Capítulo 16 #2
—¿Qué? ¿Tipo que no tienes complejos con tu cuerpo?
Fabian se rio.
—Creo que los dos sabemos que no los tengo. Pero no me refiero a eso. Tiendo a correrme muy rápido. Así que no puedo garantizar que no vaya a pasar si nos ponemos a tontear un poco.
—Ah.
—Tengo mis trucos para… aguantar. Y la buena noticia es que suelo poder correrme al menos dos veces. Así que no es como si se acabara todo después de la primera vez. Pero solo quería avisarte. Aunque solo estemos besándonos, puede que me corra.
Ryan parpadeó.
—No hacemos buena pareja.
—Qué va. ¿Quieres que nos besemos?
—Sí. ¿En el dormitorio?
—Sí, por favor.
Fabian se tumbó sobre el enorme cuerpo de Ryan y lo besó.
Le costó hacerlo porque no podía dejar de reír.
Y quizá Ryan también se estuviera riendo.
Haber sacado a relucir todos sus secretos sexuales antes de empezar a tontear le hacía sentir bien.
Era reconfortante ser tan sincero con alguien nuevo.
Ryan acababa de confesarle a Fabian un montón de cosas personales y Fabian no se lo había tomado a la ligera. Estaba decidido a que eso fuera lo mejor posible para Ryan, quien, al parecer, no había tenido muchas experiencias sexuales positivas.
A la mierda con eso. Resultaba que Fabian era bastante bueno follando. O eso suponía, vaya. No tenía motivos para creer lo contrario.
Y Ryan, a pesar de todas sus advertencias en sentido contrario, besaba muy bien. Quizá la barba le molestaba un poco, incluso corta, pero su boca era celestial. Cálida, suave y acogedora. Fabian apretó las caderas de Ryan con las rodillas y se sumergió en su boca.
Ryan tenía las enormes manos en la espalda de Fabian, pero las mantenía sobre la camisa.
Fabian quería arrancársela. Quería que desapareciera hasta el último trozo de tela que los separaba, pero, todavía más, quería respetar los límites de Ryan.
Así que hundió los dedos de una mano en la espesa melena de Ryan y apoyó la otra en el colchón. Iba a dejar que Ryan marcase el ritmo.
La cosa era que podía notar la erección de Ryan. Era… difícil no darse cuenta. No le gustaba pensar en sí mismo como alguien a quien le importara el tamaño, pero el bulto de los vaqueros de Ryan era sin duda intrigante. Y alentador. Ryan no podía estar del todo incómodo en ese momento.
—Besas tan bien… —murmuró Fabian recordando que se suponía que debía ofrecerle refuerzos positivos.
—Gracias.
—Puedes tocarme si quieres. Me refiero a debajo de la camiseta. —Le mordisqueó el lóbulo de la oreja a Ryan y le susurró—: Te dejo llegar a la segunda base…
Ryan se rio y le soltó con delicadeza el bajo de la camiseta a Fabian, que se la había metido por dentro de los pantalones.
Deslizó las manos bajo la camiseta, agarró la cintura de Fabian y curvó los pulgares para apoyarlos en su estómago.
Las manos de Ryan eran tan grandes sobre el delgado cuerpo de Fabian que sus dedos casi se tocaban en su columna vertebral.
Fabian quería esas manos por todas partes.
Se retorció, tratando de animar a Ryan a explorar, y su culo rozó la erección de Ryan.
—Lo siento —dijo Fabian—. ¿Quieres que me mueva a otro sitio? Es un poco difícil evitar eso. —Luego añadió, rápido—: No es que quiera evitarlo. Pero quieres que lo haga, ¿verdad?
—Yo, pues…
—Lo que quieras. Tú dime.
—¿Podrías… podrías hacerlo de nuevo?
Fabian se dio cuenta de que le había costado soltar esas palabras, así que no se burló de él.
—Con mucho gusto.
Giró las caderas, más despacio esta vez, mientras le ofrecía a Ryan su mejor intento de baile erótico.
Mientras su culo acariciaba la importante longitud de la polla de Ryan, él se estremecía debajo de Fabian.
—Ay, dios.
—¿Te gusta?
—Sí. Joder. Sigue.
Animado, Fabian se puso recto y siguió moviendo las caderas con un vaivén lento y sensual mientras se quitaba la camiseta por la cabeza.
—Uf —susurró Ryan—. Por favor.
Las manos de Ryan se deslizaron por los costados y le cruzaron el pecho, donde se pararon para frotar con suavidad el piercing del pezón.
Esa noche llevaba uno de los más ornamentados: un aro cerrado de filigrana plateada con piedras azul oscuro.
Cuando Ryan lo rozó con el pulgar, Fabian perdió el ritmo.
—Hostia puta —dijo, y luego se rio—. Te pensarás que ya me había acostumbrado a eso.
—Me gusta —dijo Ryan. Su voz era un murmullo grave que le llegaba justo a los huevos a Fabian—. Te queda bien.
