Capítulo 14
—Hostia puta. ¿Y tú quién cojones eres? —exclamó Wyatt mientras se quitaba las gafas de sol de forma exagerada cuando Ryan se subió al asiento del copiloto de su Range Rover.
—No hay forma de que no le des mucha bola a esto, ¿verdad? —refunfuñó Ryan.
—¿A qué? ¿Al hecho de que de golpe parezcas el Capitán América con barba en lugar de, yo qué sé, el padre de Cómo entrenar a tu dragón ?
Ryan puso los ojos en blanco, pero en realidad le gustó ese ridículo cumplido.
—Me he cortado un poco el pelo.
—Eso no es cortarse un poco el pelo. Es como un cambio total digno de un reality show . ¡Podrías haberme avisado antes de vernos!
—Solo es un corte de pelo. Déjalo ya…
Wyatt parecía tener más que decir, pero se limitó a volver a ponerse las gafas de sol y sacar el coche del bordillo.
Ryan echó un vistazo a su reflejo en el espejo lateral y tuvo que admitirlo: estaba guapo.
El peluquero, Guillaume, le había hablado largo y tendido sobre la importancia de los productos.
El chico de pueblo que llevaba dentro Ryan sospechaba que Guillaume quería venderle un montón de cosas caras que no necesitaba, pero esa parte de él que quería, quizá, presentarse como un tipo sofisticado, cosmopolita y con estilo decidió seguir los consejos del peluquero. Todos y cada uno de ellos.
Y así fue como Ryan se había gastado más dinero del que jamás se había gastado en su vida en un corte de pelo y había salido de la peluquería con una bolsa llena de productos para el pelo y la barba.
Incluso le habían convencido para que se comprara un cepillo nuevo (a un precio demencial) porque, al parecer, había de diferentes tipos.
A Guillaume no le había gustado que Ryan le dijera que normalmente los compraba en los bazares.
Así que ahora Ryan tenía una barba bien arreglada, con aroma a avellana por el aceite que llevaba, y una melena que no tenía el largo suficiente como para recogérsela.
Además, se había puesto una crema de peinado ideal que hacía que pareciera que se lo había peinado a conciencia en lugar de solo llevarlo amontonado sobre la cabeza.
No pudo evitar preguntarse qué pensaría Fabian.
—No puedes dejar de mirarte —bromeó Wyatt.
Ryan apartó de golpe la vista del espejo.
—Es que es raro, la verdad. Aún no me he acostumbrado.
—¿Hay algún chico al que puedas invitar a la fiesta de Kent mañana por la noche?
Ryan casi se atraganta.
—¿Invitarías a un chico a la fiesta de Kent? ¿Si fueras yo?
Wyatt sonrió.
—¿Si eso hiciera incomodar a Kent? Joder, sí, desde luego.
—Pero no sería justo para tu cita —señaló Ryan.
Él nunca utilizaría a alguien de ese modo. Y, aunque tuviera novio, no lo sometería a tener que ir a la fiesta de cumpleaños de Dallas Kent.
—Iré solo. Y me marcharé en cuanto pueda.
—¡Di que sí!
Cuando llegaron al centro cívico, Wyatt sacó una bolsa de viaje del maletero y la llevó hasta el edificio.
—Los productos de los Guardians —explicó.
Les recibió una mujer agotada, pero con aire agradecido, que medía más o menos la mitad que Ryan, llevaba gafas y tenía el pelo castaño canoso.
—Hola, Anne —dijo Wyatt con alegría—. ¿Te están haciendo pasar un mal rato?
—Me alegro de que estéis aquí, chicos. —Se volvió hacia Ryan y le tendió la mano—. Encantada de conocerte. Soy Anne.
—¿Con «e» o «a»? —no pudo evitar preguntar Ryan. Lo más probable era que hubiera leído demasiadas veces Ana de las Tejas Verdes .
—¡Con «e»! ¡Suena casi igual! —le dijo ella con una amplia sonrisa.
—Soy Ryan.
Le soltó la mano y esperó a que le dijera qué tenía que hacer.
—Tengo que hacer unas llamadas, pero ya sabéis adónde ir, Wyatt. Hoy está prácticamente lleno, así que buena suerte.
—Tranquila, traigo refuerzos —bromeó Wyatt mientras señalaba con la cabeza a Ryan—. Vamos a conocer a los chicos.
Wyatt llevó a Ryan a un gran gimnasio, que parecía ocupar la mayor parte del edificio.
Había unas canastas de baloncesto de un aspecto bastante tosco en cada extremo y un par de porterías de hockey en cada parte del lado corto de la pista.
También había unos quince niños en la sala, que corrían en todas las direcciones mientras gritaban.
Un par de chicos lanzaban pelotas de balón prisionero con toda la fuerza que podían sin prestar mucha atención hacia dónde iban ni a quién o qué podrían golpear. Era un caos.
