Capítulo 5
Ryan tiró del brazo del otro y lo atrajo hacia sí con un agarre fuerte. Inclinó la cabeza y acercó los labios a su oreja.
—¿Seguro que quieres hacer esto, chico?
Cuando Ryan se apartó, pudo ver el miedo en los ojos del joven. Joder, podía olerlo a metros.
—Que… que te den —le soltó.
Así que Ryan le dio un puñetazo en la mandíbula. Y el público enloqueció.
Ryan confiaba en que con un solo puñetazo bastase para que el jugador más joven cayera al hielo. Así los árbitros podrían intervenir y separarlos, el chico podría decir que se había peleado con Ryan Price y Ryan no tendría que hacerle demasiado daño al rookie ese.
Pero el chico no se cayó. En lugar de eso, echó hacia atrás el puño derecho y golpeó a Ryan en el hombro, que seguro que no era donde había apuntado, porque Ryan pudo oír cómo le crujían los nudillos contra el duro plástico de la hombrera.
El chico, Corkum, un rookie de veintidós años de Minnesota, se quedó mirando horrorizado su puño durante un segundo y luego dirigió los ojos muy abiertos hacia la cara de Ryan.
Ryan se encogió de hombros y lo miró como pidiéndole perdón antes de asestarle un segundo puñetazo en el lado derecho de la cara.
Entonces sí, Corkum cayó al hielo. Ryan se le puso encima de tal modo que lo cubría con su cuerpo, mucho más corpulento, y echó el brazo hacia atrás como si fuera a darle otro golpe.
No lo iba a hacer, el muchacho se había encogido como una tortuga y Ryan nunca pegaría a alguien en esa posición, pero quería llamar la atención del árbitro.
Funcionó. Al momento, uno de los árbitros auxiliares apartó a Ryan de Corkum a la fuerza. El público coreaba mientras mandaban a Ryan a la caja de castigo.
—Paga. A. Price.
Ryan odiaba ese cántico. Lo odiaba con todo su corazón. Lo había perseguido desde que jugaba en la liga júnior hasta los ocho equipos diferentes de la NHL en los que había estado y, ahora, en el noveno equipo.
—Paga. A. Price.
Se metió en la caja, se quitó el casco y sacudió su larga melena sudada.
—Empezaba a echarte de menos —bromeó el encargado de la caja de castigo.
Gerald rondaba los sesenta y hablaba más que la mayoría de los encargados de la liga. Ryan controlaba todo eso, los conocía a todos muy bien.
—Apuesto a que pronto alguien se te declara —dijo Ryan—. Tanto tiempo solos y juntos…
Gerald se rio, pero Ryan se preguntó cuántas horas de su propia vida había pasado en las cajas de castigo. Cuántos días, si sumaba todos los intervalos de dos y cinco minutos.
Bueno, menos que Gerald. Quizá.
Cuando el público se calmó y el partido siguió, Ryan oyó a Corkum gritándole desde su propia caja:
—¡Oye, Price!
—¿Qué?
—¡Gracias! —exclamó Corkum con una sonrisa de oreja a oreja y las mejillas sonrojadas, como si acabara de echar el mejor polvo de su vida.
Ryan resopló y negó con la cabeza.
—¡Le has alegrado la noche! —dijo Gerald animado.
—Es un idiota —refunfuñó Ryan.
Cogió una botella de agua y se la echó por la cabeza, luego se peinó el pelo mojado con los dedos, apartándoselo de la cara antes de volver a ponerse el casco.
No era raro en los rookies que lo retaran a pelear; Ryan tenía fama de ser uno de los luchadores más duros de la liga.
Cualquiera más joven podía ganar rápido algo de respeto si lo retaba.
Sin embargo, quizá ese tipo de peleas eran las que menos le gustaban a Ryan.
Lo último que quería era hacer daño de verdad a alguien, así que tenía que concentrarse en contener los golpes y asegurarse de no darles en la sien, la nariz o los ojos.
Midiendo dos metros y pesando casi ciento veinte kilos, Ryan solía ser el más corpulento en la pista, así que las peleas entre rivales del mismo tamaño eran muy poco frecuentes.
Ryan se miró la mano izquierda antes de volver a ponerse los guantes. Lo más seguro era que tuviera algunos moratones en los nudillos, pero nada grave. Le preocupaba más que la espalda le volviera a molestar.
Echó un vistazo a la hora. Dudaba mucho que volviera a salir a la pista para ese partido; su equipo ganaba por dos goles, quedaban poco más de ocho minutos para el final y él ya había cumplido con su cometido.
Cuando pasaron los cinco minutos y se detuvo el juego, Gerald abrió la puerta para dejar salir a Ryan de la caja de castigo. Se dirigió rápido al banquillo de Toronto, donde se metió entre su compañero de línea defensiva, Marcel Houde, y Wyatt.
—Buena pelea, Pricey —dijo Marcel sin mucho entusiasmo cuando Ryan se sentó a su lado.
—Gracias.
A Ryan no le importó la falta de entusiasmo; la verdad era que no había sido una buena pelea. Pero lo único que sus compañeros esperaban de él era eso, y, si no hubiera recibido algún reconocimiento, aunque fuera falso, por dar puñetazos a la gente, Ryan nunca habría oído ningún elogio.
