El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

Ryan gruñó cuando una pelota pasó por encima de su pierna y se coló en la portería que tenía detrás.

—¿A que no es tan fácil como parece? —dijo Wyatt con alegría.

Ryan se levantó con cierto esfuerzo. No estaba acostumbrado a llevar esas enormes espinilleras de portero en las piernas.

A su alrededor, los niños se reían y vitoreaban.

Había sido idea suya que Ryan y Wyatt intercambiaran los papeles para el partido de ese día.

Ryan había encajado como un millón de goles.

—Vale —refunfuñó Ryan—. Creo que ya he tenido suficiente.

—Eres el peor portero que he visto en mi vida —dijo Xander.

—Ya, bueno…

Era la mejor respuesta que se le había ocurrido a Ryan. En realidad, no esperaba que se le diera tan mal hacer de portero. Al fin y al cabo, era defensa. No era tan distinto.

Se quitó el guante, el bloqueador y luego la máscara. Daba vergüenza lo sudado que llegaba a tener el pelo para haber jugado un amistoso contra un grupo de niños.

—¿Qué hacemos al final del partido, chicos? —dijo Wyatt en voz alta.

—¡Abrazar al portero! —gritaron todos los niños al unísono.

Y entonces Ryan casi fue derribado por una oleada de chavales que se abrazaban donde podían. Wyatt se sumó al final. Era ridículo, pero a Ryan le encantó cada segundo de todo aquello.

—Bueno, tenemos que irnos —anunció Wyatt cuando por fin dejaron salir a Ryan—. Ryan tiene que curarse el ego herido.

Este resopló y negó con la cabeza.

—¿Qué vas a hacer esta noche? —preguntó Wyatt mientras se dirigían hacia el coche.

—Pues eeeh… —Ryan no pudo evitar esbozar una sonrisa tontorrona—. Tengo una cita.

Wyatt parecía encantado.

—¿Ah, sí? ¿Con el chico aquel?

—Sí. —Llegaron al coche y Ryan dijo—: Se llama Fabian.

—Conque Fabian, ¿eh? ¿Y a qué se dedica?

—Es músico.

—¿Toca en un grupo?

Ryan negó con la cabeza y abrió la puerta del coche. Cuando ambos se sentaron, dijo:

—Toca en solitario. Pero es muy bueno. Su música se puede comprar por internet.

Wyatt salió marcha atrás del aparcamiento y luego le dijo:

—¿Y cómo lo conociste?

Ryan se mordió el labio, sin saber muy bien cómo reaccionaría Wyatt a la respuesta.

—Pues la verdad es que era el hijo de la familia con la que me alojaba. En Halifax.

—Y una mierda. ¿Y acabáis de empezar a salir ahora?

—Nos reencontramos en octubre. Aquí, en Toronto.

—Qué guay. —Wyatt salió del aparcamiento a la calle—. Yo sigo en contacto con la familia que me acogió cuando estaba en la liga juvenil. Viví allí cuatro años, así que nos llevamos muy bien.

—Yo solo viví con los Salah una temporada. Luego me traspasaron.

—Hostia, Pricey. ¿Has jugado alguna vez en algún sitio más de una temporada?

Ryan soltó una risita.

—En un par de sitios.

—¿Y dónde tendréis la cita?

—Solo vamos a ir a cenar a algún sitio. Y quizá demos un paseo.

—Bueno, pues espero que el amor te mantenga caliente. Se supone que esta noche va a hacer un frío que pela.

A Ryan se le revolvió el estómago. «Amor».

—Me pondré un gorro.

—¿Le vas a llevar flores? —le preguntó Wyatt—. ¿Los chicos hacéis esas cosas?

Ryan no lo había pensado. ¿Debería llevarle flores?

—Podemos llegar a hacerlo —respondió—. A los hombres les pueden gustar las flores.

Wyatt pareció reflexionar sobre eso.

—¿Pues sabes qué? Me encantaría que me regalaran flores. ¿Por qué a los tíos nunca nos dan flores?

—Porque el mundo es idiota.

—Y que lo digas. Oye, vamos a parar en una floristería y así impresionamos a nuestros amores, ¿vale?

Ryan sonrió.

—Vale.

Fabian estaba sentado con las piernas cruzadas en la cama mientras miraba fijamente la pantalla del portátil. El cursor parpadeante en el cuadro de búsqueda de YouTube lo desafiaba a escribir las palabras que se había prometido a sí mismo que no escribiría.

«De esto no puede salir nada bueno», se dijo a sí mismo. Entonces sacudió la cabeza y escribió: «Pelea Ryan Price».

Dios mío, había un montón de resultados.

«Price destruye a Comeau».

«Las quince mejores peleas de Ryan Price».

«Las peleas más devastadoras de Ryan Price».

«Ryan Price se venga».

«Price contra Harvey… ¡brUTAL !».

Fabian apartó la mirada. No podía hacer clic en ninguno de ellos. No quería conocer ese lado de Ryan.

Pero era un lado de Ryan. Un lado importante. El único lado que, al parecer, conocía la mayoría de la gente. ¿No debería Fabian enfrentarse a él?

Respiró con dificultad e hizo clic en el vídeo de «Las quince mejores peleas».

El vídeo comenzaba con Ryan vestido con un jersey rojo —Fabian no estaba seguro de qué equipo era— rodeando a otro jugador con un jersey blanco que era varios centímetros más bajo.

Ambos jugadores se habían quitado los guantes y el más bajo se estaba quitando el casco.

Le hizo un gesto a Ryan para que hiciera lo mismo y Ryan le sonrió antes de quitárselo y dejarlo caer al suelo.

