El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

Resultó que la música de Fabian estaba disponible online.

Ryan lo había descubierto el jueves después del espectáculo de Fabian, y al instante había comprado y descargado todo lo que había encontrado.

Se había pasado casi todo el día escuchándolo en bucle.

Cuando, a última hora de la tarde, había decidido que era imprescindible salir a comprar algo de comida para cenar, se puso los auriculares para poder seguir escuchando música mientras iba a la tienda.

Se concentró en los detalles virtuosos de la música de Fabian, que proporcionaba una banda sonora muy agradable para aquel bonito día otoñal en Toronto.

Desde el final del partido que había jugado la noche anterior, Ryan había ido entrando sin querer en el modo pánico prevuelo que solía acecharlo.

El vuelo a Ottawa sería pan comido —aterrizarían casi en cuanto hubieran alcanzado la altitud de crucero—, pero aun así implicaba despegar, aterrizar y una cantidad impresionante de espacio entre el avión y el suelo entre una cosa y otra.

Que era justo la clase de cosa en la que no debería estar pensando en esos momentos.

Trató de concentrarse en las alegres banderas arcoíris que decoraban casi todos los establecimientos de esa parte de Church Street y se alegró la vista con los hombres atractivos que había por todas partes.

Hombres que se daban la mano a la vista de todo el mundo, sin miedo, y sí, sintió que estaba en un buen sitio.

Por lo menos, aquí Ryan se sentía un poco más cómodo.

Por supuesto, la mera idea de hablar con uno de aquellos muchos hombres atractivos (y ya no digamos, uf, llegar a tontear con ellos) hacía que a Ryan le entrasen ganas de hacerse un ovillo. Aunque claro, el ovillo seguiría siendo inmenso y, sin duda, llamaría la atención en la ajetreada acera.

«Cosas buenas. Concéntrate en cosas buenas».

El té era algo bueno. Un chai latte con hielo era algo aún mejor, así que Ryan decidió entrar en la cafetería de aspecto moderno por la que casi había pasado de largo.

Había dos personas en la cola delante de él, de modo que Ryan miró la carta y se aseguró de que hacían chai latte con hielo.

Ensayó mentalmente cómo pediría. El hecho de pedir comida siempre era lo que más vergüenza le daba; solía ponerse a tartamudear y a veces se confundía de plato o pedía lo primero que veía.

Si quien le atendía le recomendaba algo, se lo pedía, aunque no le apeteciera.

Pero, a ver, incluso él era capaz de pedir un puto latte .

Cuando llegó al mostrador, el camarero mono le sonrió.

—Hola. ¿Qué tal llevas el día?

—Chai… O sea, bien. Estoy bien.

«Vamos, Ryan».

—¿Qué te pongo?

—Eh. Esto, el… chai latte . Pero con hielo.

—¿Un chai latte con hielo? ¿De qué tamaño?

—Ah. —Ryan volvió a mirar la pantalla, donde salían dos precios junto al chai latte con hielo, pero sin indicar tamaño—. El, eh…

El empleado le mostró dos vasos de plástico de diferentes tamaños para ayudarle.

—Mediano y grande.

Ryan señaló el de mayor capacidad.

—El grande. Gracias.

Pagó con tarjeta con el contactless , porque le encantaba usar ese mecanismo. De hecho, le encantaba cualquier cosa que sirviera para acabar antes una transacción. Eligió la propina más elevada de las propuestas, como siempre.

—Puedes esperar allí, al final del mostrador. En un minuto lo tienes. ¡Gracias!

Ryan agradeció la indicación. Aborrecía no saber dónde ponerse. Encontró un hueco donde no quedaría demasiado en el paso y esperó.

—¿Ryan?

Ryan miró primero al mostrador, pensando que ya le habían preparado el té. Pero no había dicho su nombre, así que era imposible. Menuda ocurrencia. Entonces se volvió hacia las mesas de la cafetería y vio a Fabian.

—¡Me ha parecido que eras tú! —exclamó Fabian sonriéndole de oreja a oreja.

—Pues sí. Hola.

«Dios mío, qué casualidad, ¿no?».

—¿Un chai latte grande con hielo? —preguntaron desde el mostrador.

Ryan se dio la vuelta y recogió la bebida del mostrador. Cuando se dirigió de nuevo a Fabian, este le hizo un gesto para que se acercara.

—Ven a sentarte. A menos que tengas prisa.

Ryan se abrió paso como pudo por el estrecho hueco que quedaba entre las mesas hasta llegar donde estaba Fabian.

Había un cuaderno abierto en la mesa, delante de él, con las páginas llenas de garabatos en lápiz.

También había hojas sueltas con partituras escritas a mano.

Fabian lo ordenó todo en una pila mientras Ryan se sentaba en la silla que tenía enfrente.

—Buena elección —comentó Fabian señalando la bebida con la cabeza.

Ryan no respondió. Se había despistado por completo con la cara de Fabian.

A diferencia de las otras dos veces en que se habían visto, hoy Fabian no llevaba maquillaje.

Por lo menos, no que Ryan notase. Tenía el pelo metido en un gorro de lana negro y una barba corta y oscura le cubría la mandíbula.

Parecía muy distinto, pero igual de hermoso.

Sus ojos marrón oscuro seguían enmarcados por esas mismas pestañas largas y pobladas que habían fascinado a Ryan de adolescente.

Sus labios carnosos se torcían en una sonrisita juguetona.

Seguro que era porque Ryan lo estaba mirando fijamente.

