El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

Cuando Ryan llegó a la cafetería el lunes por la noche, no vio a Fabian por ninguna parte. Había un escenario minúsculo —era poco más que un rincón ligeramente elevado—, que estaba vacío salvo por un taburete y un micro de pie. Había algunos clientes en las mesas, pero la sala estaba muy tranquila.

A Ryan no le gustaba ni un pelo esa situación.

Quizá fuera buena idea escribir a Fabian para confirmar que la sesión de micro abierto era esa noche y que él iba a ir al final. Quizá Ryan se hubiera confundido de sitio. Quizá lo mejor fuera marcharse y pedir disculpas después si hacía falta.

Ay, dios. Ryan se había quedado ahí plantado, congelado, a la entrada de la cafetería, y ahora la gente lo miraba.

Tomó una decisión y fue al mostrador a pedir una bebida. Se sentaría y se quedaría un rato tomando algo y, si Fabian seguía sin aparecer, podría marcharse.

La camarera era una joven con un aspecto autosuficiente que ya le habría gustado tener a Ryan, pero le sonrió con calidez cuando se acercó a la barra.

—¿Has venido por la sesión de micro abierto?

—Eh, sí. Tenía miedo de haberme equivocado de sitio.

—No, no. Nunca hay mucha gente. Es lunes, ¿sabes?

—Ajá.

—¿Sales hoy al ruedo?

Por un momento, Ryan pensó que lo había reconocido y que le preguntaba por el partido de hockey. Entonces cayó en la cuenta de lo que le preguntaba en realidad.

—¿Yo? No, qué va. No, había venido a ver a… un amigo.

—Ah. ¿Qué te pongo?

Ryan pidió un té y le dio rabia no haberse dado cuenta de que en aquella cafetería también servían bebidas alcohólicas. Habría preferido una cerveza. Pero la camarera ya le estaba preparando un Orange Pekoe, así que no dijo nada.

Encontró una mesa vacía, se sentó y esperó mientras contemplaba cómo subía el vapor del té como si fuese lo más fascinante del mundo. Entonces recordó que llevaba un libro electrónico en el móvil y que podía ponerse a leer. Suerte que existían los libros.

Llevaba una media hora leyendo tan tranquilo cuando oyó la voz de Fabian a su espalda. Ryan se dio la vuelta y vio a Fabian con Vanessa y una tercera persona —un chico negro— que no le sonaba.

Fabian lo reconoció de inmediato y le saludó con la mano. Parecía que esa noche había llevado solo el violín.

—¡Has venido! —exclamó con alegría cuando llegó a su mesa. Se desplomó en la silla que había junto a Ryan mientras Vanessa y el otro chico iban a por sillas de otras mesas para sentarse con ellos—. ¿Llevas mucho rato esperando? Tendría que haberte avisado de que esto siempre empieza tarde.

—No pasa nada. Me he puesto a leer.

—Ah, genial. ¿Te acuerdas de Vanessa? Y este es Marcus, su compañero de piso y uno de nuestros mejores amigos. Marcus, te presento a Ryan.

Marcus le tendió la mano.

—Ay, me moría de ganas de conocerte, te lo juro.

Ryan le dio la mano con poco entusiasmo y Fabian le dio un golpe en el brazo a Marcus.

—No le hagas caso, Ryan. Solo quiere dejarme en ridículo.

Ryan intentó no pensar mucho en qué podía significar eso.

—Hay mucha menos gente que en tu actuación del otro día —comentó.

Se fijó en que Fabian iba vestido de manera muy informal: vaqueros, un jersey negro y solo un discreto perfilador de ojos. Cuando Fabian se inclinó hacia delante, Ryan vio que la clavícula asomaba por el cuello ancho del jersey.

—Bah, este local está muerto —dijo Fabian tan tranquilo—. Pero me gusta. Es un buen sitio para probar cosas nuevas.

—Estaría abarrotado si la gente supiera que él toca esta noche —dijo Vanessa.

—Si tú lo dices… —Entonces Fabian sonrió—. Bueno, sí. Probablemente. Pero la sala es muy pequeña.

­—¿Así que juegas con los Guardians? —preguntó Marcus.

­—Sí. Hasta nuevo aviso.

Era una broma que habría funcionado mejor en los círculos del hockey, pero Marcus sonrió con educación.

—Jugaste el sábado por la noche. En el bar en el que trabajo ponen los partidos de media tarde. No vi el final. ¿Ganasteis?

—Ganamos. Fue un buen partido.

—¿Qué tomas? —preguntó Fabian—. Invito a una ronda.

—Eh, un té.

—No voy a dejar que me invites a nada, Fabian —le reprendió Vanessa—. Siéntate.

—Voy yo a pedir —dijo Ryan—. Estaba pensando en pillarme una cerveza, y en el hockey pagan bastante bien, así que…

—Ya me lo imagino —dijo Marcus con ironía—. Me gusta tu nuevo amigo, Fabian.

Ryan se incorporó y Fabian se ofreció a ir con él. Ryan lo agradeció, porque le preocupaba olvidarse de lo que había pedido cada uno. Una vez lejos de la mesa, Fabian dijo:

—Discúlpalos. Digamos que… sentían mucha curiosidad por ver cómo eras.

—¿En serio? ¿Por qué?

Y, por un instante, pareció que Fabian iba a ruborizarse un poco.

—No lo sé. Supongo que porque saben lo que pienso de los jugadores de hockey y deben de pensar que es gracioso que… —Negó con la cabeza—. Bah, hacen el tonto. Les llamas la atención porque eres la novedad.

—Vale.

