El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Fabian abrió los ojos de golpe y tuvo que aguantar un gemido al ver contra quién estaba acurrucado.

De golpe, le vino a la mente todo lo que había ocurrido la noche anterior.

Fabian disfrutando en la fiesta de Halloween de Ian.

Fabian topándose con Claude en la fiesta.

Claude yendo de puta madre con una camisa tejana oscura de corte ajustada y unos vaqueros negros ceñidos, porque Claude era demasiado guay como para ir disfrazado.

El aliento de Claude haciéndole cosquillas en la oreja cuando se inclinó para decirle lo mucho que lo echaba de menos con su acento quebequés, que sonaba mucho menos ridículo que cuando Tarek lo imitaba.

La mano de Fabian deslizándose en la de Claude, como si no tuviera control sobre ella.

Y luego Claude volviendo a casa con él, al apartamento que, aunque fuera una mierda, Fabian no tenía que compartir con nadie.

A veces sentía que a Claude le gustaba sobre todo porque tenía un lugar para él solo.

Se habían besado durante una eternidad en la cama de Fabian, y Claude le había dicho que lo echaba de menos.

En ese momento, eso había sonado genial.

Y volvió a sonar genial más tarde, cuando Claude lo follaba.

Pero ahora…

Fabian se apartó con cuidado de Claude, sin querer despertarlo. O quizá debería despertarlo para que se fuera.

Fabian se quedó mirando la cara de Claude. Cuando dormía en lugar de hablar, Claude era…

Ay, dios, era guapo. Su sedoso cabello castaño le cubría el ojo que no estaba oculto por la almohada, y sus labios carnosos estaban entreabiertos. Los labios de Claude eran…, bueno, distraían.

Tenía el cuerpo de un artista, delgado hasta el punto de parecer casi desnutrido. La piel pálida, como la de un vampiro joven y sexy. Y bien podría haberlo sido, porque Fabian parecía haber caído en sus garras.

Fabian cogió el móvil de la mesita de noche. La pantalla estaba llena de mensajes por leer de Vanessa.

Vanessa: Te he visto salir de la fiesta con Claude.

Vanessa: ¿¿¿Te has ido a casa con Claude???

Vanessa: ¿¿¿TE HAS ACOSTADO CON CLAUDE???

Vanessa: ¡FABIAN! ¿¿¿TE ESTÁS FOLLANDO A CLAUDE???

Vanessa: Fabian, para de follarte a Claude. Ahora mismo.

Vanessa: Me cago en todo.

Vanessa: HABLAREMOS DE ESTO en el Cutrebrunch. Ni se te ocurra traértelo.

Vanessa: Vale. Puedes traerlo. Pero no podrá decir ni mu. Que quede CLARO.

Fabian resopló al ver eso, lo que hizo que Claude se despertara.

—Joder —gruñó Claude—. ¿Qué hora es?

—Las nueve y media —dijo Fabian.

Claude puso una cara como si las nueve y media de la mañana fuera la cosa más repugnante del mundo. Fabian quería que se fuera. Quería borrar toda esa serie de malas decisiones.

—Hoy es el Cutrebrunch —dijo Fabian—. Puedes venir si te apetece.

—Dios, ni de broma.

—Bueno, yo me iré pronto, así que…

—Vale.

Claude montó tremendo espectáculo al arrastrarse para salir de la cama e ir hacia el baño. Cuando volvió, empezó a buscar de forma brusca su ropa.

—Joder, ¿dónde está mi tabaco?

—No lo sé, pero aquí no vas a fumar.

Claude cogió sus vaqueros del suelo.

—Ya lo sé. —Echó un vistazo a su alrededor—. Llevaba una chaqueta.

—En la silla —dijo Fabian ayudándolo.

Quería que Claude se fuera para poder ir a ducharse. Estaba más que listo para limpiar sus pecados (y el resto de purpurina) de la noche anterior.

Claude dejó de vestirse de mal humor y se acercó a Fabian. Este suspiró y se dejó abrazar.

—Podemos seguir haciendo esto —dijo Claude con una voz tan sexy que irritaba—. De forma esporádica.

—No puedo seguir haciendo esto —dijo Fabian—. No es lo que busco. Tenemos que parar.

—Dices eso, pero luego…

Él negó con la cabeza.

—Lo digo en serio. Nos vemos por ahí, ¿vale?

Claude dio un paso atrás y le dedicó una sonrisa odiosa y cómplice.

—Seguro que sí.

Fabian se maldijo a sí mismo después de que Claude cerrara la puerta al irse.

Cuando por fin lo había dejado con Claude de forma definitiva, justo, de entre todo el puto mundo, aparecía el puñetero Ryan Price.

Tipo, ¿qué coño te pasa, universo? «Hola, Fabian.

¿Te acuerdas de ese jugador de hockey con el que estabas obsesionado cuando tenías diecisiete años?

¡Bueno, pues ahí lo tienes! ¡Y ahora es el gigante leñador sexy típico de cualquier sueño húmedo! ».

Ni que haberse encontrado a Ryan tuviera algo que ver con acostarse de nuevo con Claude.

