Capítulo 23 #2
Siguieron hablando un rato más y Ryan intentó no darle demasiadas vueltas al hecho de que Fabian no les hubiera dicho a sus padres que estaban juntos.
No es que le decepcionara que Fabian les ocultara su relación, sino que más bien entendía a la perfección las razones por las que lo hacía.
Razones que reforzaban su temor de que lo suyo con Fabian no durara.
Es que eran tan distintos… No tenía sentido.
—Nos vemos en un par de días —dijo Fabian—. Descansa la espalda. Estaré ahí para calmarte y consolarte antes de que te des cuenta.
—Me muero de ganas.
—Y yo. Buenas noches, Ryan.
—Buenas noches. Feliz Navidad.
Ryan dejó el móvil sobre la mesita del salón y cogió el mando a distancia.
Estuvo cambiando de canal hasta que se topó con El bazar de las sorpresas en Turner Classic Movies.
Pidió comida china y se obligó a dar unas vueltas por el apartamento porque sabía que sería mejor para su espalda si se movía un poco.
La cuestión era que, a pesar de haberse lesionado la espalda, esa no era la Navidad más deprimente que Ryan hubiera vivido. Al menos ese año tenía un novio que se preocupaba por él y le llamaba cariño. Un novio que le echaba de menos y que volvería a sus brazos en un par de días.
Por eso Ryan necesitaba tanto que se le curara la espalda.
A Fabian le costaba creer cuánto echaba de menos a Ryan.
Le impactaba mucho. Aunque habían pasado tiempo separados en las semanas transcurridas desde que se habían liado, nunca había sentido la ausencia de Ryan con tanta intensidad como ahora.
Quizá tuviera que ver con el hecho de que Fabian estaba de vuelta en la casa donde se habían conocido, hacía tantos años.
Su antigua habitación estaba irreconocible. Los pósteres de grupos que cubrían las paredes ya no estaban. No había libros ni adornos ni color. Era una habitación de invitados monótona y simple. De hecho, a Fabian le recordaba mucho al piso de Ryan.
Excepto que en el piso de Ryan estaría Ryan, lo cual lo hacía infinitamente mejor.
Fabian cenó con su familia por última vez en lo que estaba seguro de que serían meses, si no un año o más.
Habían pedido comida libanesa en un restaurante que era de un amigo de la familia, ya que a ninguno de los padres de Fabian les gustaba cocinar.
Fabian había crecido comiendo mucha comida para llevar y platos precocinados congelados.
—¿Dónde dijiste que te habías encontrado con Ryan Price? —preguntó su padre.
Fabian masticó y se tragó el bocado de falafel tan rápido como pudo sin atragantarse y dijo:
—En mi trabajo. En la tienda.
Su madre hizo un ruido que Fabian interpretó como «Ese no es un sitio para que trabaje un hombre de treinta y un años». Lo pasó por alto.
—¿Y te reconoció rápido? —preguntó Amy.
—Sí. Nos reconocimos el uno al otro.
—Qué monos.
Su padre hizo un ruido que Fabian interpretó como «Los hombres no hacen cosas que sean “monas”». También lo pasó por alto.
—¿Y qué tipo de cosas habéis estado haciendo juntos? —preguntó su madre.
Fabian se alegró de no ponerse rojo al momento.
—Pues cosas. Viene a mis conciertos. Ha salido con mis amigos. Es majo. Nos llevamos muy bien.
—¿Has ido a algún partido? —preguntó Sonia—. Si puedes conseguir entradas gratis para los Guardians y no las coges, chillo.
—Nunca se lo he pedido —dijo Fabian siendo sincero.
De repente se sintió culpable. ¿Debería sentirse culpable por eso?
Sonia hizo un ruido que Fabian interpretó como «Dios, mi hermano es un puto rarito». Eso no pudo pasarlo por alto.
—¿Qué, Sonia?
—Nada. Es que no me puedo creer que sea tu amigo. No tiene ningún sentido.
—Bueno —dijo su madre—, siempre ha sido un poco raro, ¿no?
—Sin duda tiene un historial de comportamientos raros —confirmó su padre—. Y luego está lo que le pasó el año pasado.
Fabian no pudo contenerse.
—¿Qué le pasó?
Sonia se rio.
—Ay, dios mío. No tienes ni idea, ¿verdad? Se le fue la puta olla.
—¡En medio de un partido! —añadió el estúpido de su marido, Paul—. En el banquillo. Se le fue… Y tuvo que abandonar el partido. He oído por ahí que se desnudó y gritaba que tenía bichos viviendo en su cerebro o algo así.
—Podrían ser las drogas —dijo su madre—. Algunos jugadores no pueden soportar la presión y ya. Se vuelven adictos.
A Fabian nada de eso le parecía bien. Frunció el ceño mirando a su plato, ya sin ganas de comer. Bajo la mesa, Amy le puso una mano en la rodilla y se la apretó.
—Seguro que estaban exagerando —dijo ella.
—No lo sé —respondió su padre—. No jugó mucho más el resto de la temporada. Y luego Buffalo lo traspasó a Toronto.
—Me sorprende que Toronto lo quisiera —dijo el estúpido de Paul—. Supongo que sigue dando un miedo de la hostia. Quizá estar loco lo hace aún más aterrador.
—No está loco —dijo Fabian.
—Sea lo que sea, es una pena —dijo su madre—. Era un buen chico cuando vivía con nosotros. Era muy educado.
Fabian se disculpó y se fue a su habitación, tal y como había hecho innumerables veces cuando era adolescente.
Le dolía el estómago y le picaban los ojos.
¿De verdad había tenido Ryan una crisis así en público?
Y, si era cierto, ¿qué la había provocado?
¿Y cuánto le costaría seguir jugando al hockey después de lo que había ocurrido?
Sabiendo que todo el mundo en el hockey pensaba que estaba…
¿roto? ¿Que era un adicto? ¿Que era el hazmerreír?
Dios, Ryan.
Fabian le envió un emoticono de un corazón rojo y luego se metió en la cama. Podía parecer un gesto tonto, pero era la mejor forma de expresar cómo se sentía Fabian en ese instante. Quería darle su corazón a Ryan.
Pero ¿a quién quería engañar? Ryan ya lo tenía.