No era una sonrisa cálida ni la sonrisa dulce y tímida que a Fabian tanto le gustaba.

Era una sonrisa fría y burlona que no pegaba nada con la cara de Ryan.

En el vídeo, Ryan seguía rodeando al otro hombre mientras esperaba y observaba con los puños levantados como los de un boxeador frente a su cara.

Al final, el otro jugador se abalanzaba contra él y Ryan le golpeaba con fuerza con tres puñetazos rápidos a un lado de la cara.

El otro tío lanzaba golpes al aire y no le daba ninguno.

Un segundo después estaba tumbado bocarriba con Ryan encima de él.

Entonces llegaron los árbitros y los separaron.

Hubo un corte al siguiente fragmento, en el que Ryan llevaba un jersey naranja.

Miraba fijo a su contrincante, su cara mostraba ira.

No hubo preámbulos antes de esa pelea, Ryan tan solo agarró la parte delantera del jersey del otro tío y empezó a darle puñetazos en la cara.

Cuando terminó, la cámara mostró un primer plano del rostro ensangrentado del tío al que había machacado y de la mano de Ryan mientras patinaba hacia la caja de castigo.

Fabian cerró la ventana. No podía seguir viendo aquello.

Pero tenía que hacerlo, ¿no? No podía fingir que esa parte de la vida de Ryan no existía.

No podía acurrucarse contra el fuerte cuerpo de Ryan por la noche, besar sus dulces sonrisas y estremecerse bajo las caricias de sus enormes manos sin aceptar que esas mismas manos y ese cuerpo también se usaban para… eso.

No podía estar con un hombre si solo se permitía ver lo mejor de él. No sería justo ni para Ryan ni para él mismo. Si se tomaba en serio esa relación —que así era—, tenía que ser lo bastante valiente como para quitarse las gafas de color de rosa.

Intentó convencerse. Sí podía hacerlo. Quizá incluso podría tratar de encontrarle algo… ¿sexy? Tenía amigos a los que les encantaba la lucha libre profesional y las peleas de MMA. Tampoco era tan distinto, ¿no?

Estaba a punto de volver a abrir el navegador y ver otro vídeo cuando su móvil se iluminó con un mensaje. Fabian se dio cuenta de que tenía los ojos llorosos cuanto intentó leer el mensaje borroso. Se los secó al momento.

Ryan: Hola. Ya estoy aquí. He llegado antes. Perdón.

Miró la hora y vio que Ryan había llegado casi una hora antes de cuando habían quedado. Fabian no estaba preparado en absoluto.

Fabian: ¿Estás fuera?

Ryan: Sí.

Fabian cerró el portátil y corrió hacia la puerta.

Lo más probable era que tuviera un aspecto horrible: sin maquillar, con los ojos enrojecidos y vestido con unos pantalones de pijama y una camiseta blanca enorme.

Cuando abrió la puerta principal y vio a Ryan de pie fuera, con un ramo de flores en la mano, le dio igual.

Se tapó la boca con la mano y sintió cómo nuevas lágrimas le picaban en los ojos.

No podía ser la misma persona a la que acababa de ver en ese vídeo.

—Holi —dijo Ryan con timidez—. He pensado que quizá te gustaran estas.

Fabian se lanzó a sus fuertes brazos, con cuidado de no aplastar las flores.

Ryan se rio entre dientes.

—¿Me has echado de menos?

La respuesta de Fabian fue un lento movimiento de cabeza contra la tela de lana del abrigo de Ryan. Ryan le besó en la coronilla y le preguntó:

—¿Va todo bien?

—Es solo que necesitaba verte. Me alegro de que estés aquí.

—Yo también me alegro de estar aquí.

Fabian dio un paso atrás y cogió las flores: un lujoso ramo de lirios y rosas que, igual que su apartamento, era una atrevida mezcla de rojos y morados.

—Son preciosas. Gracias. Pasa.

Cuando entraron al apartamento, Fabian preguntó:

—¿Cómo ha ido el viaje?

—Ni tan mal. Hemos ganado los dos partidos.

—Enhorabuena.

Fabian miró de reojo las manos de Ryan mientras este colgaba el abrigo en un perchero junto a la puerta.

No parecían tener ningún moratón reciente.

No podía quitarse de la cabeza la imagen de lo ensangrentada que había estado la mano en el vídeo después de haberle dado un puñetazo en la cara a otro tío.

Cuando Ryan le lanzó una mirada de desconcierto, Fabian se dio cuenta de que se había quedado allí de pie, paralizado, aguantando las flores. Se sacudió el ensimismamiento.

—Tengo un jarrón donde puedo ponerlas. —Se rio y notó lo forzado que sonaba—. Estará encantado de volver a ser útil. Hacía tiempo que nadie me regalaba flores.

—¿Fabian?

—¿Dónde lo habré puesto? —Le temblaba la voz. Tragó saliva—. Ah, aquí está.

Se estiró y lo cogió de una estantería que había encima del fregadero.

—¿Ha pasado algo?

—Nop. No, estoy bien. Es solo que… —El jarrón cayó al suelo provocando un fuerte estruendo—. ¡Mierda!

Ryan se quedó ahí, apartando a Fabian de los cristales rotos.

—Siéntate en la cama —le indicó.

—Pero tengo que limpiarlo. Joder, no me puedo creer lo torpe que llego a ser.

—No lo eres. —Ryan le rodeó con delicadeza la muñeca con una mano y se la levantó—. Mira, estás temblando.

—Es solo que tengo frío. Aquí siempre está helado.

—Siéntate. —La voz de Ryan era firme y serena. Fabian se sentó—. Yo lo limpio. Y luego me cuentas qué te pasa, ¿vale?