Capítulo 5 #3
—Juegas en la NHL , Ryan. ¿Hay acaso alguna liga superior que desconozca? —Frunció el ceño—. Es pregunta genuina; quizá la haya y no lo sé.
Ryan se rio.
—No. La NHL es la más alta. Pero yo no… —Se calló y Fabian se preguntó qué iba a decir. Salió de su debate interno y entonces Ryan le soltó—: Me gusta tu conjunto.
Fabian sonrió. Estaba orgulloso de cómo iba esa noche: una camiseta transparente con flores de terciopelo negro de estilo barroco, vaqueros negros y un montón de collares brillantes que había comprado en Forever 21.
Se dio cuenta de que la mirada de Ryan se posaba en su pecho, donde el piercing de su pezón derecho se veía a través de la camiseta.
—Gracias.
—Me siento un poco del montón —dijo Ryan, y enseguida pareció avergonzarse de haberlo dicho.
Se pasó una mano por el pelo y por la barba, un gesto que Fabian ya le reconocía como un tic nervioso.
—Solo eres una mera estrella del hockey de dos metros y pico del montón. Aburridísimo —bromeó.
Ryan se puso rojo.
—No mido dos metros y pico.
—¿Te he subestimado?
—Mido dos metros.
«Uuuf. Dos putos metros».
Fabian nunca había estado con un hombre ni de lejos tan alto. ¿Cómo sería? ¿Sería siquiera posible besarlo? Desde luego, le encantaría averiguarlo.
No era que fuera a tirarse a Ryan Price. Tenía muchos motivos.
—Ven, siéntate.
Fabian señaló la mesa vacía que tenían al lado. Sentarse al menos le quitaría la distracción de la altura de Ryan. Y de lo bien que le quedaba ese traje.
Una vez sentados, Fabian colocó un codo en la mesa, se inclinó hacia delante y apoyó la barbilla en el puño.
—Cuéntamelo todo sobre ti, Ryan Price.
Su tono quizá sonaba demasiado coqueto, porque Ryan se rio con nervios y apartó la mirada.
—No hay mucho que contar.
—¿Vives por el barrio? Me refiero al Village.
—Eh, pues más o menos. Tipo, no justo aquí, sino unas manzanas más al sur. Cerca de la farmacia en la que trabajas.
—Entonces…, sí, ¿eh? ¿Vives en el Village?
Fabian no pudo evitar esbozar una sonrisa burlona, pero eso pareció tranquilizar a Ryan. Este le devolvió la sonrisa.
—Sí. Lo siento. He complicado la respuesta cuando era bastante sencilla.
Fabian tenía que insistir. Le quemaba la curiosidad.
—¿Sabías que te estabas mudando al barrio queer ?
Ryan frunció el ceño, como si estuviera tratando de decidir cómo responder a una pregunta de sí o no.
—Sí. Sí lo sabía.
No le dio más información, así que Fabian desistió. Aunque se quedó con la intriga.
Permanecieron sentados en silencio un momento. Fabian miraba hacia la barra como si de pronto le interesara saber cómo iba el pedido de sus bebidas. Decidió dejar que Ryan hiciera la siguiente pregunta.
En cambio, Ryan rompió el silencio soltando de golpe:
—Soy gay.
Aunque Fabian ya se lo había imaginado, oír a Ryan decirlo fue…
—Hostia puta.
—Sorpresa —dijo Ryan mientras se encogía de hombros.
—¿Acaso a los jugadores de hockey se les permite ser gais?
Ryan se rio.
—Sí. Ahora solo te sancionan con cinco minutos de expulsión.
Fabian lo miró con cara de no entender nada.
—Perdona —dijo Ryan—. Es una broma de hockey. Una broma muy mala de hockey. Sí, hay jugadores de hockey gais.
Fabian se quedó pensando.
—Supongo que está ese chico de Nueva York. El que está buenorro.
—Scott Hunter. Sí. Yo soy el otro. El que no está buenorro.
Ryan sonrió ante su comentario autocrítico.
Fabian no acababa de estar de acuerdo con esa valoración, pero decidió pasarla por alto, de momento.
—Entonces ¿por qué he oído que el chico de Nueva York es gay, pero no que tú lo eres?
Ryan resopló.
—Porque no soy una superestrella. Y no besé a mi novio en directo por televisión después de ganar la Copa Stanley.
Que Ryan dijera las palabras «besé a mi novio» hizo que a Fabian le diera un mareo. ¿Tenía Ryan novio? Ryan salía con hombres. Ryan besaba a hombres. Ryan jugaba al hockey y también besaba a hombres.
—Además, no hablo mucho de ello —continuó Ryan—. Sobre ser gay, quiero decir. Ni de nada, en realidad.
Bueno, eso, sin duda, era cierto. Ryan no parecía más hablador de lo que había sido en su adolescencia, cuando era un chico rarito.
—¿Tus compañeros de equipo lo saben?
—Algunos sí. Lo sabían. Como te comenté, me traspasan mucho.
—¿Se ponen tocacojones con eso?
Ryan se encogió de hombros.
