El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Ryan miró al frente al subir al avión. Lo que no miró fueron los tornillos exteriores de la aeronave ni los complejos mecanismos que había visibles alrededor de la puerta abierta.

No pensó en lo crucial que era que cada uno de esos tornillos, cables y finas placas de metal permanecieran en su sitio, ya que el más mínimo fallo podía provocar la muerte en llamas de todos los que iban a bordo.

Ryan no podía pensar en nada de eso. En su lugar, repasó su habitual lista previa al vuelo de pensamientos sensatos y que le tranquilizaban.

«Millones de personas vuelan cada día sin problemas».

«Lo más probable es que este avión haya despegado, volado y aterrizado cientos, si no miles, de veces sin problemas».

«El piloto no pilotaría este avión si no fuera seguro».

«El personal de cabina está tranquilo, contento y sonriente. Este es su trabajo diario».

«Tus compañeros están tranquilos».

«Volar es más seguro que conducir».

Ryan sabía que todo eso era cierto, pero no podía evitar el intenso temor que se apoderaba de él cada vez que subía a un avión.

No podía dejar de pensar que era el único que sabía que todos a bordo estaban condenados.

¿Nadie se daba cuenta de que tenían que bajarse de ese avión ahora mismo porque estaba claro que era muy peligroso?

Ryan exhaló mientras se abría paso con su gran cuerpo por el estrecho pasillo. El traje le quedaba demasiado ajustado. ¿Por qué tenían que llevar traje cada vez que volaban? Se ajustó la corbata mientras buscaba un asiento libre en el pasillo.

—¡Pricey!

Ryan miró hacia la parte trasera del avión y vio a Wyatt Hayes saludándole con la mano desde detrás de un asiento. Ryan asintió con la cabeza y se acercó hacia donde estaba él.

—¿Cómo estás? —El tono de Wyatt era alegre. Sin duda, no parecía ser alguien que estuviera preocupado por morir hoy.

—Bien, como siempre, supongo —dijo Ryan.

Dejó su mochila en el asiento junto a Wyatt y la abrió.

Rebuscó un poco y sacó una novela de bolsillo nueva y reluciente de uno de sus autores favoritos, un bote pequeño de pastillas antiácido y un ejemplar gastado de Ana de las Tejas Verdes .

Metió todo eso, junto con el móvil, en el bolsillo del asiento de delante, guardó la mochila debajo del asiento y se sentó.

—Por eso me gusta sentarme contigo, Pricey —dijo Wyatt—. Eres lector.

Señaló el bolsillo de su asiento, donde Ryan podía ver la parte superior de una gruesa novela gráfica asomando. A Wyatt le encantaban los cómics y los superhéroes. Ryan no tenía ni idea sobre eso. ¿Y si Ryan le pedía a Wyatt recomendaciones de cómic para principiantes? Sería un gesto amistoso…

—Debería ser un vuelo tranquilo. He echado un vistazo al tiempo entre aquí y Nashville. —Wyatt lo dijo como un mero comentario, pero Ryan sabía que estaba haciendo todo lo posible por ayudarle.

Quizá fuera porque era el portero suplente de Toronto y pasaba más tiempo viendo partidos que jugándolos, pero Wyatt era muy observador y considerado.

Ryan asintió en respuesta. Le hubiera gustado encontrar consuelo en el parte meteorológico de Wyatt, pero no había nada que lograra calmar su mente.

Los ansiolíticos le ayudaban un poco y quizá eran lo único que le impedía salir corriendo y gritando del avión en ese momento, pero, por mucho sentido común que tuviera, no conseguía dejar de imaginar los peores escenarios posibles.

«Es un vuelo corto. Antes de que te des cuenta, ya habrás llegado a Nashville».

Ryan añoraba los días en que los equipos de la NHL viajaban sobre todo en autobús. Cuando jugaba en la liga júnior, todos los desplazamientos eran así. Sabía que era de los pocos que lo veía de ese modo, pero prefería mil veces un viaje de quince horas por carretera a un vuelo de dos horas.

Sacó el móvil del bolsillo y le envió un mensaje a su hermana, tal y como hacía en cada vuelo. Se había autoconvencido de que era solo porque le gustaba saber de ella y no porque le preocupara no volver a verla nunca más.

Ryan: De camino a Nashville.

Colleen: ¿Con quién te sientas hoy?

Ryan miró de reojo a Wyatt, que estaba bajando la persiana de la ventanilla en un gesto que, sin duda, era para ayudar a Ryan.

Ryan: Wyatt Hayes.

Colleen: ¡Es mono! ¡Deberías salir con él!

Ryan se sonrojó e inclinó el móvil para que Wyatt no pudiera ver la pantalla.

Ryan: Es hetero. Está casado. Y cállate.

Colleen: Ay. Pero aun así es mono, ¿no?

Ryan volvió a echar un vistazo a Wyatt, quien le devolvió la mirada y le sonrió, con sus hoyuelos y rizos rubios. Sin duda, era atractivo, pero…

Ryan: No es mi tipo.

Wyatt no era en quien Ryan no podía dejar de pensar. A Ryan le había costado mucho tiempo y mucha distancia haberse casi olvidado de Fabian Salah. Y, ahora, un reencuentro fortuito en una farmacia en Toronto, más de trece años después, había desatado una avalancha de recuerdos.

Ya de adolescente, Fabian había sido impresionante al ser alguien lejos de parecer un macho alfa y mucho menos dispuesto a tener que disculparse por ello. Siempre había sido bajito, no debía de pesar mucho más de cincuenta y cinco kilos en aquella época, pero Ryan se sentía superintimidado por él.