—¿Quiénes crees que serán las estrellas? —le preguntó Wyatt sonriendo.
—No lo sé. Puede que…
—O sea —continuó Wyatt—, es evidente que la primera estrella del partido seré yo, pero ¿quién será la segunda?
Ryan se rio.
—Tú y yo, colega. Una y dos.
Wyatt negó con la cabeza.
—Yo soy la primera; la pulidora de hielo, la segunda. Tú, la tercera.
—Te lo compro —dijo Ryan.
Ya habían llegado al último minuto del partido y Ryan se dio cuenta de que estaba de buen humor. Su equipo iba a ganar en casa y pasarían días antes de que, de un modo inevitable, empezara a preocuparse por el siguiente vuelo que tuviera que coger.
El partido terminó y Ryan se unió a sus compañeros en la pista para celebrarlo. Wyatt, con su gorra y su uniforme limpio y seco, había empezado con su habitual rutina.
—¡Uuuf, este partido ha sido duro, chicos! ¡Si no fuera por mí, no lo habríais conseguido! ¿Dónde vamos a tomar algo?
La celebración continuó en el vestuario. Ryan se sentó junto a su taquilla, en una esquina, y se quitó la equipación en silencio mientras sus compañeros gritaban y hacían planes para más tarde esa noche.
El que se acercó a preguntarle fue Wyatt. Claro.
—¿Te vienes? —Wyatt, que no había jugado y que no había necesitado ducharse, ya llevaba un traje gris oscuro, listo para salir del estadio.
—Eh, pues, creo que me voy a casa, la verdad.
Voy a… —Ryan no terminó la frase porque no quería contarle a Wyatt cuáles eran sus planes.
Había decidido ir a ver el concierto de Fabian esa noche.
Llevaba toda la semana dándole vueltas y, al final, había decidido que sus ganas de ver actuar a Fabian pesaban más que la ansiedad que tenía por salir.
Por suerte, Wyatt no le pidió explicaciones. Aun así, no habría esperado que Ryan le hubiera dicho que sí. Ryan estaba seguro de eso.
—Pues entonces nos vemos el lunes —dijo Wyatt—. Que pases un buen día libre.
—Vale. Sí. Y tú también.
Ryan tenía que darse prisa. Ya eran más de las diez.
Se dio la ducha más rápida de su vida y se cagó en la estúpida norma de tener que llevar traje al salir de los partidos.
No tendría tiempo de pasar por casa a cambiarse, más bien tenía que salir pitando hasta el local con la esperanza de no haberse perdido toda la actuación de Fabian.
Cuando Ryan llegó al Lighthouse, Fabian ya estaba en el escenario, pero parecía que estaba montando el equipo.
La sala estaba bastante llena, lo cual era bueno tanto para la organización benéfica para la que se recaudaban fondos con el concierto como para Ryan, porque prefería que Fabian no viera que estaba ahí.
En realidad, no quería que nadie lo viera.
Sobre todo, porque iba vestido con traje al completo, lo que le hacía destacar aún más de lo que lo haría ya de todos modos.
Todo el mundo en la sala iba vestido informal, pero de una forma que sugería que su atuendo había sido combinado con detalle.
Vio de todo, desde camisas abotonadas con estampados llamativos hasta monos, pasando por camisetas blancas lisas y vaqueros ajustados.
Eso sí, desde luego, no había ningún otro traje.
Se quedó de pie al fondo de la sala a oscuras, siendo consciente de su tamaño y sin querer tapar la vista a nadie, y observó a Fabian toquetear el material para montar algo que parecía bastante complicado y que incluía varios pedales, un portátil y un teclado.
También pudo ver el estuche del violín de Fabian en el suelo, justo detrás de él.
Fabian se movía con rapidez y eficacia entre cada uno de esos componentes, charlando de vez en cuando con gente del público que estaba cerca del escenario.
Ryan lo vio sonreír y reír y le llamó la atención lo surrealista que resultaba volver a verlo convertido en un adulto guapo y seguro de sí mismo.
Y eso era incluso antes de que Fabian empezara a tocar.
La primera canción comenzó con una sencilla pista de batería que Fabian reproducía desde su portátil.
A eso, añadió capas de música con el teclado, que parecía grabar y reproducir en bucle con los pedales.
Cuando parecía satisfecho con el resultado, añadía otra capa y así construía un muro de sonido él solo.
Se alejó del portátil y del teclado, cogió su violín y, cuando se colocó frente al micrófono, Ryan sintió como si le hubieran dejado sin aliento de un golpe.
Fabian estaba de pie, solo, bajo las luces del escenario, con una camisa negra transparente, unos pantalones negros ajustados y collares brillantes.
También llevaba maquillaje llamativo, Ryan lo notó incluso estando al fondo de la sala, y todo eso le hacía parecer una criatura fantástica o un ángel.
Puede que Ryan jadease un poco cuando Fabian llevó el arco al violín y tocó las primeras notas.
A Ryan le encantaba escucharle practicar con devoción su instrumento cuando era adolescente, y volver a oírlo ahora lo dejaba helado.
La lenta y onírica melodía se grabó y se repitió en bucle con los pedales, y luego Fabian dejó el violín y el arco a ambos lados, uno en cada mano.
Se volvió hacia el micrófono, cerró los ojos y cantó.