El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

Durante el resto de diciembre, las cosas fueron tan perfectas como nunca lo habían sido para Ryan.

El entrenador le había insistido mucho para que peleara más, pero no podía ponerle pegas al esfuerzo que Ryan había estado haciendo en la línea azul.

Ryan sentía que en ese momento estaba jugando el mejor hockey de su carrera con Toronto.

Y quizá eso no significase que era increíble, pero aun así él se sentía orgulloso.

Nilsson había estado fuera durante los últimos partidos por una lesión leve, así que Wyatt había tenido que asumir el puesto de portero titular, lo que hacía que los partidos fueran más entretenidos para Ryan.

Wyatt también estaba en racha; había ganado tres de los últimos cuatro partidos e incluso había conseguido dejar la portería a cero en el último encuentro.

Ryan había sumado tres asistencias durante la última semana.

Por primera vez en mucho tiempo, el hockey volvía a ser divertido.

Ambos habían ido al centro cívico un par de veces más juntos y eso no había hecho más que reforzar el renovado amor de Ryan por ese deporte. Los chicos eran fantásticos y el centro había agradecido mucho la donación de Ryan de un montón de guantes de hockey nuevos.

El resto de los días y las noches de Ryan giraban en torno a Fabian.

Se turnaban para pasar las noches entre el apartamento de Fabian y Ryan.

Aunque el de Ryan era mucho más grande y nuevo, él prefería el ambiente acogedor del piso de Fabian.

Ryan iba a los Cutrebrunch cada vez que podía y salía con Fabian y sus amigos a ver espectáculos interesantes, charlas y exposiciones de arte.

Le encantaba todo aquello e incluso empezaba a sentirse menos como un extraño cuando salían todos juntos.

Se sentía como en casa por primera vez desde que se había ido de Ross Harbour siendo un adolescente.

El Village de Toronto era especial porque a Ryan le resultaba fácil creer, teniendo en cuenta las limitaciones, que todo el mundo era gay. Era increíble.

Casi tan increíble como su relación con Fabian.

Cuando Ryan iba a sus conciertos, nunca acababa de creerse que luego él fuera a volver a casa con el mismo chico guapo que estaba sobre el escenario.

El chico que tenía a todo un local lleno de gente embelesada y enamorada de él, pero que había elegido a Ryan.

No tenía sentido. De hecho, a Ryan le costaba tanto creerlo que a menudo sentía timidez a la hora de acercarse a Fabian cuando bajaba del escenario.

Ryan se quedaba a un lado y esperaba con paciencia mientras Fabian hablaba y reía con la gente que quería pasar un rato con él.

Pero entonces Fabian le sonreía, le hacía señas para que se acercara y se ponía de puntillas para darle un beso lento y apasionado a la vista de cualquiera que estuviera mirándolos. Ryan no acababa de creerse la suerte que tenía.

Aún tenía que subirse a aviones y dejar atrás a Fabian, pero incluso eso era más fácil de soportar cuando tenía un novio maravilloso al que llamar cuando estaba de viaje. Su psicóloga había notado el cambio en él y se mostraba muy alentadora y emocionada.

Así que, cómo no, algo tenía que ir mal.

—¿Te traspasan? —preguntó Ryan con pena—. ¿Adónde?

—A Ottawa —respondió Wyatt—. Necesitan un portero y les gusta lo que han visto de mí últimamente.

Ryan tragó saliva con dificultad y se alegró de que estuvieran teniendo esa conversación por teléfono. Estaba a punto de echarse a llorar, lo cual le resultaba vergonzoso.

—¿Cuándo te vas?

—Hoy —exhaló con fuerza—. Lo siento, Pricey. Quería llamarte para que lo supieras de primera mano por mí.

—Gracias.

Ryan se lo agradecía de verdad. No podía imaginar lo devastador que habría sido enterarse al ver un titular en internet o al oír comentarlo a alguien.

—Por lo menos no estaré muy lejos, ¿no?

—Ya. —Menuda puta mierda. Wyatt era el primer compañero de equipo que Ryan había tenido al que de verdad podía llamar «amigo». Aunque admitió—: Pero es bueno para ti.

—Lo sé. Estoy emocionado. Y a Lisa ya le han ofrecido un puesto en un hospital de Ottawa, así que eso también está resuelto.

—Qué bien. —Ryan se levantó de la cama y empezó a dar vueltas—. Me alegro.

—Te voy a echar de menos, grandullón. Seguirás yendo al centro, ¿verdad?

Dios, ¿lo haría? A Ryan no le gustaba la idea de ir solo.

—Claro —dijo—. Sin problema.

—Deberías. Los chicos están locos por ti.

Ryan se rio al oír eso.

—No me puedo creer que te vayas a Ottawa.

—Lo sé. Tu enemigo, ¿verdad?

—Jugarás con Rozanov. ¿Sigues colado de él?

Wyatt se rio.

—Quizá pueda llegar al fondo de esa misteriosa amistad que tiene con Shane Hollander.

—No seas entrometido.

—Nunca. Debería terminar de hacer las maletas e ir al aeropuerto. Pero nos vemos pronto, ¿vale? Y que pases unas felices fiestas.

—Sí. Tú también. Y, eeeh, gracias. —Ryan se sintió cohibido, pero la verdad era que tenía que soltarlo—: Has marcado la diferencia este año. Para mí, quiero decir. Siento si suena raro, pero… gracias.

