a Fabian.
Deseaba cubrir a Fabian de joyas. Deseaba decorar su cuerpo con todas las cosas hermosas que merecía.
—Acabo de confirmar la fecha para el concierto del lanzamiento del disco —anunció Fabian—. Me pondré el collar esa noche.
—Me muero de ganas de verlo.
—¿Ah, sí? —Fabian se puso bocarriba junto a Ryan y jugueteó con el collar—. Nunca hubiera dicho que eras de los posesivos, Ryan Price.
—Y no lo soy. —Pensó mucho las siguientes palabras antes de pronunciarlas—: Es solo que a veces necesito un recordatorio de que de verdad estamos juntos. Sobre todo cuando estás en el escenario. Porque me cuesta horrores creérmelo.
Durante unos segundos eternos, Fabian no dijo nada, lo cual preocupó a Ryan. Entonces contestó:
—Confío en que no pienses que el que sale ganando aquí eres tú, Ryan, porque nunca he estado con nadie que me haga tan feliz como tú.
Ryan sonrió mirando hacia el techo. Estaba peligrosamente cerca de confesarle a Fabian qué sentía por él en el fondo, pero en lugar de eso se limitó a darle un beso en la coronilla y se comprometió en silencio a hacerle feliz siempre.