—¡Eh! —grito Wyatt—. Hay famosos en la sala, ¡así que portaos bien!
Una niña de unos doce años frunció el ceño.
—¿Famosos?
Wyatt fingió sentirse ofendido, lo que hizo que la niña se riera.
—¿Quién sabe quién es este tipo? —preguntó.
—Es Ryan Price —dijo otra niña con timidez.
Wyatt la señaló.
—Sabía que lo adivinarías, Nicole. Así es, este es Ryan Price. Juega conmigo en los Guardians.
—Él no juega contigo —dijo mientras sonreía uno de los niños que había estado dando patadas a la pelota de balón prisionero—. Él juega y tú te quedas en el banquillo.
Ryan se rio. Esos chicos ya le caían bien.
—Ajá —dijo Wyatt con tono seco—. Bueno, prepárate para que te haga pasar un mal rato hoy, Xander. No te lo voy a poner fácil.
Wyatt los dividió rápido, al parecer, en dos equipos al azar y le pidió a una de las chicas mayores que fuera a buscar el equipamiento de hockey sobre patines al almacén.
Este consistía en un montón de sticks , un par de pelotas de goma blanda y equipamiento de portero de hockey callejero bastante bueno.
Ryan sospechaba que Wyatt era el responsable de esa donación.
Wyatt se puso uno de los equipos y la chica que había ido a buscarlo se puso el otro. Ryan cogió uno de los sticks ; todos le quedaban muy cortos. Se dio cuenta de que no había guantes. La verdad es que deberían tener. Quizá podría comprar un montón y donarlos.
—¿Con quién voy? —preguntó Ryan.
—En el equipo en el que no esté Xander —dijo Wyatt en voz alta.
Xander lo abucheó.
Estuvieron jugando más o menos una hora y Ryan disfrutó de cada segundo.
Le transportó a su infancia, cuando jugaba al hockey durante horas con los otros niños de Ross Harbour en la pista que su padre había construido en el patio trasero.
Entonces le encantaba ese deporte y la fuerza con la que todo eso había cambiado golpeó a Ryan mientras bromeaba con aquellos críos.
Aunque también era agradable ser el mejor jugador del partido, para variar.
Ryan cambió de equipo unas cuantas veces, porque eso era lo justo.
Se divirtió lanzando tiros a Wyatt, quien le ganaba casi siempre. En cualquier caso, los dos se rieron mucho.
Cuando llegó la hora de irse, Anne fue a ayudar a Wyatt a repartir los productos promocionales de los Guardians que había traído. Eran sobre todo gorras y pucks , que Ryan y Wyatt se pasaron un rato firmando.
—Muchas gracias por venir —le dijo Anne a Ryan mientras él firmaba el último puck —. A los niños les encanta que vengáis a visitarlos.
—Me lo he pasado muy bien —dijo Ryan—. Estaré encantado de volver. Y si hay algo que necesites…
Ella se rio.
—Nosotros necesitamos de todo. Pero, si quieres correr la voz sobre cómo hacernos donaciones, te lo agradecería mucho.
—¿Estás listo para irnos? —preguntó Wyatt.
Llevaba en la mano la bolsa de viaje vacía y arrugada.
—Sí. Vamos.
—¿Te parecería bien si vuelvo contigo la próxima vez? —preguntó Ryan cuando salían del aparcamiento.
Wyatt se mostró encantado.
—¡Pues claro! ¿Te han gustado los niños? Son geniales, ¿a que sí?
Ryan sonrió.
—Me han caído bien.
La casa de Dallas Kent era tal y como Ryan esperaba que fuera: enorme, ostentosa y ridícula. Sin duda reflejaba la personalidad de su propietario.
Ryan había conducido hasta Kleinburg muy a su pesar para asistir a la fiesta de cumpleaños de Kent.
Se había pasado todo el trayecto deseando que fuera una celebración tranquila en la que estuvieran poco más que sus compañeros de equipo y sus parejas.
Se sintió consternado al descubrir que, a pesar del gigantesco tamaño de la mansión de Kent, estaba a rebosar.
La mayoría de los invitados eran chicas jóvenes que Ryan no conocía.
De hecho, no vio a muchas de las mujeres y novias de sus compañeros de equipo.
—Kent vive aquí solo, ¿no? —preguntó Ryan.
Medio ausente, deslizó el dedo por las teclas de un piano de cola que, por el motivo que fuera, Kent tenía en casa.
—Bueno —dijo Wyatt—, no creo que pase muchas noches aquí solo.
«Qué asco».
Ryan no iba a fingir que tuviera buen ojo para el diseño y el estilo, pero la casa de Kent parecía haber sido decorada por un grupo de tíos de alguna fraternidad a los que les hubieran dado un millón de dólares por cabeza y les hubieran dicho que lo gastaran en «cosas de tíos ricos».
