El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

—¿Estás sonriendo en un avión, Pricey?

Ryan se tapó la boca con la mano, fingiendo que se retocaba la barba.

—Nop.

Wyatt le apartó la mano de golpe.

—¡Sí que estás sonriendo! ¿Qué ha pasado?

Ryan echó un vistazo rápido al interior del avión. Ninguno de sus compañeros de equipo parecía prestarles atención mientras esperaban a que despegara el avión.

—Nada. Solo es que estoy de buen humor.

Wyatt lo miró con escepticismo.

—¿Qué estuviste haciendo anoche?

Ryan sabía que se le estaban poniendo rojas las mejillas, pero intentó actuar con naturalidad.

—No mucho. Salí con un… amigo.

Mierda. Quizá no debería haber dudado antes de decir «amigo».

Wyatt sonrió de oreja a oreja.

—Hostia puta. ¿Tuviste suerte, Pricey?

«Sí. Tuve muchísima puta suerte». Pero en lugar de eso, dijo:

—Puede.

—Y te ha quitado el miedo a volar.

Ryan resopló.

—No te preocupes. Me sigue dando miedo.

—No me preocupo. Piensa que después de este viaje te llevaremos sano y salvo a casa, donde te espera tu nuevo hombre.

Solo pensar en que Fabian le estaría esperando en casa lo llenó de felicidad.

—¡Pero mírate! —dijo Wyatt dándole un codazo—. ¡Si es que estás radiante! Ese chico te gusta de verdad.

Ryan se encogió de hombros, pero seguía sonriendo.

—Sí. Me gusta mucho.

Una cantidad desmesurada, quizá, teniendo en cuenta el poco tiempo que llevaban juntos.

Pero Ryan no podía evitar sentir lo que sentía.

Era como si durante los últimos trece años hubiera vivido en piloto automático, arrastrándose de ciudad en ciudad.

Despertándose solo en habitaciones de hotel y apartamentos apenas amueblados, viendo vídeos de peleas de hockey e intentando ocultar el hecho de que, en ciertos momentos, apenas lograba mantenerse en pie.

Ahora era como si hubieran encendido las luces y el mundo de Ryan estuviera lleno de color y posibilidades. Eso también daba miedo a su manera, pero, ahora que había comprobado cómo podría ser su vida, haría todo lo posible por alejar la oscuridad.

Miró el móvil y vio que tenía un mensaje de Fabian.

Fabian: ¿Qué haces el domingo por la mañana?

Ryan: Nada. ¿Por?

Fabian: Todos los domingos quedo con mis colegas para hacer un brunch. Lo hacemos Vanessa, Marcus, Tarek y yo. ¿Te apetecería venir?

Ryan: ¿En serio?

Fabian: Sí. No es pijo. Nivel: ponemos cosas encima de gofres congelados. Y bebemos mimosas baratas con Baby Duck.

Ryan: ¿Tostáis los gofres?

Fabian: ¡Claro! ¿Por quién nos tomas?

Ryan: Pues tiene buena pinta.

Fabian: La norma es que cada uno tiene que traer un ingrediente para añadirlo a los gofres.

Ryan: Tipo, ¿el qué? ¿Sirope?

Fabian: No. Algo original. Usa tu imaginación.

Ryan frunció el ceño y respondió:

Ryan: No estoy seguro de que tenga imaginación.

Fabian: Pues claro que tienes. Anoche fuiste muy creativo.

El mensaje iba acompañado de uno de esos emoticonos con un guiño que a Ryan siempre le parecían tan excitantes.

—Le estás escribiendo, ¿verdad? —bromeó Wyatt.

—¿Por qué lo dices?

—Tienes la cara rojísima y estás sonriendo de oreja a oreja.

Ryan releyó la conversación, emocionado porque Fabian lo había invitado a ir con sus amigos. Eso tenía que significar algo, ¿no? Sabía que Fabian era, en general, simpático y sociable, pero aun así… Eso parecía un paso en la dirección correcta.

Le respondió:

Ryan: Me muero de ganas de volver a verte.

