Capítulo 17 #3
Mientras comían, Ryan se maravillaba de lo a gusto que estaba en compañía de Fabian.
Incluso cuando eran adolescentes, y a pesar de la aterradora atracción que siempre había sentido por él, Ryan se había encontrado a menudo a gusto con él.
Sabía que a Fabian no le había resultado fácil superar sus prejuicios hacia los jugadores de hockey, unos prejuicios que Ryan podía entender a la perfección, ya que había escuchado innumerables insultos homófobos durante su carrera en el hockey.
Había visto cómo trataban los jugadores de hockey del instituto a chicos como Fabian.
Pero Fabian se había fijado en Ryan, incluso entonces.
No era solo otro deportista, ni una amenaza, sino una persona con la que merecía la pena compartir pequeñas partes de sí mismo.
—¿En qué piensas? —preguntó Fabian, porque quizá lo estuviera contemplando con una mirada ensimismada.
—En nada —respondió Ryan mientras se metía el último bocado de huevos en la boca.
—No te creo en absoluto.
—Estaba pensando en antes. En cuando éramos jóvenes.
—Yo sigo siendo joven. Pero, si te refieres a cuando éramos adolescentes, yo también he estado pensando mucho en eso estos días.
—Supongo que, ahora que hemos puesto las cartas sobre la mesa, te lo puedo decir: en aquella época estaba obsesionado contigo.
Fabian apoyó la barbilla en la palma de la mano y sonrió.
—¿Obsesionado?
—Más o menos. Es que me parecías tan… guapo.
Fabian hizo un gesto con la mano.
—Era un adolescente flacucho y rarito que se esforzaba demasiado en parecer un chulo.
—No. Eras genial. Y sigues siéndolo.
Fabian se pavoneó un poco y luego dijo:
—Pues bien, Ryan Price, déjame contarte lo que yo pensaba de ti.
—Ah, no hace fal…
—¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? Acababas de llegar a nuestra casa y mamá me llamó al salón para presentarme al último jugador de hockey que iba a invadir mi vida.
—Recuerdo que no me diste la mano.
—Tenía las uñas recién pintadas.
Ryan se animó.
—¿No lo hiciste por eso?
Fabian se encogió de hombros.
—Sí. Bueno, no puedo jurar que hubiera sido mucho más simpático aunque no me las hubiera pintado, pero, la verdad, me preocupaban mis uñas.
Ryan se rio.
—Pues pensé que me odiabas.
—Y lo hacía. Bueno, no te conocía, pero supuse que serías un capullo. Los demás lo eran. Y tú eras tan alto, y mis padres te miraban como si fueras un dios. Como si fueras el hijo que siempre habían querido.
A Ryan se le encogió el corazón.
—No, ellos…
—No pasa nada. Apenas lo ocultaban. Así que estaba dispuesto a odiarte, pero entonces hablaste y tu voz era tan suave… Y tenías esa adorable sonrisa tímida. Sí, justo esa.
Ryan se sonrojó, pero no pudo evitar sonreír aún más.
—Nunca había visto a nadie que fuera como tú.
—¿Libanés? —bromeó Fabian.
—No, no. Me refiero a que tenías un aire sofisticado y glamuroso.
Fabian soltó una carcajada.
—¿Glamuroso? Dios mío, de verdad que has estado metido en una burbuja.
—Es que… parecías un miembro de Panic! At The Disco o algo así.
A Ryan le preocupaba que Fabian se cayera del taburete.
—¡Ay, para! Hostia puta —jadeó—. Era un puto friki que tocaba en la banda escolar y llevaba esmalte de uñas barato.
—Tenías un pelo bonito.
—Bueno —dijo Fabian cuando dejó de reírse—, tú parecías Archie Andrews. Pero no me miraste con asco, y no pude evitar sentir… curiosidad.
—Creo que lo último que sentí cuando te miré fue repulsión.
—Es una pena que nunca me lo dijeras.
Ryan llevó los dos platos al fregadero.
—Todavía estaba descubriendo quién era.
—¿Así que nunca habías besado a nadie antes?
—A una chica. En Ross Harbour. Estábamos en una fiesta y me pareció algo que tenía que hacer. Era la estrella del hockey, así que por aquel entonces las chicas me prestaban mucha atención.