También estaba locamente enamorado de él.

El personal de cabina empezó a cerrar y bloquear la puerta del avión. A Ryan se le hizo un nudo en el estómago. Envió otro mensaje a su hermana.

Ryan: Despegamos enseguida. Te tengo que dejar.

Colleen: ¿Llevas a Ana contigo?

Ryan sonrió y acarició con los dedos los bordes deshilachados de su viejo ejemplar de Ana de las Tejas Verdes .

Ryan: Siempre.

Colleen: Entonces estás a salvo.

Ryan: Lo sé. Gracias.

Colleen: Te quiero. Escríbeme cuando aterrices.

Ryan: Vale. Te quiero.

Guardó el móvil en el bolsillo del asiento para no correr el riesgo de aplastarlo con la mano durante el despegue.

Gracias a dios que estaba Colleen. Su hermana era solo tres años menor que él, y habían sido uña y carne mientras crecían juntos en un pueblo de menos de dos mil habitantes.

Dejarla atrás había sido una de las cosas más duras al dar el salto al hockey profesional.

El avión empezó a moverse y Ryan se agarró al reposabrazos. Cerró los ojos y empezó a hacer sus ejercicios de relajación. «No pasa nada. Todo va a ir bien».

Cuando abrió los ojos, pudo ver las caras sonrientes e idiotas de Dallas Kent y Troy Barrett mirándolo desde sus asientos del pasillo.

En cuanto cruzaron la mirada, se echaron a reír.

Aunque varias filas los separaban de él, Ryan pudo oír a Dallas decir algo como: «Parece que le va a dar un infarto».

«Imbéciles».

—Oye —dijo Wyatt, que seguramente se había percatado de lo que estaba ocurriendo—, ¿alguna vez has jugado en Nashville? Ahora no lo recuerdo.

—No —respondió Ryan—. No he jugado en ningún equipo del oeste.

—Ah. Yo creía que me iba a fichar Nashville. Mi agente estaba seguro, vaya. Pero luego… Toronto.

—¿Te decepcionaste?

Wyatt esbozó una sonrisa.

—Un poco. Pero luego conocí a Lisa en Toronto, así que no me quejo.

Ryan solo había visto a la mujer de Wyatt, que era doctora, una vez, en una cena de equipo. Wyatt y ella se habían conocido cuando él estuvo ingresado en el hospital por una fractura de clavícula. A Ryan no le extrañaba que hubiera conseguido cautivarla en tan poco tiempo.

—Aunque casi nunca la veo —añadió Wyatt—. Lo único peor que casarse con alguien que juegue al hockey es casarse con alguien que salve vidas. No lo hagas.

—Vale.

Como Ryan llevaba más de un año sin tener ni una sola cita, desde luego no le resultaba un problema que le pudiera preocupar.

El avión giró y luego se paró, y Ryan supo que estaban a punto de despegar. Odiaba esa parte. Odiaba todas, pero esa en especial.

—Puedes decirme que me calle si lo prefieres —dijo Wyatt—, pero ¿te ayuda que te hable ahora?

—Sí —respondió Ryan entre dientes—. Sigue hablándome.

—Deberías venir conmigo la próxima vez que vaya al centro.

Wyatt solía ir a un centro cívico en una zona de pocos recursos de Toronto. Solía pasar el rato con los niños, jugar a hockey sala y repartir productos de los Toronto Guardians.

—¿Y tú crees de verdad que a los niños les haría ilusión conocerme?

—Claro. ¿Por qué no?

—¿No preferirían conocer a Kent? ¿O a Barrett? —Ryan movió la cabeza en dirección a los dos capullos que, por lo que fuera, también eran estrellas de la NHL .

—No creo que a esos gilipollas se les deba permitir acercarse a menos de cien metros de los niños. Ni de nadie. Son malas influencias.

El motor del avión rugió al arrancar y dio una sacudida hacia delante, y Ryan cerró los ojos y enumeró en su cabeza los equipos de la NHL por orden alfabético. Sabía que todo habría terminado en un par de segundos. Solo tenía que aguantar.

—Bueno, la mayoría de las veces los ha visitado el portero suplente, así que estoy seguro de que, si va un defensa que juega minutos de verdad, les parecerá emocionante —continuó Wyatt mientras ignoraba con educación cómo la angustia de Ryan aumentaba—.

Además, eres gigante. A los niños eso les encanta.

Ryan hizo una mueca, pero se obligó a responder.

—Los niños me tienen miedo.

—Qué va. Eres como Chewbacca. Les encantarás.

Milagrosamente, Ryan se echó a reír mientras el avión despegaba.

—Muchas gracias.

Wyatt siguió hablando y le contó cosas sobre los niños que había conocido en esas visitas. Ryan no respondió, pero escuchaba con atención. Tras unos minutos en los que Ryan escuchó en silencio con los ojos bien apretados, Wyatt dijo:

—Por cierto, creo que ya nos hemos estabilizado.

Ryan abrió un ojo y luego el otro. Siempre le sorprendía lo tranquilos que parecían todos a su alrededor en un avión.

Sus compañeros hablaban y bromeaban o se ponían los auriculares o bajaban las mesitas para jugar a las cartas.

Algunos dormían. Ryan ni siquiera podía concebir el hecho de relajarse como para dormir en un avión.

—¡Lo hemos conseguido! —exclamó Wyatt con una sonrisa.