El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

—¿Tienes planes interesantes para el día libre? —Wyatt le dio un codazo a Ryan en broma mientras se preparaban para salir de la pista después de otra victoria en casa.

Ryan se echó a reír.

—Sí. Tengo una entrega de IKEA esta tarde. Mañana lo montaré todo.

—Guau. Menuda fiesta.

Ryan sonrió con timidez.

—Mi apartamento está muy vacío. He pensado que estaría bien hacerlo un poco más acogedor, ¿sabes?

Dio la impresión de que Wyatt iba a hacer una broma, pero en lugar de eso dijo:

—¿Quieres que te eche una mano con los muebles? En mis tiempos monté unas cuantas estanterías Billy. O podrías preguntárselo a Anders. Seguro que es un experto, ¿no?

La idea de preguntar a Anders Nilsson, el goleador estrella del Toronto y el único jugador sueco, que ayudara a Ryan a montar muebles de IKEA era inimaginable. Nilsson debía de haberle dicho unas cuatro palabras como mucho a Ryan en toda la temporada.

—Bah, ya me apañaré.

Wyatt asintió.

—Bueno, como quieras. Pues nos vemos en un par de días.

Se dio la vuelta para marcharse y Ryan sintió rabia. Era justo la clase de oportunidad que su terapeuta querría que aprovechara. Pasó por alto el nudo en el estómago y dijo:

—Esto, oye, Hazy…

Wyatt se volvió, seguramente tan sorprendido como el propio Ryan.

—Si… O sea, si no tienes nada que hacer y de verdad no te importa, me iría bien que me echaras una mano mañana.

«¿Por qué cojones era tan difícil?».

Ryan esperó, con el estómago tenso, y estaba a punto de decirle que daba igual, cuando Wyatt sonrió.

—Tú pones la cerveza —respondió.

Ryan casi se desploma del alivio. Madre mía, era patético.

—Trato hecho.

—Muy bien, conque tenemos trabajo que hacer.

Wyatt se quedó plantado frente a la montaña de cajas de muebles desmontados que Ryan había apilado en la sala de estar.

—Sí —dijo Ryan, y, algo ansioso, se pasó una mano por la barba—. Digamos que solo tengo una cama y los taburetes de la cocina. Todo lo demás está en estas cajas.

—Ya lo veo. ¿Y dónde coño te sentabas hasta ahora?

—En los taburetes.

Wyatt negó con la cabeza.

—Bueno, podemos empezar por el sofá y luego montamos la mesita para dejar las cosas. —Sonrió—. Y, hablando de cosas, podríamos tomarnos un café, ¿no?

Ryan se puso rojo. ¿Por qué no le había ofrecido uno en cuanto Wyatt había entrado por la puerta?

—Claro. Acababa de… O sea, he hecho café hace un rato. Aunque puedo hacer otro si…

—No seré yo quien se ponga exquisito —dijo Wyatt relajado. Se había puesto de cuclillas delante de las cajas, con la cabeza inclinada mientras leía las etiquetas—. Me beberé las sobras.

—Vale.

Ryan salió disparado a la cocina. Le daba rabia ponerse tan nervioso.

A lo largo de todos los años en la NHL , en todos los equipos que había jugado y en todos los apartamentos en los que había vivido, casi nunca había invitado a nadie a su casa.

Pero le caía bien Wyatt y tenía que reconocer que no podía montar los muebles él solo.

Además, quería ser la clase de tío capaz de invitar a un amigo a casa sin tener un ataque de nervios.

Sacó del armario dos de las tazas azul marino a juego que había comprado en la tienda de segunda mano que había en su calle. Empezó a servir el café y luego cayó en la cuenta de que no tenía ni idea de cómo le gustaba a Wyatt.

Asomó la cabeza por la puerta de la cocina.

—Oye, por cierto, ¿quieres leche, azúcar o…?

—Si tienes leche entera, genial —respondió Wyatt.

Ay, dios. Ryan no tenía.

—Eh, esto…, la que tengo es semidesnatada, pero puedo ir a comprar. Lo siento. Es que nunca to…

—Joder, Pricey, relájate. No pasa nada. Leche semi está perfecto. Pero ponle un buen chorro, ¿vale?

—De acuerdo.

Ryan cogió la leche de la nevera. Por suerte, tenía un montón. «No ha sido tan grave. No tenías leche entera y no ha pasado nada».

—Lo siento —dijo Ryan mientras le ofrecía la taza a Wyatt.

—¿El qué? ¿Darme café gratis? —Wyatt le sonrió y le puso la mano en el hombro—. ¡Relájate!

—Lo siento —repitió Ryan.

Ojalá pudiera obedecer esa orden.

—¿Y si montamos primero la mesita y así tenemos donde dejar esta taza? —propuso Wyatt.

Ryan asintió. Seguro que le había parecido demasiado efusivo.

—Buena idea.

Trabajaron juntos durante una hora o así. Wyatt era el que más hablaba, pero Ryan se lo pasó bien escuchándolo. Era divertido y contaba unas anécdotas geniales. Al cabo de esa hora ya tenían montados la mesita, el sofá y el sillón.

—Bueno —dijo Wyatt, casi con un gruñido, mientras se dejaba caer en el sofá nuevo de Ryan—, me he fijado en que has elegido un barrio… especial.

—Ah. —Ryan se sentó en el sillón que quedaba enfrente de Ryan, al otro lado de la mesita de centro—. Sí, bueno. Me apetecía darle una oportunidad. Puede… encajar conmigo.

Se obligó a aguantarle la mirada a Wyatt. No pensaba mirar al suelo mientras se preparaba para la reacción de su compañero.

Pero Wyatt se limitó a asentir.