«Bueno», empezó a prometerse mientras entraba a su ducha destartalada, «se acabó Claude. Y se acabó pensar en Ryan Price. A partir de ahora, a pensar solo en música y cosas normales y buenas».

Los amigos de Fabian tenían una tradición más o menos habitual los domingos a la que llamaban con cariño «Cutrebrunch».

Consistía sobre todo en tres elementos: gofres congelados, mascarillas faciales baratas de la tienda donde trabajaba Fabian y salseo.

Cada uno traía un ingrediente que, en su opinión, convirtiera los gofres congelados en alta cocina.

Después de la semana que había tenido Fabian, estar con sus amigos y ponerse mascarillas era justo lo que el médico le había recetado.

Llamó al timbre de la puerta de un apartamento que estaba justo al lado de una tienda de vapeadores y, al momento, oyó pasos bajando las escaleras de un salto. Cuando se abrió la puerta, le recibió una Vanessa muy entusiasmada.

—¡Fabian! ¡Yuju! —dijo ella y luego le echó los brazos al cuello.

Fabian se rio y le devolvió el abrazo.

—¿Me echabas de menos desde anoche?

—Hueles a Claude.

—Vete a la mierda. No es verdad.

—Sí lo es. Hueles a pitillos y a condescendencia.

—Cállate.

El Cutrebrunch lo organizaban Vanessa, Marcus y Tarek, que vivían de forma platónica en un piso de dos habitaciones que habían convertido en uno de tres.

Quizá «convertido» fuera una palabra demasiado elegante para describirlo, ya que el salón también era la habitación de Marcus.

Vanessa acompañó a Fabian por las escaleras y atravesó la puerta principal, que daba directa al salón/cuarto de Marcus.

Fabian se quitó la mochila mientras se dirigía al futón en el que Marcus y Tarek ya estaban sentados.

—¿Qué has traído? —preguntó Tarek.

—Peras.

—Y…

Fabian sacó cuatro paquetes finos de su mochila.

—¡Mascarillas faciales! Tengo de arcilla, aguacate, algas marinas y eeeh… Ah, de pomelo.

Las extendió sobre la mesita como si fueran cartas.

—¿Para qué sirve la de algas marinas? —preguntó Marcus.

—Hidrata, nutre y te hace brillar como Zendaya —dijo Fabian, con toda la seguridad de alguien que trabajaba en la sección de maquillaje de un Savers Drug Mart.

—Me la pido.

Marcus se inclinó hacia delante y cogió la mascarilla. La verdad era que no necesitaba ayuda para brillar, porque su piel morena era perfecta.

Vanessa salió de la cocina con cuatro tazas, que alineó sobre la mesita. Marcus se levantó de un salto y se dirigió a la nevera para sacar un envase de zumo de naranja y una botella fría de «champán» canadiense Baby Duck.

—Hay agua calentándose en el hervidor para el té y el café —dijo Vanessa. Se dejó caer en el sillón desgastado que había frente al futón y pasó una pierna por encima del brazo—. Mimoséame, Marcus.

Marcus llenó con cuidado las tazas con Baby Duck y zumo de naranja y las repartió. Fabian apenas le había dado un sorbo al cóctel cuando Vanessa soltó:

—No me puedo creer que te hayas tirado a Claude otra vez.

Fabian la miró con los ojos entrecerrados.

—Me pilló con la guardia baja —refunfuñó.

—Pensaba que se volvía a Montreal —dijo Tarek.

—Bueno, pero todavía no lo ha hecho. Claro está. Y, cada vez que lo veo, pues… Se me olvida por qué da asco.

—Te podría hacer una lista —se ofreció Vanessa, con amabilidad—. Y así la llevas siempre encima.

—No hace falta.

—¡Uno! —dijo ignorándolo por completo—. No tiene ningún tipo de interés en ti ni en nada de lo que haces.

—Se… interesa por mí. A veces.

—Dos —intervino Marcus—, odia el Cutrebrunch.

Fabian apretó los labios para no sonreír.

—Tres —dijo Tarek—, es un esnob.

—Vale, lo pillo.

—Cuatro —siguió Marcus—, es cineasta y es malo haciendo películas.

Fabian tuvo que tragarse rápido el sorbo de mimosa para no acabar escupiéndolo.

—Cinco —soltó Vanessa—, se queja cuando la comida no es ecológica, pero luego fuma.

Había llegado el punto en que Fabian ya se estaba riendo. No pudo evitarlo.

—Callaos. Ya sé que es horrible, ¿vale? Es que… rondaba por ahí. Y yo, pues, necesitaba a alguien.

Vanessa dejó de reírse.

—¿Qué te pasa, corazón?

—En realidad, nada. Es solo que estoy quemado. Esta semana he hecho algunos turnos extra en la tienda y he estado intentando acabar unas canciones nuevas. Y, además, he tenido que ensayar para el concierto benéfico que daré el sábado.

—¡Ah, claro! ¡Allí estaré sin falta! —dijo Vanessa—. ¡El sábado no trabajo!

Trabajaba en una sex-shop muy chula en el Village que llevaban unas lesbianas, a solo un par de manzanas de su apartamento.

