El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—¿Qué tal son tus padres? —preguntó Fabian—. Me refiero a si te llevas bien con ellos. Nunca llegué a conocerlos.

—Son geniales —dijo Ryan con sinceridad—. No voy a su casa tanto como les gustaría, pero nos llamamos a todas horas.

—Me alegro. Entonces, saben que eres gay, ¿no?

—Sí, lo saben. Creo que les sorprendió bastante cuando se lo conté, pero lo llevan bien. O sea, mi padre nunca habla mucho, pero…

—¿Me estás diciendo que tu padre es un hombre callado, Ryan? No me lo puedo creer.

Ryan se rio.

—Al lado de mi padre, soy una cotorra. Colleen, mi hermana, puede que se emocionara demasiado al enterarse. Es como si tener un hermano gay fuera lo más interesante que le ha pasado o algo así.

—Aunque tiene un punto tierno, ¿no? —dijo Fabian—. ¿Tu padre también jugaba al hockey?

—No. Creo que jugó un poco, pero era boxeador. De los buenos. Uno de los boxeadores de primera categoría en Canadá en su época. Ahora tiene un gimnasio pequeño en Ross Harbour, donde da clase a críos.

—¿Así aprendiste a pelear?

Ryan se encogió de hombros.

—Me enseñó lo básico. Nunca fue mi pasión y creo que él lo sabía. Aunque lo que aprendí me ha sido útil, desde luego.

Se quedaron un momento callados y entonces Fabian dijo:

—Este año iré a casa en Navidad. No siempre lo hago, pero he pensado que, con el embarazo y tal, supongo que debería ir.

­—Yo no suelo ir a casa de mi familia en Navidad —dijo Ryan—. Me sabe mal, pero es mucho viaje para dos días, ¿sabes?

—Sobre todo si aborreces volar.

—Sí… —Ryan no quería hablar de vuelos. De momento, estaba más tranquilo que nunca para ser la víspera de un viaje. Quería que la cosa siguiera así—. Bueno, ¿adónde me llevas?

—¿Qué quieres ver? Hay una librería muy guay en la siguiente manzana y una tienda de discos. Y una manzana más allá hay una coctelería pequeña genial; no es que quiera ser mala influencia…

Ryan chasqueó la lengua.

­—Lo siento, pero tengo partido mañana por la noche.

—La próxima vez.

Le gustó cómo sonaba ese «la próxima vez».

—Claro. ¿Y si echamos un vistazo a la librería?

Fabian le sonrió.

—Se me había olvidado que te molaban tanto los libros. Te encantará ese sitio. Está especializado en literatura queer y en ensayo político, pero tienen un poco de todo. Y el personal es superalucinante. Y otro día te llevaré a la tienda donde trabaja Vanessa. Ahora está cerrada, pero es una pasada.

—¿También es una librería?

—Tienen algunos libros, pero sobre todo es una sex-shop . Pero, tipo, una que promueve el sexo de buen rollo y está dedicada a la comunidad queer . Vanessa lleva años trabajando allí. Creo que hay gente que piensa que es la dueña.

—Ah.

Ryan iba muy poco a sex-shops . Bueno, nada, la verdad. El único juguete que tenía lo había comprado por internet, y el resto de cosas que necesitaba las compraba siempre en farmacias.

—Tienen de todo. Habla con Vanessa. Tú pide por esa boquita y ella te lo dará —dijo Fabian con total naturalidad, como si hablara de una tienda de material deportivo. Desde luego, Ryan no pensaba «pedir por esa boquita» a Vanessa nada que pudiera necesitar—. Mira, aquí está la librería.

Se pasaron una media hora fisgando por la tienda, que parecía tener también un espacio para charlas y talleres de la comunidad. Había pósteres por todo el establecimiento donde se anunciaban los siguientes eventos. A Ryan le gustó y se dijo que volvería pronto.

Al salir, se pusieron a pasear por el extremo más al norte del Village, cruzaron la calle y volvieron por el otro lado hacia el edificio donde vivía Ryan.

Fabian iba señalando los bares, tiendas y restaurantes que le gustaban mientras caminaban y charlaban.

Fue una de las veladas más entretenidas que había pasado Ryan.

Cuando llegaron a su edificio, sintió la inoportuna necesidad de darle a Fabian un beso de buenas noches. O de invitarlo a subir.

—Entonces ¿te pagan bien en el hockey? —preguntó Fabian de improviso mientras contemplaba la reluciente torre en la que vivía Ryan.

—El sueldo no está mal —murmuró Ryan avergonzado.

En un mundo perfecto, Fabian estaría ganando al menos tanto dinero con la música como Ryan jugando al hockey.

—Me lo he pasado bien —dijo Fabian—. Me alegro de que hayamos retomado el contacto.

—Yo también —dijo Ryan.

Dios, qué largas tenía las pestañas Fabian. Con maquillaje o sin él, era espectacular.

—¿Sabes qué? —comentó Fabian, y sus labios dibujaron una sonrisa seductora y juguetona que excitaba y a la vez aterrorizaba a Ryan—. De todos los jugadores de hockey que vivieron con nosotros, tú eras mi favorito.

Ryan resopló.

—Era el mejor de los peores, ¿no?

—Uy, sí. De lejos.

—Me gustó vivir con tu familia. Con… tigo.

­—¿De verdad? —Fabian estaba tan cerca que a Ryan le dio miedo que pudiera oír el bombeo de su corazón—. ¿Cuándo vuelves a la ciudad?

—El viernes que viene. Juego un partido el sábado por la noche.

—Hay una sesión de micro abierto los lunes en el Indigo Café, te lo he comentado durante el paseo, y tengo intención de tocar el lunes después de que vuelvas. Me gustaría probar alguna de las canciones nuevas.

—¿Me estás invitando?

La sonrisa juguetona reapareció.

—Estoy dejando caer la información con la esperanza de que vayas. No se me ocurriría «invitarte» a verme tantear el terreno del nuevo material. Sería maleducado.

Ryan se echó a reír.

—Allí estaré.

—Si cambias de opinión, no me ofenderé.

Y entonces Fabian estiró el cuerpo y le dio un beso a Ryan en la mejilla. Lo pilló tan desprevenido que se limitó a quedarse ahí como un pasmarote, sin darse cuenta apenas de qué sucedía hasta que hubo terminado.

—Buenas noches, Ryan.

Fabian se dio la vuelta y se marchó tan rápido que Ryan solo tuvo tiempo de murmurar «buenas noches» a su espalda cada vez más alejada mientras se acariciaba el punto donde lo había besado Fabian.