Capítulo 9 #2
Hasta que se sentaron en una mesa recogida en un rincón del restaurante de ramen, Fabian no se dio cuenta de que podía parecer que acababa de proponerle una cita a Ryan.
O, por lo menos, que a Ryan podía darle la impresión de que aquello era una cita.
En realidad, Fabian solo quería ramen y conversación.
Y sí. Le gustaba mirar a Ryan.
Ryan, que estaba estudiando la carta como si fuesen a hacerle un examen, no miraba a Fabian ni un segundo. Incluso en la cafetería, Ryan le había parecido cansado. O quizá estresado. Ahora parecía que se arrepintiera de haber decidido ir con Fabian a otro sitio.
—Oye —dijo Fabian en voz baja, como si Ryan fuera a asustarse si hablaba demasiado alto—. Si no quieres comer aquí, no voy a ofenderme. Era solo una propuesta.
Al final, Ryan levantó la mirada de la carta.
—¡No! No, está bien. Es que…, ¿qué sueles pedir aquí?
—Siempre me pido el tonkotsu ramen, porque dejan el caldo haciéndose un siglo. Tipo, nunca hiervo huesos en casa durante horas. Y está riquísimo.
Ryan cerró la carta.
—Vale.
—Pero —dijo Fabian a toda prisa— tienen un montón de cosas. Algunos platos de ramen llevan ternera, otros marisco, y algunos llevan caldo picante, si lo prefieres.
—El primero que has dicho está bien.
Se quedaron un momento en silencio y entonces Ryan empezó a tamborilear con los dedos en la mesa. Paró cuando el camarero fue a tomarles nota. Fabian fue el primero en pedir y luego Ryan gruñó:
—Yo tomaré lo mismo.
En cuanto el camarero se marchó, Ryan se puso a dar golpecitos con los dedos otra vez. Al final, Fabian le preguntó:
—¿Estás bien?
Ryan dejó de tamborilear y apartó la mano de la mesa para ponérsela sobre la pierna.
—Perdón.
—Pareces nervioso por algo. Espero que no sea por mí.
Ryan hizo una mueca.
—No. Tengo que montarme en un avión mañana. Es por eso.
Fabian se sorprendió.
—Pero ¿no vas en avión, tipo, todos los días?
—Bastante a menudo, sí. Sería lógico que a estas alturas me hubiera relajado un poco, ¿no?
—¿Te da miedo volar?
Ryan asintió.
—Desde siempre. Confiaba en que la cosa mejorara, pero…
—Entonces, vuelas un millón de veces al año y ¿te mueres de miedo cada vez que subes al avión?
Ryan dio golpecitos con el dedo a la pieza de cerámica para apoyar los palillos.
—Sip…
Fabian sintió ganas de poner la mano en el brazo de Ryan, o quizá de tocarle la mano por debajo de la mesa. No hizo ninguna de las dos cosas.
—Joder, vaya mierda.
—Es una tontería, ya lo sé. No hay motivos para que me ponga… así. Pero no lo puedo evitar.
—¿Hay algo que puedas tomar para aliviarlo? ¿O has probado, yo qué sé, la hipnosis?
Fabian sintió vergüenza. La verdad era que estaba hablando por hablar, porque no tenía ni idea del tema.
Pero Ryan asintió.
—Lo he probado prácticamente todo. No es solo volar. Es que…
Pareció que elegía a conciencia las siguientes palabras, pero, antes de que pudiera pronunciarlas, el camarero regresó con vasos de agua para los dos. Cuando se marchó, al parecer Ryan había decidido cambiar de tema.
—¿Por qué no me hablas de tus bares favoritos del Village?
Fabian se quedó decepcionado, pero podía servir de distracción si eso era lo que necesitaba Ryan. Se lanzó con una descripción animada y probablemente demasiado detallada de la clase de hombres que se podía encontrar en cada uno de los bares.
La conversación continuó hasta que llegó la comida y aún más. Mientras le hablaba a Ryan de uno de los pubs que solía poner partidos de hockey en pantallas grandes, descubrió que no le gustaba especialmente la idea de que Ryan se enrollara con otros tíos. Pero era ridículo.
Continuó con el discurso.
—Así que, si buscas tíos mayores, o tíos que vayan del palo más —señaló en dirección a Ryan— masculino, o lo que sea, ese es un buen sitio.
Ryan se metió en la boca un montón de fideos sorbiendo y luego dijo:
—Me gusta el rollo tranquilo. Pero la verdad es que esos hombres no son mi tipo.
Fabian subió las cejas al instante.
—Bah, en realidad da igual —se apresuró a decir Ryan—. En realidad, tampoco ligo. Para nada.
—Espera un momento. ¿Nunca?
Fabian se quedó intrigado.
—Es que… ¿no te va el sexo de una noche? ¿O el sexo en general? Si es así, me parece estupendo. Tengo amigos que…
—Me gusta el sexo —contestó Ryan, esta vez mirando a Fabian directamente a los ojos. Había una intensidad en ellos que hizo que le diera un vuelco el estómago.
—Ah. Entonces…
—Es solo que se me da mal hablar con la gente.
Fabian le dio un golpe en el pie por debajo de la mesa.
—Pues a mí no me parece que se te dé tan mal. Me gusta hablar contigo. Si esto fuera una cita, diría que estaba yendo muy bien.
Ryan volvió a mirar la sopa.
—Gracias.
Comieron un rato en silencio y Fabian empleó el tiempo en recapitular la información nueva que había obtenido sobre Ryan.
Le gustaba el sexo, pero no follaba a menudo, no salía mucho y ¿tal vez no le gustaban los tíos de aspecto más masculino?
