El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

Maldita sea.

Maldita sea, joder.

Los putos jugadores de hockey imbéciles y su puto… todo imbécil.

Cuanto más repasaba Fabian lo ocurrido la noche anterior mentalmente, menos se creía que hubiera sucedido de verdad.

Nada tenía sentido. Ni que Fabian se hubiera lanzado sin pensárselo a un jugador de hockey.

Ni que Ryan se sintiera tan visible y abiertamente atraído hacia él y lo besara con la dulzura y la ternura que Fabian se había imaginado siempre, y que luego…

no. Era como si se hubiera apagado un interruptor dentro de Ryan, y nadie podía haberlo apagado salvo Fabian; era el único que estaba allí.

¿Qué había hecho?

Nada. Eso era lo que no paraba de repetirse.

No había hecho ni una puta cosa excepto abrirse y ser sincero sobre sus sentimientos por Ryan.

Incluso le había contado que de adolescente se había pillado de él, hostia, algo que ya habría sido bastante bochornoso sin necesidad de que Ryan lo rechazara desde el principio.

No. Si lo hubiera rechazado desde el principio, Fabian lo habría entendido. Si Fabian se hubiera acercado a besarlo y Ryan se hubiera apartado y le hubiera dicho que no le interesaba. Si Ryan no hubiera dicho esas palabras tan bonitas sobre la valentía de Fabian…

«No es lo que tú quieres. Créeme».

Venga ya, Ryan Price, no me jodas.

Era imposible que Fabian se concentrara en sus canciones estando así. Tenía la cabeza en mil sitios. Mandó un mensaje a Vanessa.

Fabian: ¿Estás en el curro?

Vanessa: Aún falta una hora para que entre.

Fabian: ¿Un café?

Vanessa: Uy, uy, uy…

Fabian: Sí. ¿Quedamos en diez minutos?

Vanessa: Vale.

A veces Fabian se rayaba. Lo admitía. Y Vanessa sabía que si Fabian le pedía quedar para un café urgente era porque seguramente estaba pasando por algo agitado y desagradable. Pero también era la persona que mejor sabía manejarlo para ayudarle a salir de esos agobios.

Nueve minutos después, Fabian estaba haciendo cola en un Starbucks que había a mitad de camino entre su piso y el trabajo de Vanessa. Pidió un café solo para él y uno con leche para su amiga. Ella entró justo cuando los llevaba a la mesa.

—¿Problemas en la ciudad del hockey? —le preguntó.

Fabian gruñó mientras se desplomaba en una de las sillas.

—¿Qué coño pasa conmigo?

—Depende de a qué te refieras. ¿Qué ha ocurrido?

Fabian le contó la versión reducida, convencido de que su amiga iba a reírse de él. Sería comprensible; era una situación absurda.

Pero no se rio.

—Me pregunto… —dijo Vanessa. Sin embargo, no acabó la frase, sino que se limitó a darse golpecitos en los labios con los dedos y a mirar con fijeza a Fabian.

—¿Qué te preguntas?

—Bueno, a ver, no lo conozco, claro, pero ¿crees que podría sufrir algún tipo de trauma?

—¿Trauma? —La verdad era que Fabian no tenía ni idea—. Pues no lo sé. Creo que tiene algunos complejos, falta de autoestima. O, tipo, problemas de ansiedad. Aunque no es que hable mucho, así que cuesta saberlo.

—Jo, ahora me siento mal por haber hablado de juguetes sexuales la otra noche. Mierda, qué poco tacto tuve.

Fabian frunció el ceño al recordar algo.

—No, dudo que eso le molestara. Puede que le sorprendiera, pero hablamos un poco más del tema de camino a mi casa. Y antes me había dicho que sí le gusta el sexo.

—Ah. Bueno, pues mejor. Entonces, le gusta el sexo, le gustas tú, pero no quiere follar contigo.

—Sí. Gracias por resumirlo así.

Vanessa dio un sorbo al café con leche, con la cara arrugada por la concentración.

—Tiene miedo —dijo a modo de conclusión.

—¿Miedo? ¿De qué? ¿De mí?

—No sé. Pero es lo único que tiene sentido. Le gustas y no quiere estropear las cosas.

Vale, en realidad eso tenía mucho sentido. Cuanto más lo pensaba Fabian, más evidente le resultaba.

—No le hubiera presionado para hacer nada con lo que no se sintiera cómodo.

—Yo ya lo sé. Pero él no. Quizá es que no se siente cómodo con nada…

Fabian pensó en las palabras de su amiga.

—Entonces ¿qué debería hacer? ¿Olvidarme de él? O sea, ha sido una gilipollez, ¿no?

Vanessa se cruzó de brazos.

—¿Quieres que te diga que es una gilipollez que te guste?

—Sí, por favor.

—Fabian, ese tío es un osito de peluche. Es todo lo contrario de los payasos con los que sueles acostarte.

—Sí, pero…

—Tendrías que haberlo visto mientras actuabas aquella noche. ¡Menudos ojitos puso! Estaba hechizado… Me apuesto lo que quieras a que se ha estado obligando a salir de su zona de confort para poder estar contigo.

«¿Qué? ¿En serio?».

—Solo nos hemos visto, no sé, tres veces…

Vanessa levantó los brazos.

—Mira, repito que no lo conozco. Pero, si me preguntaran, diría que verse con alguien y salir tres veces es una puta barbaridad para ese tipo.