Pidieron las bebidas de los cuatro y Ryan pagó. Como todos querían cerveza o vino, no tuvieron que esperar mucho a que les sirvieran. Ryan cogió dos pintas de cerveza y estaba a punto de llevarlas a la mesa cuando Fabian le puso una mano en el brazo.

—Espera.

—¿Qué?

—Esto…, antes de que nos juntemos con esos dos idiotas, a los que quiero con locura, quiero darte las gracias por estar aquí. De verdad.

—Ah, de nada. Si te soy sincero, me hacía mucha ilusión.

Ryan contuvo la respiración y esperó la respuesta de Fabian. Había algo en la mirada de Fabian…, sorpresa, o tal vez confusión. Pero entonces sonrió y dijo:

—A mí también.

Ryan no tenía la menor idea de qué era aquello.

Casi parecía una cita, pero sería ridículo.

E imposible. A Ryan le gustaba pasar el rato con Fabian y le encantaba verlo actuar, pero alguien tan precioso y alegre como Fabian no cabía en el desgraciado mundo de Ryan.

Y seguro que Fabian se había ofrecido a hacerle de guía por el ambiente de Toronto porque era amable.

No significaba que deseara nada más con Ryan.

Llevaron las bebidas a la mesa y apenas se habían sentado cuando Vanessa comentó:

—Por cierto, Fabian, ¿has probado ya el vibrador?

Fabian casi se atragantó con el vino. Fulminó a su amiga con la mirada.

—Pero ¿a ti qué te pasa?

Su amiga extendió las manos.

—¿Qué? ¿Ahora nos da vergüenza hablar de vibradores? ¿Es que estamos en una reunión de la iglesia? Tengo que hacer una reseña de esa cosa para la página web.

—Podemos hablarlo más tarde.

Vanessa se dirigió a Ryan.

—Perdona. ¿Eres un adulto que sabe que existen los juguetes sexuales?

—Sí.

—Genial. Fabian, ¿has usado el vibrador?

Este negó con la cabeza despacio y entrecerró los ojos.

—Qué desubicada estás… No. No lo he probado, ¿vale?

—¡Bueno, pues hazlo! O busca a alguien con quien usarlo.

Inclinó la cabeza en dirección a Ryan de forma muy exagerada después de decirlo. Ryan miró la cerveza. Marcus se echó a reír.

—Bueno, ya vale —refunfuñó Fabian—. Voy a preguntar si puedo tocar el primero. Y vosotros dos portaos bien con Ryan.

Cuando Fabian se marchó, Ryan decidió que intentaría soltarse un poco.

—Entonces ¿haces reseñas de juguetes sexuales, Vanessa?

—¡Sí! Pero a veces tengo que encargárselas a otras personas cuando son para partes que no tengo. Muchas de las opiniones de clientes son anónimas, así que si alguna vez quieres…

—No, gracias… O sea… No se me daría bien.

Vanessa se encogió de hombros.

—La oferta sigue en pie. Tú avísame si te apetece. Es una forma genial de conseguir juguetes gratis.

—Eh, gracias.

—Ay, dios, no —dijo Fabian al volver a la mesa—. ¿Aún seguís hablando de juguetes?

—No pasa nada —se apresuró a decir Ryan—. Le he preguntado por su página web.

Fabian miró con sospecha a Vanessa, y luego debió de decidir que era mejor dejar el tema.

—Subo en un minuto. Rashka dice que solo hay tres personas apuntadas para esta noche.

El local se había llenado un poco desde que había llegado Ryan, pero seguía habiendo poca gente, de modo que Fabian sería capaz de distinguir todas las caras cuando estuviera en el escenario. A Ryan se le hizo un nudo en el estómago solo de pensarlo.

—¡Buena suerte! —dijo Vanessa—. Me muero por oír tus últimas creaciones.

Marcus se volvió hacia Ryan.

—La semana pasada desapareció por completo. A veces hace esas cosas. Le entra la inspiración y se pone en plan ermitaño.

—No estaba en plan ermitaño —protestó Fabian—. Doblé turno en la tienda, fui a ver un concierto e incluso hice la compra.

Marcus sacudió la mano.

—Anda, ve. Muéstranos los frutos de tu trabajo.

Fabian agarró el violín con mucho teatro y se dirigió con aire dramático al escenario. A Ryan le resultó curiosamente sexy.

Incluso con tan poco público y un material mínimo, Fabian llenaba el escenario por completo en cuanto se subía.

Dedicó unos segundos a prepararse y afinar el instrumento, conectó el móvil a no sé qué cacharro y luego hizo una señal con la cabeza a la camarera, Rashka, para que apagara la música que salía por los altavoces.

Se oyeron unos comentarios cuando cesó la música, seguidos de un silencio casi perfecto cuando Fabian se aproximó al micro.

Ryan pensaba que saludaría al público o presentaría la primera canción, pero en lugar de eso Fabian se puso a cantar, a capela. La primera nota sonó fuerte y clara; fue desconcertante. Y tal vez ese fuera el propósito; saltaba a la vista que Fabian sabía cómo captar la atención del público.

Tras una estrofa y un estribillo, entró el acompañamiento de una pista del móvil de Fabian, que empezó a tocar el violín.

No podía cantar y tocar al mismo tiempo, así que iba alternando entre voz y violín, como si mantuviera una conversación mágica con su instrumento.

Ryan tuvo la sensación de que no le había latido el corazón ni una sola vez en toda la canción.

—¿A que es flipante? —le susurró Vanessa cuando terminó la pieza.

—Sí —dijo Ryan como un bobo.