El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Ya lo sé. Por eso eras diferente. ¿Crees que algún otro jugador de hockey se presentó en uno de mis recitales?

A Ryan le dio un vuelco el corazón al oír la mención al concierto de Fabian. No era consciente de que Fabian también recordara aquella noche.

—Solo tú —continuó Fabian—. Nunca te dije cuánto significó eso para mí.

—No fue nada.

—Al contrario, estuvo lejos de no ser nada…

Fue… —Se rio sin pizca de humor—. Mi familia ni siquiera se molestó en encontrar tiempo para verme.

Era mi audición final en el conservatorio ¡e iba a tocar una pieza que había compuesto yo!

Y ni siquiera eso pudo competir con un puto partido de hockey. No te ofendas.

—Descuida.

—Cuando te vi allí, al fondo de la sala, me alegró la vida.

Habían llegado al edificio en el que vivía Fabian, lo que generó una situación rara, porque estaban en medio de un momento importante. Se quedaron mirando el uno al otro al pie de la escalera del portal y Ryan no tenía ni idea de qué debía decir a continuación.

Por suerte, Fabian habló primero:

—Sé que seguramente fui maleducado cuando vivías con mi familia.

—No lo fuiste.

No era del todo cierto. Fabian había manifestado su falta de interés en Ryan, en gran medida pasando de él y, cuando se veía obligado a reconocer su presencia, con palabras secas y de desprecio.

Pero con el tiempo se había ablandado un poco y habían sido capaces de forjar una especie de amistad tranquila y precaria.

—Sí lo fui. Daba por hecho que serías como los demás, así que no te di ninguna oportunidad.

—Puede que al principio fuera así. —Ryan le sonrió con timidez—. Pero creo que luego te me fui ganando, ¿no?

Fabian levantó la cara y le sonrió, con la misma timidez, y Ryan contuvo la respiración.

Entonces se puso a llover. Unos goterones que estaban a un paso de ser pedregada azotaron la cara de Ryan, y Fabian soltó un chillido.

—¡Entra! —exclamó mientras echaba a correr escaleras arriba. Forcejeó con la cerradura—. ¡Joder con la puta puerta! Ya está.

La abrió de un empujón y Ryan lo siguió dentro.

Una vez en el diminuto apartamento, Fabian colgó el abrigo de un perchero junto a la puerta e hizo un gesto para coger el de Ryan.

—Puedes quedarte hasta que pare de llover.

—Igual se pasa la noche lloviendo —comentó Ryan, pero le entregó el abrigo a Fabian.

Este hizo oídos sordos a su parte meteorológico y fue hasta la nevera pequeña que había comprimida en un rincón, junto a una cocina con dos fogones y un fregadero. Abrió la nevera y sacó una botella de vino.

—Todavía no la he abierto —dijo contento—. Vamos a entrar en calor. Y ponte cómodo, por favor. Puedes sentarte en la cama o… Bueno, solo en la cama, supongo.

Ryan se fijó en que la silla del escritorio, el único otro lugar en el que sentarse en la habitación, estaba repleta de ropa medio sucia.

Se sentó en el borde de la cama, con las manos en el regazo y la espalda recta.

Lo más sensato sería decir que no al vino.

Y a la cama. Y a estar allí, ya puestos.

En lugar de eso, no dijo nada y dedicó un momento a observar la casa de Fabian.

En la mesa abarrotada había lo que parecían tres velas votivas católicas, pero cuando Ryan se inclinó vio que las mujeres que había en las estampas no eran la Virgen María, sino Dolly Parton, RuPaul y Beyoncé.

Fabian le pasó una copa a Ryan que parecía un cáliz con las palabras «La hora del vino de mamá» escritas.

—Era el segundo pinot gris más barato que tenían —indicó antes de sentarse junto al cabecero de la cama y apoyar la cabeza en los almohadones.

En su copa ponía «Novia».

Ryan dio un sorbo de vino porque no sabía qué otra cosa hacer.

—Está bueno —dijo—. Me refiero al vino.

Le habría dado igual que fuese malo. Como si era ácido para baterías. En ese momento, Ryan tenía el cerebro partido en un millón de pedazos. ¿Qué hacía ahí? ¿Por qué estaban los dos encima de la cama de Fabian? ¿Acaso Fabian intentaba seducirlo? ¿Quería Ryan que lo hiciera?

Fabian dio un golpecito con el pie enfundado en el calcetín contra el muslo de Ryan.

—Oye, no te quedes ahí sentado de espaldas a mí. Relájate.

Ryan dejó la copa en el escritorio y se quitó las botas.

Entonces se tumbó con mucho cuidado en la cama y se apoyó en un codo.

Mantuvo tanta distancia como le fue posible entre los dos, preocupado de que la menor invitación pudiera hacer que el pobre Fabian, que solo trataba de ser amable, diera un brinco.

—Bueno —respondió Fabian como si nada—. ¿Y qué tal el hockey?

Ryan reprimió una carcajada.

—El hockey va bien.

—¿Sí?

Ryan frunció el ceño.

—Claro. Bueno, no lo sé. Supongo que últimamente ha sido un poco… estresante.

Fabian resiguió la palabra «Novia» con las yemas de los dedos.

—¿Alguna vez has pensado en dejarlo? O en retirarte. Como se diga.

—A veces. Solo tengo treinta y uno, pero…

—¿Pero?

—Ya no me llena.

—Entonces ¿por qué sigues haciéndolo?

