Capítulo 2
Fabian se preguntaba si le quedaría bien la sombra de ojos líquida «Enchantress» de la gama Glitter & Glow de Stila. Era la hostia de bonita.
Se aplicó un poco del producto de muestra en el dorso de la mano.
«Qué preciosidad».
Inclinó la mano bajo las luces fluorescentes de la tienda y observó cómo brillaba la sombra de ojos. El color le sentaba de maravilla con su piel morena.
Dejó la muestra en la estantería y volvió a su taburete detrás del mostrador de cosméticos.
Se sentó en el borde y se balanceó hacia delante y hacia atrás, aburridísimo.
Solo le quedaban cuarenta minutos de su turno de noche en el Savers Drug Mart, pero la tienda había estado prácticamente muerta durante la última hora y Fabian estaba más que listo para irse a su casa.
Se miró el maquillaje en el espejo que había sobre el mostrador frente a él. Todo seguía impoluto. Hoy había hecho un trabajo sobresaliente con el delineador líquido.
Suponía que estaba agradecido de tener un trabajo que le permitiera maquillarse de un modo bastante atrevido y experimental.
Llevaba camisa y pantalones negros (que era el uniforme de todos los trabajadores de la sección de belleza de Savers), pero podía dar rienda suelta a su creatividad en la cara.
El trabajo distaba mucho de ser glamuroso, ni siquiera llegaba a la elegancia que tenía una tienda de maquillaje de un centro comercial, pero había trabajos que le habrían resultado mucho más desmoralizantes. Al menos ahí podía ser él mismo.
Las puertas correderas automáticas se abrieron y Fabian levantó la vista.
Su trabajo consistía en saludar cordialmente a tantos clientes al entrar en la tienda como pudiera, pero tenía la sensación de que ese tipo no estaba allí para comprar maquillaje.
Era un hombre enorme, con una barba tupida y espesa y una larga melena pelirroja que sobresalía por debajo de su gorro de lana gris. Parecía un Papá Noel otoñal.
—Buenas noches —dijo Fabian con alegría. El hombre pareció sorprendido y miró a su alrededor hasta que sus ojos se posaron en Fabian—. ¿En qué puedo ayudar…?
«Hostia. Puta».
—¿Ryan? —soltó Fabian antes de tener tiempo de pensarlo. Aunque fuera Ryan Price, lo más seguro era que no reconociera a Fabian. O que ni se acordara de él.
El tipo que quizá era Ryan Price se quedó mirando a Fabian, con la boca abierta y los ojos muy abiertos. Y, por fin, dijo:
—¿Sí?
—Perdona —respondió Fabian rápido—. Seguro que no sabes quién soy. Es que…
—Fabian —dijo Ryan casi susurrando.
La cara de Fabian se iluminó.
—¡Sí te acuerdas!
Ryan asintió.
—Fabian —repitió.
Fabian salió de detrás del mostrador y se detuvo a un par de metros delante de Ryan, que no se movió en absoluto.
«Es. El. Puto. Ryan. Price».
—Mírate —dijo Fabian—. Eres… gigante.
Era incluso más alto de lo que Fabian recordaba.
Era obvio que lo más seguro fuera que hubiera crecido desde que tenía diecisiete, pero Fabian también.
Más o menos. Fabian seguía siendo unos treinta centímetros más bajo que Ryan.
Y la barba —en realidad, todo él— le daba a Ryan un aire de motero rudo o vikingo.
La última vez que Fabian lo había visto, llevaba la melena pelirroja corta y la cara sin vello.
La cara de Ryan por fin se relajó y sonrió con timidez.
—Casi no te reconozco —dijo en voz baja.
Entonces Fabian cayó en que quizá a Ryan le resultara un poco extraño que llevara delineador (que estaba perfecto) y sombra de ojos. El hecho de que se le pasara eso por la cabeza hizo que Fabian se pusiera más recto, como si retara a Ryan a que dijera algo al respecto.
Pero lo único que dijo Ryan fue:
—Te ves bien.