Fabian cruzó los brazos encima de la mesa y enterró la cara en ellos.

—Soy un capullo de mierda.

—No, eres un ser humano. Una buena persona. Y Ryan también.

—¿Y ahora qué hago? Debería dejarlo en paz, ¿no? ¿Para siempre?

—¿Eso te haría feliz?

Fabian ni siquiera tuvo que pensárselo.

—No.

—Pues ve a buscarlo. Ve con calma y tampoco te machaques mucho. Lo más probable es que también esté obsesionado ahora mismo con todo lo que cree que hizo mal anoche. Confía en mí, sé de lo que hablo. Y sabes que lo digo en serio.

Era cierto. Había habido más de un puñado de veces en las que habían intercambiado los papeles en esa clase de conversación.

—Entonces ¿qué le digo?

Vanessa negó con la cabeza y agarró el bolso, que tenía en el respaldo de la silla.

—Lo siento… No me pagan para eso. Si no eres capaz de averiguar solito qué conversación básica debes tener con él, la vas a cagar de todos modos.

—Pero te he invitado a un café con leche —le recordó Fabian con poco convencimiento.

—¡Adiós! Te quiero. Luego me escribes y me cuentas qué tal.

Se marchó antes de que Fabian pudiera robarle más tiempo y él sacó el móvil. Se quedó mirando el nombre de Ryan en sus contactos durante un buen rato.

¿Qué quería Fabian exactamente? Había vivido feliz más de trece años sin tener a Ryan Price en su vida, y podía volver a ser feliz sin él.

Las últimas dos semanas podrían ser como un extraño bache en el camino y Fabian podría ponerles fin ahora mismo si borraba los datos de Ryan.

Porque, a ver, ¿qué esperaba que ocurriera?

¿Que Ryan y él empezaran a salir? ¿Acabar siendo el novio de un jugador de la NHL ?

Solo con pensarlo le entraron ganas de echarse a reír en medio del Starbucks. A sus padres les encantaría, desde luego.

Mierda. Sus padres.

¿Qué pensarían si Fabian empezase a salir no solo con un jugador de hockey, sino con uno que había vivido con ellos?

Para empezar, estaba seguro de que les alucinaría que Ryan fuera gay.

Seguro que no les entraba en la cabeza. Y, además, tal vez pensaran que Fabian y él habían tonteado de críos, bajo su techo.

Puede que pensaran que Fabian había estado seduciendo en secreto a todos los apreciados jugadores de hockey que acogían.

Puaj. Ya les gustaría.

O tal vez les gustara que su hijo saliera con un jugador de hockey. Tal vez lo comprendieran por fin si todos compartían un interés común. Más o menos.

Uala… Fabian se estaba precipitando un montón. Tenía que retroceder y comprobar primero si Ryan quería volver a hablar con él, eso de entrada, en lugar de preocuparse de cuándo les presentaría a Ryan a sus padres.

Vale. Podía admitir que en realidad no quería borrar el número de Ryan. La idea de no volver a hablar con él le resultaba dolorosa, por sorprendente que fuera. Aunque Ryan no quisiera nada más que una amistad, Fabian lo aceptaría. Seguro que, en realidad, era lo que más les convenía a los dos.

Una eternidad después, Fabian escribió «Hola» y le dio a enviar.

Ya está. Perfecto. «Hola». Simpático y nada amenazador.

El partido del martes por la noche se le hizo más largo que nunca, y lo más probable es que fuera porque Ryan apenas había dormido la noche anterior. Había sido incapaz de parar de repasar todo lo que había ocurrido entre Fabian y él.

No podía parar de sentir los labios de Fabian en su boca.

Había hecho bien en marcharse. Esa era la conclusión a la que había llegado después de una noche de agonía.

Fabian se merecía a alguien mucho mejor que él.

No sabía explicar por qué entre los dos había una conexión tan fácil y natural, pero daba igual.

Que él supiera, Fabian tenía una conexión fácil y natural con todo el mundo, así que en realidad Ryan era el único que salía ganando con esa situación.

Se aferró a esos pensamientos mientras alargaba la ducha mucho más de lo necesario en el vestuario después del partido.

La mayoría de sus compañeros de equipo no paraban de hablar emocionados de la fiesta de Kent, y Ryan no tenía ganas de escucharlos.

Lo que más le tentaba era quedarse en casa el viernes por la noche.

Por lo menos ya no tendría que sentirse mal por no ir a bailar con Fabian aquella noche. Ryan había eliminado de puta madre cualquier posibilidad de que Fabian todavía quisiera que eso sucediese. Ahora le tocaba volver a la vida real: hockey, terapia, lectura y, cuando estuviera cachondo, porno.

Se tapó la cintura con una toalla y salió de la ducha.

La primera persona a la que vio fue Anders Nilsson, que iba vestido con mucho estilo, como siempre.

Esa noche llevaba unos pantalones oscuros y elegantes, una camisa azul cobalto y una gabardina marrón algo tiesa.

¿La gente planchaba los abrigos? Ryan no estaba seguro, pero no advirtió ni una sola arruga, ni una sola falta, en ninguna parte del conjunto de Nilsson.

Igual que Ryan, Nilsson tenía una barba poblada y llevaba el pelo bastante largo. Pero, a diferencia de Ryan, tanto el pelo como la barba de su compañero estaban impecables, a la moda, y lo hacían parecer un delicado modelo europeo y no un hombre que llevaba un mes perdido en el mar, como Ryan.

—¿Qué?