El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Diez minutos después, Fabian se despidió de sus amigos en la acera. Les dio un beso a cada uno en la mejilla y Ryan notó una punzada de vergüenza al ver cuánto le había afectado la semana anterior un gesto que para el otro no significaba nada.

—¿Nos vamos? —le preguntó Fabian una vez que Vanessa y Marcus se hubieron marchado.

Ryan medio esperaba que Fabian se cogiera de su brazo, pero no lo hizo. En lugar de eso, preguntó:

—Entonces ¿no te ha parecido tan cutre?

—¡Qué va! Ha sido alucinante. Se me ha puesto, eh, la piel de gallina. —Ryan extendió el brazo, como si quisiera demostrárselo, antes de caer en la cuenta de que llevaba un abrigo grueso. Bajó el brazo—. ¿Es raro tocar delante de tan poco público?

—En realidad, no. Me gusta porque es muy íntimo. Hasta hace poco solo tocaba en sesiones de micro abierto como esa.

—¿Y lo echas de menos?

Fabian soltó una carcajada.

—No. Me he dejado las pestañas para llegar adonde estoy.

Tocaba en locales de mala muerte mientras curraba en tiendas de mierda y de vez en cuando tocaba con algún cuarteto de cuerda si me llamaban.

Entonces empecé a grabar música y a subirla a internet.

Me pidieron que hiciera de telonero de algunos artistas locales, lo que al final me llevó a poder conseguir conciertos propios.

Ahora estoy en un sello indie . —Fabian añadió a toda prisa—: Es pequeño.

Bueno, o mediano, si somos generosos. No es que me forre, pero por lo menos el sello se encarga de un montón de tareas aburridas para que yo pueda concentrarme en hacer música.

—Qué guay. ¿Y cuál es el próximo paso?

—La actuación del medio tiempo de la Super Bowl, por supuesto —dijo Fabian con tono seco.

Ryan se echó a reír.

Caminaron en silencio un rato.

—Me gustan tus amigos —dijo entonces Ryan.

Fabian soltó un bufido, pero Ryan se fijó en que sonreía.

—A veces Vanessa satura un poco. No se corta con…, bueno, con nada. Cuando conoce a alguien, siempre va fuerte, como si lo pusiera a prueba. En realidad, es un amor. Tipo, es la mejor amiga del mundo, pero no oculta quién es o en qué cree.

—No, ya lo he visto.

—Por eso se puso a hablar de juguetes sexuales en cuanto entró en el local. Dudo que lo hubiera hecho si no hubieses estado tú. Y ya sé que es un poco retorcido, pero lo que piensa es tipo…

Parecía que Fabian estuviera pensando qué palabras decir a continuación, así que Ryan le echó un cable:

—¿«Si no te gusta, ahí tienes la puerta»?

Fabian sonrió.

—Exacto. Si no eres capaz de aceptar que cree que el sexo es algo positivo y natural, entonces sal del grupo.

Ryan le dio vueltas a eso.

—No parece que tú te sientas tan cómodo como ella al hablar de esas cosas.

—Sí, sí. Bueno, es imposible sentirse tan cómodo como ella, pero, si estoy en la compañía adecuada, no me importa. Aunque soy consciente de que no todo el mundo se siente a gusto hablando de sexo, tanto si lo disfrutan como si no.

—Sí.

—Coincido con ella en que es algo natural. Creo que el sexo es divertido. Por lo menos, debería ser divertido.

A decir verdad, Ryan era incapaz de recordar la última vez que el sexo le había resultado divertido.

Las escasas veces que había practicado sexo en los últimos años había sido más o menos un acto de desesperación, sobre todo si había otra persona implicada.

Incluso con los hombres con los que había tenido una relación, el tema del sexo siempre había sido estresante para él.

La ansiedad que sentía por querer hacerlo bien, sus complejos con su cuerpo y el sentirse totalmente inseguro sobre qué decir o sobre qué quería de él su pareja siempre le habían puesto trabas.

Hacerse pajas siempre era más fácil. O, por lo menos, lo había sido hasta que había empezado a medicarse.

Pese a todo, Ryan seguía aferrado a la creencia de que el sexo podía ser divertido con la pareja adecuada. O si alguna vez conseguía liberarse de algunas de sus neuras. En conjunto, la idea del sexo le gustaba mucho.

—Estás callado —comentó Fabian—. ¿Me estoy portando como Vanessa ahora mismo?

—No. —Ryan chasqueó la lengua—. Es solo que me pierdo a menudo en mis pensamientos.

La noche era fría y había un viento fresco que aullaba entre el pasillo que formaban los edificios a ambos lados de la calle. Se notaba el peso ominoso de una tormenta a punto de empezar y Ryan confiaba en que esperase hasta que ambos estuvieran a resguardo.

—¿Tienes, eh…? ¿Estás…? —Ryan se maldijo en silencio por sonar tan estúpido, y luego lo intentó de nuevo—. ¿Hay alguien con el que… eh… estés? ¿Ahora?

Fabian movió las pestañas con gesto coqueto.

—Ryan Price, ¿me estás preguntando si tengo novio?

—No —respondió Ryan a toda prisa—. Es solo curiosidad. Nunca has mencionado a nadie, pero no estaba seguro.

—Ahora mismo no estoy con nadie. —Caminaron un minuto en silencio y luego Fabian añadió—: Nunca se me ha dado demasiado bien encontrar a hombres que me merezcan, como le gusta decir a Vanessa.