Esperaba que sonara más romántico que desesperado.

Y, entonces, Fabian le respondió:

Fabian: Estoy contando los minutos, cariño.

Ryan se iluminó.

—Dios. —Se rio Wyatt—. ¡Espero que le gustes tanto como te gusta él a ti!

Ryan guardó el móvil en el bolsillo del asiento, junto con al libro de Ana de las Tejas Verdes .

—Yo también.

—Quiero que os portéis superbién con él. —Fabian miró serio a cada uno de sus amigos—. Sed amables.

Marcus le puso su mejor cara de inocente.

—No tengo ni idea de qué me estás hablando.

—No vamos a asustar al grandullón y fortachón de tu novio —dijo Tarek.

—No es mi… —Fabian resopló y continuó—: Lo digo en serio. No le acribilléis a preguntas. No habléis de más sobre sexo. —Se quedó mirando a Vanessa en ese momento—. No le toméis el pelo. No insinuéis que estoy enamorado de él. Limitaos. A. Ser. Majos.

Vanessa se llevó la mano al corazón.

—Te prometo que no haré al menos algunas de esas cosas.

Sonó el timbre de la planta baja y Fabian se abalanzó hacia la puerta.

—Ay, dios mío, ¡que está emocionadísimo! Me encanta —dijo Marcus.

Fabian le lanzó una mirada fulminante por encima del hombro antes de abrir la puerta y bajar corriendo las escaleras.

Obvio que estaba emocionado; Ryan había estado fuera desde el martes por la mañana y no había vuelto hasta la noche anterior a última hora.

Fabian se moría de ganas de volver a verlo.

Cuando abrió la puerta que daba a la calle, se encontró a Ryan con un abrigo de lana negro, un gorro gris y una adorable sonrisa.

—Holi —dijo Ryan.

—Holi.

Durante un instante, Fabian se limitó a mirarlo fijamente.

Se dio cuenta de que, con Fabian de pie en un escalón por encima de él, estaban a la altura perfecta para besarse.

Así que lo besó. Se habría lanzado a sus brazos, pero Ryan llevaba dos grandes bolsas de la compra y ambas parecían estar bastante llenas.

—¿Dónde vas con todo eso? —preguntó Fabian.

—No sabía muy bien qué traer, así que he comprado un montón de cosas —dijo Ryan algo avergonzado—. Espero que al menos algo sirva.

—Debería haberte explicado que somos muy fáciles de contentar.

Llevó a Ryan escaleras arriba y entró en el apartamento. Los tres amigos de Fabian miraban con descaro hacia la puerta.

—Ya conoces a Tarek, Vanessa y Marcus. Los tres viven aquí.

—Holi —dijo Ryan—. Gracias por invitarme.

Fabian oyó a Marcus murmurar: «Dios, si fuera por mí…» y le lanzó una mirada de advertencia.

—Has traído comida —dijo Vanessa quitándole las bolsas a Ryan. Echó un vistazo dentro de una de ellas—. ¿Es champán de verdad?

Todos se agruparon alrededor de Vanessa mientras sacaba una botella de Moët de una de las bolsas.

—Ryan, ¿qué coño haces? —dijo Fabian—. Te dije que trajeras algo tipo, no sé, Nutella. No champán de cien dólares.

—Alguien me lo regaló —respondió Ryan—. No me lo iba a beber nunca. Y he pensado que aquí quizá lo agradeceríais.

—Ay, y lo agradecemos —dijo Tarek alegre—. Voy a ponerlo a enfriar. —Mientras se dirigía a la cocina, gritó—: ¡Me encanta tu novio, Fabian!

Hostia puta, de verdad. Los amigos de Fabian eran una mierda.

En general, aun así, el brunch salió bastante bien.

Ryan mencionó el centro cívico que había visitado y Tarek se emocionó porque conocía el lugar.

Mientras los dos hablaban de todas las cosas maravillosas que hacía el centro y de las mejoras que irían bien, a Fabian se le hinchó el pecho de alegría.