—Creo que te gustará. Mi hermana se mudó al Village después de la uni. Siempre decía que le cambió la vida. Bueno… —Sonrió con tristeza sin dejar de mirar a Ryan—. Le «salvó» la vida, eso es lo que decía.

—¿Todavía vive aquí?

—No. Ahora está en Vancouver. Su mujer trabaja en la industria del cine.

Diseño de producción. Espera un momento.

—Wyatt cogió el móvil, que había dejado en la mesita, y fue pasando el dedo hasta encontrar algo y le mostró la pantalla a Ryan—.

Mira, están aquí. Esa es Kristy, mi hermana, y su mujer, Eve. Y ese criajo es su hijo, Isaac.

Ryan sonrió al ver al niño pequeño de mejillas regordetas en brazos de Kristy.

—¡Eres tío!

—El mejor tío del mundo —dijo Wyatt orgulloso—. Voy a verlas siempre que jugamos en Vancouver. Y en verano.

—Es genial.

—Y con eso —Wyatt volvió a dejar el móvil en la mesa— quiero decirte que me parece estupendo que seas… lo que sea.

Ryan no pudo evitar tomarle un poco el pelo.

—Ya, te parece tan estupendo que ni siquiera puedes decirlo.

Wyatt puso cara de ofendido.

—¡Puedo decir la palabra que quieras! Es solo que no sabía cuál preferías. Solo intento ser sensible y considerado.

Ryan se echó a reír y luego dijo:

—Gay. Y gracias por…

De pronto, no supo qué decir. Había jugado en ocho equipos de la NHL antes de ese, y exactamente cero de sus compañeros habían aceptado de corazón su sexualidad. De hecho, la mayor parte de los jugadores habían pasado por alto cualquier pista que Ryan hubiera podido darles.

—Significa mucho para mí —añadió al fin.

—¡Soy un…, cómo se dice, aliado! —exclamó Wyatt radiante—. Así que, si alguien quiere pelearse por eso, ¡tendrá que vérselas conmigo!

Los dos se echaron a reír, porque Ryan debía de pesar cuarenta kilos más que Wyatt y le sacaba un palmo de altura.

La amistad que estaba naciendo entre Wyatt y él era sin duda lo mejor de jugar para los Guardians.

A Ryan siempre le costaba emocionarse con el hockey cuando no le gustaba el entrenador, y, tras un par de meses jugando para Bruce Cooper, Ryan estaba bastante seguro de que le caía mal el de ese equipo.

Cooper encarnaba muchas de las cosas que menos le gustaban a Ryan sobre la cultura del hockey: era irascible, hacía muchísimos comentarios sexistas y homófobos de los más típicos, motivaba a los jugadores con miedo y amenazas y casi siempre hacía sentir incómodo a Ryan.

Y, la verdad, hacía tiempo que Ryan había dejado atrás la época de querer sentarse más erguido y gritar «¡Sí, entrenador!

» cada vez que un hombre agresivo con una pizarra blanca lo machacaba.

En la actualidad digamos que en esos casos le apetecía más largarse de la habitación.

Y tal vez seguir caminando hasta volver a su hogar, en Nueva Escocia.

Era tentador.

Estaba seguro de que había habido una época en la que le encantaba formar parte de un equipo, ayudar a ese equipo a ganar partidos y campeonatos.

Pero ahora era incapaz de evocar ese sentimiento.

Incluso sus recuerdos de ganar la Copa Stanley con los de Boston no eran tan maravillosos como habría pensado que serían cuando era pequeño.

Durante la mayor parte de su carrera en la NHL , el hockey había sido algo que hacía porque no tenía más.

Y porque lo había conseguido cuando tantos otros no lo habían hecho.

Todos los chavales con los que se había criado soñaban con llegar a la NHL algún día, y Ryan era el que lo había logrado.

Sería una puta idiotez tirar eso por la borda.

Cuando ya casi había pasado esa hora y estaban acabando de montar una cómoda, Wyatt preguntó:

—¿Tienes novio?

No había ni rastro de burla en la pregunta, pero Ryan se sonrojó de todas formas.

—No —dijo en voz baja.

—¿Y alguna vez has tenido?

Ryan pasó la mano por la superficie lisa de la cómoda y siguió el recorrido con la vista.

—Ahora hace tiempo que no, pero sí. Un par. —Levantó la vista para mirar a Wyatt a los ojos—. ¿Por qué? ¿Tienes a alguien en mente?

Wyatt esbozó una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Me estás tirando la caña? ¿Quieres ligar conmigo, Pricey?

—¡No! ¡Dios! Era una broma, no quería decir…

Wyatt le dio un puñetazo el brazo.

—Ya lo sé. Te tomaba el pelo. Y estoy seguro de que en Toronto no tendrás problemas.

Un tío como tú. —Se apartó para analizar bien a Ryan—.

Alto, con brazos fuertes y todo ese rollo a lo vikingo rudo.

Además del culo de hockey. Y el sueldo de la NHL .

Y… —Señaló la sala de estar mientras hablaba—.

El apartamento de lujo en medio del barrio gay. ¿Tienes cuenta de Grindr?

—Uf, para ya —murmuró Ryan, y se inclinó para abrir la siguiente caja sin mirar siquiera de qué mueble era.

—Pues ábretela, ¿eh? ¡O sea, tiene que haber un millón de tíos por aquí que quieran follar contigo!

Ryan sacó lo que había en la caja y lo extendió por el suelo. Daba la impresión de que era una librería.

—Lo dudo.

—No me jodas. ¡Eres un osito gigante y pelirrojo con el bolsillo lleno! Y, perdona que te lo diga, pero estás buenís…

—Vale, vale, ya está —masculló Ryan—. Vamos a montar esta cosa.