Capítulo 18
—Hay algo distinto en Fabian —reflexionó Marcus.
—Mmm… ¿Se ha cortado el pelo? —sugirió Tarek.
—No. ¡Ay! ¡Ya sé! Acaba de tener un maratón de sexo increíble con un jugador de la NHL .
Fabian le sacó la lengua a Marcus.
—Pues no. Sobre todo, hemos estado hablando. ¿Queda más café?
—Te preparo un poco —se ofreció Tarek—. Pero entonces quiero que me lo cuentes todo.
—No os limitasteis a hablar, ¿verdad, Fabe? —preguntó Vanessa—. Eso sería una tragedia.
Fabian no pudo evitar que se le escapara una sonrisa, lo que hizo que Vanessa chillara.
—¡Te lo has tirado, no hay dudas! ¿Ha sido increíble?
—En realidad, no. Técnicamente. Depende de cómo definas las cosas.
Vanessa dejó el plato de gofres sobre la mesita y se recostó en el sillón.
—Sabes que no creo que el sexo sea solo penetración.
—Así que no nos andamos con rodeos, ya veo —murmuró Marcus.
—Pues, según tu punto de vista —dijo Fabian—, sí. Follamos. Pero…
—¡Espera! ¡Espérame! —dijo Tarek mientras volvía a toda prisa de la cocina para reunirse con Marcus y Fabian en el futón—. El hervidor está encendido. Contadme.
—Vale, pues… Es que lo del sexo le da algo de ansiedad. Tiene algunos… problemas… para correrse.
—Suena a todo un reto —bromeó Marcus.
Fabian lo miró con los ojos entrecerrados, aunque, en el fondo, él pensaba justo igual.
—No es un reto —reprendió Vanessa—. A mucha gente le cuesta llegar al orgasmo, por muchos motivos distintos. El sexo no tiene por qué girar solo en torno a correrse…
—Sí, total —asintió Fabian con aire recatado—. Lo pasamos genial. Fue… muy cariñoso. Besa de maravilla. Y es tan fuerte y sexy… —Suspiró—. Estoy pilladísimo.
Vanessa aplaudió.
—¡Me encanta este chico!
—Pensaba que lo ibas a traer al brunch —dijo Tarek.
—Lo pensé, pero tenía un entrenamiento o algo así esta mañana, y además… Quería soltar el chisme con vosotros.
—¿Así que ahora sois novios? —preguntó Marcus—. ¿Estás saliendo oficialmente con un jugador de la NHL ?
La sonrisa de Fabian se desvaneció.
—Pues no lo sé.
—¿No lo habéis hablado? —preguntó Vanessa.
—No. Pero vamos a vernos mañana por la noche antes de que se vaya de viaje.
—¿De viaje? ¡Qué mal!
—Sí, lo sé, es una mierda, pero… —Fabian se encogió de hombros—. Yo también estaré ocupado. Tengo que terminar de grabar un álbum, organizar un lanzamiento y planificar una minigira.
—¿Cuándo sales de gira? — preguntó Vanessa.
—Hay un festival de música en pleno invierno que se celebra en Kingston al que me han invitado a tocar. He pensado en organizar una pequeña gira a partir de ahí. Podría ir en tren en lugar de conducir por Ontario en febrero.
—Eeeh, no vas a ir solo —le dijo ella.
—¡Puedo hacerlo solo!
—Fabian —le advirtió Tarek—, busca al menos a otro músico con quien ir de gira.
Fabian quería justificarse, pero sabía que sus amigos tenían razón preocupándose.
—Preguntaré por ahí —prometió—. Quizá mi discográfica quiera emparejarme con alguien.
—Quizá Ryan quiera ser tu encargado —dijo Marcus.
—Si no fuera porque en febrero estará jugando al hockey. Porque ese es su trabajo.
Marcus levantó las manos.
—¿Cómo cojones se supone que voy a saber cuándo es la temporada de hockey?
Fabian quería poner los ojos en blanco, pero no podía enfadarse por lo mucho que sus amigos lo querían. Y por lo rápido que habían confiado en Ryan. A pesar de su tamaño, su trabajo y el hecho de que, al parecer, no tuviera nada en común con ellos, los amigos de Fabian lo habían aceptado.
—Gracias —dijo Fabian—. Pronto lo traeré al brunch. Si quiere venir, claro.
«Si es que estamos saliendo o lo que sea».
—Genial —dijo Tarek—. ¿Podemos hablar ahora de cualquier otra persona que no sea Fabian, para variar?
Cuando Ryan llegó al centro de entrenamiento el domingo, se sorprendió al ver que la gran mayoría de sus compañeros de equipo se habían reunido alrededor de la televisión en la sala de estar.
—¿Qué pasa? —le preguntó a Wyatt.
—Shane Hollander e Ilya Rozanov están dando una rueda de prensa. Acaban de anunciar que van a poner en marcha una organización benéfica.
—Espera, ¿juntos?
Wyatt se echó a reír.
—Es una locura, ¿verdad? Supongo que cualquiera puede dejar a un lado sus diferencias si esos dos son capaces de hacerlo.
