El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

—¿Puedo irme a vivir contigo?

Ryan sonrió al ver la expresión agobiada de su hermana. Había dormido hasta tarde ese día y se había despertado con la solicitud de Facetime de Colleen.

—No quieres mudarte a Toronto —le contestó.

—Ya lo creo que sí. Mañana cojo el avión. No, mejor, hoy mismo. Me asfixio en esta ciudad.

—Pero te encanta. Y ¿qué dirían todos esos pobres alumnos de tercero si desapareciera su profe?

—Estarían encantados. Te lo aseguro. Anda, deja que me acople en tu casa unos cuantos meses. O unos años.

Lo cierto era que a Ryan le encantaría tener más cerca a su hermana Colleen, pero sabía que hablaba en broma.

—Tienes que venir a verme pronto.

Colleen suspiró.

—Me apetece mucho. Si no vienes en Navidad, quizá podría ir yo algunos días de visita.

—Lo intentaré —dijo Ryan—. Este año quiero ir a casa.

Su hermana sonrió.

—Sería alucinante. Pero, aun así, me apetecería ir a verte a Toronto. Quiero salir de fiesta. ¿Has ido a algún club de por ahí?

—Eh…

—Ryaaan —gimoteó Colleen—. ¡Eres un tío joven, rico y gay en el barrio gay de Toronto!

—No soy tan joven —se defendió Ryan.

—Tienes treinta y uno. Eso no es ser viejo.

—Aunque tengo el cuerpo de alguien de setenta.

—Tienes el cuerpo de un adonis, venga ya. ¿De qué coño hablas?

—Hace unos días que me duele la espalda.

Colleen suavizó la expresión.

—Perdona, estoy siendo una capulla. Entonces ¿de verdad no has salido ni una noche?

—Bueno. —Ryan se preparó, porque sabía que su hermana iba a hacer una montaña de aquello—. El caso es que me encontré con alguien hace poco. De Halifax.

—¿Un antiguo compañero de equipo?

—No. ¿Recuerdas cuando viví con los Salah?

—Creo que solo los vi una vez, pero sí. Te caían bien, ¿verdad?

—Sí…

Ryan se mordió el labio, cosa de la que su hermana se percató al instante.

—Ay, dios mío. ¿Qué?

—Digamos que había uno que me gustaba más que el resto de la familia.

—Por favor, no me digas que era el padre.

—¡No! —Joe Salah era un hombre atractivo, pero no. Por supuesto que no—. Su hijo. Fabian.

—Aaaaaah. ¿Ha sido con él con quien te encontraste en Toronto?

Ryan asintió.

—Sí. Y estuvimos poniéndonos al día, ya sabes.

—Poniéndoos al día tipo…

—Hablando, nada más. Somos amigos. No estamos… —Ryan se removió y quedó sentado con la espalda erguida contra el cabecero—. No estoy en su liga.

Ella entrecerró los ojos.

—¿En qué sentido no estás en su liga, eh? Literalmente eres un deportista estrella y millonario.

—Sí, pero él es guapo. Y encantador. Y tiene mogollón de amigos que hacen cosas interesantes. Y toca una música que es, o sea, lo más alucinante que he oído en mi vida.

—Muy bien, ¿y ese chico guapo y encantador ha estado saliendo contigo?

—En realidad, no hemos salido. Aunque anoche fui a ver su espectáculo y… después lo acompañé a casa.

A Colleen se le iluminó la cara.

—¡Ryan! ¡Qué tierno! ¿Le llevaste los libros?

Ryan se sonrojó.

—Le llevé el equipo.

—Ah… ¿Y te dio un beso de buenas noches?

—Cambiemos de tema.

—Venga, va… La última vez que salí con alguien fue con Andy Hart, y al final resultó que somos primos lejanos. Necesito un poco de emoción y que me cuentes historias jugosas de la ciudad.

Ryan se rio.

—¿No es el hijo de la prima de mamá?

—No lo sé. Algo así.

—Vale, pues no es tan lejano.

—Ay, claro, mírate, míster Toronto. Tan guay solo porque no sales con tus primos.