—Perdón —dijo Ryan—. ¿Qué?

Fabian sacudió la mano para restarle importancia y Ryan se fijó en el pintauñas azul oscuro.

—Nada. ¿Qué te cuentas hoy?

—Iba al súper. Quería comprar algo para cenar, nada más.

—Ah. Uf, yo debería hacer lo mismo.

—¿Qué es todo esto? ­—preguntó Ryan señalando el fajo de papeles.

Era raro hablar con la persona de cuya música acababa de disfrutar minutos antes.

—Ah, solo estoy trabajando en una cosa. Hoy me ha venido la inspiración, pero necesitaba cambiar de escenario. Como has visto, mi apartamento es un poco deprimente.

—A mí me gustó —dijo Ryan, que recordó las paredes pintadas de rojo, la colcha y las cortinas de color ciruela oscuro y la ecléctica pila de cojines alegres—. Era… colorido.

Fabian apretó los labios y luego dijo:

—Mmm. La próxima vez te haré el tour completo. Puede que no hayas visto todos los rincones.

«La próxima vez».

—Me refiero a que se parecía a ti, ¿sabes?

Fabian apoyó la mejilla en la palma de la mano, a todas luces divertido por el comentario.

—Ya me conoces, ¿verdad? Y eso que pensaba que era un chico complicado.

—¡Y lo eres! —«Ay, dios»—. Me refiero a que no te conozco. Tienes razón. No del todo…

Ryan notó que le ardía la cara como si fuese el sol.

Fabian se echó a reír.

—No pasa nada. No me atrevería a decir que seamos desconocidos del todo, ¿a que no?

Ryan sonrió con timidez.

—No.

Dio un sorbo al latte .

—Bueno, entonces… ¿jugaste al hockey anoche? —preguntó Fabian.

Eso hizo reír a Ryan.

—Pues sí.

—¿Ganasteis? Perdona si no te he preguntado antes.

—Tranquilo. Sí, ganamos.

—¡Oye! ¡Qué bien! ¡Vivan los Guardians!

Sacudió las manos en el aire en lo que Ryan supuso que era un intento de celebrarlo.

—Te burlas de mí.

—Jamás. Soy un superfan de los deportes.

—¿Sabes dónde está el estadio?

—Sí… —Fabian fingió ofenderse—. Vi a Beyoncé actuar allí, así que…

Ryan se rio y luego dijo:

—Yo la vi en Boston.

Fabian abrió los ojos como platos.

—¿Eres fan suyo?

—¿Es que hay alguien que no lo sea? No sé qué parte de «Soy gay» no entendiste.

—¿Te soy sincero? Todas las partes. Me temo que he desarrollado un prejuicio contra los jugadores de hockey, que podría haberme llevado a hacer algunas falsas presuposiciones.

—¿Por ejemplo, que todos somos obsesos del deporte agresivos y superheteros?

—Bueno, pues sí.

—No tienes que ser hetero para ser un obseso del deporte agresivo. Créeme.

Fabian pareció reflexionar sobre esas palabas mientras Ryan daba otro sorbo al latte .

—Tú no eres eso. Quiero decir que no eres un obseso del deporte agresivo. Nunca lo fuiste.

Ryan notó una placentera burbuja de calor dentro al oír el comentario cariñoso de Fabian, pero tenía que ser sincero.

—Sé que no sigues el hockey, pero ¿tienes idea de cuál es mi función?

—¿Jugar… al hockey?

—Sí, vale. Pero mi función en el equipo (en todos los equipos) es ser, eh, intimidante. En resumidas cuentas, soy un camorrista. —Ryan seguía con la mirada fija en el vaso—. Así que, en realidad, obseso del deporte agresivo es una buena descripción para mí.

Levantó la vista y advirtió que Fabian parecía triste.

—¿Te gusta pelear?

Ryan suspiró.

—Es difícil de explicar.

—¿Te metes en follones fuera de la pista?

—No. Me he metido en unos cuantos en mi vida. Bares, fiestas, ese tipo de cosas. Pero no me pego con la gente cuando no me pagan para hacerlo, no. Tampoco es algo que me guste.

—Supongo que se te da bien, si te ganas la vida con eso.

Ryan se encogió de hombros.

—Sí, se me da bien. Es casi lo único que se me da bien.

Se quedaron sentados en silencio un minuto. Ryan se terminó la bebida y luego supuso que tenía que marcharse. Estaba a punto de decirlo cuando Fabian le preguntó:

—¿Has dicho que ibas al súper?

—Sí. He pensado que igual compro algún plato congelado para cenar.

—Suena increíble, pero ¿has estado alguna vez en el restaurante de ramen que hay en la esquina?

—No.

Fabian se inclinó hacia delante.

—¿Quieres ir?

—¿Ahora? ¿Contigo?

—Sí. Me muero de hambre. A veces me pierdo con la música y se me olvida comer. Ahora me doy cuenta de que decir eso me hace parecer un imbécil.

Ryan estaba bastante seguro de que nunca en la vida se le había olvidado comer.

—No, qué va.

—Entonces ¿te apetece ir?

—Eh…

—Te dije que te enseñaría el barrio. —Fabian se levantó y metió los papeles en la mochila de cualquier manera—. Podemos empezar con el sitio de ramen.

Ryan sonrió de oreja a oreja. Le encantaba la idea. Le gustaba cualquier cosa que le diera la oportunidad de estar cerca de Fabian. Era… reconfortante.

—Vale.