Capítulo 10
Ocurrieron dos cosas interesantes relacionadas con el partido de Ottawa.
Una fue que el entrenador Cooper había anunciado que Wyatt estaría en la portería porque el portero estrella de los Guardians, Anders Nilsson, necesitaba descansar, y, la verdad, Ottawa tenía un equipo penoso.
De hecho, el entrenador había descrito las habilidades del equipo con un lenguaje muy vulgar y homófobo que Ryan trataba de olvidar.
La otra cosa interesante fue que se trataba de la primera vez que Toronto jugaba contra Ottawa desde que la antigua superestrella de Boston, Ilya Rozanov, hubiera firmado contrato con ese equipo durante el verano.
El primer tiempo apenas había llegado al minuto cinco cuando Rozanov comenzó a picar a Dallas Kent. Ambos jugadores eran famosos por su lengua viperina tanto como por sus dotes para marcar goles, pero ninguno sabía cómo terminar lo que empezaba. Eso era tarea de Ryan.
Rozanov le había dado un empujón muy descarado a Kent durante un bloqueo. Los árbitros no se habían dado cuenta o habían decidido hacer la vista gorda. Ryan patinó hasta donde las dos superestrellas estaban gritándose y apartó a Rozanov de Kent con un empujón bastante flojo.
Rozanov se dio la vuelta y sonrió a Ryan como si estuviera encantado de verlo.
—¡Price! Menos mal que has venido. Este duende me está molestando.
Ryan apretó los labios. «Duende» era una descripción bastante precisa y divertida de Dallas Kent.
—¡Cómeme la polla, Rozanov! —masculló Kent.
Rozanov hizo una mueca.
—No, gracias. Ya te gustaría.
A su espalda, Ryan oyó que Wyatt soltaba una risotada. Ryan se volvió hacia él y negó con la cabeza.
—¡Perdón! —Wyatt levantó el guante gigantesco—. Perdón. No debería reírme.
Tanto Rozanov como Kent habían vuelto patinando a sus respectivos banquillos, así que Ryan le dijo:
—No des bola a Rozanov.
—Es que me vuelve loco…
Ryan no tenía nada en contra de Rozanov.
Había jugado con él en Boston —de hecho, había ganado la Copa Stanley con él— y, aunque no es que hubieran sido amigos precisamente, Rozanov siempre había sido medio amable con él.
No se parecía en nada a Ryan —era descarado y tan seguro de sí mismo que resultaba prepotente—, pero Ryan lo respetaba.
Pese a que Rozanov y Kent estuvieron picándose durante todo el partido, el encuentro fue bastante relajado para Ryan.
Divertido, incluso. En el equipo de Ottawa no había ningún follonero de los plastas, así que sabía que era poco probable que tuviera que acabar dándose de guantazos.
Se pasó la mayor parte del tiempo apartando a los jugadores de Ottawa de los de Toronto después del silbato y charlando con Wyatt.
Y, por raro que pareciera, con Rozanov.
—¿Qué tal con los Guardians? —le preguntó Rozanov durante un descanso en el segundo tiempo.
—No está mal.
—Aunque es una mierda que tengas que jugar con Kent.
Ryan no respondió a eso.
—¿Y qué tal Ottawa?
—No es tan mal equipo como pensaba.
Ryan creía que Ottawa no pegaba para nada con Rozanov.
Se había sorprendido tanto como el que más cuando Ottawa había anunciado que Rozanov había entrado en el equipo en julio.
Ilya Rozanov era escandaloso y descarado, un notas, con su colección de coches deportivos europeos y su reputación de mujeriego.
A Ryan le habría encajado más que fuera a un sitio tipo Nueva York o Los Ángeles, o quizá Florida, pues un jugador con tanto talento como Rozanov podía elegir con quién firmar contrato.
Ottawa parecía una opción inesperada y desconcertante.
En el tercer tiempo sucedió algo increíble: Ryan marcó un gol.
Había llevado el puck hasta la línea azul y, al no ver ninguna opción mejor, se había limitado a lanzarlo hacia la red, con la esperanza de que alguien aprovechara el tiro y lo recogiera.
Pero el portero de Ottawa estaba despistado y el puck había acabado colándose por encima de su hombro y había dado en la parte posterior de la portería.
—¡Hostia puta, Price! —exclamó Rozanov cuando Ryan pasó patinando por delante del banquillo de Ottawa—. ¡No sabía que supieras marcar!
Ryan se mordió el labio, pero no pudo ocultar la sonrisa tontorrona que se dibujó en su cara.
Solo había metido un puñado de goles en toda su carrera en la NHL , así que cada gol que marcaba era muy emocionante.
Cuando llegó al banquillo de su equipo lo recibió un coro de «¡Así se hace, Pricey!
» y «¡Menudo gol, Pricey!». Mientras se sentaba, pensó que seguro que mostraban un primer plano de su cara en la transmisión en directo del partido. Intentó poner cara de interesante.
El partido acabó 5-2 con victoria para Toronto y los jugadores tuvieron el tiempo justo de ducharse y ponerse el traje antes de coger el avión a Montreal.
A Ryan no le gustaban un pelo los días que implicaban dos vuelos y un partido, pero en realidad casi era mejor sacarse de encima el vuelo ya en lugar de pasarse la noche en vela preocupado por eso.
Además, no entendía por qué los equipos tenían que volar de Ottawa a Montreal. Se podía ir en coche perfectamente.