Los dos se partieron de risa. Ryan quería mucho a su hermana y aborrecía pensar que se sintiera sola en Ross Harbour. Merecía el amor de alguien maravilloso.

—¿Has comprado ya los muebles? —le preguntó Colleen cuando dejaron de reírse.

—No gran cosa. Básicamente, solo los de la habitación.

Se quedó decepcionada.

—Qué triste. Anda, por favor, encarga algunos muebles. Sé que hay un IKEA en Toronto.

—Sí, yo también lo sé.

—Imagínate que conoces a un tío, ¿eh? ¡No puedes llevártelo a un apartamento raro y vacío!

—Te he dicho que ya lo sé.

—¡Seguro que en Toronto puedes pedir que te los entreguen al día siguiente!

—¡¿Qué sentido tiene comprar muebles si van a trasladarme otra vez?!

Ryan pensó que con esa queja se zanjaría la conversación, pero Colleen insistió.

—Ya, pero así no puedes vivir, amore . Cómprate un sofá.

—Tengo que irme.

—No te enfades conmigo. Solo quie…

—No me enfado. Es solo que tengo cosas que hacer —mintió.

—Muy bien. Te quiero. Mañana veremos el partido.

—También te quiero. Saluda a mamá y papá de mi parte.

—Llámalos un día de estos, anda. Mamá se queja de que te has olvidado de ellos.

—Sí, ya lo haré. —Por dios, si no hacía ni una semana desde la última vez que había hablado con sus padres—. Adiós.

Ryan bostezó y se desperezó. No le sorprendió haber dormido hasta tarde. Al volver a casa después de despedirse de Fabian la noche anterior, se había quedado horas en vela, mirando el techo y repasando mentalmente hasta el último detalle de la velada.

Y ahora estaba despierto y sin nada que hacer. Colleen tenía razón: su vida era triste.

Cogió el portátil de la mesilla y abrió la web de IKEA en el buscador. No pasaría nada por comprar unas cuantas cosas; era cierto que su apartamento tenía un aspecto ridículo. Y ¿qué ocurriría si quería invitar a un hombre a su casa? No era un escenario muy probable, pero tampoco era imposible.

Mientras Ryan añadía más cosas al carrito, descubrió que le hacía ilusión lo de mirar muebles. Cuando llegó el momento de pagar, tiró la casa por la ventana y optó por la entrega urgente, que era carísima, para que le llevaran todo al día siguiente.

Cuando introdujo los datos de pago, trató de no imaginarse qué pensaría Fabian de los cojines decorativos tan coloridos que había comprado.

—Preparaos para alucinar —dijo Fabian contento mientras dejaba caer la mochila en la encimera de la cocina de Vanessa, Marcus y Tarek—.

He arrasado en el mostrador de Halloween de la tienda y he comprado…

—hizo una pausa para darle más dramatismo y entonces sacó algo a toda prisa— ¡una manzana de caramelo!

—¡Dios mío! ¿En serio, Fabe? —dijo Vanessa—. ¿Propones que cortemos la manzana de caramelo en rodajas y la pongamos encima del queso cremoso con canela que he comprado? Porque es una idea de puta madre, genio.

—Sí, eso mismo propongo.

—¿Y qué pasa con mis arándanos? —se quejó Marcus.

—A la mierda tus arándanos —contestó Vanessa—. La manzana de caramelo más el queso cremoso con canela ganan de calle.

—Pues al mío le pondré arándanos —refunfuñó Marcus.

Comieron unos gofres deliciosos y bebieron café y cócteles mimosa baratos y, con una paciencia sorprendente, Vanessa esperó hasta haber acabado de comer antes de mencionar a Ryan.

—Oye, ¿piensas hablarnos de ese jugador de hockey buenorro o qué?

—¿Un jugador de hockey buenorro? —preguntó Marcus, y dejó el móvil bocabajo en la mesita para indicar que tenía un interés genuino en la conversación.

—Vino al espectáculo de anoche —explicó Tarek—. Un jugador de hockey que está enamorado de Fabian.

—Estás tan equivocada que ni siquiera sé por dónde empezar —protestó Fabian.