Hubo un silencio y entonces Wyatt dijo:

—Eres uno de los buenos, Pricey. No lo olvides.

Se despidieron y Ryan volvió a sentarse en la cama. En todos sus años como jugador, era la primera vez que le entristecía que traspasaran a otro compañero. La idea de estar en ese vestuario —o en un avión— sin Wyatt le parecía deprimente.

Tres días después, Fabian voló para pasar las fiestas con su familia y Ryan se quedó completamente solo.

La mañana de Navidad disfrutó de una larga videollamada con sus padres y Colleen.

Parecían bastante contentos a pesar de que él no estuviera ahí.

Ryan se alegró de que no estuvieran molestos por ello, pero no pudo evitar sentir que los había decepcionado tantas veces que ya les daba igual.

Había pensado en volver a casa ese año. De verdad que sí. La idea de volar a Halifax con Fabian le había resultado tentadora, pero Ryan no estaba convencido de querer que Fabian viera cómo se comportaba en un avión.

Además, volver a Ross Harbour podía ser abrumador a veces.

Era el héroe de su pequeño pueblo y la atención que recibía cada vez que volvía a casa le hacía sentir incómodo.

Volar a casa dos días por Navidad no daría a los vecinos mucho tiempo para que lo molestaran, pero aun así…

Pasar las vacaciones a salvo y solo en su apartamento, en lugar de lidiar con aviones, viajes y vecinos demasiado entrometidos, era una opción mucho más atractiva.

De todos modos, echaba de menos a Fabian.

Le había comprado un regalo y se lo daría cuando volviera. No estaba seguro de cómo reaccionaría Fabian, pero, cuando Ryan lo había visto en el centro comercial en el que había estado matando el tiempo en Dallas, no había podido resistirse.

Ryan estaba listo para disfrutar de una tranquila tarde de lectura y, después, quizá buscar un buen restaurante que estuviera abierto el día de Navidad, cuando pasó la catástrofe. Se agachó para coger un par de calcetines que se le habían caído y le dio un tirón en la espalda.

—Me cago en su… —maldijo Ryan y luego gritó—: ¡Jooodeeeeeer!

Había pasado por eso tantas veces que sabía que lo único que le serviría de ayuda sería tener paciencia y cuidado.

Recorrió el piso cojeando mientras apilaba los cojines de la cama en el sofá y luego hizo una mueca del dolor al tener que estirarse para coger la almohadilla térmica que guardaba en el estante superior del armario. Era un sitio de mierda para guardarla.

Se acomodó en el sofá, con la almohadilla puesta bajo la zona lumbar, y, por lo menos, pudo leer como había planeado. Encendió la televisión que por fin había comprado y puso el canal de chimeneas mientras leía. Se había tomado unos relajantes musculares y se sentía un poco aturdido.

No sabía muy bien cuándo se había quedado dormido, pero se despertó con el timbre del móvil. El ruido lo sobresaltó y provocó que gritara del dolor. Buscó a tientas el móvil, con los ojos bien cerrados para protegerse del dolor que lo atravesaba.

—¿Hola?

—Feliz Navidad —le susurró su voz favorita.

—Fabian. Hola.

Ryan podía oír la tensión en su propia voz. Fabian no lo pasó por alto.

—¿Estás bien?

Ryan exhaló cuando empezó a remitir el dolor más fuerte.

—No. Me ha dado un tirón en la espalda.

—¡Ay, no! ¿Cuándo ha ocurrido?

—Esta tarde. Una Navidad estupenda, vaya.

—Lo siento… Ojalá estuviera ahí para ayudarte.

—Ya me apaño yo. —Ryan hizo una mueca al darse cuenta de lo gruñón que sonaba y añadió—: Aunque sí que me gustaría que estuvieras aquí. Te echo de menos.

—Yo también te echo de menos, cariño. Ya he tenido más que suficiente con la familia.

—¿Cómo están?

—Ah, bien. El marido de Sonia, Paul, cómo no, es un exjugador de hockey. Ahora trabaja en marketing o algo parecido. Es de lo peorcito. —Suspiró—. Aunque hace feliz a Sonia. Y todo el mundo está encantado con el embarazo.

—¿Cómo te fue el concierto?

Fabian se animó.

—¡Muy bien! Hacía tiempo que no tocaba en Halifax, el público se mostró muy agradecido. También fue bonito ver a algunos viejos amigos. —Se rio—. Amy se coló con un carné falsificado.

—Todavía no me creo que ya tenga dieciocho años.

—Tienes que venir a verla. Me ha preguntado por ti.

Ryan casi se incorporó de la sorpresa, hasta que recordó lo de su espalda.

—¿Ah, sí? ¿A qué te refieres? ¿Le has contado… lo nuestro?

—Les he dicho que nos habíamos reencontrado y que hemos estado saliendo juntos. Creo que mis padres estaban bastante desconcertados con eso. No me apetecía complicarlo aún más diciéndoles que soy… Bueno, en fin. No se lo he contado. Pero Amy cayó en la cuenta sola.

A Ryan se le hizo un nudo en el estómago.

—¿Y qué te ha dicho?

—Está encantada. Te recuerda con mucho cariño. Solías hacer el dinosaurio y dejarla montarse en tu espalda.

Ryan se rio entre dientes.

—Era divertido. Era una niña encantadora.

—Le tengo esperanza. Quizá, después de todo, hasta puede que tenga una amiga en mi familia.