El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 6
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Capítulo 6

Fabian se dio la vuelta y, efectivamente, allí estaba el grandullón y simpático de Ryan, con el teclado en una mano, el soporte en la otra y la pesada mochila repleta de cosas colgada de un hombro.

—¿Falta… eeeh… algo más? —preguntó Ryan.

Era evidente que estaba fingiendo no haber oído el horrible comentario de Fabian. Las partes de su cara que no estaban cubiertas por la barba estaban rojas y él miraba al suelo.

—¡No! —dijo Fabian con un tono alegre de más. No había motivo para mencionar lo que Fabian acababa de decir. Aun así, tampoco era que se hubiera planteado tirárselo. Ryan era una estrella del hockey, y Fabian era… el peor—. Yo llevo el violín.

Levantó la mano con la que sostenía el estuche agitándola como si fuera difícil de ver.

—Vale. ¿Vamos tirando?

—Sí. ¡Adiós, Vanessa! ¡Pásalo bien!

Uuuf. A Fabian no le gustaba la vergüenza que le recorría el cuerpo como el fuego.

—Lo haré. Y gracias por ayudarlo, Ryan. Pareces un tío genial. —Le lanzó una mirada fulminante a Fabian al decir esas últimas palabras.

Fabian se quería morir. Dirigió su atención a Ryan con una sonrisa forzada pegada en la cara.

—¿Vamos?

El aire fresco de la noche de noviembre no servía de mucho para aliviar el calor de las mejillas de Fabian. Se envolvió el cuello con su pashmina color vino y hundió en ella la parte inferior de su cara.

Recorrieron una manzana en silencio, hasta que Fabian ya no pudo aguantar más.

—Siento haber dicho eso. Ha sido muy maleducado y me siento un capullo.

Levantó la vista hacia el perfil de Ryan y se dio cuenta de que estaba decidiendo si reconocer o no que, de hecho, había oído lo que Fabian había dicho antes.

—No pasa nada —dijo por fin Ryan.

—Sí que pasa. Has venido a mi concierto, me estás ayudando a llevar todo a casa, ni siquiera me conoces, en realidad. He hecho una broma que es una mierda y lo siento.

—Vale.

Caminaron otra manzana en silencio y luego Ryan dijo:

—Yo tampoco me tiraría a un jugador de hockey.

La risa de Fabian sonó como un claxon, lo cual fue humillante, pero se sintió aliviado y encantado con la broma de Ryan.

Ryan le sonrió y a Fabian se le ocurrió, en ese momento, que aquel chico estaba caminando sin miedo, y al parecer feliz, junto a un tío que llevaba la cara pintada como una puerta. Eso no era poca cosa.

Fabian le dio un codazo, que a Ryan le dio justo por encima del codo.

—Así que tenemos algo en común. Además de ser gais de Nueva Escocia en Toronto.

—Sí.

Solo tardaron unos minutos más en llegar a la calle donde estaba el cutre edificio donde vivía Fabian. Fue entonces, al sentirse algo aliviado de la vergüenza que había sentido antes, cuando se dio cuenta de lo desequilibrada que estaba la carga entre ellos.

—Dios mío. Déjame al menos llevar el soporte del teclado. No me puedo creer que te haya dejado cargar con todo eso.

—No pasa nada —gruñó Ryan. Pero entonces se detuvo y le tendió el soporte—. Bueno, en realidad, sí. Lo siento. Últimamente me duele un poco la espalda.

Ojalá le cayera un meteorito a Fabian en ese preciso momento. El final perfecto para una velada perfecta.

—Déjame llevar también el teclado. O la mochila. —Esbozó una sonrisa coqueta—. Soy más fuerte de lo que parezco.

—No. Está bien. Gracias.

—Bueno, de todos modos, mi piso está justo ahí —dijo Fabian señalando con el estuche del violín hacia delante—. Además, es un bajo. Una entrega fácil.

Un minuto después estaban juntos en el escalón de la entrada del edificio de Fabian, mientras él forcejeaba con la llave.

Se trataba de un edificio antiguo de dos plantas que había sido un orfanato, un hospital infantil o algo por el estilo.

En cualquier caso, estaba sin duda, como había dicho una vez Vanessa, encantado.

—Esta puta cerradura de mierda —refunfuñó moviendo la llave hasta que por fin giró.

Los recibió la familiar mezcla de olores que Fabian ya reconocía como su hogar: paredes con moho, comida vegana con mucho ajo y marihuana.

Justo delante de ellos había una escalera de madera con la moqueta desgastada que conducía a los tres apartamentos de la segunda planta.

En la planta baja, había una puerta a cada lado de la escalera y Fabian indicó a Ryan que se dirigiera a la puerta de la izquierda.

—Este es el mío —dijo mientras giraba la llave en una cerradura que era solo un poco menos complicada que la de fuera—. Prepárate para quedarte deslumbrado por el lujo.

Ryan lo siguió al diminuto estudio. Fabian dejó el equipo que llevaba contra una pared de color rojo vivo e hizo un gesto a Ryan para que hiciera lo mismo.

—Gracias de nuevo. Ha sido todo un detalle.

—No hay de qué.