Ryan se removió en la cama, dobló las rodillas y las acercó al cuerpo.

—Porque sé la suerte que tengo. Sé cuántos tíos matarían por poder jugar en algún equipo de la NHL . Tirarlo por la borda sería… una falta de respeto.

Fabian se quedó un momento en silencio.

—¿Sabes que, después de graduarme, hice una audición para la Sinfónica de Toronto? —preguntó luego.

—No. Pero siempre había imaginado que acabarías ahí. La verdad es que me sorprendió enterarme de que no tocabas allí.

—Siempre había soñado con eso. Así que me presenté a una audición. Y… me ofrecieron un puesto.

—Espera. ¿Fuiste miembro de la Sinfónica de Toronto?

—Ajá… Durante dos meses enteros.

—¿Qué ocurrió?

—Lo odiaba —dijo sin tapujos Fabian—. Enseguida me di cuenta de que no era lo que quería hacer desde el punto de vista musical. Era solo que no… encajaba.

—Vaya.

—Ahora soy consciente de que podría haberme quedado y haber hecho mi música aparte. Pero formar parte de semejante monstruo te absorbe mucho tiempo. Estar en algo tan importante… Como la liga principal, ¿sabes?

—Gracias por aclarármelo como si fuera imbécil —dijo Ryan cortante.

Fabian sonrió.

—Da igual. El caso es que lo dejé. No fue una decisión fácil y sabía que estaba quemando un puente muy importante al hacerlo, pero nunca me he arrepentido.

Ni siquiera cuando estoy reponiendo bálsamo labial en la tienda o cuando me muero de frío en este apartamento mierdoso con tanta corriente de aire.

Porque esto —señaló lo que le rodeaba— soy yo cien por cien.

Prefiero pasar apuros para hacer lo que amo a volcarme en algo que aborrezco.

A Ryan le costó asimilar tantas verdades.

—Conque sí. Puede que fuera absurdo que echase por la borda un trabajo por el que muchos músicos matarían, pero ¿no crees que quedarme habría sido egoísta? Pensé que era mejor permitir que otra persona ocupara ese puesto. —Se encogió de hombros—. Por lo menos, eso es lo que me digo a mí mismo.

—En realidad, tiene mucho sentido —contestó despacio Ryan.

—Y hay otra cosa. —Fabian se sentó más erguido y señaló a Ryan con la copa de vino—.

Puede que haya más personas que quieran ese puesto en la Sinfónica o en un equipo de la NHL , pero ¿sabes qué?

No se lo han dado. Y no se lo han dado porque no se lo merecían.

¡Nosotros sí! Pero que nos lo merezcamos no nos obliga a aceptar esos puestos.

No pasa nada por utilizar tu talento para crear felicidad en lugar de riqueza.

¡Incluso no pasa nada por no utilizar tu talento!

A la mierda todo el que diga lo contrario.

Ryan le sonrió.

—Deberías ser psicólogo. O dar charlas motivacionales.

Fabian resopló y dejó la copa en la mesilla.

—No, gracias. Me guardo mis enseñanzas para mí y para un selecto grupo de gente que me importa mucho. Lo mismo hago con mis trucos para el maquillaje.

A Ryan le gustó que Fabian lo incluyera en ese selecto grupo de gente que le importaba, aunque fuese sin darse cuenta.

—¿Así que no compartes tus trucos para el maquillaje?

Fabian se apoyó en un codo, con la cara pegada a la de Ryan por un momento.

—Contigo sí los compartiría.

—¿Conmigo? —balbuceó Ryan—. Estaría ridículo.

Fabian negó con la cabeza.

—No si lo dejas en mis manos.

Bajó la mirada a la boca de Ryan, quien se preguntó si trataba de decidir qué tono de pintalabios le favorecería más. Confiaba en que sí, porque no quería ni pensar en ninguna otra razón por la que Fabian pudiera estar analizando sus labios.

—No me quedaría como a ti —dijo Ryan con voz ronca.

—¿Alguna vez te has sentido guapo, Ryan?

¿Acaso Fabian había acercado todavía más la cara?

—No. —Ryan se rio como si fuese una pregunta ridícula—. Claro que no. Mírame.

—Te estoy mirando. —Fabian alargó el brazo y le puso un mechón de pelo por detrás de la oreja—. ¿No crees que eres guapo?

—Eh…

Ryan solo podía pensar en la pinta que debían de tener en ese momento los dos juntos. La marcada diferencia entre la belleza despampanante de Fabian y el viejo saco gastado que era el cuerpo de Ryan.

Fabian se puso a acariciarle el pelo con más confianza, deslizó las yemas por la cabeza y luego bajó por la mejilla para tocarle la barba. Ryan no estaba seguro de cuándo había cerrado los ojos, pero, al abrirlos, se fijó en que Fabian lo miraba como si fuese algo muy valioso.

—Vuelve a contarme qué clase de hombres te gustan —dijo Fabian en voz baja.

«Ay, dios».

—Debería irme.

—Llueve a cántaros. ¿Es que no lo oyes?

«No. No oigo nada salvo la sangre bombeando como loca en mis oídos».

—Quédate. Cuéntamelo. Por favor.

Ryan se estremeció cuando Fabian resiguió sus labios con los dedos. No había duda de lo que iba a pasar y el jugador sabía que tenía que impedirlo, pero, en lugar de eso, le dijo a Fabian lo que quería saber.