—Yo sí tengo que trabajar —dijo Marcus—. Lo siento.

No era ninguna sorpresa; era camarero en el Force, la discoteca gay más grande de la ciudad.

—No pasa nada.

—Pues yo sí puedo ir —dijo Tarek.

Era el único de los cuatro que tenía un trabajo con horario de nueve a cinco. Era asistente administrativo en una organización de servicios de inmigración.

—Guay. El cartel está chulo.

—Sí, bueno, pero yo voy a verte a ti —dijo Tarek.

—Es que la gente irá a verlo a él —respondió Vanessa.

—Claro que sí… —dijo Fabian. Dio un sorbo a la mimosa que estaba servida en una espantosa taza de recuerdo de las cataratas del Niágara—. Creo que tocaré una nueva canción en el concierto.

—¡Toma ya! —dijo Vanessa—. Ay, dios mío, ¿será muy bonita? ¿Me hará llorar?

—Quizá.

—Yo seguro que lloro. Todavía lo hago cada vez que tocas «Ravine».

—Esa canción tiene ya ocho años, Van.

—Pues lloro. Siempre.

Más tarde, después de comerse los gofres y de que la botella de Baby Duck se vaciara, los cuatro amigos se tumbaron con las mascarillas faciales puestas.

—Ya sé que pregunto esto todas las semanas —dijo Tarek—, pero ¿se supone que tiene que picar tanto?

—Sí —respondió Fabian—. Te quema porque tu cara es un cuadro. Tiene trabajo extra para arreglarse.

Tarek le sacó el dedo.

—¡Ay! —dijo Vanessa de golpe—. Tengo algo para ti, Fabian.

Cogió la bandolera del suelo. Estaba cubierta de parches y botones que la identificaban con lo feminista queer y prosexo que ella era.

—¿Vibra?

Además de trabajar en una sex-shop , Vanessa tenía un blog de reseñas de juguetes sexuales bastante conocido. No era raro que convenciera a sus amigos para que probaran los productos.

—Amor, hace mucho más que eso. —Sacó una caja morada brillante de su bolsa y se la dio—. Sobre todo, no te olvides de decirme qué te parece.

—¿Es obligatorio? —Fabian se quitó la mascarilla, la arrugó convirtiéndola en una bola y la dejó sobre su plato de gofres vacío.

—Porfa. ¡No tengo tanto tiempo como para reseñar todos los juguetes yo sola! ¡Y tampoco tengo próstata!

—Ya te pasaré una lista de pros y contras —dijo—. Si es que alguna vez lo llego a probar.

—Lo harás. Hace de todo. ¡Y es morado!

—¿Acaso eso… lo hace mejor?

—Lo hace más bonito. Y, seguramente, mejor amante que Claude.

Fabian la fulminó con la mirada.

—De conversación más agradable, eso seguro —añadió sonriendo—. Y con publicaciones en Instagram más chulas…

—En fin —dijo Fabian, desesperado por cambiar de tema—. ¿Cómo fue en el trabajo anoche, Marcus?

Él puso los ojos en blanco exagerando.

—Agotador. Odio que Halloween caiga en jueves porque lo convierte en un puente largo.

La sala estaba a reventar de críos que apenas rozaban la mayoría de edad con cuernos de diablo haciendo el idiota por todas partes.

Estaba tan harto cuando por fin cerramos que ni siquiera me molesté en irme a casa con el chico que se parecía a Cillian Murphy que había estado tonteando conmigo toda la noche.

—Qué trágico… —dijo Fabian.

—Nadie se parece a Cillian Murphy excepto el propio Cillian Murphy, pero vale —añadió Tarek.

—Estaba buenísimo, le gusté y lo rechacé. —Marcus los miró con el ceño fruncido—. Y ahora estoy aquí comiendo gofres con vosotros, cabrones, en lugar de dándome una ducha matutina con el Cillian light.

—Mmm… —dijo Tarek—. Yo me iba a follar a Nick Jonas anoche, pero al final no me apeteció.

—Que. Te. Den —dijo Marcus mientras se reía.

Fabian estuvo a punto de contarles a sus amigos que se había topado con Ryan, pero era demasiado complicado de explicar y demasiado insignificante como para molestarse en hacerlo.

Se había topado con alguien a quien no había visto en más de una década y lo más probable era que nunca volviera a verlo. Fin.

No es que hubiera estado pensando en Ryan desde que se lo había encontrado. No es que lo hubiera estado buscando en secreto cada vez que paseaba por el Village.

Dios. Ya vale. Ryan era un puñetero jugador de hockey. Llevaba una de esas camisetas azules para ir a trabajar que Fabian odiaba tanto. Y Fabian no necesitaba distracciones en ese momento, por muy altos que fueran o por muy adorables que resultaran al sonreír.

Así que dio las gracias a sus amigos por otro rato tan agradable, cogió su bolsa (que ahora pesaba más, gracias al dildo) y se dirigió a casa con la esperanza de perderse entre la música.

Y dio por supuesto que, si se aburría, pues ya tenía un juguete nuevo con el que distraerse.