—Lo que tú digas —dijo Vanessa—. Está coladito por ti. Te llevó todo el equipo a casa.

—Exacto. —Puso los ojos en blanco—. Se me olvidaba que eso significa que vamos a casarnos.

—¿Puede contarme alguien qué coño pasa? —preguntó Marcus.

—Nada del otro mundo. ¿Recuerdas que te conté que mis padres solían acoger a jugadores de hockey? Tipo, cada año vivía con nosotros un jugador de hockey adolescente.

—Sí. Te la repateaba. ¿Y a quién no?

—Tú lo has dicho. O sea, es verdad que lo odiaba. Todos eran unos cabrones homófobos que casi con total seguridad me habrían dado una paliza de no haber estado viviendo en casa de mis padres. —Fabian se mordió el labio antes de continuar—. Pero uno de ellos…

A Marcus se le iluminó la cara.

—Ay, dios mío. ¡Te liaste con uno de los bros idiotas del hockey!

—No —respondió Fabian a toda prisa—. Nada de eso. Es solo que ese tío, Ryan… era diferente. Era simpático conmigo. Y… me gustaba.

—¡Uala, te pillaste del deportista que vivía contigo! —exclamó Vanessa—. Joder, Fabian, la cosa promete. Continúa.

—Ya os he dicho que no pasó nada. Solo… nos llevábamos bien y ya está. En realidad, no es que saliéramos por ahí ni nada, pero hacíamos los deberes juntos. Veíamos la tele. A veces íbamos juntos a clase. Cosas así.

—Qué monos —dijo Tarek.

—Y… bueno. Ocurrió algo que no se me ha olvidado. Yo tenía un recital. El típico concierto de final de curso del conservatorio. Coincidía con un partido de los play-offs de mi hermana, así que toda mi familia fue a verla a ella.

—Bueno, claro, comprensible —dijo Vanessa con rencor—. ¿A quién va a importarle una mierda su hijo con un talento musical alucinante cuando hay un partido de hockey al que ir?

—Exacto. El caso es que nadie de mi familia fue al recital. Pero Ryan sí.

Vanessa se tapó la boca con las dos manos.

—¡No. Me. Jodas!

Fabian notó las mejillas calientes.

—Ya lo sé.

—Es lo más bonito que he oído en mi vida —dijo Tarek.

Fabian notó un cosquilleo en el estómago al recordar la sensación de ver a Ryan Price al fondo del auditorio.

—No podía creerme que hubiera ido.

—¿Y no bajaste corriendo del escenario para tirarte en sus brazos? —exclamó Vanessa.

—No. Venga ya. ¿Cómo iba a…? —Dudó un momento y luego dijo—: Pero…

Vanessa se inclinó hacia delante.

—Soy toda oídos.

—Cogimos juntos el ferry de vuelta a casa. Y era una noche preciosa, llena de estrellas, y había luna llena. Suena ridículo. Y tuvimos… un momento. Creo.

—¿Un momento? ¿En plan qué? —preguntó Marcus.

Fabian estaba seguro de que había puesto cara de bobo al recordar aquella noche.

—Hubo un segundo en el que pensé… O sea, estaba seguro de que iba a besarme. O esperaba que yo lo besara. Pero entonces el instante pasó y ahí acabó todo.

Vanessa se recostó en la silla.

—Vaya mierda de historia, Fabian. No me ha gustado nada.

—Sí. Hablamos un rato. Y… saltaba a la vista que se acordaba de mí. Me pareció que estaba tan flipado como yo.

—La historia vuelve a ponerse interesante —dijo su amiga.

—¿Y qué hace en Toronto? —preguntó Marcus.

—Eh, pues, ahora juega para los Guardians, me parece. Y sí, está bueno.

—¡¿Que juega en los Guardians?! ¿Me tomas el pelo? —Marcus cogió el móvil—. ¿Cómo se apellida?

—Price.

Tecleó unos segundos en el móvil y luego se le salieron los ojos de las órbitas.

—Hola, papito.

—Ya lo sé.

—Entonces ¿es gay o…?

—Sí. Me lo dijo anoche.

