Capítulo 17 #2
El fracaso nunca había sido algo que Fabian pudiera aceptar con facilidad.
Sabía que no debía ver el orgasmo de Ryan como un reto, sobre todo después de que Ryan le hubiera explicado por qué le resultaba difícil follar, pero no podía evitarlo.
Tenía muchas muchas ganas de hacer que Ryan se corriera.
A él tampoco le habría importado correrse. Aquella mamada lo había puesto hipercachondo, y ni siquiera el hecho de haber estado a punto de morir ahogado por una polla enorme había logrado calmar su excitación en absoluto.
Se acomodó con delicadeza sobre las sábanas arrugadas de Ryan, con las piernas estiradas y cruzadas por los tobillos y con un brazo colgando por encima de la cabeza.
—Ah —dijo Ryan.
Estaba de pie al final de la cama, con los nudillos blancos de apretar la toalla que se había envuelto alrededor de la cintura. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Fabian, quien disfrutó al darse cuenta. Quería toda la atención de Ryan.
Fabian bajó la mano y acarició con suavidad su propia erección.
—Apuesto —dijo despacio— a que has imaginado algunas cosas que te gustaría hacer conmigo.
La nuez de Ryan se movió.
—Sí —dijo. Fue poco más que un susurro, pero Fabian lo oyó bien claro.
—¿Por qué no te acercas y me lo cuentas?
Ryan se quedó con la boca abierta un momento, como si su cerebro hubiera cortocircuitado, y luego dijo:
—No sé si puedo. Contártelas, quiero decir.
—Pues ven y enséñamelas.
Ryan soltó la toalla y se arrastró hasta la cama, cubriendo el cuerpo de Fabian con el suyo. Besó a Fabian, con fuerza, intensidad y posesividad, y la sangre de Fabian se disparó. «Sí, por favor. Reclámame. Hazme tuyo».
—Dime si hago algo mal —dijo Ryan y luego besó y chupó el cuello de Fabian. Fabian echó la cabeza hacia atrás con entusiasmo. Le encantaba que le besara el cuello.
—Joder, eso es todo lo contrario a hacerlo mal —dijo Fabian—. Adoro sentir tu barba en la piel.
Ryan respondió con un gruñido, que lo más seguro era lo máximo que Fabian iba a sacarle.
Le encantaría que Ryan le murmurara cochinadas.
Dios, ¿cómo sería? Intentó imaginarse al dulce y tímido Ryan diciéndole cochinadas con su suave acento de South Shore.
La idea hizo que la polla de Fabian se estremeciera en su mano.
Menos mal que Fabian hablaba lo suficiente para cubrir el cupo de los dos.
—Quiero volver a tener tu polla en la boca. Cuando tú quieras. La invitación está ahí. Nunca había tenido una tan grande. Quiero llegar a hacerte una garganta profunda. Apuesto a que podría conseguirlo.
Quizá estuviera diciendo tonterías, pero de verdad que quería intentar meterse a Ryan entero.
—¿Tú crees? —dijo Ryan, y luego se llevó el piercing del pezón de Fabian a la boca.
Tiró con la fuerza justa para que una dulce descarga de dolor y placer recorriera el cuerpo de Fabian hasta los dedos de los pies. Él gritó y Ryan se rio.
—Estás obsesionado con él —dijo Fabian.
—Nunca había visto uno de cerca.
—Bueno, me esfuerzo en ser educativo.
Ryan siguió jugando con la joya con la lengua durante un minuto más mientras Fabian se retorcía en la cama.
No quería presionarlo, pero la verdad era que a Fabian no le habría importado que alguna parte de Ryan entrara en contacto con su polla.
Pronto. Levantó las caderas para que su erección rozara un poco el pecho de Ryan, con la esperanza de que captara la indirecta.
Quizá lo entendió, o quizá fue una coincidencia, pero al final Ryan empezó a recorrer con besos el vientre de Fabian, deteniéndose al llegar a su polla.
—¿Puedo…?
—¡Sí! —soltó Fabian casi gritando. Se tapó la boca con la mano, avergonzado—. Quiero decir, sí. Puedes. Por favor.
—Dime algo, que hace tiempo que no…
—Ryyyyyy… aaaaaan… —gimió Fabian.
Ryan frunció el ceño mientras miraba fijo la polla de Fabian, como si estuviera tratando de averiguar cómo abordarla. Entonces, por suerte, se lanzó y ya, envolvió la punta con los labios y se deslizó hacia abajo.
—Ay, joder, sí. Hostia puta, Ryan. Sigue así.
La verdad era que a Fabian le costaba muy poco correrse, pero aun así sabía apreciar la técnica de Ryan. No era nada llamativa, ni siquiera parecía ensayada, pero era tan sincera que Fabian no pudo evitar sentirse cautivado.
Además, la barba de Ryan le hacía cosquillas en los huevos, lo cual era una fantasía.
Al cabo de lo que no pudieron ser más de tres minutos, Fabian le advirtió:
—Si no quieres que me corra en tu boca, más te vale que te apartes.
Ryan se apartó, pero luego dijo:
—¿Qué?
Y entonces Fabian se corrió por toda su cara de desconcierto.
—Lo siento muchísimo, joder. Ay, madre mía. —Fabian sabía que su risa nerviosa no le hacía parecer muy arrepentido—. Intentaba avisarte.
Ryan se pasó la mano por la barba, quitándose la mayor parte del desastre, y luego sonrió.
—¿Entonces ha estado bien?
—Ha sido perfecto.
Fabian se tapó la cara con una almohada y gimió. Ryan le quitó la almohada.