—Adelante —jadeó Fabian.
—Ven aquí. Quiero besarte.
Fabian se inclinó hacia delante, deslizó las manos por debajo del dobladillo de la camiseta de tirantes de Ryan mientras unía sus labios.
Ryan le sujetó la nuca a Fabian mientras lo besaba, acariciándole el lateral del cuello con el pulgar.
A Fabian le encantaban sus manos. Quería sentir esos dedos largos y gruesos rodeándole la polla. Quería sentirlos dentro de él.
—¿Puedo quitártela? —preguntó Fabian mientras tiraba de la camiseta de Ryan.
—Sí. Vale. Déjame…
Hizo un abdominal y se quitó con rapidez las dos prendas, luego se tumbó sobre el colchón.
—Mírate. Estás increíble.
Ryan tenía el abdomen plano, no era un six-pack , pero sin duda estaba tonificado, y tenía un rastro de vello pelirrojo oscuro que bajaba desde el ombligo.
Los pectorales eran impresionantes: enormes, sólidos y cubiertos de más vello pelirrojo.
No tenía tatuajes ni piercings a la vista, pero sí varios moretones y cicatrices.
Fabian ni siquiera se dio cuenta de que había estado acariciando distraído con las palmas el torso de Ryan hasta que él lo detuvo, llevándose con suavidad una de las manos a la boca y besándole el interior de la muñeca.
—¿Quieres que pare? —preguntó Fabian.
—No. La verdad es que ahora mismo estoy la hostia de cachondo.
Fabian movió el culo contra la erección de Ryan.
—Me he percatado. —Se inclinó y le susurró al oído a Ryan—. ¿Quiere salir a jugar?
Ryan soltó una risita.
—Creo que sí.
—Bien. Porque conozco a alguien que se muere de ganas por conocerla.
—Eres un ridículo.
Fabian le guiñó un ojo y luego se deslizó por el cuerpo de Ryan para poder desabrocharle el botón de los vaqueros.
—Dime si quieres parar. Cuando quieras, ¿vale?
—Vale. Sigue…
Fabian bajó despacio la bragueta de Ryan y la abrió para dejar al descubierto el apetecible bulto de sus calzoncillos. Sin apartar la mirada de Ryan en ningún momento, Fabian posó la palma de la mano sobre ella.
—Joder, la tienes enorme. ¿Puedo sacarla?
—Sí. Aunque es rara —comentó Ryan.
—¿Rara?
Vale, ahora Fabian lo comprobaría. Le bajó con cuidado la cintura de los calzoncillos hasta los muslos, y la polla de Ryan le dio un golpe contra el estómago, enorme y dura.
Por lo que Fabian podía ver, no había nada de raro en ella. Sin duda era una bestia, larga, gruesa y sin circuncidar. La punta era de un rojo intenso y sus pelotas eran enormes de la hostia, pero nada de eso era algo que Fabian considerara raro. «Gloriosa» era un término más apropiado.
—Sí —suspiró Ryan—. Como te he dicho…
—¡No! ¡Me encanta! —Para demostrárselo, Fabian inclinó la cabeza y le besó la parte inferior de la polla—. Hay tantas cosas que quiero hacerte…
—No tienes por qué…
Fabian levantó una mano.
—Ryan. Estoy hablando con mi nueva amiga. Silencio.
Ryan se rio, lo que hizo que Fabian se sintiera un poco orgulloso.
—Lo siento. Continúa.
—¿Qué tal si nos quitamos estos pantalones del todo? —sugirió Fabian.
—Sí. Voy. Yo lo hago. Me aprietan un poco.
Fabian se apartó de él para que Ryan pudiera incorporarse y quitarse los vaqueros, los calzoncillos y los calcetines.
Cuando Ryan se quedó desnudo por completo, Fabian se dio cuenta de que empezaba a sentirse incómodo de nuevo.
Apretaba las manos contra el edredón y no era capaz de mirar a Fabian a los ojos.
—¿Te importa si me uno a ti? —preguntó Fabian—. Para ser sincero, me preocupa un poco que se rompan estos pantalones. La situación se está volviendo crítica.
—Lo siento. Sí. Por favor.
Fabian se puso de pie y se quitó el resto de la ropa. Su polla, que ya estaba dura, saltó con impaciencia de los calzoncillos en cuanto empezó a quitárselos. Se la acarició un par de veces como recompensa por haber sido tan paciente.
—Vaya. ¿Puedo hacerlo yo? Me refiero, ¿por ti? —preguntó Ryan.
—Por supuesto.
Fabian se colocó entre los muslos abiertos de Ryan y se apoyó con una mano en el musculoso hombro de él. Hundió los dedos de la otra mano en el pelo de Ryan. Su mano estaba seca, pero era enorme y cálida.