En realidad, eso último tenía sentido, dado que saltaba a la vista que a Ryan le había gustado el despampanante look de Fabian para la actuación de la otra noche.
A Fabian no le gustaba un tipo concreto de persona.
De hecho, le parecía una locura que apenas una semana antes se hubiera despertado con Claude en su cama.
Y ahora estaba cenando con un chico que era todo lo contrario de Claude en casi todos los sentidos.
Fabian encontraba atractivos a los dos, pero sin duda tenía más en común con Claude.
En teoría, Fabian no habría tenido mucho de lo que hablar con Ryan.
—¿Te gusta bailar? —preguntó Fabian.
—Más o menos. No se me da bien y suelo sentirme imbécil cuando bailo, pero a veces me gusta.
—Mis colegas van a salir para celebrar el cumpleaños de Tarek dentro de un par de semanas. Será divertido. ¿Por qué no vienes?
Ryan frunció el ceño.
—¿Yo?
—¡Sí! —La idea no era tan mala, ¿no?—. Iremos a Force, que es la discoteca gay más grande que hay por aquí. Ponen la música a tope y siempre está a petar, pero te garantizo que verás tíos buenos de todos los colores. Y, si no te apetece bailar, no pasa nada, pero ven de todos modos.
—Eh, puede.
—Te lo recordaré cuando falte menos para la fecha. Hace mil años que no voy a Force. Me muero de ganas.
—Me apuesto a que sabes bailar —dijo Ryan.
—Uf, bailo mejor que nadie. Soy alucinante. Espera y verás.
Ryan se echó a reír.
—Siempre he admirado tu confianza en ti mismo.
—¿En serio? ¿Incluso cuando era una mierdecilla de adolescente gruñón?
—Sí —dijo Ryan serio—. Incluso entonces.
—Ah.
Esas palabras conmovieron de corazón a Fabian. No pensaba que fuera especialmente digno de admiración cuando era adolescente.
—¿Se supone que hay que comerse todo lo que hay en el cuenco? —preguntó Ryan. Saltaba a la vista que quería cambiar de tema—. Todavía me queda un montón de maíz.
—Creo que solo los comedores de ramen más experimentados dejan el cuenco limpio —dijo Fabian—. Por cierto, ¿qué habías pensado hacer esta noche?
Ryan dejó los palillos en la mesa y apartó el cuenco.
—Ir a casa. Descansar para mañana.
—¿De verdad vas a descansar o vas a empezar a preocuparte por el vuelo en cuanto te quedes solo?
Ryan suspiró.
—Supongo que lo segundo.
—Bueno, entonces… —Fabian se inclinó hacia él— ¿qué te parece si te distraigo un rato más?
Vale. Podía admitir que eso era tirar la caña en toda regla, pero no implicaba necesariamente que fuera a pasar… nada más.
Ryan dejó la boca abierta un instante y luego dijo:
—¿Distraerme cómo?
—Bueno, podríamos salir del restaurante. Podría enseñarte el barrio. Seguro que te hace falta un poco más de ejercicio, ¿a que sí? —bromeó Fabian.
No tenía la menor idea de por qué hacía eso. Debería dejar que Ryan volviera a su vida mientras él iba a casa y acababa de componer esas canciones. Ya le había robado un montón de tiempo a Ryan.
—Claro —dijo el jugador con los labios torcidos en una de sus adorables sonrisas tímidas—. Un paseo suena bien.
El sol estaba a punto de ponerse cuando Ryan y Fabian salieron del restaurante. Caminaron hacia el norte, por Church Street, ambos con las manos en los bolsillos de los abrigos. Ryan sabía que aquello no era una cita, pero, si lo fuera, sería la mejor que había tenido nunca.
—¿Qué tal tu familia? —preguntó—. Madre mía, Amy debe de estar enorme.
—Tiene dieciocho —confirmó Fabian—. Acaba de empezar la uni.
—Qué locura —dijo Ryan—. Solo me la imagino con cinco años. ¿Y qué tal Sonia?
La hermana mayor de Fabian había sido la estrella del hockey de la familia.
No vivía en casa de sus padres cuando Ryan se había alojado allí, pero a menudo se sumaba a las cenas familiares e incluso iba a veces a hacer la colada.
La mayor parte de la gente diría que Fabian y ella eran polos opuestos, pero Ryan pensaba que en realidad se parecían mucho, pero para cosas distintas.
Ambos eran seguros de sí mismos, de opiniones fuertes y con un talento descomunal.
Por desgracia para Fabian, el talento de Sonia era el único que se celebraba en el hogar de los Salah.
—¿Estás preparado? Pues agárrate, porque Sonia está casada y embarazada.
—Guau, ¿en serio?
—Sí. Lo anunció el mes pasado. Ahora también es entrenadora de hockey, lo cual es brutal: una mujer embarazada detrás del banquillo.
Ryan sonrió al imaginárselo. Era cierto que sonaba alucinante. Y se imaginaba a Sonia retando a cualquiera a insinuar que ella no debería estar allí.
—Qué guay. ¿Y qué tal tus padres?
—Están bien. Mi padre aún es entrenador. Y mi madre sigue trabajando. No hablo mucho con ellos. No es que estemos peleados ni nada. Es que… no tenemos mucho que decirnos, supongo.
A Ryan no le sorprendió. Joe y Maya Salah siempre se habían mostrado un tanto desconcertados con su hijo. Ryan estaba seguro de que esperaban estar criando a una futura estrella de la NHL y en lugar de eso había salido… Fabian.