—No pasa nada. Me ha gustado verlo. Solo es que me ha sorprendido. —Se levantó y se dirigió al cuarto de baño—. Ahora mismo vuelvo.
¿Iba bien de momento? Fabian no estaba seguro. Sin duda disfrutaba de despertarse junto a Ryan, y tenía la impresión de que Ryan se lo estaba pasando bastante bien, pero no tenía ni idea de lo que ocurriría después de que se fuera del apartamento de Ryan más tarde.
—¿Qué te parece si vuelvo a intentar hacer que te corras? —siguió Fabian cuando Ryan volvió a la habitación.
La sonrisa de Ryan se desvaneció.
—La verdad es que tengo mucha hambre. ¿Tú no?
Fabian lo miró con recelo.
—Supongo que podría comer algo.
—Tengo algo por ahí. Puedo preparar el desayuno. O podemos ir a algún sitio si lo prefieres.
Fabian se incorporó.
—Me temo que no tengo nada que ponerme para ir a ningún sitio a comer nada. —Señaló con un gesto el pequeño montón de ropa asquerosa y sudada de la discoteca que había en el suelo.
—Ah. Podría lavarte la ropa, así al menos no tendrás que ponerte ropa sucia para volver a casa más tarde.
En realidad, eso tenía mucho sentido, así que Fabian aceptó. La ropa interior limpia era demasiado tentadora como para negarse. Ryan rebuscó en su armario y sacó algo.
—Sé que esto no es para nada tu estilo, pero se lo compré a Colleen y ella tiene una talla más parecida a la tuya que yo. —Le dio a Fabian un pequeño montón de ropa de los Toronto Guardians. Parecía una sudadera con capucha y unos pantalones de pijama—. Solo hasta que tu ropa esté limpia.
El horror que Fabian sintió debió de reflejarse con claridad en su cara, porque Ryan se rio y dijo:
—Te prometo que no te haré fotos.
Fabian negó con la cabeza, disgustado consigo mismo.
—Estoy siendo un esnob. Lo siento. Gracias por la ropa, parece muy… suave.
—Si te gusta, te la puedes quedar. ¿Te gustan los huevos?
—Si son revueltos, sí.
Ryan le besó en la mejilla.
—Huevos revueltos. Marchando.
Ryan no estaba en absoluto preparado para el efecto que le causaría ver a Fabian con ropa oficial del equipo.
Salió de la habitación justo cuando Ryan estaba removiendo los huevos en la cocina, con sus esbeltos pies descalzos asomando por debajo de los pantalones de pijama de franela de los Guardians.
Había algo que sin duda no encajaba con que Fabian llevara ropa de fan del hockey, pero a Ryan se le aceleró el corazón de todos modos.
Le gustaba ver a Fabian vestido con sus colores. En su casa.
—¿Qué tal estoy? —preguntó Fabian con ironía.
—Cómodo.
Fabian se metió las manos en los bolsillos de la sudadera.
—La verdad es que sí que es cómodo. No puedo mentir.
Ryan se mordió el labio y luego volvió a los huevos.
—¿Qué? —preguntó Fabian—. Sé que parezco un idiota, pero…
—No. Es que… —A Ryan se le puso la cara roja—. Me estoy excitando un poco. Al verte con esa ropa. Sé que es horrible.
Fabian sonrió y se acercó a él despacio, y luego le rodeó la cintura con los brazos.
—Bueno, pues, en ese caso, ¡vamos, Guardians!
Ryan se rio.
—Siéntate, porfa. —Señaló con la espátula los taburetes altos que rodeaban la barra del desayuno—. ¿Quieres una tostada para acompañar los huevos?
Fabian se subió a uno de los taburetes.
—Estaría genial.
—¿Café? ¿Té? Yo soy más de té, pero por la mañana me gusta el café.
—Me encanta el té, pero sí. Café, porfa. ¿Quieres que lo prepare yo?
—Nop. Tú siéntate y ya. —Y, antes de que pudiera contenerse, añadió—: Si te acercas más, me voy a distraer y se me quemarán los huevos.
Fabian se rio al oír eso. A Ryan le encantaba la musicalidad de la risa de Fabian.
No se podía creer que Fabian estuviera ahí de verdad, en su cocina, tras una noche y una mañana increíbles en las que habían estado explorando los cuerpos el uno del otro.
No importaba que solo hubieran tonteado un poco o que Ryan no hubiera llegado, sin duda había sido lo mejor que le había pasado nunca.
Y eso que era campeón de la Copa Stanley.
Cuando los huevos y las tostadas estaban listos, Ryan repartió todo en dos platos y los dejó sobre la encimera. Sirvió un café a cada uno y confió en que Fabian no quisiera leche entera, porque Ryan aún no había comprado. Pero, si a Fabian le gustaba, Ryan llenaría la nevera con lo que fuera.
—¿Le pones algo al café?
—Nop. Solo está perfecto —dijo Fabian con alegría. Acercó la nariz a la taza, que echaba humo—. Huele superbién.
Ryan se rio.
—Es solo Folgers.
—¿Folgers, la marca? ¿Tipo, no es marca genérica? No veas, ricachón.
Ryan se quedó de pie junto a la encimera, justo frente a Fabian.
—Pues espérate a que luego saque el lavavajillas de marca cuando friegue los platos.
—Para. Me vas a malacostumbrar.
Ryan esbozó una amplia sonrisa, se inclinó sobre la encimera y lo besó.
—Ahora tienes una altura perfecta para besarte.
Fabian le devolvió la sonrisa y apartó el plato.
—De golpe, me he llenado.
—No has tocado el plato. Come.
Fabian puso los ojos en blanco de forma exagerada mientras recuperaba el plato.
—Vale.