Fabian gimió al sentir contacto y aún más cuando Ryan lo acarició. Dios, cuánto había querido eso. Justo eso: a Ryan desnudo, con la mano sobre la polla de Fabian. Era perfecto.
—Eres muy puto sexy —murmuró Ryan—. Me encanta tu cuerpo.
Fabian solo pudo gemir feliz en respuesta.
Lo decía en serio cuando le había dicho a Ryan que le encantaba que le prestaran atención.
Era adicto a la adoración y a los elogios.
Había dejado todas las redes sociales hacía poco, porque se había vuelto adicto a ver cuántos «me gusta» recibía cada una de sus publicaciones.
Ahora su discográfica gestionaba su cuenta de Instagram por él.
Rara vez recibía la adoración que ansiaba de los hombres con los que se acostaba. No así. No como la admiración que veía ahora en los ojos de Ryan o la forma respetuosa en que lo tocaba.
Fabian tensó los dedos de los pies en la elegante alfombra de la habitación de Ryan cuando él le acarició la raja con la yema del pulgar. Entonces Ryan se inclinó y le lamió el piercing del pezón, y Fabian estuvo a punto de volverse loco.
—¡Joder! Joder. Para. Para un segundo.
Ryan lo soltó al momento y lo miró con preocupación.
—¿Estás bien?
—Sí. —Se rio—. Antes no estaba de broma. Sobre mi problemilla.
Ryan puso cara de desconcierto, pero enseguida lo entendió.
—No es un problema. Me gustaría hacer que te corras. ¿Puedo?
Fabian asintió, con la mente nublada por el deseo.
—Vale. Sí. Hazlo. Después nos lo podemos tomar con calma.
Ryan volvió a rodearlo con los dedos y la polla de Fabian se estremeció de excitación. No le iba a llevar mucho tiempo. La otra mano de Ryan acarició con suavidad las pelotas de Fabian mientras, ahora sí, se la meneaba, y Fabian echó la cabeza hacia atrás.
—Joder. Sí. Así. Justo así. Me voy a…
Como siempre, el orgasmo estalló antes de que pudiera acabar el aviso. Pero no podía enfadarse por ello. Joder, qué bien se sentía.
Cuando volvió a abrir los ojos, vio que su semen había caído sobre el pecho de Ryan y se había pegado a su vello.
—Ups —dijo.
Ryan se quedó con la boca abierta, con una expresión de puro asombro.
—Te lo dije… —insistió Fabian, pero Ryan lo interrumpió.
—Tu cara estaba preciosa cuando has hecho eso. Dios santo.
Fabian se dejó caer, medio arrastrándose, medio desplomándose, en el regazo de Ryan.
—Gracias.
Apoyó la cabeza en el hombro de Ryan y cerró los ojos. Ryan comenzó a acariciarle el pelo, y Fabian se sintió de repente tan a gusto que se habría quedado así siempre.
—Tienes sueño —observó Ryan.
—No —murmuró Fabian, pero su argumento se vino abajo al bostezar.
Ryan se rio entre dientes, luego lo abrazó con fuerza y se puso de pie para llevar a Fabian como a un niño y acostarlo con delicadeza en la cama, con la cabeza sobre una almohada.
—Son las tres de la madrugada. Podemos dar por terminada la noche.
—Pero te iba a enseñar mi truco —protestó Fabian.
La almohada tenía el equilibrio perfecto entre suavidad y firmeza. Volvió a cerrar los ojos.
—Puede esperar. Enseguida vuelvo.
A lo lejos, Fabian oyó a Ryan en el baño, con el agua corriendo y, lo más seguro, lavándose el semen del vello que tenía en el pecho. Seguro que también se cepillaba los dientes. Y quizá ponía su erección en agua fría. Una punzada de culpabilidad hizo que Fabian abriera los ojos.
—¿Y tú? —preguntó cuando Ryan regresó del baño con un paño húmedo.
—¿A qué te refieres?
Ryan limpió con cuidado con la toalla húmeda el torso de Fabian, que se había quedado pegajoso al apretarse contra el pecho sucio de Ryan.
—Quiero decir que has hecho que me corra y yo ni siquiera lo he intentado contigo.
Se dio cuenta, mientras Ryan se levantaba y tiraba la toalla a la cesta de la ropa sucia, de que su erección había desaparecido casi por completo.
—No pasa nada. Lo más probable es que esté demasiado cansado para eso. —Ryan abrió un cajón de la cómoda y sacó un par de calzoncillos limpios—. Como te he comentado, incluso en el mejor de los casos es una odisea.
—No es una odisea —replicó Fabian, pero las palabras le salían entrecortadas mientras volvía a cerrar los ojos.
Ryan se metió en la cama a su lado y Fabian se acurrucó rápido para ponerse en posición de cucharita.
—Qué calentito eres —murmuró contento.
Ryan le besó la coronilla.
—Buenas noches. Y gracias.
—Es un placer.
El último pensamiento de Fabian antes de quedarse dormido fue que lo decía en serio.