—¿En serio?

—A ver, sería raro que un jugador de hockey mintiera en eso, así que supongo que sí, es gay de verdad.

—Resumiendo, lo que sabemos es que le gustabas lo suficiente para ir a tu recital cuando erais adolescentes, que se acordaba de ti trece años después, que fue a verte actuar anoche, que te llevó el equipo a casa y que es tan gay como un palomo cojo —dijo Vanessa.

—Exacto.

—Eso es puto… romántico —dijo Marcus.

—Eso —le corrigió Fabian— no es nada.

—Es una pasada, ¿no? —dijo Vanessa emocionadísima—. Tipo, es la historia más interesante del mundo. Soy fan absoluta.

—Lo mismo digo —coincidió Tarek.

—No hay nada de lo que ser fan —dijo Fabian fatigado—. Lo más probable es que no vuelva a verlo. Nos dimos el número de teléfono, pero ya sabéis cómo van estas cosas.

—¡Os disteis el número de teléfono! —exclamó Vanessa en una voz tan aguda que resultó casi inaudible.

—Vale, nuevo plan —dijo Marcus juntando las manos—. Fabian corta con Claude y luego se casa con el jugador de hockey gay y tienen enormes bebés tontorrones.

—Eres idiota. Y Claude y yo no estamos juntos.

—Vuestras bocas sí estaban juntas la semana pasada —apuntó Tarek.

Fabian cerró los ojos y aunó toda la fuerza del universo.

—No volverá a ocurrir. Fue un error. No voy a verlo más.

—Ya, claro —dijo Tarek.

—Fijo —dijo Marcus asintiendo con la cabeza.

—Decid lo que queráis. Paso de vosotros.

—¿Significa eso que vas a liarte con nosotros? —preguntó Vanessa—. Porque parece que…

La frase quedó interrumpida cuando Fabian le tiró un cojín con forma de gato.

—¿Quién quiere más café? —preguntó Fabian.

Necesitaba salir un momento de allí después de esa charla. Todos levantaron la mano, así que dedicó unos minutos a preparar el café en la cocina americana.

—El siguiente punto del día —anunció Vanessa cuando Fabian regresó con una cafetera de émbolo llena— es el cumpleaños de Tarek.

Este soltó un largo gemido.

—¡Si no lo nombras, a lo mejor no ocurre!

—Lo siento, amor. Vas a cumplir treinta. Asúmelo —le dijo Vanessa.

Añadió dos cucharadas colmadas de azúcar a su café.

­—Bueno, vamos a salir de fiesta seguro —dijo Marcus—. ¿Podría pedir que fuésemos a cualquier sitio menos al…?

—¡Force! ¡Force! ¡Force! —empezó a corear Vanessa.

Tarek se le unió, seguido de Fabian.

—Idos a la mierda… —refunfuñó Marcus—. Vale. Faltan tres semanas, ¿no? Por lo menos, me aseguraré de no tener que trabajar esa noche.

—¿Te acuerdas de cuando eras stripper ? —preguntó Vanessa—. ¿E íbamos a verte al trabajo? Era lo mejor.

—En realidad, era lo peor —la corrigió Marcus—. Aunque reconozco que a veces echo de menos ese local. Me cago en el incendio…

—No, cágate en los que lo provocaron —dijo Tarek.

—Sí. Era una pasada de sitio.

—Ya ves —coincidió Vanessa—. ¿Recuerdas cuando te caíste?

—¡No me caí! Me tambaleé. Y luego recuperé el equilibrio. Y sois lo peor.

Todos se echaron a reír. Fabian apuntó en el móvil la noche que iban a salir al Force. La verdad era que le hacía falta una noche de bailoteo. Hacía siglos.

—Dile a tu novio deportista que venga —bromeó Marcus.

—Se lo diré a tu padre.

—Pues deberías. Mi padre es muy atractivo.

— ABECE —dijo Tarek—. Algún. Buenorro. Excepto. Claude. Expulsado.

El comentario hizo que Vanessa se partiera de risa y Fabian no pudo evitar sumarse a las carcajadas.

— ABECE —coincidió—. Sin duda.