El resultado era un terrible caos de televisores gigantes, estatuas de mármol y fuentes, fotografías en blanco y negro «estilosas» de mujeres desnudas enmarcadas, sofás de cuero y, sí, un piano de cola.
Ryan solo había visto unas pocas habitaciones, pero, por lo que podía advertir, todas las luces eran lámparas de araña.
—Supongo que el sótano es donde de verdad se celebra la fiesta —dijo Wyatt—. Ahí abajo se han disputado legendarias partidas de beer pong . He oído las historias.
—Genial. —Ryan dio un sorbo a su cerveza—. ¿No te parece que algunas de estas chicas son demasiado jóvenes?
—Últimamente todo el mundo me parece un poco joven. Pero sí.
—¿De dónde han salido?
Wyatt se encogió de hombros.
—Ni idea. Kent siempre se las arregla para rodearse de mujeres. El tío está obsesionado.
Wyatt lo dijo con tacto, pero Ryan se había dado cuenta de que Kent parecía tener una fijación turbia por las mujeres.
Y por lo que podía conseguir que esas mujeres hicieran.
Ryan había jugado con muchos chicos que hablaban de mujeres de una forma que le ponía los pelos de punta, pero quizá Kent fuera el peor de todos.
—Parece que estuvieras esperando a que el hombre de tus sueños apareciera en esta fiesta —dijo Wyatt mientras sonreía.
—¿Qué?
—Que vas arreglado. O sea, con esa ropa ajustada y sexy. Te queda bien.
—Anda ya —dijo Ryan, pero notó que se le sonrojaban las mejillas.
La verdad era que se había esforzado bastante en cuidar su aspecto esa noche.
Se había peinado con los productos de peluquería y se había untado el aceite en la barba, siguiendo las instrucciones que Guillaume le había dado.
Y se había puesto un conjunto que había comprado con la intención de llevarlo a alguna discoteca gay la siguiente vez que decidiera ir a una: unos vaqueros color gris carbón de tejido un poco elástico, de modo que se ceñían al notable volumen de los muslos y el culo, y una camisa negra de manga corta que le tensaba los bíceps y los pectorales.
El conjunto era mucho más revelador que las camisas holgadas y los vaqueros acampanados que solía llevar.
Ryan no estaba seguro de qué le había llevado a vestirse fuera de su zona de confort esa noche. Sus compañeros de equipo se habían reído un poco de su cambio de imagen cuando lo habían visto por primera vez antes del partido de la noche anterior. Ahora habían vuelto a pasar de él casi por completo.
—Houde acaba de enviarme un mensaje. —Wyatt levantó el móvil—. Va a empezar una timba de póquer abajo. ¿Te apuntas?
—No, gracias. Creo que me voy a quedar aquí.
—Hostia puta, tío. Esto es como la fiesta de Halloween. ¡Que ni siquiera te pusiste disfraz!
—Sí lo hice —protestó Ryan—. Iba de vaquero.
—Sí, pero cuando todo tu disfraz consiste en llevar un sombrero y luego lo dejas en una silla toda la noche, no puede llamarse disfraz. —Wyatt le dio una palmada en el hombro—. No te diviertas tanto, Pricey.
Se abrió paso entre la multitud hacia la puerta que daba al sótano. Ryan vio un sofá de dos plazas vacío y corrió a sentarse. No llevaba ni un minuto sentado cuando una joven se dejó caer en el asiento de al lado.
—Hola…
La mujer era muy guapa. Tenía el pelo rubio y ondulado y unos enormes ojos azules, y Ryan no tenía ni idea de quién era.
—Hola… —respondió él.
No se le ocurría nada más que decir, así que dio un sorbo a su cerveza y apartó la mirada.
Ella se quedó ahí sentada, sin decir nada, y él se preguntó si esperaba que él tonteara con ella o algo así. Se había equivocado de chico. Gay o no, Ryan no podía tontear con nadie.
Al final, la mujer, que estaba seguro de que era encantadora, se rindió y se fue. Ryan se avergonzó por dentro de lo grosero que debía de haber parecido. Ojalá pudiera llevar un cartel que dijera: «Lo siento. Soy horrible socializando. Por favor, no te lo tomes como algo personal».
De hecho, ¿por qué estaba Ryan ahí? Ya no quería beber más. No quería entablar conversación con la gente. No quería rechazar con delicadeza a las pobres mujeres que intentaban flirtear con él. No quería jugar al póquer y, desde luego, no quería ver el legendario sótano de fiestas de Dallas Kent.
Quería bailar con Fabian. Quería celebrar el cumpleaños de Tarek, a quien Ryan apenas conocía. Pero quería conocerlo.
Echó un vistazo al móvil. Eran casi las once y media. Lo más probable era que tardase una hora de coche en llegar al Village, pero eso le dejaría tiempo de sobra para pasar el rato en la discoteca con gente cuya compañía disfrutaba de verdad. En un lugar donde pudiera ser él mismo.
O, mejor aún, ser quien quería ser.