«Ah».
Fabian relajó los hombros, ya que parecía que no iba a haber pelea, y dijo:
—¿Y qué trae a Ryan Price a Toronto?
La sonrisa de Ryan se amplió y la mirada parecía más cálida.
—El hockey. Juego en los Guardians.
«Pues vaya, menudo corte».
—Quizá debería haberlo sabido —dijo Fabian—. Lo siento. Me temo que sigo sin ser fan del hockey.
Ryan se rio.
—No pasa nada. —Durante un rato, se quedaron allí de pie en un silencio incómodo, y luego Ryan dijo—: ¿Sigues tocando?
Fabian se animó.
—Ah, sí. Esto —Señaló la tienda que los rodeaba— es solo mi trabajo extra. El principal es la música.
—Tipo…, ¿tus propias canciones? ¿Las compones tú?
—La mayoría sí.
—¡Qué guay! ¿Y das conciertos?
—Sí. Toco mucho aquí, en el Village. Pero también por toda la ciudad. Y a veces en otras ciudades. El próximo sábado tengo un concierto en el Lighthouse.
Ryan frunció el ceño.
—¿«Lighthouse»? ¿Hay algún faro por aquí?
«Ay, no. Ryan Price sigue siendo adorable».
—No —dijo riendo Fabian—. Es el nombre de un bar que hay por aquí.
—Ah. —Ryan se sonrojó—. Sí, eso tiene más sentido.
—Sí. El concierto es para recaudar fondos para un albergue, y es en un local grande. Imagino que estará bien.
—Ah. Guay. —Ryan miró al suelo. Luego a Fabian. Después, detrás de él—. Eeeh, tengo que ir a recoger una receta, así que…
—¡Claro! ¡No te distraigo más!
—Sí. Bueno, eeeh… Me alegro de volver a verte.
—Yo también. Y ¿enhorabuena? Por jugar en los Guardians. Tengo entendido que es como la gran cosa.
Al decir eso, Ryan le volvió a sonreír con calidez.
—Gracias.
Entonces, Ryan se dio la vuelta y se dirigió hacia la parte trasera de la tienda.
Fabian se abrazó el cuerpo porque, de golpe, se sentía muy vulnerable y extraño.
No esperaba volver a ver a Ryan nunca más, pero, de pronto, se vio transportado de vuelta a cuando tenía diecisiete años, cuando sentía ese enamoramiento confuso y ridículo por el jugador de hockey que había vivido con su familia durante menos de un año.
Los padres de Fabian habían alojado a miembros del equipo juvenil de hockey Halifax Breakers durante años.
Al joven Fabian siempre le había molestado y había evitado a toda costa relacionarse con los odiosos obsesos del deporte que invadían su casa cada invierno.
En realidad, los jugadores de hockey tampoco parecían haber tenido interés en Fabian.
Excepto Ryan.
Ryan había sido diferente y eso había desequilibrado por completo a Fabian.
El Fabian adolescente era todo espinas, incapaz de ocultar lo queer , así que se protegía comportándose como un gruñón engreído.
Sobre todo, se mantenía al margen, practicaba su música y rechazaba a cualquiera que intentara hablar con él.
Un jugador de hockey grande y tonto no podía hacerle daño si a Fabian no le importaba una mierda.
Por eso Ryan había sido tan puto peligroso.
Ryan, que justo en ese momento estaba en la tienda de Fabian.
Fabian cayó en la cuenta de algo: si Ryan iba a buscar una receta a esa farmacia, significaba que lo más probable era que viviera en el barrio, que no solo era donde también vivía Fabian, sino que además era el barrio queer más grande de Canadá.
Lo cual no tenía por qué significar nada. Pero era interesante. Quizá.
Fabian vio a Ryan cuando salía de la tienda, con una bolsita de papel en la mano. Justo cuando estaba a punto de cruzar la puerta, Ryan se detuvo y miró a Fabian. Ryan le dedicó una tímida sonrisita, le hizo un gesto con la mano y luego se fue.