—A la mayoría no parece importarles. O quizá ayude que soy muy grande. No sé.
Justo en ese momento, Tarek volvió a la mesa con una copa de martini en cada mano y un botellín de cerveza bajo el brazo.
—Vanessa está tonteando con Callie.
—Ah —dijo Fabian mientras cogía su copa de martini—. Pues lo más seguro es que ya no la volvamos a ver.
—Exacto.
Fabian observó a Ryan dar un sorbo de cerveza.
Estaba un poco de espalda a ellos, pero no parecía estar mirando nada en concreto.
A Fabian le llamó la atención lo extraño que resultaba estar sentado en una mesa de uno de sus bares habituales con sus mejores amigos…
y Ryan Price. Ryan Price, que al parecer era tan queer como Fabian, los amigos de Fabian y ese bar en el que estaban.
Pero él seguía siendo un jugador de hockey, y a Fabian le había encantado poder eliminar todo rastro de hockey de su vida en cuanto se mudó a Toronto para empezar la universidad, hacía ya más de una década.
Tener a Ryan allí, en uno de los lugares favoritos de Fabian, debería haberle molestado más de lo que le estaba molestando.
Ryan era diferente. Fabian ya lo había notado cuando tenían diecisiete, y aún ahora lo notaba.
A diferencia de todos los demás jugadores de hockey que habían entrado en su casa, con los que Fabian había ido al colegio, a los que su padre había entrenado, Ryan nunca le había hecho sentir incómodo.
Cuando vivían juntos, a Fabian le gustaba la presencia tranquila de Ryan.
Cuando hacían los deberes juntos en la mesa de la cocina, o veían Buscando a Nemo con Amy (de nuevo) o iban juntos al colegio, siempre era en un silencio casi total.
Pero a Fabian siempre le había gustado tenerlo cerca. Era como… un perro grande y cariñoso.
Fabian hizo una mueca ante ese pensamiento poco halagador y dio un sorbo a su martini lemon drop .
Durante varios largos minutos, nadie en la mesa dijo nada. Ryan seguía mirando hacia otro lado, de espaldas a Fabian, y Tarek estaba absorto en su móvil.
—¿Cómo llevas todo el equipo a casa? —preguntó Ryan de golpe.
Fabian se sorprendió por la pregunta.
—Normalmente me ayudan uno o dos amigos. Tengo un sistema: todos los pedales y cables van en una mochila con mi portátil, así que solo hay que llevar el violín, el teclado y el atril. A veces cojo un taxi, pero vivo a solo unas manzanas de aquí.
Ryan asintió.
—Que, por cierto, hablando de eso —dijo Tarek lento—. He estado charlando con un chico, Mario…
—¿Mario, el auxiliar de vuelo?
Tarek sonrió con aire soñador.
—Exacto. Está en la ciudad y tiene una habitación de hotel, así que, si tienes a alguien más que te ayude, yo voy a…
Fabian hizo un gesto con la mano.
—Ve. Disfruta de Mario. Estoy seguro de que puedo…
—Te puedo echar una mano —dijo Ryan rápido—. Yo te lo llevo. No me importa.
Fabian lo miró fijamente y sonrió.
—Genial. Gracias.
Tarek se levantó y besó la coronilla de Fabian. Saludó a Ryan con la mano y dijo antes de irse rápido:
—Encantado de conocerte.
—Y entonces quedamos solo dos —dijo Fabian, con una voz más sensual de lo que tocaba.
Había un atisbo de alarma en los ojos de Ryan, así que Fabian se recostó en la silla y volvió a hablar con voz normal.
—No tienes por qué acompañarme a casa. De verdad.
—Ah.
Dios, parecía decepcionado.
—O sea, puedes. Claro. Me gustaría.
La cara de Ryan se iluminó.
—¿De verdad?
—Claro. ¿Un hombre grandote y fuerte que me lleve el equipo? ¿A quién no le va a gustar?
Ryan resopló, pero parecía menos entusiasmado que hacía un segundo.
—Claro…
«Joder».
—Me gustaría hablar contigo. Lejos de este ruido —aclaró Fabian—. Estaría bien ponernos al día.
Eso pareció surtir efecto, porque la zona de la barba alrededor de la boca de Ryan se curvó hacia arriba.
Veinte minutos más tarde, Fabian se estaba asegurando de no haber dejado nada cerca del escenario cuando Vanessa se plantó delante de él.
—¿Es hora de irse?
—Sí, pero no tienes que acompañarme.
Vanessa frunció el ceño.
—Eh, sí que tengo que hacerlo. Tarek se ha largado y necesitas que te echen una mano. A menos que vayas a coger un taxi.
—No pasa nada. Puedes quedarte y pasar el rato con Callie. Ryan me va a echar un cable.
—Ah —dijo. Y luego cayó—: Aaaaaah.
Fabian puso los ojos en blanco.
—No. Solo somos amigos. O lo que sea.
—Ya.
—Como si me fuera a tirar a un jugador de hockey.
En lugar de reírse o discutir, Vanessa puso una cara rara que Fabian interpretó como «Ryan, el jugador de hockey, está justo detrás de ti».
Mierda.