Desde el momento en que se había dado cuenta de que sus sentimientos por Ryan iban más allá de la curiosidad, le preocupaba cómo podría encajar en la vida de Fabian.

O cómo Fabian podría encajar en la suya.

Fabian todavía no estaba seguro de eso último, pero al ver a Ryan interactuar con sus amigos —incluso colándose en su sagrada tradición del Cutrebrunch— se le quitaron las dudas sobre si Ryan encajaría o no con ellos.

A Fabian no le gustaba mucho pensar en la otra vida de Ryan ni en cómo él podría encajar ahí.

Quizá se estaba adelantando demasiado a los acontecimientos, pero la idea de que lo invitaran a ir a partidos de hockey, a asistir a fiestas del equipo, a estar rodeado de otros jugadores y fans no era algo que Fabian pudiera soportar.

Le gustaría decir que quería intentarlo, pero en realidad no era así.

Lo que quería, y sabía que era muy egoísta por su parte, era que Ryan dejara el hockey.

Se dijo a sí mismo que no era solo por él por lo que quería que Ryan lo dejara.

Es que el hockey no era bueno para Ryan.

Fabian no tenía que ser seguidor para darse cuenta de eso.

Pero sugerirle a Ryan que cambiara toda su vida después de conocerlo solo unas semanas le parecía demasiado, incluso para él.

Fabian decidió en ese mismo instante, justo mientras Ryan se reía de un chiste que Marcus había contado, que dejaría de pensar solo en sí mismo y se interesaría por la carrera de Ryan.

No estaba seguro de hacia dónde iban las cosas entre ellos, pero si su relación iba a consistir solo en que Ryan apoyara y formara parte de la vida de Fabian y Fabian no le fuera a dar nada a cambio, sería imposible que durara.

Ryan reprodujo un octavo vídeo consecutivo de Duncan Harvey peleando.

Fabian dormía a su lado, plácido y precioso.

Era tarde, y Ryan debería estar intentando dormir, pero su cuerpo temblaba ansioso.

Así que, en lugar de descansar, estaba sentado en la cama en ropa interior, con el portátil apoyado sobre los muslos.

A Ryan le había gustado pasar el rato con los amigos de Fabian esa mañana, pero no podía quitarse de la cabeza la certeza de que él no encajaba ahí.

Se habían pasado el rato hablando de música, arte y cosas que hacían sus amigos, y Ryan no había podido añadir nada a la conversación.

Y no podía parar de preguntarse, tal y como llevaba haciendo desde el viernes anterior por la noche, qué estaban haciendo exactamente Fabian y él.

Si para Fabian solo era sexo, Ryan preferiría saberlo cuanto antes, porque le ahorraría mucho dolor más adelante.

Y, si no era solo sexo, ¿entonces qué era? ¿Estaban saliendo? La idea parecía descabellada y le había parecido aún más descabellada cuando Ryan había estado intentando no hacer el ridículo en el brunch esa mañana.

Prepararse para la inevitable pelea con Harvey era, al menos, algo productivo que Ryan podía hacer para distraerse de todos esos pensamientos estúpidos y horribles.

Aunque uno de esos pensamientos fuera justo que, por cosas como que Ryan tuviera que estudiar vídeos de peleas de hockey, no mereciese estar con Fabian.

Pero tenía que estudiarlos, porque la alternativa era que Harvey le diera una paliza brutal.

Ryan no solía perder muchas peleas. Entre su ventaja por el tamaño, sus años de experiencia y los conocimientos básicos de boxeo que su padre le había enseñado, Ryan llevaba ventaja en casi todas las peleas en las que se había visto envuelto.

Aun así, Duncan Harvey daba miedo.

Harvey no peleaba con la habilidad que tenía Ryan.

Él peleaba como si no tuviera nada que perder, y eso a Ryan le asustaba y le entristecía.

Sabía que Harvey había tenido problemas de adicción en el pasado y que la liga le había obligado a ingresar en rehabilitación un par de veces.