—¿Había chicos a los que hubieras preferido besar?
—La verdad es que no. No hasta…
Ryan se calló. Incluso después de todo lo que había confesado, eso le podía parecer demasiado.
Fabian se acercó y se colocó a su lado junto al fregadero. Le puso una mano en el brazo.
—¿No hasta qué?
Ryan se mordió el labio y luego dijo:
—No hasta que te conocí.
Al ver que Fabian no respondía, Ryan se atrevió a bajar la mirada hacia él. Se quedó sorprendido al ver lágrimas en los ojos de Fabian.
—Ay, dios. ¿Estás bien?
Fabian asintió con la cabeza mientras apretaba los labios con fuerza.
—Lo siento, si…
—No. Soy de lágrima fácil —dijo Fabian—.
Es que eso ha sido muy bonito. No lo sabía.
—Exhaló con fuerza—. Nunca había besado a nadie cuando te conocí.
Supongo que ya te lo había dicho. Pero me había pillado de amigos que…
no podían corresponderme. Y eso hacía difícil seguir siendo amigo de algunos de ellos.
Pero nunca esperé sentir ese tipo de cosas por un jugador de hockey.
Por el enemigo. —Puso los ojos en blanco—. Era un capullo criticón.
—Lo entiendo. Créeme. Yo nunca he acabado de encajar del todo con mis compañeros de equipo.
—Lo admito, incluso ahora me sorprende que me…
Suspiró y bajó la mirada al suelo.
Ryan podía adivinar el resto de la frase. «Me sorprende que me atraiga alguien como tú». No se ofendió porque él tampoco se lo acababa de creer.
—Tu ropa ya debe de estar lista para meterla en la secadora —dijo Ryan—. ¿Se puede meter en la secadora?
Fabian se rio y luego sorbió por la nariz.
—Mi ropa es baratísima. Se puede meter en la secadora.
Una vez hecho, Ryan sugirió que tomaran más café en el salón. Fabian se acurrucó en una punta del sofá, con las piernas cubiertas por la camisa de franela. Ryan se sentó en el otro extremo, pero se volvió hacia él.
—Siento lo de tus padres —dijo. Era algo que había querido decirle cuando eran adolescentes.
Fabian pasó la yema del dedo por uno de los logotipos de los Guardians que llevaba en los pantalones.
—¿El qué? No es su culpa que no tuvieran el hijo que querían.
—Sí lo es. —Ryan pensó en lo que acababa de decir y luego se corrigió—. No quiero decir que… Solo intento decir que son unos estúpidos por no valorarte tal y como eres.
—Bueno, como me gusta decir, ellos se lo pierden.
Pero nunca sienta bien ser tan decepcionante como para que tus padres se dediquen a adoptar hijos sustitutos.
Mejores que yo. —Fabian resopló—. Año tras año me presentaban a alguna versión de su hijo ideal.
Mis padres rebosaban de orgullo cada vez que sus pequeños deportistas, grandiosos, marcaban un gol o cuando los entrevistaban en la tele.
No podía competir contra eso bajo ningún concepto.
—Lo siento —dijo Ryan.
—Pero ¿por qué?
—Por ser parte del problema.
Fabian se arrastró por el sofá, luego le puso una mano a cada lado de la cara a Ryan y le obligó a mirarle a los ojos.
—No tiene nada que ver contigo. Eres increíble.
Ryan se perdió por un momento en los ojos oscuros y preciosos de Fabian. Volvió a la realidad cuando Fabian lo soltó mientras le sonreía.
—Dios, escúchame. Tengo treinta y un años. ¿Por qué sigo quejándome de mis padres? Me va genial, ellos parecen felices, todo ha salido bien.
Ryan quiso discutir, pero en lugar de eso decidió sentar a Fabian en su regazo y besarlo.
—¿Cuánto falta para que termine la secadora? —preguntó Fabian sin aliento cuando Ryan al final dejó de besarlo.
—¿Treinta minutos, quizá?
—Tengo una idea para pasar el rato.
—¿Ah, sí?
—Mmm. Y la buena noticia es que implica que tú me quites toda esta ropa tan abrigada.