Capítulo 11 #2
Fabian sonrió al público y tiró del hombro del jersey, que se le había resbalado por el brazo mientras tocaba, para recolocárselo.
Era tan guapo que Ryan se moría. Por mucho que le hubiera deslumbrado en el escenario del club en la actuación anterior que había visto, con el muro de sonido que había creado y el vestuario y la iluminación tan efectistas, había algo en este momento que hechizaba todavía más.
La intimidad de la sala —un público reducido, la luz cálida y el atuendo informal de Fabian— hizo que Ryan se sintiera especial, como si fuese uno de los elegidos que tenían permiso para ver actuar a un príncipe.
Por millonésima vez aquella semana, Ryan recordó el roce fugaz de los suaves labios de Fabian en su mejilla.
Había sido tan casto —nada, en realidad—, pero había copado los pensamientos de Ryan durante días.
¿Era posible que el corazón se quedara pillado por un capricho ridículo durante trece años?
Y, si era así, ¿por qué había elegido su corazón a alguien tan fuera de su alcance?
¿Por qué Ryan deseaba a alguien tan radicalmente incompatible con él?
Pero Fabian, por la razón que fuera, le daba a Ryan la impresión de disfrutar de su compañía.
No parecía darse cuenta de que el jugador se sentía atraído por la luz que Fabian irradiaba sin esfuerzo; o, si era consciente, no le importaba.
No sabía que, si se acercaba mucho, Ryan seguro que apagaría esa luz y lo arrastraría a las sombras con él.
Fabian tocó cuatro canciones y luego dio las gracias al público por escucharlo. Fue alucinante que le dedicaran un aplauso tan efusivo para tratarse de tan poca gente. Un par de minutos después, Fabian había vuelto a la mesa, con la funda del violín en la mano.
—No digáis nada —dijo—. No quiero oír ni una palabra.
—¿Eh…? —comentó Marcus fingiendo que estaba pendiente del móvil—. Perdona, no estaba prestando atención. ¿Ya has tocado?
Fabian puso los ojos en blanco.
—Qué capullo eres.
—Menudo bodrio —dijo Vanessa—. No puedo creer que nos hayas hecho venir para eso.
—Os lo juro, sois lo puto peor.
Miró a Rayn y este supo que tenía que decir algo, pero a Fabian se le había resbalado el jersey otra vez, de modo que se le veía todo el hombro. A Ryan le entraron ganas de hincarle los dientes.
—Sin palabras —dijo Fabian señalándolo con la mano—. Ahora Ryan es mi favorito.
—Ya lo sabemos —murmuró Marcus.
—Ha sido… —empezó a decir Ryan.
Fabian lo cortó.
—Increíble. Ya lo sé. Vamos a hablar de otra cosa. ¿Irás a bailar con nosotros el viernes?
A Vanessa se le iluminó la cara.
—¡Hey! ¡Sí! ¡Tienes que venir!
—En realidad, no puedo. —Miró a Fabian—. Lo siento. Hay una fiesta del equipo…, un cumple o algo así. Me enteré hace solo un par de días. Si no, iría con vosotros.
Fabian se quedó decepcionado de verdad al oírlo.
—Ah, vaya, pues qué mal. Si la fiesta es una mierda, anímate y ven a la disco. Sospecho que estaremos allí hasta que cierre.
—Muy bien. Vale.
Ojalá Ryan pudiera saltarse la fiesta. No quería ir a la puñetera casa de Dallas Kent.
No tenía el menor interés en celebrar el cumpleaños de ese tío.
Pero había prometido que ese año haría equipo, tanto dentro como fuera de la pista.
Saltarse la fiesta del jugador estrella no sería lo más acertado.
Seguro que era mejor así. Salir a bailar a una discoteca con Fabian y sus preciosos amigos sería una tortura.
Ryan ya se imaginaba cómo iría la noche: estaría todo el rato apoyado en la pared, tratando de pasar desapercibido.
No bailaría, se moriría de calor y estaría incómodo.
La música estaría demasiado alta. Fabian estaría en la pista de baile, frotando su ágil cuerpo contra algún otro hombre fabuloso.
Y entonces empezarían a tocarse, a besarse, y Ryan no podría apartar la mirada.
Y entonces Ryan tendría que volver a casa solo para hacerse una paja, que ni siquiera saldría bien.
Bah, a la mierda. Ryan podía hacerse pajas penosas sin tener que contemplar cómo Fabian seducía a otro hombre en la pista de baile.
Las otras personas que participaron en el micro abierto eran dos mujeres con guitarras, y ambas tenían talento, canciones interesantes y voces fuertes.
Pero Ryan empezó a agobiarse y le entraron ganas de irse.
De no ser porque le preocupaba parecer maleducado, se habría marchado en cuanto había actuado Fabian.
A cada minuto que pasaba, Ryan se sentía cada vez más sobrecogido por la sensación de estar fuera de lugar.
Ojalá pudiera encajar entre aquella gente creativa y resplandeciente, pero no era así.
Él era una nube oscura y ya era hora de alejarse flotando.
—Creo que me voy ya —dijo cuando la última artista bajó del escenario.
—Vaya —dijo Fabian—. ¿Te vas a casa?
—Sí. Pero gracias por invitarme. Me ha encantado volver a verte actuar.
Sin preámbulo, Vanessa le plantó una mano en la muñeca a Ryan.
—Espera. ¿Hacia dónde vas, Ryan?
—Hacia el sur.
—¡Ah, qué bien! Marcus y yo vamos hacia el norte, conque puedes volver con Fabian. No nos gusta que vuelva solo por la noche.
Ryan miró a Fabian, pero él estaba fulminando con la mirada a Vanessa.
—No hace falta, Ryan —contestó sin separar la vista de su amiga.
—No, está bien. Puedo acompañarte.
—¡Genial! —dijo Vanessa—. Fabian te lo agradece mucho.
Marcus resopló y Ryan no tenía muy claro por qué, pero de momento se alegró de poder concentrarse en la tarea noble y en absoluto sexual de asegurarse de que Fabian llegase a casa sano y salvo.