Ryan no sabía muy bien si Harvey todavía seguía teniendo problemas de adicción —en realidad, no sabía nada de él—, pero no daba la impresión de ser un tío que hubiera mejorado su estilo de vida.

A los fans les encantaba cuando Harvey y Ryan se enfrentaban.

Había montones de vídeos de los dos enzarzados en un combate cuerpo a cuerpo, pero Ryan siempre los evitaba.

No le gustaba verse a sí mismo peleando.

Las pocas veces que había visto un vídeo de una de sus peleas, había sentido algo parecido al vértigo.

Era una sensación extraña, porque se veía a sí mismo haciendo algo que recordaba haber hecho, pero sin poder acabar de creerse que lo hubiera hecho de verdad.

Daba miedo verse pelear, como si su cuerpo hubiera sido poseído temporalmente por un demonio.

Pero Ryan sabía que no era así. Cuando se quitaba los guantes, sacaba esa parte oscura de sí mismo.

Y, de algún modo, era uno de los pocos momentos en los que se sentía tranquilo.

Pero prepararse para una pelea… La anticipación de pelear… Eso era distinto.

Vio a Duncan Harvey conectar un puñetazo y Ryan hizo una mueca de dolor cuando su contrincante cayó a la pista.

Brutal. Sabía que Harvey solía esperar y dejar que los oponentes lanzaran unos cuantos golpes inútiles al aire antes de derribarlos rápido y sin compasión con un gancho derecho.

Era como ver a un depredador jugar con su presa, les daba falsas esperanzas.

—¿Qué estás viendo?

Ryan volvió el cuello tan rápido que casi se hizo daño. Fabian seguía con la cabeza apoyada en la almohada, pero había abierto los ojos.

—Ah. Eeeh, nada. Cosas de hockey.

—¿Peleas?

—Quizá.

Ryan cerró el portátil.

Fabian se incorporó apoyándose en un codo.

—¿De verdad hay vídeos en internet solo de las peleas de los partidos de hockey? —se mofó—. Pero ¿qué digo? Por supuesto que los hay.

—Sí. A veces los veo antes de los partidos. Del tío con el que tendré que pelearme.

Fabian frunció el ceño.

—¿Las peleas se planean con antelación?

—No, no, no así. Pero vamos a jugar contra un equipo con otro enforcer , hay muchas posibilidades de que tenga que pelearme con él.

—¿Porque os… odiáis?

Ryan suspiró y dejó el portátil sobre la mesilla.

—No. No tengo ningún problema con Duncan Harvey ni con nadie.

—Entonces ¿por qué te peleas con él?

—Es parte del juego.

Fabian puso cara rara.

—No entiendo por qué le darías un puñetazo a alguien sin motivo aparente. No voy a fingir que soy un experto, pero ¿las peleas en el hockey no son algo que surge en los momentos de tensión?

—Normalmente, sí. A veces alguien ataca de alguna manera a nuestro jugador estrella y entonces tengo que pelearme con el tío que lo ha hecho. Es, tipo… —Ryan intentó pensar en una palabra apropiada—. Es, tipo, como si fuéramos sus representantes, ¿más o menos?

Fabian esbozó una sonrisa.

—Sois como caballeros. Lucháis en nombre del honor de vuestro rey.

—Ya. Excepto que mi rey en este momento es un puto gilipollas.

—Bastante habitual en los reyes. —Fabian apoyó la cabeza en el muslo de Ryan y lo miró—. ¿Así que mañana por la noche vas a darle una paliza a un tío con el que no tienes ningún problema para proteger a uno que odias?

Ryan entrelazó los dedos en el pelo de Fabian, lo que hizo que suspirara feliz.

—Haces que suene como algo ridículo.

—Es algo muy ridículo.

Acarició el pelo de Fabian en silencio durante un rato. El movimiento relajante y repetitivo hacía que Ryan se sintiera adormecido, lo cual era una sensación agradable.

—No me gusta pensar que tienes que ir peleándote por ahí.

Los dedos de Ryan se detuvieron un momento y luego volvió con las caricias.

—A mí tampoco.