Cuando por fin se desplomó en la cama del hotel de Montreal, estaba agotado física y mentalmente.
A diferencia de Ottawa, Montreal tenía un equipo muy bueno, gracias en parte a su jugador estrella, Shane Hollander, que había empezado la temporada como un titán.
Sería mejor que Ryan descansara todo lo posible antes del partido de la noche siguiente.
Pero vio que tenía un mensaje en el móvil.
Era de Fabian.
Fabian: ¡Has marcado un gol!
Ryan comprobó dos veces que se trataba de un mensaje de Fabian. No se lo creía… Porque no tenía sentido que hubiera visto el partido. Entonces, Ryan contestó:
Ryan: ¿Has visto el partido?
Fabian: Estaba en un bar porque iba a ver la banda de un amigo tocar y tenían el partido puesto.
Ryan: ¿Y lo has visto?
Fabian: No todo. Pero he distinguido un jersey azul en el que ponía «Price», así que lo he visto un rato.
Ryan sonrió y respondió:
Ryan: ¿Y salía bien?
Se arrepintió de haberlo preguntado, pero antes de que pudiera borrarlo Fabian empezó a teclear la respuesta. Las palabras tardaron una eternidad en aparecer en la pantalla de Ryan.
Fabian: En general, salías enano. Pero sacaron un primer plano en el que parecías, rollo…, concentrado. Y sudado.
Vaya. Ryan no tenía ni idea de qué responder a eso. Pero Fabian añadió:
Fabian: Estabas guapo.
Y puso un emoticono de una cara guiñando un ojo.
Ryan resopló y escribió:
Ryan: Si tú lo dices.
Fabian: Sí que lo digo. Y entonces vi que marcabas un gol. Creo que es la primera vez que me emociono con algo relacionado con el hockey.
Ryan: Me encanta ser el primero.
Ay, dios. Pero ¿qué cojones, Ryan? ¿Qué tenía Fabian que sacaba la parte juguetona de Ryan? Él nunca se mostraba juguetón.
Fabian: ¿Dónde estás?
Ryan: En Montreal. Hemos volado justo después del partido. Mañana tenemos otro.
Fabian: Por lo menos ya te has librado del vuelo.
Ryan: Sip. ¿Dónde estás tú?
Fabian: En casa. Intentaba sacar una canción.
Ryan: Es tarde.
Fabian: Ya. Pero no podré dormir hasta que liquide esto.
Ryan sonrió y le entraron ganas de poder ver a Fabian en ese momento. Se lo imaginó despeinado de tanto pasarse los dedos por el pelo mientras se concentraba. Tal vez llevara puesto el pijama o ropa cómoda.
Ryan: No te quedes hasta muy tarde. Nos vemos el lunes, ¿vale?
Fabian: OK, superestrella.
Ryan tomaba el té igual que lo hacía su madre: té negro Orange Pekoe con un chorrito de leche. Por desgracia, en esa habitación del hotel de Columbus solo tenían leche en polvo para el café, así que el té sabía a rayos.
Se sentó en la punta de la cama y se quedó mirando la pared mientras trataba de asimilar todo lo que acababa de comentar en la sesión por Skype con su psicóloga.
O, lo que era más importante, lo que no había comentado con ella.
Como el hecho de que le hubieran flaqueado las rodillas cuando Fabian le había rozado los nudillos magullados con sus delicados dedos.
Seguro que tenía más que ver con cuánto hacía desde la última vez en que un hombre había tocado a Ryan, pero, joder, le había afectado mucho.
Y luego estaba el beso casto que Fabian le había dado en la mejilla la semana anterior, que Ryan habría jurado que todavía notaba en la piel.
También podría haberle hablado de que estaba experimentando un auténtico deseo sexual por primera vez en muuucho tiempo.
O el hecho de que, por mucho que le gustaba imaginarse que tumbaba a Fabian sobre la montaña de ropa que había extendida por todo el colchón de su encantador pisito y que besaba su elegante cuello, Ryan se sentía demasiado inseguro para lanzarse a tener un momento de intimidad con nadie.
Tendría que haber hablado de esas cosas, sí, pero no podía.
Le daba mucha vergüenza entrar en esos temas, incluso con una terapeuta profesional.
Así que, cuando la psicóloga le había preguntado si había algo más de lo que quisiera hablar, se había limitado a responder: «Pues no. Creo que eso es todo por hoy».
Cobarde.
Fabian no le había escrito desde su breve conversación en Montreal unas noches antes, lo cual no le sorprendía. A decir verdad, lo sorprendente era que hubiera escrito a Ryan en algún momento. ¡Que hubiera visto a Ryan jugar al hockey!
Ryan cogió el móvil, por si acaso.
Tenía un mensaje, pero era de Wyatt.
Wyatt: Es increíble que tengamos un día libre y sea en Columbus.
Ryan: ¿Aburrido?
Wyatt: ¿Sabías que aquí hay un Salón de la Fama del Drenaje?
Ryan se rio y escribió:
Ryan: Aunque me han contado que las tuberías están un poco atascadas últimamente.
Wyatt no respondió de inmediato y Ryan empezó a temer que no hubiera pillado la broma.
Wyatt: Pues a ver si las desatascamos. Y sale algo…
Ryan: Oye, ahora en serio, ¿qué plan tienes para hoy?
Wyatt: Pues mi plan era hacer cualquier cosa menos eso. ¿Pillamos algo de comer?
Ryan: ¡Sí!