A Ryan no le gustaba la idea de que algún imbécil que no valorase a Fabian llegase a tocarlo.

—¿No? —le preguntó.

—No sé si te habrás dado cuenta —dijo Fabian con ironía—, pero digamos que me encanta ser el centro de atención.

Y obtengo un montón de atención, junto con una dosis saludable de adoración, por parte de mis fans.

Sé que puede sonar arrogante, pero es verdad.

Estoy seguro de que me entiendes, teniendo en cuenta quién eres.

—Más o menos. Supongo.

Ryan no estaba seguro de si su carrera en la NHL era la razón por la que algún hombre se había sentido atraído hacia él.

Su altura y el cuerpo musculoso que le había proporcionado el hockey sin duda habían influido, pero nadie con quien hubiera follado en su vida había mostrado especial interés por el hockey.

Es más, en muchos casos Ryan ni siquiera había comentado a qué se dedicaba.

—Muy bien. Entonces, no debería ser difícil encontrar a un tío a quien le encantara mi música y se muriera de ganas de follar conmigo.

—Claro. Fácil —dijo Ryan con tono seco.

Fabian le dio un golpe con el hombro.

—Oye, lo único que digo es que podría encontrar a un chico majo que ya estuviera medio enamorado de mí solo por haberme visto actuar en el escenario, pero tiendo a gravitar hacia hombres que no suelen tener interés en mí más allá de mi físico.

Hombres que suelen estar tan absorbidos por sus propios objetivos creativos que pasan por completo de los de todos los demás.

Lo único que quieren es follar conmigo y contarme su magnífica idea para una instalación artística o mostrarme las fotografías que hacen o quejarse de los editores que no comprenden por qué su libro es genial.

Ryan arrugó la frente.

—¿Y por qué ibas a querer estar con tíos así?

—¡No lo sé! —Fabian soltó una risa aguda y frustrada al decirlo—. Créeme, si lo supiera, dejaría de hacerlo.

—Deberías dejar de hacerlo.

­—Sí, gracias, «Vanessa». ¿Y qué hay de ti?

Ryan se quedó de piedra un momento y luego se esforzó por responder a Fabian.

—¿A qué te refieres?

—¿Tienes muchos groupies del hockey?

—Eh, no. La clase de tíos que me gustan… no suelen ser fans del hockey.

Se detuvieron en un cruce. Mientras esperaban a que el semáforo se pusiera en verde, Fabian se volvió para mirarlo a la cara.

—¿Y qué clase de tíos te gustan?

«Tú. Precisamente tú».

—Eh…

—Perdón. —Fabian retrocedió un paso y miró hacia la acera—. No es asunto mío. No voy a juzgarte, créeme. Tengo amigos a los que les va cualquier cosa que puedas imaginarte. Pero no tienes por qué responderme.

—No, está bien. No soy tan atrevido. Pero me gustan los hombres que son… lo contrario de mí, en pocas palabras.

Fabian se lo quedó mirando un instante, como si tratase de calcular qué sería lo contrario.

—Tipo ¿que abulten poco?

Ryan arrastró los pies con nerviosismo. Nunca había hablado con nadie de forma tan directa sobre sus gustos personales. Ni siquiera con sus anteriores parejas.

—Sí, más o menos. Y otras cosas.

El semáforo se puso en verde y cruzaron la calle. Cuando llegaron a la otra acera, Fabian retomó la conversación donde la había dejado.

—¿ Twinks ?

—No exactamente… Pero supongo que se acerca a eso. No me importa la edad. Ni siquiera que tengan un tipo de cuerpo concreto. Es más sobre… cómo se presentan, qué imagen dan.

—Vaya, ahora sí que estoy intrigado.

Ryan no podía creer que estuviera tratando de describir cómo era su chico perfecto a su chico perfecto.

—Vale. Te lo cuento: me gustan los hombres que digamos que miran lo que se supone que deberían ser los hombres y dicen: «a la mierda». Me gustan los hombres que tienen suficiente confianza para ser ellos mismos, aunque eso implique que mucha gente vaya a mirarlos raro.

Durante un rato larguísimo, que le resultó agónico, no hubo respuesta alguna.

Ryan estaba seguro de que había dicho una sarta de idioteces y de que Fabian se estaría preguntando por qué había dejado que un friki como ese lo acompañase a casa.

En realidad, Fabian esperó hasta que se acercaron a su calle para decir en una voz tan baja que Ryan apenas la oyó por encima del viento:

—Me encanta.

—¿Qué?

—Todo lo que acabas de decir. Perdona si parece que tiro de clichés, pero oír esas palabras viniendo de alguien como tú…

—¿Un jugador de hockey imbécil y grandullón?

Fabian negó con la cabeza, pero dijo:

—Puede. Aunque no eres imbécil. Ryan, no tienes ni un pelo de imbécil.

Pero ya sabes lo que pienso sobre los jugadores de hockey.

Sobre los obsesos del deporte en general.

Durante toda mi infancia siempre estaban por ahí en medio, invadiendo mi vida.

Mis padres ponían a los chicos así (mejor dicho, a los hombres así) en un pedestal.

Era superobvio cómo esperaban que fuera yo, y era imposible que yo fuese así.

Jamás. Y, en cuanto se dieron cuenta, dejaron de preocuparse por mí.

—Me fijé… —respondió Ryan.

Fabian le sonrió con tristeza.