Ryan dejó con cuidado el teclado y la mochila en el suelo con un leve gruñido.

—¿Cómo tienes la espalda?

—Tan bien como siempre.

Parecía enorme en el reducido espacio del piso de Fabian. También parecía muy incómodo y fuera de lugar. Fabian esperó a que dijera algo, pero Ryan se limitó a mirarse las manos, flexionándolas y frotándose los nudillos.

—¡Dios mío! —exclamó Fabian. Sin pensarlo, le tomó la mano izquierda a Ryan entre las suyas—.

¿Qué te ha pasado? —Tenía unos moratones oscuros en los nudillos, y Fabian los recorrió con cuidado con los dedos, de un lado a otro—.

¡No me puedo creer que hayas cargado con todo eso con las manos así! ¿Te duele? Tiene que dolerte…

—Eeeh —dijo Ryan en voz baja.

Fabian levantó la vista y vio que Ryan estaba mirando fijamente los dedos de Fabian.

Fabian soltó su mano y dio un paso atrás.

—Lo siento.

—No pasa nada. No me duelen mucho.

Ryan se metió la mano magullada en el bolsillo del abrigo de lana y miró al suelo. Se le había soltado bastante pelo del moño con el que se lo había recogido, y los mechones sueltos le caían alrededor de la cara. Le quedaba bien.

—¿Así que eso es normal en ti? ¿Ir con las manos magulladas?

Ryan se encogió de hombros.

—Bastante normal, sí.

Fabian recordó haber visto moratones parecidos en las manos de Ryan cuando era adolescente. Estaba seguro de que entonces Ryan también había intentado ocultárselo.

—Bueno —dijo Ryan—. Quizá lo mejor es que me vaya.

Lo dijo justo a la vez que Fabian le preguntaba:

—¿Te apetece tomar algo?

—¿Qué? —dijo Ryan.

—Tengo una botella casi entera de vino en la nevera. —Fabian se quitó la pashmina y la dejó sobre una silla en la que ya había varias bufandas—. O té, si lo prefieres. Quizá me quede una de esas aguas con gas de pomelo…

—Eh…, no. No hace falta. Estoy bastante cansado después del partido. Debería irme.

—Si estás seguro…

Fabian bajó la cabeza y se quitó los collares, dejándolos sobre la pashmina . Se preguntó qué haría Ryan si a continuación se quitara la camiseta.

—Estoy seguro. Pero… me ha gustado. Volverte a ver.

Fabian se acercó a él. Olía bien.

—A mí también.

Fabian no estaba seguro de qué plan tenía.

No quería que Ryan se fuera, pero tampoco tenía ni idea de por qué quería que se quedara.

Si Ryan y él no se hubieran conocido antes de esa noche, si Ryan hubiera sido solo un desconocido grande, fuerte y atractivo que se había ofrecido a acompañar a Fabian a casa, Fabian se estaría arrancando la ropa en ese mismo instante.

Pero Ryan no era un desconocido, y aunque a una parte de Fabian le encantaba la idea de arrancarse la ropa con él… no podía.

Ni siquiera cuando Ryan lo miraba de una forma que transportaba a Fabian directamente a aquella noche en el ferry, hacía tantos años.

A ese momento en el que, por un instante, pensó que Ryan iba a besarlo.

Fabian podría besarlo ahora mismo. Podría ponerse de puntillas y rozar sus labios contra los de Ryan.

Ni siquiera tenía por qué ser gran cosa.

Sería un simple beso de agradecimiento, del tipo que Fabian siempre daba a sus amigos.

Pero, en lugar de eso, Fabian dijo:

—Deberíamos repetir esto algún día.

Ryan parpadeó y se echó un poco hacia atrás.

—¿Qué?

—O sea, quedar. Tomar un café. Ya sabes. Ponernos al día un poco más.

Ryan frunció el ceño, pero luego asintió.

—Me gustaría. ¿Me das tu número?

Intercambiaron teléfonos y los introdujeron en el móvil.

—La verdad es que no he explorado mucho el barrio.

—Bueno, pues déjame hacerte de guía. —El tono de Fabian había vuelto a ponerse meloso. Demasiado coqueto.

Ryan se quedó paralizado, y Fabian se dio un guantazo mental. Ryan no era el tipo de persona con la que se pudiera coquetear a la ligera. Cuando eran adolescentes, Ryan se ponía nervioso con mucha facilidad cada vez que Fabian intentaba meterse con él. No parecía que eso hubiera cambiado.

Seguía siendo incómodamente encantador.

—Esperaré a que te pongas en contacto conmigo, entonces —dijo Ryan con rigidez. Levantó una mano, como si fuera a ofrecerle un apretón de despedida, pero luego pareció pensárselo mejor y se la metió en el bolsillo del abrigo—. Buenas noches.

—Buenas noches, Ryan Price. Cuídate esas manos.

Ryan asintió y se fue. Cuando se cerró la puerta, Fabian se estremeció. ¿Sonaba a que estuviera tonteando con eso de «cuídate esas manos»? Sin duda sonaba fatal.

Fabian se dejó caer en la cama mientras suspiraba. Menuda noche más rara.