Hollander y Rozanov eran rivales acérrimos desde hacía años. Eran de las mayores estrellas de la liga: Hollander en Montreal y Rozanov en Boston, antes de que fichara por Ottawa ese verano, y, por lo que Ryan o cualquier otro sabían, no se llevaban bien fuera de la pista.
—Supongo que serán amigos o algo así —dijo Wyatt—. Al menos eso es lo que ha dicho hoy Hollander. Mucha gente va a flipar cuando se entere.
—Sip.
Vieron cómo Rozanov compartía unas palabras sinceras sobre cómo su madre había perdido la batalla contra la depresión.
—Dios, no sabía que su madre se había suicidado —dijo Wyatt yendo al grano.
—No creo que nadie lo supiera.
Ryan había jugado con él durante toda una temporada y no tenía ni idea.
—Excepto Hollander, imagino. Me pregunto cuánto tiempo llevan siendo amigos.
A Ryan le costaba mucho imaginarlo. ¿Cuándo habrían pasado tiempo juntos fuera de la pista?
En realidad, no era asunto suyo, así que dejó de intentar averiguarlo.
Además, estaba demasiado ocupado dejándose llevar por los recuerdos de las últimas veinticuatro horas.
Su cerebro estaba casi inoperativo. Ni siquiera tenía la capacidad mental para entrar en pánico por tener que coger un avión el martes.
—Lo más seguro es que estén follando —dijo Troy Barrett con desdén, lo que hizo reír al grupo que lo rodeaba.
—Qué asco —dijo Dallas Kent—. Rozanov nunca lo haría. Pero apuesto a que Hollander es un puto maricón.
Eso desencadenó un debate sobre la sexualidad de Shane Hollander del que Ryan se alejó. Podría haberles recordado que él era un «puto maricón», pero la verdad era que no tenía energía para eso.
Wyatt se topó con él en el vestuario.
—Les he dicho que maduren de una puta vez —le dijo—. Para que lo sepas.
—No tenías por qué hacerlo.
—Eeeh, sí. No voy a aguantar esa mierda y tú tampoco deberías.
Ryan lo sabía. Debería hacer lo que pudiera para acabar con ese tipo de gilipolleces, pero llevaba tantos años intentando tan solo escapar de enfrentarse a sus compañeros que la idea de confrontarse le intimidaba.
Lo cual era completamente ridículo, porque su trabajo era pelear.
Pero había una gran diferencia entre quitarse los guantes e intercambiar golpes sobre la pista, que rara vez era personal, y plantarle cara a un compañero en el vestuario.
Debería decir algo. Iba a decir algo. Esperó a que todos estuvieran en el vestuario, luego se armó de valor y dijo:
—Oye, Kent.
La sala se quedó en silencio. Era raro. Ryan supuso que eso era lo que pasaba cuando alguien que no hablaba mucho por fin utilizaba su voz.
—¿Qué? —preguntó Kent.
Ryan se dio cuenta de que estaba intentando no parecer nervioso. Ryan había visto esa mirada en las caras de muchos tíos sobre el hielo.
Echó los hombros hacia atrás y levantó la barbilla para que se viera cada centímetro de su altura.
—Solo para que lo sepas. Soy gay.
Durante un momento, nadie dijo nada. Ryan pensó que ni siquiera respiraban en la sala. Y entonces Kent dijo:
—Vale.
—Tenlo presente —dijo Ryan.
A juzgar por cómo se le abrieron los ojos a Kent, no le había pasado desapercibida la amenaza en el tono de Ryan. Él no pegaría nunca a un compañero de equipo, pero eso Kent no lo sabía.
Kent levantó las manos.
—Muy bien, tío. Eso es asunto tuyo. Yo no tengo ningún problema contigo.
—Pero yo sí lo tengo contigo si sueltas mierda homófoba para hablar sobre cualquiera. No quiero volver a oír esos comentarios. —De algún modo, Ryan se sentía tranquilo. Casi como cuando peleaba durante un partido.
Alguien detrás de Ryan susurró:
—Hostia puta.
Kent miró a su alrededor en busca de apoyo, pero todos apartaban la vista.
—Claro. Sí. Tendré más ojo con lo que digo, ¿vale? —dijo, por fin.
—Me alegro de oír eso.
Ryan le lanzó una última mirada fulminante, luego se dio la vuelta y volvió a sentarse en su cubículo. El resto del equipo volvió con lo que estaba haciendo antes, y la sala se llenó de murmullos.
Wyatt le dio un codazo a Ryan.
—Ojalá lo hubiera grabado.
—Debería haber hecho esto hace mucho tiempo.
A Ryan le latía el corazón con fuerza, pero se sentía bien. Era más bien adrenalina que miedo o pánico.
—Esa mierda no va a seguir pasando en esta liga por mucho tiempo más. No cuando una de las mayores estrellas del deporte ya ha salido del armario.
Era cierto que la salida del armario de Scott Hunter la misma temporada en que había ganado la Copa Stanley, el Trofeo Conn Smythe al MVP de los play-offs y el Hart al MVP de la temporada había restado mucha fuerza al argumento de que el hockey era un deporte solo para hombres hetero.
Pero, cómo no, todavía quedaba mucho trabajo por hacer.
Era hora de que Ryan diera un paso al frente y se encargara de poner su granito de arena.